domingo, 24 de agosto de 2008

Ribadesella: descensos en el tiempo

Los símbolos de diferentes épocas a menudo se plasman en realidades comprobables, aunque las distancias temporales sean evidentes. Un pueblo costero como Ribadesella, antiguo enclave ballenero, importante puerto en el siglo XVIII, ahora se adorna con figuras pasteleras de princesas periodistas, ofrece una gran concentración humana con la disculpa de seguir un evento deportivo, como el descenso del Sella, y también permite ver restos paleolíticos del magdaleniense.
La puerta de entrada a la cueva de Tito Bustillo, en Ribadesella a 6 de agosto de 2008, muestra dos realidades bien diferentes. Fuera, ya hay aparcadas varias autocaravanas, desplegadas muchas tiendas de campaña y decenas de jóvenes se aprovisionan de muchas botellas. Tres días antes del descenso del Sella, el ambiente exterior es el habitual por estas fechas. Traspasada la puerta, el paleolítico superior asoma al fondo de la enorme cavidad que, previa reserva de entrada, enseñan con excelentes explicaciones. 0,60 céntimos es el precio para los adultos, en contra de los 20 euros de quienes montan su tienda en lugares habilitados al efecto.
Al parecer, los primeros habitantes de estas tierras se refugiaron en cavidades cercanas al mar. Aunque éste no estaba tan cercano como ahora, el ambiente era ideal para vivir en aquellos años, con bosques al lado y alimentos al alcance de la mano. Los de hoy también se concentran cerca del agua, el sustento más o menos lo tienen asegurado y los líquidos también. Aquéllos se supone que bebían agua. Éstos, lo que les echen pero que sean derivados de la manzana, de la cebada o de las uvas. Ambos se han juntado para convivir, defenderse, poner en práctica sus creencias o divertirse. Pero los de ahora se arriman tantos en tan poco espacio que los roces dan mucho de sí, los desequilibrios corporales a altas horas son habituales y casi no queda sitio ni para cierta intimidad a la hora de nesidades corporales ineludibles.

Concentraciones seguras
Un pueblo de 7.000 habitantes recibe 300.000 más sólo para tres días. Como se ve, pocas declaraciones de interés turístico internacional reciben tantos devotos. Muchos menos fueron los sujetos que ocuparon estas tierras años ha. Allí sí que había sitio, tanto en el exterior como dentro de una cueva tan inmensa como la de Tito Bustillo. El mar estaba lejos, no así ahora el agua dulce, salada o embotellada. No deja de ser un lujo el establecerse por unos días en una zona ocupada hace tantos años, muy densamente poblada en estas fechas de principios de cada agosto.
Las medidas de seguridad de la zona final del descenso del Sella comienzan a acordonar el territorio desde una semana antes. La organización del evento y el resto de autoridades competentes en el tema deben tenerlo todo muy bien preparado para intentar la ardua tarea de acomodar a tanto gentío de mochila, nevera y tienda de campaña. Los chalecos reflectantes distribuidos por la organización comienzan a aparecer casi al mismo tiempo que las primeras tiendas se instalan en la zona. Uniformes también los hay en la cueva, donde te conducen profesionales de una visita muy bien preparada. La realidad es que entre cámaras de vigilancia y atuendos oficiales parecen querer dar seguridad a casi todo. Por ejemplo, en los aledaños de Ribadesella los jóvenes asistentes que vienen en cuatro ruedas pueden padecer aleatorios controles de seguridad. Los del benemérito cuerpo los someten a inspecciones a la entrada, se supone que a la búsqueda de sustancias, rayas, pastillas, negocios y otros derivados. También a la entrada de la cueva las amenazas se anuncian. Además de los grados de temperatura de su interior, quien se encarga de guíar avisa de prohibiciones varias. En esta vida de órdenes a menudo el NO va por delante, como si no supieran que es más amable avisar con invitaciones redactdas con un lenguaje más cercano, positivo y convincente. La guía previene de posibles delitos si alguien quiere ocupar su memoria digital con imágenes del interior. E implora a acudir también al benemérito cuerpo con el supuesto infractor. A la salida, si alguien quiere llevarse alguna postal o copia digital de las pinturas, imposible conseguirlas en la cueva. Aún no ha llegado hasta aquí el agobio de la tienda con el recuerdo artesano made in China. En el pueblo se encontrarán, dicen.

Grutas
La visita a la cueva significa un viaje en el tiempo, vencer la imaginaria claustrofobia y dejarte guiar. Aunque la entrada peatonal no coincide con la real de aquellas gentes, el nuevo mundo es oscuro para el neófito pero bien estudiado para que comprenda algo de la vida de aquellas personas. Igual que si, con nocturnidad y alevosía, alguien abre la puerta de lona de una tienda de campaña cercana y observa la composición del conjunto. Asegura la guía que los muy antiguos se guardaban allí para refugiarse, hacer rituales, vivir o protegerse. Los muy modernos lo hacen sólo para atender necesidades muy básicas, el resto del tiempo transcurre en el exterior, entre la diversidad de gentes que al final se entienden. El recorrido por los mundos antiguos anuncia sitios con pinturas que no se enseñan. Por ejemplo, El Camarín de las Vulvas. No cabe en ese sitio grupo tan grande para contenidos tan delicados. Claro que en las tiendas de campaña de todo hay y con mucho gozo. En aquellas cavidades había zonas ocultas que guardaban intimidades que nadie explicó a qué se debían. Hoy las intimidades pertenecn a sus propietarios y se enseñan a quien se quiere.

Gotas
La belleza y monumentalidad de la cueva no sólo se debe a las pinturas originales del paleolítico. Durante el recorrido, en un momento dado, la explosión de estalactitas y estalagmitas cautiva la vista. En algunas zonas su espectacularidad dilata las pupilas y propicia que la guía explicara su formación caliza. Gotas y gotas de agua conducidas a través de los tiempos, pinceladas de pinturas de animales más allá, salas, túneles, cavidades verticales u horizontales, lugares por donde descendieron los primeros espeleólogos, entre ellos el homenajeado por su muerte prematura en Picos de Europa con el nombre de la cueva. Gotas y más gotas mezcladas con hielo en concentraciones allá fuera, ajenas a estas historias de debajo tierra. El agua es capaz de deleitar con estas formaciones, de sorprender con el rumor de un río subterráneo que se oye allí, de concentrar a la masa humana con la disculpa del descenso del río Sella, de enervar los ánimos con destilados varios, de enfriar bebidas y hasta de higienizar los cuerpos sometidos a jolgorios diversos.

Cuevas
A Tito Bustillo ya la están clonando. Un simulacro de cueva se prepara allí al lado. Las visitas, el aire humano y el estado de las pinturas animan no a cerrarla pero sí a reproducirla. Cerca habrá una estructura parecida pero diferente. Sin cerrar la original, se acogerán las visitas en otro ambiente más artificial. Hasta ya hay simulaciones en tres dimensiones que recrean aquellos ambientes prehistóricos con auténtica exactitud. Todo sea porque desaparezca esa capa blanca observada encima de algunas recreaciones pictóricas. Seguro que la herencia de aquellas gentes se preservará mejor. Mientras esto ocurre, vale la pena reservar y visitar la original. La calidad de las explicaciones del personal es muy elevada para turistas interesados en aprender más de primera mano.
No será por falta de cavidades en una zona llena de lugares en donde han quedado huellas pictóricas del paso humano. Pero también Cuevas se puede escribir con mayúscula en medio de una frase. Responde a un lugar único y cercano. Un pequeño pueblo donde el ambiente rural aún existe. Donde las vacas y los hórreos son de verdad y hasta se pueden ver cultivos como el limonero, el naranjo o los kiwis. Para apreciar este paisaje, antes de entrar en el pueblo hay que pasar en coche por dentro de la Cuevona del Agua. Imaginación hecha realidad: una cueva de 300 metros, dentro de la cual transcurre una carretera, iluminada parcialmente para apreciar las estalactitats y estalagmitas. Si el conjunto impresiona, más aún llama la atención cuando se desconoce y uno penetra con el coche dentro del conjunto por primera vez. Parece una ficción, una aventura gratuita con un final desconocido. Y gratis.
Más allá aparece el pueblo de Cuevas del Agua. Muchos hórreos, vacas propiedad de un joven soltero con más amor a la vida rural que aparente interés por casarse y un albergue que también es aula de naturaleza. Acercarse a las antiguas escuelas reconvertidas es una experiencia llena de detalles. Cuidado con ellos. Entre más pequeños, más interesantes. En primer lugar, llama la atención la entrada al albergue. La primera incógnita es saber quién está detrás de un entorno en el que se recibe al visitante con una sorprendente frase enmarcada al lado de la puerta: "La esencia del ser es la alegría". Luego, el interés se acrecienta cuando entras y ves el amor por enseñar naturaleza plasmada en una sala llena de lecciones en la pared. Plafones preparados para interpretar el medio natural, amor y delicadeza en el olor, libros apropiados para el objetivo, mobiliario adecuado y una gran persona detrás de todo: Begoña. Una maestra de Madrid que quedó tan enamorada de Asturias y de este lugar que lo ha convertido en uno de sus motivos de vida. Ella, la que incita con su ejemplo a una continua alegría, que atiende al visitante como en los mejores museos, ella encanta la estancia, a pesar de que la vida no siempre le ha sonreído como se merece. Pero fortaleza no le falta. Ojalá. Cuevas también es ella y su trabajo para que los alumnos que visiten su aula de la naturaleza conozcan la ruta de los molinos, la Cuevona en todos sus detalles, los hórreos con el nombre de su propietario y, sobre todo, la amabilidad de enseñar algo que lo vives y te apasiona. Y una frase de Begoña dedicada a aventureros, montañeros, senderistas y otras especies amantes de los grandes espacios: "Las mejores amistades las hice sudando".

Semióticas
Los descensos temporales sitúan al visitante entre los 14.900 años de los ancestros que dejaron sus marcas en Tito Bustillo hasta los contemporáneos que vienen a disfrutar el 72 descenso internacional del río Sella. Dos franjas de tiempo separadas por unos metros de asfalto que exigen ir con los ojos muy abiertos para interpretar el medio. Sobre aquellos años la guía asegura que aún no se han depejado muchas de las incógnitas que se plantean los expertos sobre las pinturas de caballos, vulvas o ciervos. A qué obedecían estas representaciones, qué estado emocional transmitían, en qué circunstancias. Incógnitas distintas a las señales que en estos días se pueden ver en los espacios cercanos al Sella, propensas también a interpretaciones: montones de basura que quedan en el lugar, ausencia de conflictos y buena convivencia entre tanta gente, estados de enajenación mental momentánea inducidos por sustancias diversas, aspectos externos variopintos, diversiones nocturnas, mucho deporte de piraguas y canoas en las aguas del Sella, marcas de todo tipo que responden a algo.
Un habitante del pueblo de Cuevas había reflexionado mucho después de asistir a más de cuarenta descensos por un río muy cercano a su domicilio. Su mente, habituada a un ambiente rural concreto, anotaba ciertas reflexiones sociológicas sobre el evento de gran valor. El lugareño alababa la condición humana. Tanta gente reunida en un espacio de diversión tan reducido apenas provocaba incidentes. Decía que las veces que las fuerzas del orden quisieron ejercer como tales, provocaron lo contrario. Afirmaba que para las gentes de la zona resulta una expolosión de población tan grande que el evento se justifica una vez al año. Y eso a pesar de que queda muy lejos el espíritu inicial no competitivo del primer palista que descendió el río, allá por 1929, Dionisio de la Huerta. Persona recordada cada año con rituales establecidos en cada edición. No se olvidaba del grado de conocimiento de la zona que ha dado este descenso internacional del Sella, con negocios rotundos para algunos, y con el efecto visual que crea en verano un río plagado de unas 2.000 canoas diarias con modernos aventureros que pagan 20 euros por bajar los 16 km del río remando.

Un pueblo, una cueva, un río, un deporte y una fiesta. Gentes diversas que se aventuran a participar y consumir su tiempo vital como creen mejor. Son esas manifestaciones de la vida que, dentro de miles de años, quizá alguien estudie para descifrar qué relación pudo haber entre una canoa, una botella de sidra, un molino, una vulva, un hórreo y otras señales de una fiesta. Pero de eso se ocuparán otros más tarde.

domingo, 4 de mayo de 2008

Octava etapa del GR1, entre Alpens y el Molí d’en Vilalta

Patrimonio cultural al aire libre primaveral




GRmanas y GRmanos:

Una duda: ¿veinte centímetros o veinte segundos? – Sobre trotadores con feromonas sueltas – acerca de lecciones en torno al color verde – sobre la sabiduría de un letrado guía – sobre Quico y Kiki.



La primavera, la cultura y comer sentados debajo de un tejado ya son elementos aglutinadores que se han pasado a la categoría de tradición cuando toca. Ya son tres los años en que el destacamento andarín se sorprende a sí mismo con títulos literarios, gastronomía puesta en mesa y las diversas manifestaciones de una primavera que ya hace un mes que está aquí.
Y allí estábamos, en los puntos de salida, con autocar más grande de la cuenta y también con más asientos vacíos de los previstos. No obstante, podíamos haber sido más pero las circunstancias también cuentan y restan.

20 segundos

La sociología del espacio del autocar ha alcanzado tal nivel de estabilidad que pronto habrá que personalizar los cabezales de cada asiento con el nombre de quien lo usa. Junto a la hoja Excel de reservas quizá en un futuro habrá que adjuntar los asientos sin dueño consolidado, y también los intocables.
Atrás, sin embargo, la ley es un cierto desorden tanto en contenidos como en continentes. Para empezar el orden del día, primer tema, carreras. Se consiguió adormecer a nuestro hombre experto en calentamientos globales, el cual se situó atrás pero debió echar de menos tener al lado a alguna de aquellas personas que tan bien le acompañarían después en la mesa redonda de la comida.
Pronto se empezó a oír el número 20, el cual era objeto de veneración por parte de dos atletas. No discutían de si el tema era sobre longitudes de 20 cm, se encomendaban al Champion Chip y a Internet para pasarle por la cara del contrario que los 20 segundos de diferencia en la cursa dels Bombers justificaban la temporada. Y mira que pasa rápida esta fracción temporal, pero en el ego personal da mucho de sí. Alguien que pasa de los cincuenta se crecía ante quien aún presume de estar aún en la cuarentena y no es maratoniano.

Blanco al fondo, verde al lado

La claridad del día mostró uno de los primeros matices de esta primavera: el autocar parecía que avanzaba al encuentro de la nieve. Al fondo, el Pirineo Oriental resplandecía con su blanca luz, un decorado que se complementaba con el verdor de los cereales de secano, las primeras amapolas, el estreno de las hojas recién salidas y ese alimento líquido en forma de agua que empujaba a todo hacia la explosión final. Es la primavera, aunque aún los robles no se han atrevido a cubrirse con su nuevo ropaje. Dicho lo cual, hubo oportunidad durante todo el camino para ver, sentir, escuchar y pisar ese patrimonio natural que también es cultura viva.
El Lluçanés, a caballo de muchos sitios, parece una extensión de terreno puesta allí para girar la cabeza en todas las direcciones. La panorámica es como si la zona central de Cataluña girara en torno a ti. Y tú ahí en medio, en la altiplanicie que te brinda muchas posibilidades. De hecho la historia se repite: ha habido muchos lugares por donde GRMANIA ha pasado en que la sensación de infinito es evidente, ver los mismos sitios desde otro punto de vista.

Tradiciones

El patrimonio cultural de esta subcomarca quedó patente antes de bajar del autocar. En una masía nadie se escondía de matar un cerdo a la vista de los transeúntes y viandantes. Una tradición que parece un atentado pero que siempre ha sido lo más natural en el campo. Los matarifes rendían culto a una de las enseñanzas más ancestrales propias de la economía de autosuficiencia. Animales, muchos y sueltos en campos delimitados por pastores eléctricos. Quitar cierres metálicos para pasar, cuidar de las descargas eléctricas, o tentar a la suerte y probar la misma excitación que sintió en sus partes más nobles quien en la anterior etapa probó tal bocado. Las vacas, los toros y toda suerte de caballería ayudaban a entender cómo sería la vida por estas tierras años ha. Y todo con esas masías que responden al típico estereotipo arquitectónico de estas construcciones. Casi ninguna deshabitada, un símbolo de una vida que se repite.

Momentos

El camino propicia tantas actitudes y tantos temas como personas que se junten. Si un oído multiusos y panorámico pudiera recoger hasta el último cuchicheo de cada grupo que se hace y se deshace, sería como para plasmar una generación de conocimiento, o sea, una wikipedia andante. Y amenizada con mucha risa. O con temas más serios. Como el paso de la vida, como aprovechar el momento, como las enseñanzas de aquellos africanos que cada día se reían porque a lo mejor ése era el último de su existencia. Como lo fácil que es que en un segundo te cambie tu existencia. O sea, con ejemplos prácticos: se entiende, por tanto, que aquellos veinte segundos representaran la justificación de una temporada atlética para quien alardea de su proeza.

Al trote

Por una superficie que se mueve entre los 600 y los 800 metros de altitud, con un camino apto para carreras varias, tardaron mucho en salir al trote ligero tres hombres y una mujer. Alegaron entrenarse sin mochila, estirar músculos que no aguantan tanta tranquilidad de la marcha. Se fueron pero se encontraron, antes de parar en el ruso-catalán, con la horma de su sombrero. O sea, el grupo casi giraba en torno a ella y parecía que iban dejando rastros de feromonas delimitadoras del territorio masculino. Pero se encontraron con aquel rebaño de ganado vacuno. Uno del grupo recordó aquel otro encuentro con un toro de lidia allá por els Ports en el GR 7. Y observaron cómo aquellos animales se comportaban casi de forma parecida: toros y vacas, feromonas, territorio, actividad, presumir ante la feminidad. Aunque una cosa era diferente: Lluçà, su monasterio y el guía eran placeres para degustar a sorbos por seres humanos.

El medio y el mensaje

La supuesta altura máxima del terreno dejaba ver al fondo un terreno dado al cultivo de cereales Atrás, Alpens estaba a 860 m, ahora Lluçà a 755. El camino no ofrecía dificultad pero sí vistosidad. Las imágenes de una primavera revitalizada por las últimas lluvias eran espléndidas y muy completas. Junto a alguna masía abandonada, con evidentes restos de oficios y vida en sus entornos, había campos verdes, con matices muy intensos de un color que luego fue explicado muy bien por expertos en tintes textiles. Hasta en algún tramo el camino obligaba a pasar por sembrados de cereales, donde las marcas del paso parecían atentados a la verticalidad conjunta natural del conjunto. Los matices del color no necesitaban de la paleta artificial del Photosop para resaltar una radiante realidad. El olor intenso a pino, el gorjeo de tantos pájaros que parecían estar felices mientras construían su nido. El apareamiento o la alegría de la nueva vida, con el verde cerca y la nieve al fondo. Aquella blanca luminosidad se veía acrecentada por el azul del cielo y ese verde tan cercano. Es un regalo de abril, un mes que intensifica los colores recién nacidos después del letargo invernal. Aquí el medio transmitía muchos mensajes, sólo había que oírlos e interpretarlos.
En la parte más alta del camino, el Coll nord del Castell (a 810 m), una masía con las puertas abiertas, muchas balas de paja, una explanada y, a la izquierda, un letrero: “Lluçà: deixeu el cotxe a descansar i aneu a caminar” Dicho y hecho. El horizonte cercano se componía de los restos de un castillo a la izquierda y un monasterio al fondo, con la línea de la nieve más allá. Un próximo cruce orientaba en cómo llegar al castillo. Cerca, una cruz de término, un gran árbol con sombra y un banco de piedra, con una superficie incrustada con rayas. Uno se podía imaginar cuántas generaciones habrían honrado a aquella cruz y se habrían sentado en aquel banco, a la sombra del majestuoso árbol. Tres símbolos de paso y de una cultura ya antigua. Pronto, la joya: Santa Maria de Lluçà.

El medio es el mensaje

En ésas estábamos cuando McLuhan iba a aparecer encarnado en un ferviente devoto del arte románico del monasterio de Lluçà. Mientras unos llegaban, otros habían detenido su galope en un abrevadero con barra y cerveza. Allí estaba una maravilla del arte y su encantador artificial. Él era catalán viajado a Rusia con billete temporal de vuelta yu parada y fonda en esta obra de arte. Recibía al viajero con demasiado silencio contenido. O sea, su verborrea y ganas de explicar quedaban al alcance del oído presto a escuchar. Claro que él se dirigía al turista con tiempo, no al andarín de paso. Los tesoros le habían embelesado. Para confirmar la belleza de aquel arte, repetía que un equipo de la tele había estado hace poco grabando allí. Sí, la tele. Las cámaras parecían serle de gran valor, el ojo digital verificaba la importancia que percataba el ojo real. Y McLuhan contento con el guía. Como si tanto arte necesitara de la pequeña pantalla para justificar su excelencia.
Hubo sospechas de que un sitio de tanta belleza dejara medio petrificados a tantos amantes del arte como por allí pasaban. El misticismo del lugar, la penumbra del espacio religioso, tanto pantocrátor y el efecto narcotizante de un aroma a tanta cultura religiosa allí dentro, el conjunto levantó sospechas. El grupo se podía estirar, y no por atender a los encantos restauradores de los dos jóvenes de La Primitiva, nombre de la casa de comidas situada enfrente del monasterio. Es la cultura, amigo. Un sitio como para volver y degustar los placeres del buen yantar.

El mensaje de los colores

Una amplia y larga pista parecía alejarse y acercarse al monasterio de Lluçà como si de un juego se tratara. Era el Coll de Plana, a 805 metros, con buenas panorámicas sobre el Lluçanés, Osona, Pirineo Oriental, Montseny, Collsacabra, Sant Llorenç del Munt y Montserrat Era un largo rodeo que servía para alejarse de una parte de la riera de Merlés pero sin dejar de jugar al escondite con el centro religioso.
Al final, para asegurarse de que estábamos todos los que éramos, hubo una parada técnica muy educativa. Son esos momentos en que alguien se sienta, come, bebe, descansa, ríe, se limpia el sudor. O imparte a los ignorantes toda una lección en torno al color verde. Como delante tenía suficiente materia prima, empezó a diferenciar el verde oliva del verde pistacho y del militar. Y usó ejemplos allí presentes para que la lección se entendiera. Tanta pedagogía sirvió también para humanizar otros colores con dos ejemplos muy sencillos. Dos personas que se conocían por andar pero no se identificaban por el nombre, aprovecharon el hecho de hablar de colores para poner encima del verde paisaje dos más en femenino: Blanca y Rosa.

La gastronomía como paisaje

El camino poco a poco tocaba a su fin. Grandes embalses artificiales y antiguos molinos en la riera de Merlès (el Molí d’en Vilalta, a 500 m) ya abandonados dejaban entrever que la tan preciada agua existía. Y también una carretera y un autocar.
El traslado al centro del ágape sirvió para alegrar al personal y para entrar en ambiente. Alguien, cándido él, confundió el nombre del lugar, “Cal Quico” con “Can Kiki”. Quien de esto entiende bastante, comenzó a calentar el ambiente. La traición del inconsciente motivó chanzas de elevado contenido erótico. Pero no pensaba él la que le esperaba en el restaurante.
El lugar era excelente; el rincón, digno de quienes allí comíamos; y la materia prima motivó que ya se programaran varias caminatas más, pero todas con punto de destino en este lugar.
La distribución de comensales hizo que, mira qué casualidad, el que domina muy bien los temas femeninos, quedara solo en una mesa redonda con acreditadas representantes de ese sector. Y, claro, su teatral gracia les alegró la comida. Igual que a todos la invitación a cava de quien celebra su onomástica el 23 de abril.
Pero uno de los platos fuertes de la comida era de papel. Un libro como símbolo, con tantos significados, un punto de libro personalizado, el excelente trabajo de quienes se preocuparon por todo y la oportuna puesta en escena de la ceremonia de entrega, a cargo de quien sabe contar cuentos y declamar en público. Un acto ya institucionalizado que luego debe continuar con la lectura de la “Antologia Poètica” del gran Miquel Martí i Pol.
El poeta nos brindó un trabajo digno de ser paladeado a pequeños sorbos. Y con sus palabras de la página 209 nos quedamos en esta etapa llena de patrimonio cultural y también literario:

“Aquest camí, com tots, acabarà
en un estimball clar, sense paraules,
ni desitjos, ni vent. L’ombra benigna
d’algun ocell em farà companyia,
perquè el record no sigui una feixuga
disbauxa de claror, i en tindré prou
amb no dir res per sentir el fosc embruix
del buit immens que tot ho purifica”


Evaristo
Terrassa, 26 de abril de 2008
http://afondonatural,blogspot.com

Séptima etapa del GR1, entre Ripoll y Alpens

Cargando pilas y ánimos con muchas energías



GRmanas y GRmanos:

Sobre facturas más veloces que el autocar- acerca de energías eléctricas euforizantes – de remedios y terapias diversas- sobre brindis por esponsales recientes



Ocurrió antes de empezar a andar. Antes de ponerse en marcha. Antes de subir. Fue la primera vez que una empresa como ésta envía la factura antes de que llegue el autocar. Y eso que tal sucedáneo de vehículo se distinguió por presentarse antes de la hora, antes del primer senderista. Puede que sean señales de cambio, pero el viernes anterior ya facturaban lo que no habían hecho. Y el sábado ya esperaba quien era afamado por no ser puntual. En tal día de reflexión y de la mujer trabajadora, nuestro hombre del volante brindaba toda su sabiduría viaria para llevarnos hasta Ripoll.

Baile de cifras y de bajas

En diferentes mentideros se especuló sobre posibles causas de tantas y distinguidas ausencias. No se sospecha que fuera ninguna muestra de solidaridad con el coordinador general. Y menos ese día. Porque él allí estaba en la parada 2, raudo y veloz. Puso en marcha el manual titulado “Cómo aprender a manejar un GPS en un minuto” y, como su espíritu pedagógico ahora está insatisfecho, se volcó en dos cándidos GRmanos y les esquematizó el funcionamiento del aparato. Los susodichos pupilos interiorizaron ese gran torrente de sabiduría y, con tanta información tan comprimida, dudaron de su futura orientación. Pero no. El GPS se comportó, y eso que él parecía darse cuenta de las manos en que estaba. Por tanto, el coordinador despidió a la expedición con la lección aprendida. Otros, ausentes con disfunciones diversas, con virus, con muestras pedagógicas, con la prevención ante tantas subidas, o con resacas postcelebración, o con preparación preelectoral. Al final, la treintena éramos y Ripoll nos esperaba.

El perfume de los churros

Como casi siempre ocurre en este tipo de jornadas, todo ya está reflexionado y la puesta en común se convierte en una necesaria terapia colectiva. En la zona trasera del vehículo hubo quien compadeció al jubilado de oro, al del jersey rosa y peinado antiguo, o alabó al de las cejas subidas y todos repasaron el estado de la nación antes de sentir el intenso olor a churros y ver los primeros pantalones del mercadillo de Ripoll. Nuestro chófer se nota que tiene olfato, estética y gusto. Asustado quedó el emigrante cuando el tenderete se vio sorprendido por tanto mochilero. Mientras, la gula olía a aceite muy versado en dorar esas tiras de masa de harina que invitan a ser mojadas en chocolate. El recorrido siguió por una zona de la población en la que, a esas horas, unas cocas recién hechas te miraban con ánimo de retar la tentación una vez traspasado el escaparate. Pero no. Hubo contención, miradas para encontrar las primeras marcas y preparativos para acometer la primera cuesta del día. Dicho y hecho.

Entre bosques y bancales

La primera, en la frente. O sea, subida inicial para ganar altura y probar las piernas. Desde arriba la meca de Guifré el Pilós empezaba a quedar distante y lejana. Buena señal. El frío matinal despejaba la fina capa de escarcha que cubría la sequedad del terreno. Se notaba la ausencia de precipitaciones y se iba la vista hacia campos cultivados o prados bien cuidados. En una comarca tan densamente poblada por árboles, los pocos espacios libres estaban cuidados por quienes aún se sienten protagonistas de algo más que de una denuncia: “De todas las especies protegidas, la que está en mayor peligro de extinción es el labrador”. Algunos debía haber, bancales bien cuidados, con ganadería vacuna bien protegida y con límites territoriales para que esos animales no se despisten. Claro que lo que a uno reprime a otro le enerva.

Los electrizantes límites

De sobra sabe el género vacuno que esos alambres son una barrera que no se debe franquear. La represión del paso la notan cuando el morro prueba la función de los electrones. Pero también los humanos pueden probar sus efectos cuando la conexión eléctrica te pilla por sorpresa y te somete a una curiosa prueba. Y más siendo el protagonista uno de la selecta estirpe maratoniana. Resulta que, al parecer, o no se dio cuenta o no valoró en su justa medida aquella barrera eléctrica. Fue a pasarla con cierto descuido. Mientras una pierna sorteaba el obstáculo, la otra impulsaba el cuerpo para finalizar la acción pero…¿y la zona de en medio, la entrepierna? Durante unos segundos quedó en contacto directo con el pastor eléctrico. Digamos que esa zona vital básica, tan alabada por Wody Allen y comparada con el cerebro, sufrió una sobrecarga eléctrica digna de mención. Los alaridos iniciales dieron pie a los caminantes a interesarse por el resultado de la experiencia. Corrieron rumores de que, al final, todo fue muy placentero, quizá con euforizantes cargas de energía que, más tarde, pudieran necesitar las oportunas descargas para que todo quedara donde debía.

Terapias al aire libre

No cabe duda de que esos remedios tan naturales de la risa y de la deconstrucción de la normalidad vigente, son tareas muy practicadas en este paseo tan peripatético en que se convierte una etapa de GRAMANIA. Clamando a los aires consignas, hipótesis, comprobaciones y consejos varios, uno llega a la conclusión de que no queda más remedio que airear la mente y abrirla a otros pensamientos que por allí se escuchan. La sabiduría fluye por los caminos, la persecución de las marcas da rienda suelta a producciones cerebrales diversas. Y más ahora en que la constancia de la edad cada vez se hace más evidente.
Son esas etapas de la vida que muy bien definió quien se cuida de la salud mental ajena. En este caso el género hombre por allí reinante fue clasificado por el experto dentro de la Edad de los Metales: plata en las sienes, oro en los implantes dentales y…plomo en zonas que otros recargan con energía eléctrica. Sobre el género mujer se oyeron comentarios acerca de la magia de los tintes, allí donde ellos no se atreven a aplicar el “just for men”. Y también se aportaron sugerencias para momentos de coyunda o soledades diversas: que si ellas o ellos se inclinan más por la práctica de artes manuales o digitales. O, puestos a ello, la lengua da para mucho y los juegos de palabras y procacidades diversas dieron pie a trabalenguas y palíndromos de alto voltaje (lo de “un metro de encaje negro” ocupó una parte de la oratoria y fue un primer ejemplo). Por lo que se ve, la terapia del caminar una vez al mes quizá ahorre otras empanadas mentales (por no decirlo con recursos lingüísticos más populares)

Un recorrido exigente

Superados los primeros trechos, consumado el almuerzo de rigor, las energías estaban preparadas para ser dilapidadas en constantes subidas y bajadas por un terreno poco frecuentado a pie por la actual especie humana. Atrás quedaron los 695 metros de Ripoll, la Mare de Déu del Remei (815), El Puig (840) y el GR seguía subiendo hasta Vallespirans (880) y el coll de Sant Esteve de Vallespirans (950). El paisaje era imponente a esta altura en medio de la soledad por estar tan alto, con una perspectiva sin obstáculos que se interpusieran con el horizonte. Una comarca para descubrir siguiendo caminos, para ver las sierras de siempre desde otro lugar. Casas recuperadas para usos residenciales, casas de colonias en medio de la soledad, construcciones en ruinas y algunas personas que de vez en cuando nos hacen pensar que no estamos solos allí.
La subida sigue. A 1040 metros, la casa de colonias de Portavella alinea muchas bombonas de butano, una torre, obras de reconstrucción, indicadores confusos y un giro hacia la derecha por unas empinadas rocas. Quien creyera que la máxima altura ya era ésta se equivocaba. La ascensión seguía. También los alambres separadores. Ésta vez no ofrecían “placeres” eléctricos. Más pista, más caminos en medio de altos y olorosos pinos. Salida a otra pista y ya venía la senda a la derecha que, en subida, desembocaba en el mayor espectáculo de la jornada: el santuario de Sant Margarida de Vinyoles, a 1205 metros de altura. Un lugar en donde una inscripción dice que allí se llevaba a los enfermos de cólera, mucho tiempo atrás. Un lugar con espectaculares vistas sobre el Pirineo Oriental, el Berguedà, Osona y el Ripollés. Debajo de esta ermita, reconstruida en 1854, estaba el castillo de la Guàrdia, datado en 1017. Y, por un camino que descendía, seguimos hasta llegar a Alpens, a 860 metros. Una bajada en medio de restos de viviendas, otras recuperadas y un pueblo al fondo, con un casal y con un bar. El destacamento que llegó antes, por hacer sólo media etapa, ya había tomado posiciones en la terraza. Todo bien acondicionado para todos en un lugar que precisamente ese día lo estrenaban los nuevos dueños.

¡Qué buena que estaba ella!

Bien pertrechados en un lugar al sol, en una terraza bien situada y con los condumios encima de la mesa, la celebración de la comida empezó con buen pie y acabó mejor. Los ánimos se fueron caldeando y, como siempre, corrieron degustaciones diversas para ser compartidas. Destacaron unos buñuelos de puro capricho. La bondad del plato de cuaresma fue la confirmación de que la cosa iba bien encaminada. Ya cerca del final, apareció ella. Se presentó con todo su arte. Aparentaba buen sabor, un color muy atractivo, un aspecto muy húmedo, muy sugerente. Invitaba al placer con calma, a observar sus encantos, a comulgar con ellos. De hecho, entraba bien. Le dimos la bienvenida, la probamos y felicitamos una vez más a quien nos deleitó con su presencia. Fue una agradable invitación del GRmano recién casado a todos los allí presentes. Ella, un símbolo más, era Anna de Codorníu, la marca de un buen cava que sirvió, una vez más, para hacer de un acto personal un gesto comunitario, una forma de compartir aquel momento civil con quienes le acompañamos en tantos buenos ratos. Él, un experto en las distancias cortas, nos hizo disfrutar del suave paladar de ella con un gran gesto.

Alpens

Antes de partir de este pueblo, hubo un momento para descubrir el entorno. Las casas de siempre se veían ya acompañadas por las adosadas, mientras aún quedaban huertas sin construir. La diferencia entre unas construcciones y otras era manifiesta. Se las veía allá, mientras aquí al lado, un pagés jubilado labraba su pequeño huerto con herramientas manuales y ancestrales, tal como hacían sus antepasados. Viejas casas con arcos en un pueblo retirado, donde hasta puede presumir de rotular su ayuntamiento de forma distinta. Se sabía dónde estaba la casa consistorial porque lo ponía un papel cualquiera, clavado con dos chinchetas encima de una puerta. Tamaño gesto gráfico sería inimaginable en cualquier entorno urbano.
Dicho lo cual, la partida llegó porque otros acontecimientos y celebraciones esperaban horas después. El sueño recuperador del autocar preparó los cuerpos para la larga noche en que otro GRmano celebró que hace poco había traspasado la barrera de los cincuenta.
Un emotivo acto con un detalle final en forma de puzzle: una estampa del Estany Tort de Peguera con el albergue Josep Maria Blanc al fondo (y con experiencias compartidas) y una frase de Abrahan Lincolm a modo de deseo y de cierre:

“Al final, el més important no són els anys de la vida, sinó la vida dels anys”


Evaristo
Terrassa, 23 de marzo de 2008
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Sexta etapa del GR1, entre Sant Pau de Segúries y Ripoll

GRMANIA mojó en el Ripollès


GRmanas y GRmanos:


Del valor de la tecnología punta en vena – Por caminos paralelos a casi todo - Sobre suplentes y suplantados –Sobre votaciones en medio del bosque – Acerca de la desbandada final.


La excepcionalidad de la etapa era evidente. No tanto por el recorrido, con escasos desniveles y poco accidentado. El hecho a destacar en sí era que el coordinador general permanecía expectante y convaleciente en sus aposentos ovales. Intrigado por ver qué pasaría por el Ripollès con el personal a sus órdenes. Y recuperándose muy favorablemente. Eso sí, empezaron a circular rumores sobre la calidad de las piezas que le colocaron en su zona de operaciones, como más adelante se verá. El segundo hecho excepcional fue la forma tan sibilina en que a alguien lo van formando como suplente para tareas de responsabilidad. Y, cuando el formador lo ve capaz para cometer el mando, le otorga los bártulos, el cargo y hace mutis por el foro. Pero de eso habrá tiempo de tratar con más detalle. Por otra parte, gran alegría causó ver de nuevo rostros que hace tiempo se echaban en falta: el de quien cuida con esmero de nuestro gran capitán y el del ufano y feliz que quitó su piedra del camino, con lo que su buen humor aún se acrecentará.

Disfunciones caloríficas

Nuestro respetado tocador del volante y otros mandos se ve incapaz de dar gusto a todos en el autocar. Y no es que le fallen los sensores climáticos del receptáculo andante. Mira que se esfuerza pero siempre recibe sugerencias. Quien se hiela, a quien le suben los efluvios caloríficos, quien no ve el paisaje porque se empañan los cristales, quien toca el vidrio y a veces el hielo hace acto de presencia. En fin, menos mal que, a la vuelta, el sopor después de caminatas y comidas, conjugado con los desequilibrios del interior (del autocar, se entiende), sumen al personal en un dulce sueño redentor.

Tecnología punta a modo de sostén

La zona trasera del carruaje con motor entró en una serie de especulaciones y rumores, a la vez que aportó soluciones tecnológicas para fallos de operatividad propios de estas edades. De entrada, alguien no confirmó pero sí apuntó que a nuestro coordinador le habían instalado en la zona operada piezas hechas con la última tecnología alemana. Y especuló que su próxima reincorporación al camino será como para ir a su rebufo. Hablaban de titanio y otros materiales que, decían, habían sido probados en los cuellos de los conductores de vehículos de Fórmula 1.
Pero no todo quedó ahí. Quien sabe más casi ya por futuro abuelo apuntó más recursos. Una marca japonesa ya experimenta con algún invento para subir los párpados, en caso de que quien conduce un coche se duerma. Extrapolado el invento, a los cincuentones de la zona del gallinero del autocar les comenzaron a brillar los ojos de forma lasciva: por fin habrá una tecnología capaz de mantener también en subida otras zonas corporales que empiezan a estar en bajada.

Los rigores del clima

El anticiclón persistente, además de orquestar toses y resfriados múltiples, cubre la Cataluña interior con una persistente helada. Un paisaje subyugante desde dentro del autocar. Un anuncio de que el día será soleado y que de los hielos pronto se pasará a observar mejor aquellos campos del Ripollès. Esta etapa de hecho fue una de las que menos núcleos habitados cruzó y más masías ocupadas por labradores nos mostró. Casas con todo lo propio de la agricultura moderna, tractores que roturaban la tierra y la hacían girar, gramíneas ya crecidas que esperaban como todos: que de una vez llueva. El río Ter, algunos canales y las rieras que se cruzaron confirmaban la escasez del líquido elemento. Casi ni para mojarse había agua en algunas zonas.


Caminos paralelos

A menudo los caminos, los ríos, las carreteras y las vías ferroviarias van todos paralelos. Cuando esto pasa, la brecha fluvial suele ser la que ha abierto el paso a las demás vías de comunicación. En este caso, el paralelismo se dio en bastantes tramos del recorrido. Se apreciaba poca población pero algunas masías aún en marcha, con esos adelantos que facilitan la dureza del campo. O esos leñadores, también con tecnología punta. Disponían de alargados y articulados brazos que alcanzaban a cortar elevadas ramas. Mucha poda a lo largo de un sendero bien marcado y aún más cerrado. En pocas etapas ha habido tantos alambres como en ésta: son esos cerrojos pasajeros que ponen puertas al campo, limitan propiedades o impiden que animales de cuatro patas traspasen las fronteras artificiales.


Almuerzo y suplencias en la cúpula

Cruces, giros, muchos pasos y hambre. Al lado del edificio que albergaba una esclusa para abastecer de agua a un canal de riego, el personal sacó los condumios cara al sol. Cerca, el agua que no mojaba en su caída algunos metros más allá. Unos, al lado de la acequia. Otros, abajo. Muchos, encaramados a los restos de un balcón sin acabar. Mientras se engullían las viandas, hubo competencia de vinos. Por allí apareció una bota con un suave vino que ponía la nota diferencial a los paladares. Hubo quienes, pensando en su propietario, se afanaron a probarlo. Pensaban que podría ser vino de misa y, por su calidad y ausencia de agua, bien iría para consumar una comunión completa. Pero no fue el caso. Se apreció la libación y se habló de la sorpresa del día. Un suplente encaramado al poder.
Al parecer, el anterior jefe de personal y de recursos humanos de GRMANIA estuvo formando casi en secreto durante bastante tiempo a su suplente en el cargo. Dicho aventajado alumno manifestó que “no fue ningún suplicio ser suplente” y menos “suplantar” al titular. Llegado el momento, como que ya lo vio suelto en el cargo, procedió al relevo sucesorio. Con lo que GRMANIA ya dispone de un nuevo jefe de los recursos más humanos, cargo que seguro que se tomará con mucha filosofía. Claro que, según se mire, quizá este hecho sea el principio de una carrera de altos vuelos. Porque si el ya exjefe de personal, después de tantos años adquiriendo rodaje en GRMANIA, ha pasado a gestionar el conocimiento de áreas y ámbitos muy superiores, quizá el nuevo jefe de personal aspire a, en un futuro, seguir sus pasos. Y pueda progresar en otros ámbitos, aunque quizá la esperada y deseada jubilación le abra otras puertas más placenteras.

Vías verdes, senda del hierro y chocolate para todos


Una de las terapias más practicadas en los GR es aquel consejo que hace años dio el cómico italiano Dario Fo: “La risa libera al hombre de sus miedos”. Por la cantidad de carcajadas se deduce que de miedo, nada. Risas y buenos momentos mientras los vericuetos te llevan por una altura de unos 800 metros: de Sant Pau de Segúries al torrent de Quatrecases, de aquí a la riera del Repunxó, masías con nombres como El Marquès o El Grau, El Pujol, la Batilla, el Tampere o el molino de Malatosca. Desde aquí, queda poco hasta la estación de la vía verde de Sant Joan de les Abadesses, a 770 metros. Un cruce de caminos, con la antigua ruta del hierro reconvertida para el turismo, el río Ter, la carretera, el monasterio y el puente que han dado merecida fama a esta población. Abadesas debía haber (de abades, no se habla).
Y aquí, uno de los recientes cincuentones del grupo quiso que todos mojaran. El chocolate caliente y los bizcochos fueron un tentempié en mitad del camino. A pesar de cierto sofoco derivado de los kilómetros andados, no sentó mal dicho brebaje, llamado hace años en algunos sitios “la merienda de los curas” (por algo sería). De este GR no parece que nadie se despidiera si haber tenido la opción de mojar algo. Aunque sólo fueran bizcochos.
Y, visto lo visto, un cumpleaños puede ser motivo como para pensar en aquello que apuntó la escritora irlandesa Edna O’Brian: “El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro” (habrá que mirarse al espejo con detenimiento).


Votando por los bosques del Ripollès

Hasta Ripoll el camino transcurrió entre masas arbóreas muy tupidas, ausencia de presencia humana y un hombre destacado que se esfumó en lontananza. Acometió el camino con buen paso, sin mirar atrás. Sólo las marcas que, decía, no le conducirían a pérdida alguna. Ante su derroche de fuerza, el grupo perseguidor bromeaba sobre sus capacidades y sobre otros temas. O sea, la risa que cura. Las masías habitadas eran las únicas construcciones que dejaban ver la actuación humana. La mayor subida, a 890 metros en el coll de Can Sau. Después, la riera de Ogassa, el torrente de la Rimbala y el típico rodeo por quienes enfilan la directa y son capaces de trotar más kilómetros con mucha alegría e inocencia.
Ya de bajada, un miembro de GRMANIA sugirió una votación para discernir si venía hasta aquí el autocar o se acababa la etapa andando. El resultado electoral fue uno pero la realidad fue otra: tres trotando sin mochila hasta el final, unos esperando al autobús, otros dentro de él, unos rompiendo la disciplina de voto, y el autobús dando vueltas a un lado y a otro buscando a los más lejanos. Vueltas, giros y paradas hasta no dejar a nadie en tierra. Menos mal que nos conducen buenas manos. La desbandada inicial acabó bien.
El restaurante Rama primero y el otro con apelativo en honor a la barrica, ambos fueron testigos de los diversos movimientos del personal. Suerte que no había pérdida y el GR iba paralelo a la carretera. Pero, por movimiento que no quede. Al final, concentración en la zona exterior de un restaurante. Una vieja masía con problemas en la red de cañería, con escaso servicio de personal, con viejos aperos y herramientas de labranza en exposición y algunas aves que daban un toque rural al entorno.
Allí, al sol, nuestro servicio propio de camareros se comportó con más diligencia que el inexistente del bar. Las cajas de cerveza y las botellas de vino alegraron los semblantes y cerraron una etapa por una de las comarcas de Cataluña con bellezas no masificadas. Imágenes para recordar y también para soñar mientras el sopor de la siesta se apoderó de los que volvían al punto de origen.
Aunque hoy las protestas a veces ya ni son, hace unos cuantos años un cantante norteamericano cerró su vida antes de suicidarse con una significativa mención a la rebelión por la estética:

“Ah, pero en un tiempo tan feo como éste, la única protesta verdadera es la belleza”

Evaristo

Terrassa, 13 de febrero de 2008
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viernes, 18 de enero de 2008

Quinta etapa del GR 1, entre Oix i Sant Pau de Segúries

La alta Garrotxa, con un interés muy natural



GRmanas y GRmanos:


De cómo un espacio de alto valor natural responde al cartel – Sobre disfunciones momentáneas de órganos diversos - de la alta Garrotxa a la Terra Baixa – sobre turismo nocturno por La Maurina – sobre la cuesta de enero, muy en subida – del lujo de pisar charcos –sobre marineros de tierra adentro - sobre simulacros de comidas vigiladas por uniformes – de remedios femeninos para males masculinos.


El nuevo año, además de tantos deseos, ilusiones y proyectos, sorprendió a los caminantes recién subidos al autocar, con una visita nocturna para descubrir las interioridades de La Maurina, cual turistas ojeando Las Ramblas de Barcelona en autobús al uso. Los principios sirvieron para demostrar el valor del rodear frente a la inmediatez de la línea recta. Dos vueltas al barrio, observación de aquel colegio que dirigió tan ilustre formador de generaciones, ajustes para caber por las calles y llegada a la segunda parada. GRMANIA no tenía nada que ver con que la empresa se hubiera dividido, que los autocares ahora aumentaran el patrimonio de la compañía fuerte de Terrassa y que la agencia con la que tratamos siguiera siendo nuestro único punto de referencia. Pero podremos seguir disfrutando del tacto y amenidad de quien nos conduce.

Disfunciones corporales diversas

“La percepción de la realidad es la realidad”, dice un aforismo del mundo de la economía. Y la de GRMANIA es diversa desde el punto de vista corpóreo. 2008, el DNI y los fríos invernales parece que se han juntado y han aglutinado pasajeras disfunciones en los cuerpos: resfriados diversos, posoperatorios renales, espolones, intensas gripes, esquirlas puntiagudas, etc. El campo es diverso pero esperanzador. Esperamos que todos los procesos sean satisfactorios y que las funciones hagan a los miembros. No tocó la lotería pero que no decaiga la salud.

Espacios de alto valor natural

Así rezaban diversos carteles distribuidos por un lujo de subcomarca que muchos descubrimos: la alta Garrotxa. Las mentes despiertas de caminantes curtidos admiraban las grandes masas forestales aún casi vírgenes, los hayedos que permanecen en el anonimato de la gran masa pateadora de aceras, pinos rojos, extensiones de árboles de hoja caduca o perenne que permitían ver el horizonte y descubrir una realidad natural por capas: cerca, el bosque y animales diversos de los de verdad; más allá, más de lo mismo y, aún más lejos todavía, la claridad del día permitía contrastar el color de la nieve con el gris de la naturaleza adormecida, el verde apagado del fondo con el marrón de tanta hoja seca a los pies, la luz del sol de invierno con la luminosidad del fondo nevado.
Oix, a 410 metros, enseñó el centro de un pequeño pueblo del que partía la etapa. El camino hoy era exigente y representaba un continuo calentamiento muscular para afrontar en forma la cota máxima, 910 metros. 500 metros de desnivel que ponían a prueba al personal, procedente de las voracidades navideñas.

Ermitas, animales y almuerzos de los de verdad

El coll de Toralles, a 615 metros, ya significó cierto consumo de reservas caloríficas, por lo que se procedió a la búsqueda de una buena zona para el avituallamiento sólido y líquido. Antes el camino enseñó vacas de las auténticas, no de las fijas y pintadas; caballos para carne y algunas aves de gran envergadura que merodeaban a cierta altura. Un paisaje para vivir la soledad y para pasar con un GR. Y para desayunar con tranquilidad, al sol y al lado de una ermita, la de Sant Martí de Toralles, del año 977, románica y abierta a las visitas. Al lado, la pareja cuidadora de la casa y de los terrenos de un propietario valenciano, amables y acogedores, procedentes de Palau de Plegamans. Al parecer, el amo pensó venir desde Valencia tres o cuatro veces al año. Pero ahora, la zona le cautiva tanto que cada mes aparece por aquí.

San Isidro, expectante

El camino, lleno de bifurcaciones, siguió tensando ahora el almuerzo. Poco a poco el paisaje se abría con la altura. En el coll de Toralloles, a 735 metros, apareció la imagen el patrón de los labradores (excepto en Cataluña, que dicen que es Sant Galderic) y patrón también de Madrid. En una pequeña hornacina, el santo debía darse cuenta de los entornos que le rodeaban: desde el alto sólo se veía un camino al fondo que conducía a dos masías, todo era una tupida masa forestal y aquella nieve que iluminaba aún más la perspectiva del horizonte. El camino era estrecho y resbaladizo.

El encanto del agua

Hacía tiempo que no había posibilidad de sortear charcos de agua. No había forma de llenarse las zapatillas de barro. Era difícil ponerse en alerta porque la suela del calzado no te sorprendía con piedras que resbalaban. Los pantalones no podían disfrutar con las ocasionales salpicaduras de barro. Pero hoy sí. Hasta una parada técnica para juntar el grupo se hizo al lado de una laguna en el camino. Parecía como si fuera algo recuperado después de tantos días sin lluvia. Un símbolo de ese agua tan publicitada con aquello de que para tenerla hay que cerrar el grifo. Allí, al lado del hostal de la vall del Bac se recuperó la palabra “retrete”. No porque varias personas aprovecharan la parada y fueran a usarlo de forma real e imaginaria al mismo tiempo, sino porque nuestros pupilos más pequeños hoy hacen mejor sus necesidades si son capaces de identificar en el símbolo de la puerta que les toca las letras W.C. Una vez hechas las evacuaciones y recuperado el grupo en su integridad, la partida no nos podía hacer imaginar que pronto unos animales se pondrían a nuestra altura.

Sorpresas rurales inesperadas

Pocas casas y algunos animales. Y, de entre todos, nuestra especie. “Ponte a su lado que os hago una foto a los dos burros juntos”, era la irónica invitación que nuestro webmaster hacía a algunos distinguidos a ser retratados con la raza autóctona: el guarà. Al lado de la ermita de la Mare de Deu dels Àngels de Llongarriu había machos, hembras y crías. Parecían de uso turístico, objeto de decoración de fotos con detalles del lugar, de ésas que indican “yo también estuve allí”. Los animales formaban parte de un entorno rural en proceso de reconstrucción. El edificio que remodelaban se asemejaba a esos de descanso en el campo, muy apto para que los modernos profesionales del ordenador para enseñar (ya no tiza) puedan algún día hacer una cura de desintoxicación educativa. Por ejemplo ellos u otras profesiones también. Espacios donde el tiempo funciona de otra manera, donde esperar cuenta menos que si fueras un pasajero de los trenes de cercanías (¿qué son cuarenta minutos de espera comparado con toda la eternidad?, que dijo el futuro abuelo a quien se quejaba de sus minutos desperdiciados hace unos días ante unas vías desiertas de trenes de cercanías).
Pero el campo también se adapta a los nuevos tiempos. No sólo con vehículos de tracción total. ¿Qué hacía él con un artilugio lleno de antenas al lado del camino? Era un habitante de la zona que había desplegado modernas tecnologías de captación de ondas. Buscaba a sus perros, perdidos pero marcados con un chip cuyas ondas captaba dicho aparato. O sea, las TIC al servicio del labrador.

La cuesta de enero, muy en subida

Los planos en formato papel avisaban que pronto se producirían sorpresas. Había que cubrir un desnivel significativo, inhabitual desde hace bastantes etapas. 200 metros en poco trozo. Ante esta sorpresa, qué coincidencia pero hubo un grupo que se despistó por la carretera y llegaron descansados al final de la etapa. De hecho los servicios jurídicos amenazaron con incoarles un expediente administrativo por abusar del asfalto y no sudar la cuesta de enero. Después de los tres cuartos de hora de espera por si se retractaban de su despiste y volvían al punto inicial, el grupo acometió el reto final. La bajada al torrente pronto fue adoptando suave posicionamiento en ascenso. Mientras esto ocurría, la senda estaba franqueada por paredes verticales a modo de balcones no aptos para el vértigo. El pronunciado desnivel recordó otros tiempos en que aquéllas sí que eran subidas. Ésta era una auténtica cuesta de enero, con sudor y esfuerzo para llegar al final (también del mes). Una subida a prueba de turrones acumulados e hígados castigados. Una vez arriba, la carretera y los indicadores simbolizaban que el final estaba cerca. A lo lejos, Sant Pau de Segúries, el grupo despistado y la leyenda del marinero por estos pagos. Ese personaje que para que no lo conocieran en la costa se fue al interior y acabó en este pueblo, un lugar del que arranca también una vía romana digna de recorrerse. Y el Costa Bona a lo lejos, marcando formas envueltas en una gran capa blanca.

La comida, en cueva vigilada

La parada en el restaurante y camping Els Roures pasará a la historia por su decorado y por su expectante compañía. Además de las cuatro personas nuevas que acompañaron al grupo, el marco del lugar se asemejaba a una cueva con el techo formado por una bóveda de ladrillos. Parecía una de aquellas comidas que se hacían para celebrar alguna reunión conspiradora contra otro Régimen. Pero ni contra aquello ni contra lo de hoy. Además, ¿quién sería el que levantara la voz o dijera según qué consignas si al lado había cuatro representantes de la seguridad nacional catalana que comían con agua?. Nunca hasta hoy GRMANIA ha comido con tanta y tan latente vigilancia, aunque no tuvieron que llamar al orden (establecido) a nadie. Una seguridad que pronto levantó el vuelo y dejó que quien hará de Tomàs “L’Ermità” en Terra Baixa estimulara el ánimo del sector femenino. Pronto se habló de “lagartonas”, se recordó a una moza que desconoce en su calendario el pasado uno de enero a causa de una indisposición muy espumosa. O se sugirió el nuevo uniforme del cobrador del GR: con tanga por encima de las mesas.

Calores curativos de vuelta

Los cristales del autocar pronto se empañaron por dentro. El calor humano del interior fue a parar a los cristales. Y más cuando los ánimos se caldearon ante posibles formas de curar a algún GRMANO ausente. Cierto sector femenino se brindó a darle con suavidad y cariño masajes (empezando por el pecho) con uno de esos compuestos que exigen “contacto con tacto”. Menos mal que los sueños, sueños son y la siesta se apoderó de bastante personal.

La primera etapa del año presentó en sociedad un GR que cambia de proporciones y que implica más esfuerzo, otros retos pero sin llegar al miedo. Aunque bien está para otras empresas vitales atender lo que hace poco dijo en una entrevista la más famosa arquitecta del mundo, la iraquí Zaha Hadid:

“Si no te comes el miedo, no consigues nada”


Evaristo
Terrassa, 18 de enero de 2008

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domingo, 6 de enero de 2008

Cuarta etapa del GR 1, entre Besalú y Oix

Cuando lo que calienta no es el sol



GRmanas y GRmanos:


De cómo algunas partes del autocar pueden calentar (se) – sobre la aplicación literal del deseo de buena suerte en el teatro –– acerca de animales fijos - sobre curiosas y falsas etimologías – de cómo un nuevo aceite afrodisíaco femenino se fabricaba allí al lado – de cómo el Homo kleenex tendrá un gran futuro- sobre cómo lo sagrado puede convivir con intentos de destapes masculinos.

“Me gustar formar parte de este grupo”, dijo una mente femenina al acabar la comida en Ca La Nàsia, se supone que en un seguro ataque de sinceridad. No deja de ser una reflexión en voz alta que incumbe a todos. Claro que el marco sí que era incomparable, y la lejana y, personalmente, muy querida Ribera del Duero ayudó mucho a desinhibir mentes y crear otros ambientes, entre copos de nieve, canciones navideñas y buena compañía.
La Navidad se acercaba…entre el tintineo de las cajas de cava que se cargaban en la parada uno. ¿Qué hubiera pasado si quien las llevaba en el coche hubiera sido detenida en un control policial de alcoholemia que tuvo que sortear antes de subir al autobús? Después de tantas cajas, el torrente humano casi llenó todas las plazas. Casi, pues aún hubo bajas a última hora. Después de los nervios pasados en días anteriores por una persona de más que debía caber en algún sitio, al final hubo una de menos.

Sobre autocares y pilotos

En realidad es todo un monumento andante, por mucha web que autoanuncie detrás. Con estos vehículos y con un GPS humano al volante, que alguien entronca con el más profundo Pedro Almodóvar, no hubo problemas en llegar hasta Besalú, a 150 metros sobre el nivel del mar. Allí donde el polvo inundaba las mesas del restaurante de la etapa anterior, allí mismo la puerta del portaequipajes no se abría. Estaba fría, decía el amo. Necesitaba calor, no ese fuerte de efecto o patada que obra milagros. Alguien apuntaba que una micción masculina con chorro tipo surtidor ascendente sería “el mecánico ideal”, Pero el frío acartona, encoge y enfoca mucho más abajo de lo habitual. Al final, el frotamiento continuado con posterior distensión de las gomas dejó coger el equipaje. Y ponerse gorros, buffs, bragas, gorras, como si de sospechosos rufianes se tratara. Un aspecto muy apropiado para franquear aquella torre del puente de Besalú, ahora despejada de su colorido hábito anterior en la torre principal. Y ver al fondo una enorme bandera autóctona, mientras las medievales calles observaban el paso de contemporáneos senderistas.

¡Mucha mierda!

A nuestro actor, cantante y guitarrista siempre le deseamos eso y más en sus bolos y representaciones varias. Sin embargo, la salida de Besalú mostró un camino difícil de encontrar en algunas zonas, con sospechosos papeles no de blanco inmaculado. No es que la cultura estuviera por los suelos, los retortijones intestinales provocan a veces intempestivos adornos en zonas por donde alguien puede pasar alguna vez. La frase del deseo de la buena suerte en el teatro era literalmente sorteada hasta que todo se despejó, la autovía se franqueó y el bosque caducifolio permitió arrastrar los pies por el suelo. El piso lleno de hojas secas permite experimentar pisadas esponjosas, oír el crek crek de esa materia orgánica que pronto alimentará el sotobosque. Pasar pequeños puentes formados por dos tablas. Andar por entre árboles de hoja perenne como si dentro de un túnel se tratara. Ver casi el principio del invierno en un amplio valle volcánico. Y hacer ganas de desayunar.

Animales fijos

Cara al sol que casi no calienta, los condumios fueron pasando en uno de los días más cortos del año, aunque ese sábado fuera el primer día en que las tardes empezaban a alargarse, si bien el día seguía acortándose por las mañanas.
Las energías se iban a gastar en dos posteriores subidas en medio de capas de esa helada que se juntaría con la del día siguiente. Por el camino, pocos animales. Algunos perros y otros que seguro que iban a estar día y noche fuera. Vacas de colores como si formaran parte de una composición gráfica en un entorno con una casa que aparentaba de alto postín. Unos mastines parecía que merodeaban por el entorno como si su labor de posible vigilancia no les diera demasiado trabajo. Para entretenerse, el ganado vacuno fijo les permitía ladrar con cierta furia y acercarse a caminantes matutinos. Todo era fotogénico, hermoso, colorista, un cuadro de esos de la Escuela de Olot.

Un pueblo con afrodisíacos

El camino también se acercaba al asfalto, a fábricas de sillas, a masías, pajares, segundas residencias y a pueblos. Como el de Tortellà, a 275 metros. Curioso nombre que sirvió para que alguien, de forma inocente, quisiera relacionar este nombre con el del tortell. Y preguntaba si aquí habría algún monumento al supuesto origen de este dominical postre. No apareció en nuestro camino, aunque sí dos tió pintados en dos enormes troncos al lado de la iglesia.
Y…, más allá…
Tortellà es un referente en el mundo del actual perfume artesanal de Cataluña. Gratos recuerdos aquellos de hace veinte años, cuando alguien aún se acuerda que casi vio nacer en Can Duran el origen del Taller de Alquimia, (observad el vídeo de presentación de la web).
Muchos aromas, esencias sacadas de tantas plantas de La Garrotxa, donde Idili Lizcano ha creado una industria artesanal con una nueva idea para el regalo de calidad. No hace mucho, en este pueblo por donde pasamos, el Taller de Alquimia puso a la venta unidades de “un aceite afrodisíaco para mujeres”: (textual en http://www.vilaweb.cat/www/elpunt/noticia?p_idcmp=2408061
“L'anomenat Sensuality Body Nectar Woman és un producte que té per objectiu «millorar l'energia femenina i optimitzar al màxim les relacions sexuals»”.

Hacia el Homo kleenex

Después de Tortellà, el camino sigue hasta pasar por el puente románico que permite cruzar el río Llierca. La reliquia del puente ralentizó un grupo que debía encarar algo más distanciados la primera subida, hasta hollar el Oratori de Sant Roc, a 430 metros. La zona estaba vigilada por unos cazadores de liebres, tres escopetas que, a falta de objetivos, buscaban uno de sus perros que, perdido, aún “no había sido cazado”.
La bajada permitió afrontar después la última subida, el coll Palomares, de 615 metros. Un lugar con límites: a un lado Francia, al otro Cataluña y al fondo…Oix. El reglamento obligaba a esperar y se supone que hablar. La blanca helada aún permitió que algunas neuronas produjeran observaciones propias de sesudos analistas. Como esa nueva especie cada vez más abundante bautizada allí mismo como “Homo Kleenex”: a los hombres poco a poco se les pronostica un futuro de usar y… A caminar hasta donde el final de la senda que baja y e lleva hasta la entrada de un pueblo con gruesos trozos de hielo que flotaban encima de unos bidones de agua. Un símbolo del intenso frío que acompañó hasta el final. Bueno, para entrar en calor, qué mejor que sortear la sospechosa oscuridad, las inciertas nubes negras y refugiarse en La Vall de Bianya, en Lloc-Alou.

Comida, nieve y adéus

Una gran y alargada mesa simbolizaba GRMANIA, con o sin pajaritas y camisas blancas, andando o convalecientes, amigos de la amiga, compañeros y conocidos. El ágape fue abundante, mezcla de productos de diversos orígenes, un toque diferencial para cerrar un año más antes de Navidad. Ca la Nàsia significó un encuentro, una comida y uno de esos marcos ambientales de difícil repetición. Un techo con vigas de madera; calor humano; oscuridad exterior, agua, viento, aguanieve y nieve; buenos alimentos; vinos, cavas y moscateles; regalos y sorpresas, canciones.
Y curiosas anécdotas entre copa y copa de vino Ribera del Duero, de Haza, Burgos, 2006. Toca villancicos. Mientras unos cantan “…y mira cómo beben los peces en el río…”, al otro extremo de la mesa alguien inicia sesión de despelote con sombrero puesto. Se regodea, focaliza la atención particular en el punto concreto, suelta la hebilla y dice que debe parar donde empieza lo negro (la prenda interior también era negra; la camisa, blanca).
Tocan detalles como el ya manido de las lenguas de las canciones.
Algunas personas del restaurante fruncen el ceño y sugieren cantar sólo en la lengua de Pompeu Fabra. Cuando se cumplen sus deseos ponen cara de globalización entendida a su manera.
No obstante, felicitarles por su servicio y especialidades culinarias. Si bien a algunos de ellos se les atragantaba la lengua de Cervantes cantada, los comensales agradecían su amplitud de miras: vino de Ribera del Duero, cabrito (para nada ¡qué cabrón!) y otra especialidad no degustada esta vez, el “chuletón” (las comillas son de su tarjeta de la puerta: tal cual, sin posible traducción). Copas dentro y grandes copos fuera.
Ya en el autocar alguien con buena temperatura interior transmitió sus pensamientos a alguna pieza del asiento. Juega a subir y bajar el apoyabrazos del objeto en cuestión, con ímpetu y gran impulso de subida. Se imagina otros calores y cualquier pieza intenta imitar al original.
Un año más y van… El cierre de un tiempo que se abrirá a otras ideas, otras vivencias y posibles novedades. De momento estamos aquí, rodeados de lo de cada año por esta consumista época navideña. Quizá sea un buen momento para recordar lo que un psicólogo japonés de una gran multinacional les dice a los empleados:

“Todo lo que no hace falta, sobra”


Que 2008 os sea leve.

Evaristo
Terrassa, 19 de diciembre de 2007

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Tercera etapa del GR 1, entre Banyoles y Besalú

Entre razas autóctonas y artes medievales
y contemporáneas




GRmanas y GRmanos:

Sobre cómo el frío también va por dentro – Por qué la línea curva es la tendencia que alarga los GRs – Sobre razas autóctonas en la fila de los récords – sobre polvazos por los caminos – de por qué hubo que pasar por la piedra – sobre cómo el arte y la magia son para grandes minorías.

La meteorología, ciencia, arte o magia, ya dejaba notar su primer ramalazo del próximo invierno. Las señales se veían en la cantidad de fajos y refajos que el respetable público traía consigo a la etapa. Y razones no le faltaban. A pesar de que mirar los termómetros callejeros implica un juego de pronósticos a ver quién acierta o quién la dice más gorda (la temperatura), los apéndices corporales delataban la fría realidad. Ya lo expresó con exactitud nuestro rapsoda cuando dijo que las narices se quedaban como si uno hubiera caído de cara dentro de un congelador. Tal expresiva imagen también se comprobó en el interior del carruaje a motor. Los cristales por dentro estaban helados. Pero, a pesar de los menos bajo cero, allí estábamos, enfilando el norte.

Otros, en otros vuelos

Unos allí y otros cuerpos situados en otras direcciones. Algunos, convalecientes. Ojalá les dure poco la puesta a punto. Otros, más al norte europeo, visitando museos tan “impresionistas” como la fábrica de cervezas Heineken o los “impresionantes” escaparates nocturnos de los que aún quedan en el barrio rojo de Amsterdam; alguna, en donde hay más dineros guardados que chocolates y relojes suizos exportados; y alguien, quizá ya debajo de las aguas del océano Índico, en inmersiones hacia otras realidades. Aunque para otros, otros mundos, como el de esa isla caribeña en que alguien del grupo fue tratado hace poco a cuerpo de alta alcurnia comunista. Y el resto, acercándose a Banyoles y empezando a enfilar la línea curva de una etapa que era una provocación por lo aparentemente corta que se presentaba. ¿Corta? ¿La alargamos?

La curvatura del círculo a pie

Los escasos kilómetros planificados eran una apuesta muy tentadora para ver quién los hace más largos. De entrada, para que se vea que se le da consistencia turística, propuesta de vuelta casi completa al lago de Banyoles a pie. Antes, acercamiento en autobús. Bien planificado. La realidad era que ya había quienes lo habían pateado antes del botellón anterior, otros se atrevieron a dar la vuelta al ruedo entre andarines matinales, paseantes de cánidos y otras especies deportivas. Pasear por la orilla de esta masa de agua es hacerlo entre las brumas matinales que dejan ver cómo se despierta ese cuadro líquido en medio de la llanura. Y se observa que los colores de las señales de los GR también están en el agua a aquellas horas: las corcheras separadoras de los trazados indicadores de piragüistas eran blancos y rojos, como si fuera una provocación para atrevidos caminantes encima del agua. O varias piragüas también blancas y rojas. O quienes por allí circulamos con otra visión del conjunto, distinta a aquella otra parada del pasado botellón, tan bien mojada por dentro.
Ya agrupados, el Club Natació Banyoles congregaba a náuticos diversos, estilizados cuerpos fruto de largas sesiones al lado de aguas tan olímpicas. Pero, antes de completar la vuelta, con ampliación del GR incluida, el personal no sabía que se iba a adentrar en los preparativos de un acontecimiento histórico.

Pollinos Guiness autóctonos

La feria de Sant Martirià, junto con la de Firestany, montaba las estructuras. Un acontecimiento histórico que arranca en 1368 cuando Pere IV concedió el permiso para una feria por donde ahora pasa el GR. La raza autóctona del burro de aquí tenía una cita que querían que fuera un récord. Tenían que poner en fila india, atados, el mayor número de rucs, guaràns de la raza Asinina Catalana. Ya empezaban a llegar a su espacio reservado, pero también se congregaban otras razas de animales de aquí: el cavall cerdà bretó, el pollastre de pota blava del Prat de Llobregat, el gos d’atura y la vaca bruna. Por en medio de animales, la zona no permitía ver marcas pero sí oficios diversos de artesanos, productos alimenticios y bares ambulantes. Había casi de todo menos marcas.
Cuando éstas parecía que asomaban, hubo un grupo que salió en estampida. Se convirtieron en veloces fagocitadores de kilómetros, enfilaron el camino y se tiraron a completar el círculo del lago, incluso pasaron más allá del punto de salida (o de parada del autocar). Mientras, otros oteaban los perfiles, husmeaban, preguntaban, giraban el mapa y llegaban a la conclusión de que era hora de juntarse para la primera parada gastronómica en un alto. Vuelta atrás y subida a lo más encima del llano, a los restos de la ermita del santo del día. El cuentakilómetros indicaba que se habían modificado las distancias iniciales aunque aún casi parecía que la inamovilidad era evidente: se empezó al lado del lago (a 165 metros de altura), se recorrió éste y se come mirándolo al fondo, desde 255 metros de altura. La curva más alargada en una suave subida al mirador de L’Estany. Y aún casi no hemos empezado.

El vuelo del polvo y la sugerencia de la sonda

Desde el mirador el camino sigue por la llanura de la comarca, por en medio de tierras sembradas, masías, granjas, fábricas de piensos, pequeñas urbanizaciones con mansiones incorporadas y esos contrastes que deja ver la luz, entre el rojo terruño y el verde ya mortecino de las pocas plantas que aún hay. Bifurcaciones, cruces, la tranquilidad vuelve y estira las pequeñas comunidades hablantes que trotan. Pronto, Serinyà, pueblo con antepasados prehistóricos que se han convertido en objeto de devoción turística. Muchos escolares infantiles y adultos han pasado por allí: es una mirada atrás desde hoy. La cueva allí al lado y el núcleo antiguo del pueblo, con aspecto de estar cuidado, con la mejor pose para ser retratado por el ojo digital. Por ejemplo, una iglesia apta para subir y ver desde arriba el llano. O pequeños rincones con encanto.
El camino sigue por un entorno de momento bien marcado. No parece tener pérdidas, y eso que ya se avisa de que los momentos de estiramientos deben compensarse también con el encogimiento grupal. No obstante, pequeñas sorpresas siempre las hay. Y más si momentáneas necesidades fisiológicas te obligan a sacar, menear, meter, bajar, subir, limpiar, componer, vestirse. Te retiras y buscas un excusado natural y, cuando pretendes ver a alguien, nada. No queda ni el polvo. Menos mal que hay quienes van en grupo a estos menesteres y buscan consuelos o soluciones en conjunto. Al final, reincorporación al grupo con asomo de una nueva iniciativa para no perder el tiempo ni el grupo: “A la próxima etapa acudiremos sondadas”.
Alguien se extasió con el colorido de la tierra recién arada. El sol iluminaba la hilera continua de surcos y descubría la tierra que antes había estado abajo. Momento que aprovechó quien procede del campo extremeño para impartir una auténtica lección del barbecho y la sementera. Es esa cultura rural de tantos desertores del arado que nos reciclamos hace años en jóvenes urbanitas del extrarradio.
Y también hubo dos de diferente sexo que se internaron en el bosque con motivo de la búsqueda de señales. Al reincorporarse al sendero, la coincidencia hizo que, debido a lo seco del suelo, alguien inocente que los vio proclamara: “¡Qué polvazo!” En realidad, la ausencia de lluvias dejó las placenteras sospechas en sólo suciedad en las zapatillas.

El juego al despiste y el paso por la piedra

Las marcas no parecían verse bien siempre. Y un sujeto se dedicó al juego de la confusión. Amagaba con conducirnos hacia una dirección. Pero casi todos sospechábamos que era la contraria. Al final algunos sesudos observadores no se creyeron los ardides del caminante. Pensaron que en vez de un juego era un cúmulo de errores en la orientación de quien, por otra parte, ha demostrado buen olfato para las señales en otras ocasiones.
En ésas estábamos cuando el camino parecía ir de frente. Encima de una piedra permanecía un pensador profesional que dejaba discurrir el sentido de la búsqueda y captura de la marca auténtica. Antes de que se siguiera el camino incorrecto, levantó sus reales y descubrió que lo que tenía debajo eran las marcas del GR que se debían seguir. “Ahora pasaréis todos por la piedra”, dijo. Y así se hizo.
El tiempo y los kilómetros preconizaban que quedaba poco para el final. Aún no se veían señales de tan histórico y turístico pueblo pero el cielo mostraba curiosos vuelos. Por ejemplo, el de tantas gaviotas en la zona del río Fluvià. Nuestro lobo de mar luego olfateó que estas aves se trasladaban hacia los basureros del interior, como si de auténticas carroñeras se tratase. Otros, a pesar de tantas dioptrías, fueron capaces de enfocar la bifocal al cielo y distinguir algo parecido a parapentes con motor. Iban más altos que las gaviotas y también con más ruido. Cerca había una feria de estos objetos voladores a motor. Y, poco a poco, ya nos aproximábamos al arte medieval recubierto por vivos colores de eso que ahora se llama Arte Contemporáneo, sólo al alcance en su totalidad de algunos iniciados. Del burro tipo raza autóctona íbamos a pasar a otras especies artísticas de altos vuelos.

Besalú, magia, arte y también polvo

A estas alturas de la vida turística, qué decir de este pueblo si no fuera por el asombro del colorido con que vistieron el torreón central de paso del puente. Un buen efecto óptico con cierto ramalazo de arte contemporáneo. El cromatismo moderno que contrasta con lo medieval del pueblo, un lugar con un cementerio donde enterraron maquis, un casco antiguo medieval y mucha magia durante aquel fin de semana.
Antes de refocilarnos con tantas artes, los estómagos pedían una parada y se hizo. El lugar, regentado por foráneos acogidos en un bar llamado “Fórum”, tenía una terraza con mesas protegidas con una buena capa de polvo. Esto sí que era un gran polvazo. La limpieza la hicieron con una de esas bayetas tipo limpiaparabrisas de semáforo que te exige el pago del diezmo. Después, tal arte tenían que hasta excitaron las iras de algunos profesionales degustadores de cerveza. Si en sus países se toma del tiempo o templada, en la patria de tantas razas autóctonas se sirve fría. Y sino, me quejo y se la devuelvo. Y así hicieron.
Los postres, como de costumbre por estas fechas, fueron un buen momento para esquilmar las carteras con loterías variadas. Aunque la suerte aún estaba por llegar, allí al lado había que visitar por enésima vez la población. El arco recubierto provocó recuerdos de esos museos de arte contemporáneos que son la moda. Sitios ansiados por cualquier población que se precie de estar a la última. Cuadros y objetos sólo (in)comprendidos por la selección artificial de las mentes más avispadas. Más allá, el pueblo y la magia.
Aquel fin de semana se inauguraba el I Festival de Magia de Besalú, con cena mágica, espectáculo de serpientes, magia en globo y gran gala nocturna para condecorar al mago de siempre…¿quién? Pues al Màgic Andreu.
Entre tanto, al lado de la iglesia, ojo avizor estaban los del tradicional negocio a pie de calle: “el poder de la tierra, la cabanya dels bruixots del Pirineu, ajos mágicos”. O ese puesto de la echadora de cartas que por 20 euros te adivina lo divino y lo humano, todo con el ritual olor y los adornos al uso. Por las paredes, otra tradición cada vez más autóctona: anuncio del “sopar independentista”.
Visto lo visto, vuelta atrás, acomodo para la siesta de rigor y regreso al punto de partida. La luz del otoño aporta al paisaje pistas para llegar a otra forma de entenderlo. Poco a poco, de tanto usarlo para disfrutar de él, de ese intento por interiorizar campos, naturaleza y luces, recorriéndolo en cuerpo y alma, quizá llegue algún día en que uno se pueda acercar a aquello que dijo Aldous Huxley:

“El hábito convierte los placeres suntuosos en necesidades cotidianas”

Evaristo
Terrassa, 22 de noviembre de 2007
http://afondonatural.blogspot.com

domingo, 4 de noviembre de 2007

Segunda etapa del GR 1, entre Llampaies y Banyoles

Entre la diversidad de paisajes y la uniformidad de olores


GRmanas y GRmanos:

De cómo los más veteranos no son los más “rodados” – ¿quién buscaba sillas vacías? - sobre caminar a la sombra del Canigó – sobre el rekuerdo (con K) del final, al principio – sobre animales sin efecto Axe –sobre obeliscos vegetales- sobre remos, remadas y ….- de mares interiores en otoño- sobre bodas, botellones y calentones. Sobre poesías encima del agua que hay que pisar.


Cuando parecía que al día siguiente el rugido de la élite de los motores hacía soñar a más de uno con milagros de alta gama, la realidad se acercó hasta la primera parada en forma de un veterano profesional que casi se estrenaba con su vehículo de treinta y siete plazas. No había dudas de que la FIA no andaba detrás de posibles alteraciones técnicas. No era por eso que alguna puerta no se abría, que la marcha atrás parecía no sincronizada o que los botones del tablero casi eran unos desconocidos puestos allí para ser descubiertos sobre la marcha. La apuesta se simbolizó en ese cruce general de dedos para que las sorpresas no fueran más allá que para risa y jerigonza global. La veteranía dice que es un grado pero en esta ocasión pudo más la suerte que la experiencia. No obstante, la experiencia de pasar por tantas manos hace que el grupo andarín acoja cada nueva cara al volante como un bautismo más.

Camino sin sillas

Llampaies, principio hacia el mar Mediterráneo. Llampaies, principio hacia ese mar interior llamado Lago de Banyoles. Dos direcciones contrarias que forman parte del mismo GR, que tienen en común superficies más o menos llanas con montículos, con un final en grandes masas de agua, sean dulces o saladas. Y con otro final común: botellones a la orilla de ambas superficies. En medio, no había las tan buscadas sillas pero sí animales; no se olía a cautivadores y femeninos (se supone) perfumes pero sí a quienes desconocían el humano efecto Axe; no se apreciaban barcas pero sí asfalto en todas direcciones; no había frutas para degustar pero sí campos y más campos con algunas hortalizas bien visibles y bien valladas; no rugían las olas en la orilla pero sí zumbaban tantos y tantos camiones o motores de fin de semana, dejando en medio idílicas masías perturbado su bucolismo campestre por el rugido de veteranos (estos sí) camioneros o por el tubo de escape de tantos y tantos cerdos productores de carnes y derivados olfativos. Sillas, algunas en las masías abiertas; sillares, en los arcos de las más antiguas; sillones, en alguna terraza con abuelos al sol. Pero de las otras sillas, ni rastro.

Recuerdos del final

Entre los 120 metros del nivel del mar del punto de partida hasta los 165 de la llegada a Banyoles, el paisaje sorprendió con pequeños toques de atención para no caer en la monotonía. Muchas barriadas, agrupaciones de casas, masías solas, establecimientos agropecuarios, cruces diversos a carreteras de más o menos solera, un continuo sorteo de caminos bien marcados que también enseñaron nuevas marcas. Hasta aquí llega la brocha del grupo terrassense que ha marcado con señales amarillas y azules la vieja vía romana denominada Vía Augusta. En muchos tramos no deja de ser la referencia más antigua por la que se guiaron para las modernas autopistas o para esa otra vía paralela con nombre de AVE, aunque le cueste iniciar el primer vuelo.
Las ondulaciones del terreno brindaban los tonos ocres de las tierras aradas, con rectos surcos que se perdían en la distancia, si es que antes la lluvia no los había desdibujado. O se alternaban con esos campos de maíz para ser convertido en forraje o triturado para el invierno. Son los contrastes del otoño en unas tierras que se columpian entre el Alt Empordà i el Pla de l’Estany (si miramos el terreno, lo de alto y llano daría pie a más de una tertulia), situadas en medio de cadenas montañosas a lo lejos y, aquí cerca, pequeñas poblaciones como Orriols. Parada y fonda. ¿Dónde? Qué mejor lugar que a la sombra de la pared del viejo cementerio, en un antiguo entorno parecido a una plaza con una calle que va al castillo y otra a la iglesia. Al lado, el cementerio viejo. Y aquí, botas, condumios, cafés y líquidos varios. Son momentos más para disfrutar que no para leer la inscripción que recuerda lo inevitable. Quizá fue escrita por un ácrata de los de la K (“tanka per a l’entrada al cementiri”), pero sus humildes versos debían pretender poner las cosas en su sitio:
No tan sols els vius
Sense memòria es perden,
Vianant
Aquest és el lloc,
Teva és l’ombra
Ressucita ara els teus morts

Versos quizá premonitorios de otro casual encuentro en Banyoles con alguien relacionado con la muerte, un ser andante que guía a vivos y a difuntos, como descubriremos después. Y versos que tienen otra continuación también al final, en Banyoles. Y un tema, éste, que hizo proclamar al escritor ruso Dostowiesky, que “Europa es un cementerio”.

Obeliscos vegetales

La comarca presuntamente llana era una suma de contrastes ondulados. Las suaves lomas dibujaban olas en un terreno amable, o en barbecho, despejado de vegetación en general aunque también protegido por masas boscosas bien cuidadas. Un paseo muy agradable por caminos abiertos unas veces, o amparados otras por muchas encinas. La verticalidad se manifestaba en las boyas metálicas para guardar y distribuir el pienso en las granjas, construcciones metálicas que asomaban y anunciaban que esos animales tan limpios y gustosos se engordaban al lado. Pero, sin duda, eran las viejas encinas las que parecían monumentos vegetales en los patios de algunas masías. Se presentaban en medio de la zona de entrada, rodeadas por cemento y allí entronizadas como la mejor decoración para recibir al posible visitante. Árboles centenarios considerados con el mayor respeto posible, símbolos de muchas generaciones de antepasados que las vieron crecer con esa lentitud propia de algunos vegetales mediterráneos. Herencias que transmiten un gran respeto por la naturaleza y por el trabajo bien hecho. Ellas allí y nosotros aquí, viendo los diferentes rostros del Pla de l’Estany.

Animales en clausura

La zona, una de las más habitadas de Catalunya por animales de granja, ratifica a sus inquilinos por su típico olor. Profundo, de aquellos que no hace falta respirar hondo por si se acaba. No. Permanece con insistencia, sin efectos Axe o disimuladas impregnaciones para hacer oler lo que no es. La alimentación tan industrial diseñada por laboratorios brinda estos resultados. Cerdos en serie, carnes según la fluctuación de la lonja de Bellpuig y uno de esos animales de los que se aprovecha todo. Y también asomaban ya algunas ocas y patos, quizá importados de los vecinos del norte, allí donde su carne es tan habitual como aquí otras. La producción en serie nos alimenta.

Espíritus literarios

Pasadas algunas casas de recreo o de inversión, de las que te hacen imaginar la supuesta opulencia ajena, la llanura permitía ver la sierra Transversal al fondo. Además de tantas antenas como se ven por todos los puntos más altos, destacaba una atalaya literaria. La Mare de Deu del Mont despuntaba como símbolo que permitió a Jacint Verdaguer allí escribir su obra “Canigó”. Se veía al fondo y uno se imaginaba al cura de Folgueroles allí recluido escribiendo versos tan afamados. Es el mismo cura del que también vimos la casa donde murió en aquella etapa que pasaba por Valldoreix. O también, ya de nuevo bajando de las alturas, aquí al lado la imaginación te llevaba a Javier Cercas, a buscar el santuario de El Cullell, donde Sánchez Mazas y los suyos se convirtieron en protagonistas de “Soldados de Salamina”. Una zona ya descubierta al turismo, como muy bien demostraba uno de nuestros andarines, destacado guía de la romería nocturna. Él ya había experimentado en su cuerpo y mente este recorrido, lo que confirma aquella teoría ya expuesta: nombre turístico que cites en un GR, seguro que alguien levanta la mano y dice: “Yo ya estuve allí”.

Cerca, Banyoles

La llanura cercana a esta población brindaba de nuevo ese paisaje que parece una transición antes de entrar en zona volcánica propiamente dicha. Los campos de al lado acababan en Banyoles, una vez franqueada la carretera de Girona a Olot. Entrar en esta población, famosa por tristes exposiciones de humanos disecados y apergaminados, es también observar esa realidad de mezclas de razas y de personas, de convivencia diversa y tranquila entre gentes de muchos lugares. Como las calles desconcertaban, uno va y pregunta a quien iba bien vestido repartiendo sospechosos papeles. Se le veía muy habituado a tratar con los vivos. Sus indicaciones fueron muy completas y precisas. Pero, por lo que llevaba, también conocía muy a fondo el “Polvo eres”: era un operario de la funeraria que repartía recordatorios de un entierro. De aquellos cementerios pasamos a la antesala de lo que nos espera.
Y, al lado del lago, ya nos esperaban quienes ya lo habían pateado porque el veterano conductor los había trasladado aquí. Aunque sólo hicieron la mitad del GR, seguro que la espectacularidad de la masa líquida les obligó a recorrerlo a pie.

Botellones, remos, calentones y celebraciones

La sede de las pruebas de remo y piragüismo de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 estaba espléndida. La superficie lacustre parecía un gran mar de los de tierra adentro, con sus pesqueras, con esas pequeñas edificaciones que parecían flotar encima del agua, barcos de paseo y otros deportivos, de esos de remar. La tranquilidad imbuía un ambiente otoñal: plataneros y otros árboles de ribera que rodean el lago, ya con los colores ocres y amarillos de las hojas, ya con sus ramas cimbreadas por el aire. Mientras el agua y el botellón mojaban exteriores e interiores, allí sentados se podían apreciar esas fotos hechas aquí por Navia, de las que decoran artísticos calendarios de pared: en un momento dado la brisa provocó la caída de mortecinas hojas sobre el agua de la orilla, mientras al fondo los patos y las gaviotas se dejaban mecer por las suaves olas del agua y, en medio, algunas piraguas se abrían paso a base de mover los remos. Estampas que permanecen en la retina como auténticas combinaciones paisajísticas, parecidas a las que los pintores de la escuela de Olot recogen en sus cuadros.
Mientras el lago se ofrecía tal cual, la doble fila de cansados y hambrientos andarines se dedicaba al agradable arte del comer y del beber. Al lado de un cartel con prohibiciones varias, se consumó la alimentación a pesar de estar fuera de la ley. Neveras desplegadas, bebidas frías y condumios varios. A los postres, sorpresa y agradecimientos al padre (y ya suegro), al marido, a Marta y a Martí (que no haya malos pensamientos como si los dúos ya fueran tríos). Qué detalle la invitación a tarta y a Martí Sardà, el excelente cava que sirvió para animar posteriores elucubraciones relacionadas con el calentamiento global. Nuestro compañero de caminos y su hermano nos deleitaron con esas burbujas tan celebradas.
Claro que la subida del nivel alcohólico les sirvió a ciertas personas para contemplar con otros ojos a quienes se afanaban en fortalecerse con los dos remos. Aquéllos allá moviendo esas dos extremidades artificiales en el agua y ese reducido colectivo, a la orilla, entregándose a ensoñaciones fruto no de la inocencia de la edad. Llegaron a imaginarse qué hacer con terceros remos en las piraguas, cómo manejar este último y cuál sería el manual de instrucciones para elucubraciones más que eróticas: remo, remada y…
Pero no todo quedó ahí a la orilla. De nuevo en el autocar, acomodados los cuerpos a los duros respaldos, la imaginación de las burbujas siguió trabajando y produciendo piezas insinuantes de alto calibre, hasta que el sueño reparador situó las lenguas en su sitio y el cerebro al ralentí.
En la orilla del lago, a nivel del agua, también estaba presente la poesía. No se asemejaba a la de aquel cementerio de Orriols, ni a la de “Canigó”. Eran unos versos que se pisaban. No quedaba más remedio. Para acceder a la Oficina de Turismo de Banyoles la sorpresa era un paso con el agua debajo y un vidrio que había que traspasar, el cual te brindaba la posibilidad de ver, leer y pensar en un halago más a este lago para recordar:
Cada color del mon
se t’encomana, estany,
cal.lidoscopi cristal.lí
blau cel del cel
en pau i blaumarí
quan et xarbota
un cop de tramontana,
tens segon com,
foscors de serralada
o bé t’imagines
del gris blanqiinós
dels núvols
i tot d’una et fos verd
si presagies
la tamborinada
J.N. Santaeululàlia
2006


Evaristo
Terrassa, 25 de octubre de 2007
http://afondonatural.blogspot.com

viernes, 12 de octubre de 2007

Romería 2007: ambiente juvenil y Salesiano

Pero, ¿realmente funciona el mundo por la noche cuando, aparentemente, parece que casi está parado o va al ralentí? Por supuesto que no es una pregunta para noctámbulos, trabajadores nocturnos y otras especies varias de esas que se refugian en la oscuridad para verse menos y ser vistos con otra apariencia. Y sí es una cuestión como para plantearse de vez en cuando, en esos momentos en que los párpados se entornan a medianoche y se olvidan hasta de su existencia.
Una vez al año, por lo menos, un colectivo de personas intentan perpetuar una tradición casi milenaria y recorrer una prudente distancia que les sitúe al día siguiente allá arriba, en Montserrat. Todo de noche, funcionando con nocturnidad, descubriendo otra forma de discurrir el tiempo cuando el cuerpo pide reposo a unas horas y despertarse a otras. Pero no. El camino está ahí, el final allá y, en medio, esas luces serpenteantes que transforman las sombras en formas fugaces por breves momentos. Unas 170 personas acudieron este año a la convocatoria para ir a pie. Cerca de 400, para subir al día siguiente en autocar.

Preparativos y trabajos
Las casualidades y la suerte siempre juegan algunas cartas de la partida pero la mayoría se las rifan la preparación, los contactos, el trabajo y, sobre todo, la ilusión. Ganar o perder, el éxito o el fracaso llegan al final, cuando haces recuento y tu balanza personal se decanta por un lado u otro. En este caso, ganadores fueron todas las personas que participaron en una labor que, como cada año, se inicia en el mes de junio. La realidad demuestra que la perfección no se debe dar con frecuencia pero, en este caso, se pone encima de la mesa y la organización primero se mira en sus posibles errores. Luego, se proyecta más allá y establece unas metas a superar.
Junto a la Federació de Cristians de Terrassa, grupo Avant, ese reducido grupo de GRMANIA (casi siempre los mismos, ¡y mira que se agradecería ser más!: total, es una noche de tu vida dedicada a esta causa) Ambos celebran las reuniones de junio y de septiembre. Redactan y revisan el programa de la romería a pie (en este caso específico). Pero también cargan el equipo de transmisiones, “afeitan” las zarzas, recorren el camino varias veces, contactan con el bar de Vacarisses para que esté abierto ese día, gestionan la presencia de los Mossos d’Esquadra, Policía Municipal, Creu Roja; colocan tablones en las rieras, distribuyen cintas en puntos confusos, se sitúan en la marcha, se quedan en zonas difíciles, aguantan la presión de los que quieren pasar a los de cabeza, atienden a quienes se quedan atrás porque van mal, evitan que no se produzcan cortes en el grupo, animan a quien lo necesita, hablan con todos, ayudan a repartir el desayuno a la llegada, distribuyen las personas en el autocar de vuelta.... Y evalúan mejoras para la romería del año que viene. Carmen, Cati, Ana, Jaume, Paco García, Carlos, Pepe, Cesc y el que escribe fueron el equipo habitual (Fina no pudo asistir por problemas en el pie pero estuvo como eficaz soporte y colocadora de distintivos a la salida), junto a la inestimable ayuda de Jesús y Josep. Y qué decir del muy eficaz trabajo de la Policía Municipal de Terrassa para salir de la ciudad, de Mossos d’Esquadra para atravesar la carretera de Manresa, de Creu Roja como acompañantes durante todo el camino, de la Policía Municipal de Vacarisses en la estación. O cómo agradecer a la meteorología el trato que nos dispensó: días antes nos había mojado los caminos para que no se levantara polvo y la lluvia excusó su presencia durante todo el recorrido. Parece de broma pero esta enumeración da fe de lo que supone la romería a pie. Y cada año. Con éste, ya son cinco de colaboración. Y más que vendrán.

Inicios
Debajo de la figura de Don Bosco, dentro del colegio de Salesians de Terrassa, se situó el punto de acreditaciones. O sea, de pagar, recoger el justificante del desayuno y autocar y el foulard. Allá arriba, él implorando la juventud, desde una placa. Abajo, cerca, la exposición de Salesians con motivo del 50 aniversario del centro educativo. Un recuerdo en los primeros paneles para Don Rómulo Piñol, salesiano que estuvo diez años en Terrassa, fundador de las Escuelas Salesianas de FP de la ciudad y de la parroquia Maria Auxiliadora. Al lado, a la entrada, venta de la camiseta azul conmemorativa con la palabra JUNTS a gran tamaño. En eso estábamos también nosotros, en juntarnos para emprender la marcha.
Poco a poco el personal iba llenando la estancia, la iglesia y la calle. Alegría, saludos, preparativos y observación de la indumentaria. Bastaba una mirada de arriba abajo para hacerse una primera impresión. Arriba, anudado al cuello, el foulard conmemorativo. La distinción marca de la casa, el símbolo de reconocimiento para no perderse, el recuerdo. Abajo, el calzado. Resultaba curiosa la observación a un nivel tan bajo. Como la juventud abundaba, sus hábitos se repetían. Por ejemplo, las típicas zapatillas de tenis lisas se preparaban para afrontar un terreno distinto al asfalto (mientras, la organización se imaginaba lo peor en las subidas). Una joven con botas de caña, de las de lucir el tipo. Relucientes marcas que salían de su ámbito, del espejismo adolescente, para comprobar su agarre en subidas escarpadas. O esas mochilas escolares con uso montañero ahora. Y palos de caminar. Bastantes. También muchas personas diseminadas por los alrededores en un ambiente distendido y jovial.
La misa convocó a bastantes parroquianos, pero no a todos. A la hora de finalizar las plegarias, hubo que invitar a entrar al público para que Jaume recordara las normas de la romería. Eran tantos que no cabían en la iglesia. Fuera, más gente y los dos vehículos de la Guardia Urbana. Con puntualidad no británica y sí hispana se inició la marcha. El tradicional toque de silbato de la organización y el coche policial ponía los imaginarios cronómetros a cero. La romería acababa de comenzar.

Primer tramo hasta la cena
El primer tramo transcurría por asfalto puro y duro. La fila empezaba a estirarse, eso sí, respetando las aceras y dando escaso trabajo a las autoridades policiales. Orden y concierto. Respeto a los espacios habilitados para caminar. Hasta que las casas dieron paso al camino propiamente dicho. El suelo estaba mojado pero, aún así, las suelas mantenían las figuras erguidas aunque en bastantes ocasiones paradas o a marcha lenta. Los estrechamientos de las sendas obligaron al paso de uno en uno, con lo que las retenciones parecían las habituales en hora punta. La primera sorpresa llegó con una pequeña pero pronunciada bajada y subida zigzagueante. El olfato de los dos miembros de Cruz Roja les situó en los puntos más resbaladizos. Sus manos aportaron seguridad y ayuda a romeros y romeras. Ganada altura de nuevo, pronto empezaron a oírse los vehículos de la carretera a Manresa. Mientras, la organización se comunicaba por medio de los cuatro walkis. En el ambiente flotaba la incógnita de si los Mossos d’Esquadra ya nos esperaban en la habitual curva peligrosa, un tramo difícil de tres carriles con un incesante goteo de coches y camiones de la basura que iban a descargar a Coll Cardús. Los Mossos avisaron que ya venían y llegaron a la hora justa. Antes de verlos, la subida del Molinot exigía vigilancia hacia la vegetación. El “afeitado” de este año fue suficiente pero ya se prevé un buen rasurado para el próximo.
El paso viario fue muy seguro gracias a la policía autonómica, a la que no nos cansaremos de agradecer sus servicios a estas horas. Un buen despliegue de coches. No marcharon hasta que la última persona no abandonó el tramo de carretera por donde va la romería. Después, subida hacia la tradicional sorpresa de cada año, la hora de la cena en los alrededores de la Masia Donadeu. ¿Qué ocurriría esta vez?

El capítulo de este año
Encima del túnel de Coll Cardús existe un complejo de restauración que cada vez parece mayor y mejor iluminado, señal que el negocio debe ir viento en popa. El camino de la romería pasa por las dos zonas de aparcamiento y este punto es el tradicional espacio para cenar sobre la una de la madrugada. Parece evidente que una romería casi milenaria debió pasar por esta zona mucho antes que se hiciera la casa original de la mansión actual. Por tanto, se deduce que los derechos de paso son centenarios. Pues bien, el equipo gestor o responsable del negocio se entretiene cada año en poner trabas para no parar. Perturban la romería y a sus responsables con objeciones dichas a veces con educación y otras con prepotencia. Algún año hubo amenazas con la policía por invadir un patio ajardinado. La propiedad privada manda, amigo Sancho, aunque en aquella ocasión se reconociera el desliz y se asegurara que todo quedaría limpio al acabar. Otro año dejaron caer molestias varias. El año pasado la romería debió ser muy atractiva para algunos trajeados invitados a una boda. Mientras los romeros cenaban, algunos concelebrantes paseaban sus atuendos y asentaban sus condumios y efluvios etílicos por entre quienes cenaban bocadillos sentados en el suelo. Incluso se interesaban por nuestroobjetivos. Parecíamos ser para ellos un reclamo turístico más o una curiosidad de la que hablar, antes de volver al interior y seguir la fiesta. ¿Y este año?
Uno, que por una vez no fue centro de quejas, intentará reproducir la conversación que hubo entre dos responsables y algunos responsables de la organización de la romería. Como siempre, alegaron invasión de una propiedad privada al hecho de sentarse al borde del camino de paso (público, se supone) o en un aparcamiento vacío. Parece que olvidan la historia de la romería. Su supuesta capacidad disuasoria y de convencimiento les llevó a utilizar la segunda tanda de estrategias oratorias. Atacaron con un argumento demoledor: “¿Qué creéis vosotros que pensaría el padre de la novia si ahora se asomara al balcón del restaurante y os viera a todos aquí, con la imagen que nos creáis?” La mente de los escuchantes había quedado dinamitada con tan sólidos razonamientos. Con esta estrategia pensaban convencer a unos romeros que iban a estar unos veinte minutos allí sentados, sin perturbar a nadie y recogiendo cada uno los restos de sus condumios. Mientras, algunos miraban si alguien asomaba al balcón nupcial y ponía mala cara por ver tal paisaje humano, a modo de extras de una película que no has contratado para tu boda. No. No salió el padre de la novia. Cuando las mentes de los representantes de la Masia Donadeu ya no debían producir más sólidas líneas argumentales, un miembro de la organización de la romería les lanzó un reto para el que sólo tuvieron la callada por respuesta: “¿De verdad que alguien de la boda se les ha quejado a ustedes de que unos romeros estén aquí abajo, cenando unos bocadillos mientras hacen un alto en el camino hacia Montserrat?”
El año que viene, siguiente capítulo de las tribulaciones de unos caminantes que hacen una parada en los entornos de www.masiadonadeu.com . Observad su imagen publicitaria en la web, con sus bellos interiores, y contrastadla con la imagen real que ofrecen a la romería de Terrassa a Montserrat.

Hacia Vacarisses
Este tramo permite ver el final y más cosas. Las luces del aparcamiento montserratino (otro buen negocio, por lo que se ve) dejaban entrever la silueta de unas montañas aún poco definidas. La casi ausencia de la luz lunar obligó aún más a seguir a quien va delante: a las linternas y frontales. Los agrupamientos continuos aportaban seguridad a la marcha y compañía en medio de la oscuridad de la noche. La extrema juventud de muchos romeros transmitía ganas de caminar. El jolgorio, las bromas, el lenguaje o la jerga propia de la edad daban vida al paso de las horas y a las evidentes señales de estar haciendo algo que no es habitual a esas horas tan soñadoras. Las preguntas típicas de “¿cuándo llegamos?” sonaban a cantinela escolar. O las aseveraciones de que nunca más volveré a venir, o tengo hambre, sed o dónde hay un lavabo por aquí. Ya ni las modernas orejas, o sea, los auriculares metidos hasta los tímpanos, alegraban el supuesto aburrimiento adolescente del paso de las horas caminando. Pero pronto llegó la estación de Vacarisses. Bar, parada y fonda. No estábamos solos. Nuestros acompañantes de otros años, los de Sabadell, que también se dirigen a Montserrat, allí estaban. Cómo no, el bar abierto ante la segura posibilidad de hacer más caja esta noche que durante muchos días.
Las luces azules destellantes anunciaban la presencia de la policía municipal de Vacarisses. Eran personas conocidas que acudían porque un vecino les había llamado a esas horas “porque había gente que hacía mucho ruido”. Cómo no, hablar sin cantar, comentar sin ensordecer, pasar no en silencio. Hasta llegar a este punto de avituallamiento voluntario y opcional sin ser monjes de clausura que tienen un día de asueto. Mientras, la organización estaba preocupada porque no hubiera mezclas “anti natura” entre romeros de Sabadell y Terrassa. Al poco rato, primero partieron los de Sabadell y luego el resto.

Montserrat, cada vez más cerca
Se veía cada vez mejor. Aún era de noche pero la fresca humedad delataba que el día no tardaría en llegar. Por este tramo, orden y concierto, músicas del tipo “Tres cascabeles lleva mi caballo” que sonaban por los walkis, y otras que martilleaban los oídos poco despiertos de juventud muy joven. En este tramo ya se veía que en las últimas filas alguien renqueaba o se escoraba hacia un lado. Paso lento, un palo cualquiera que funcionaba como bastón, la linterna ya sin pilas, pasos cortos y muy estudiados, las ganas de llegar a Monistrol y subir en el tren cremallera. Sólo fue una persona, el resto, sin problemas seguía su marcha. Montserrat ya se veía y el cielo se vestía de amanecer. Cruzado el Llobregat, Monistrol significó una bocanada de olor a pan recién hecho que despedía un horno. Un buen aroma antes de efectuar la habitual parada de la plaza para animar al personal y atacar el tramo final, ése que te eleva y que te muestra el espectáculo del amanecer, de formarse un nuevo día (y van….mirad el DNI).
Las últimas casas del pueblo poco a poco pasan de verse al lado a quedar allá al fondo. A medida que el esfuerzo crece, el paisaje se abre y el día viene. Son pocas curvas las de fuerte subida. El final de cada una es un fotograma más amplio de esa película que es ver la realidad matinal cada vez más arriba. El camino de la Matagalls-Montserrat, no por más conocido es menos sorprendente. Por aquí han pasado muchos estados de ánimo, fuerzas muy justas o casi inexistentes, lamentos, excesos de energía y de atletismo, heridas y ampollas varias, ilusión por rebajar unos minutos, ganas de conseguir el reto. Como el de algunas personas que no pensaban llegar ni a Monistrol. Ella tenía asma y le había dicho a su hijo que no sería capaz de subir a Montserrat andando. Él decía haber hecho muchas y largas caminatas, pero aquí le sobrevino una bajada de fuerzas. Ella iba lenta pero andaba. Él no podía. Tuvo que pararse varias veces. Ni la glucosa le sentó bien. Vomitó y esperó convencido de que su cuerpo le funciona a veces así pero no le impedirá llegar arriba. Ella se esfuerza y sueña con llamar a su hijo desde arriba. Pero aún no lo tiene claro. Su marido, a su lado, la anima. Él ha quedado más abajo. Se recupera con tranquilidad y hace ver que “sus pájaras” tienen esos vuelos. Ella y su acompañante siguen poco a poco. Mientras, los últimos de la organización les aseguran a ambos que no les dejarán solos. Que subirán todos. Él se reincopora al objetivo final y sube por territorio muy conocido. Ella ya lo tiene claro, tanto que ve el monasterio, se le llena la cara de alegría y se hacen una foto. Qué mejor paisaje para ello. Las últimas escaleras te brindan una barandilla y unas vistas únicas. Son las ocho de la mañana con las cortinas de nieblas que dibujan un paisaje de brumas. El sol parece estar justo encima de donde estuvimos cenando y sintiendo curiosos razonamientos. Su rojizo color parece desdibujado por dos líneas blancas de niebla. El río Llobregat está muy abajo, con una carretera aún tranquila. Fotos, muchas fotos en un momento en que el desayuno y el descanso final esperan a tantas personas como consiguieron su objetivo.
Atrás quedaron las preocupaciones organizativas, los esfuerzos, la tensión propia del camino con tantas personas, el funcionamiento en una noche camino de Montserrat. Y también el grato recuerdo de tantos padres, alumnos y profesores Salesianos que se implicaron muy activamente. Muchos jóvenes. Los mismos a los que se debió dirigir Don Bosco en la placa de su colegio de Terrassa, con aquella frase que los recuerda así:

“Us estimo perquè sou joves”


Evaristo
Terrassa, 12 de octubre de 2007
http://afondonatural.blogspot.com