sábado, 1 de mayo de 2010

Quinta etapa del GR 83, entre Osor i Planes d'Hostoles

En invierno también se puede dar el salto y sudar


Grmanas y Grmanos

La inauguración del año 2010 estuvo llena de oportunidades para probar platos variados, frase poco afortunada cuando se dice después de la glotonería navideña. Pero eran “otros platos” los que, en sentido figurado, pasarían por delante del personal. Qué decir de la fortaleza física del grupo, una cuadrilla altamente eficaz en etapas de fuertes subidas y bajadas. No se puede pasar por alto el poder para encaramarse y cruzar fronteras prohibidas. O qué decir de esa acomodación al ritmo bailarín de la sardana al final de la etapa, verdadero mimetismo con las tradiciones autonómicas.

Habilidades

De hecho, las habilidades físicas calentaron un ambiente propio de un invierno con sus rigores casi olvidados. Quienes se interesan más por los tiempos hechos en las carreras y a veces menos por los procedimientos, esta vez aguzaron su ingenio y memoria para dar rienda suelta a sus “habilidades” en marcha. En el autocar se contaron divertidas anécdotas, quizá precursoras de saltos posteriores. Por ejemplo, ese nadador que, en plena competición con el graderío lleno a rebosar, se tira, pierde las gafas, vuelve a cogerlas y se las pone, mientras sus competidores (de entre 70 y 80 años) le demuestran que a su edad van más deprisa en el agua que en tierra. O ese otro sujeto que, en un campeonato de España, se le suelta el bañador y ha de dedicarse a bajar tiempo y a subir la ínfima prenda en cada viraje para evitar el aireo de partes reducidas a la mínima expresión (por la acción del agua, se entiende). Y qué decir de quien pulveriza los tiempos de las carreras por asfalto pero en una fue tan veloz, con la vista tan fija en el horizonte, que no se dio cuenta de que delante de sus narices tenía una señal vertical de tráfico. El choque brutal con el apéndice nasal no le impidió luchar, una vez más, contra el cronómetro.
Visto este planteamiento inicial, cualquier empresa del camino puede ser acometida. Con estas habilidades no hay valla que se resista. Desde la salida de Osor, las cuestas iniciales pronosticaban que el perfil con dientes de sierra sobre el plano era verídico. Hasta unos perros ladraban nada más salir, quizá era una señal de advertencia canina llena de matices. Pronto la subida abre el paisaje y calienta músculos resentidos por las bajas temperaturas. La Mare de Déu del Part no era ninguna indirecta a nadie del grupo, era una ermita que predecía que después vendría el Coll de Nafré, a 610 metros. Este punto dejaba ver un amplio horizonte, con formaciones rocosas que algunos les encontraban almas gemelas. Pero la superficie a la que nos acercábamos sin duda estaba llena de agua.

Susqueda

El agua embalsada se asomaba dibujando formas diversas según hubiera aproximación o lejanía, según las curvas dejaran ver las partes o casi el todo. En bajada lo que seguro que asomaría sería la gran pared. El muro de cemento, esa obra de ingeniería que tantas polémicas creó en otras zonas, o que tantas inauguraciones pasadas recogieron los NO-DOS. Una vez cerca, las señales estaban claras: había que comer. Primero la manduca, luego el estudio de la zona y después la dicotomía entre los más estrictos seguidores de las marcas y los liberales que no les importa adaptarse al medio y respetar las normas añadidas.
Llenos los estómagos, las mentes confabulaban sobre cómo seguir el camino. Había que cruzar la pared por el acceso superior habitual. Pero una puerta metálica franqueaba el paso. Para los máximos seguidores del reglamento GR, su religión les impedía pecar contra las marcas y rodear por la carretera. Ser del sector estricto implica unas obligaciones. La solución fue evidente. Cierto retraso del grupo general y asalto a la verja, emulando la tradición de los mozos almonteños con la virgen del Rocío, el Muro de Berlín o a propiedades de ricos en momentos de necesidad. Contaban con orgullo cómo sus cuerpos se cimbreaban y ondulaban sus cinturas para que el salto de obstáculos fuera limpio. Incluso hubo un varón que dice que aprovechó su desinteresada solidaridad para intentar colocar sus manos como soporte o como empuje para amasar posaderas ajenas y femeninas e izarlas hacia lo alto. Al mismo tiempo, el resto describió una amplia curva para sortear el impedimento geográfico por un paso honroso, sin atentar a la normativa vigente. Mientras este personal se adaptaba al medio y acometía la subida desde la zona más baja, alguien con vista de lince oteaba el horizonte hacia las dos verjas prohibidas por la autoridad competente. Intentaba adivinar si aquello que colgaba de una alambrada era un escroto o no. Decía que con la edad esta bolsa masculina cada vez va más ligera, es un colgajo mayor y se balancea más, lo que pudiera dar lugar a que una púa de la verja hiciera mella en la envoltura testicular y rasgara tamañas partes. Nada, ni escroto ni lesión en el perineo ni gónadas ni otras glándulas de nadie quedaron heridas, sueltas y a la intemperie. Pasaron victoriosos ambas verjas por el arco de triunfo. Dieron el salto con soltura.

Subidas

De los 330 metros de Susqueda hubo que ascender hasta los 806 metros de Sant Martí Sacalm. Continuada subida a la que se temía, no tanto por falta de fuerzas sino por los estragos navideños en cuerpos castigados por celebrar con devoción culinaria nacimientos divinos. Una antigua pedrera enseñaba sus entrañas vacías mientras la ascensión continuaba sin parar hasta el final. A cada curva las vistas del pantano se agrandaban. De un lado pasábamos al otro. El agua en medio, allá abajo mientras otros líquidos en forma de sudor asomaban como efecto del esfuerzo. Sudores que pronto se enfriaban. Pero no. La subida no paraba. Cada uno a su ritmo. Mirar hacia arriba. Esto no acaba nunca. Otra vuelta. El pantano cada vez más grande. O sea, subimos sin parar. Y allá abajo estábamos hace un momento. O sea, hemos subido más. Y más sudor. Fíjate, restos de nieve. O sea, antes el agua líquida del pantano, ahora las gotas de sudor que se evaporan o bajan por la frente, ahí el agua sólida y blanca a los lados del camino. La pista parece no tener final. Se corona arriba pero sigue subiendo. Pronto se adivina el poblado disperso de Sant Martí Sacalm. Casa de pagès, ovejas, vacas. Vida animal. Y, como un faro marino, allá arriba está la Mare de Déu del Far. No, no se trata de seguir subiendo. Llegados a este punto, bajemos.

Temas digitales

La bajada era seguida, mojada y con cuidado. Piedras que resbalaban. Ese musgo verde tan peligroso si se pone la zapatilla de goma encima. Si todo lo que sube baja, bajemos. Pero antes, los primeros tuvieron un pensamiento digital. Se imaginaron cómo iría nuestro rapsoda con su dedo. Intuían cómo lo iría ajustando al suelo, un movimiento para acá, otro para allá. Ahora lo levanto. Luego lo acomodo. Que no tropiece con una piedra. Que no me lo toque nadie. El dedo saltarín de un lado a otro dentro de la bota se comportó tan bien que le dejó llegar por sus propios medios. Luego también se supo que otro atleta tuvo que enfrentarse con su uña rebelde. Otro dedo retando a su propietario. Pudo el dueño. Días después, lo trasladó a tierras alicantinas y lo sometió a una media maratón. Y ahí está con la gratificación: un tiempo brillante. Todo gracias al esfuerzo y al buen comportamiento del dedo.

Redimir penas

El cruce con la vía verde del carrilet hacia Girona anunciaba el final. Bicicletas y cazadores esperaban al acabar en Les Planes D'Hostoles, a 350 metros. Poco a poco el grupo se juntó y el autocar trasladó al personal al meollo del pueblo de Anglès. A ese sitio donde en diciembre hubo comida navideña pero ahora tocaba otra versión más apegada al entorno. El sitio escogido estaba en el centro del pueblo. Una feria multiétnica y multiproducto era el marco incomparable de la ambientación posnavideña e invernal. Junto al bar, en la misma plaza, una cobla tocaba sardanas. Como cuando la valla, aquí también hubo división: una parte del personal comió fuera y disfrutó con el ameno sonido de las sardanas, mientras se formaban corros de gente que bailaba. Otros se refugiaron en el interior, en un bar añejo, de los historiados, el bar Gubau.
Llegados a los postres, el plan parecía sacado de la película “El Golpe”: con amplia sonrisa el afortunado encargado de la lotería devolvía el dinero jugado, asesorado por su ayudante de campo. Lejos, observaba la escena el recaudador de la paga mensual por derechos a salir de excursión. Él veía la cara de felicidad del personal, cómo introducían en sus carteras el reintegro de la lotería. ¡Ay, infelices, ignorantes! Cuando el reparto llegó a su fin, se levantó el recaudador y su ayudante y atacó a los bolsillos. ¡Qué poco duran las alegrías en casa de los pobres! Aquellos billetes fueron a parar a quien de temas bancarios sabe mucho. Pero las cifras no cuadraban. Inmediatamente se formó un sanedrín de crisis en una mesa. Repasaban cifras, se estrujaban los sesos para averiguar dónde estaban los veinte euros que faltaban. Hubo incluso intervención especial de expertos fiscales y auditores.
Mientras, el grupo del exterior estaba realizando una labor que nunca seremos capaces de agradecerles. Imbuidos por el hilo musical de la sardana en directo mientras comían, se lanzaron al ruedo y bailaban con gran soltura de movimientos. En realidad, GRMANIA tenía una deuda con Anglès y ellos estaban redimiendo las penas. Aquella promesa navideña de cantar sólo villancicos en catalán se incumplió con creces en el restaurante Ca L'Elisa. Por tanto, había que saldar la deuda, redimir aquella afrenta con la cultura del país y con el incumplimiento de la palabra dada. Ésta era la mejor ocasión para hacerlo. Y se hizo. Y también se descubrió que quien más sabía bailar sardanas era porque en su juventud este baile le sirvió para no se sabe qué con un amor platónico.
Con la lección aprendida, con la deuda saldada, con el orgullo del deber cumplido y con la mirada hacia el frente (hacia el autocar, claro), llegó el momento de partir. Pero antes cada persona tuvo un detalle con el pueblo hermano de Haití. Ahora fue un acreditado bancario quien recaudó los donativos y los ingresó donde corresponde. Fue algo más que un detalle para cerrar. Un buen momento para recordar aquella frase de Kevin Kelly:

“Nadie es tan inteligente como todos a la vez”


Terrassa, 30 de enero de 2010

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