sábado, 4 de octubre de 2008

Décima etapa del GR1, entre Gironella y L'Espunyola







Intensa vida social en un agradable paseo por el Berguedà


GRMANOS Y GRMANAS

Besos, arrumacos, hola, cómo estás, los típicos saludos se produjeron después de varios meses de dispersión por esos mundos tan globalizados en uno. Aparentemente la nocturnidad no dejaba descubrir supuestos cambios físicos. Lo más visible fue alguna barba tipo Che Guevara (de nuevo de moda: Benicio del Toro en pantalla), alguna perilla de perfil romántico, muchos teñidos y bastantes cabellos que debieron quedar a merced del viento (fueran o no por “echar una cana al aire”).
Desempolvados los enseres excursionistas, llenas las mochilas, sólo quedaba estirar la musculatura, acomodarse en el marco incomparable del espacio de cada asiento de aquella antigüedad con ruedas, fiarse de los dedos muy anillados de quien nos conduce y encomendarse al destino.

Globalizados

Aquel final de la otra temporada ahora es el principio de ésta. Gironella, a 450 metros, meta e inicio. Al lado del río Llobregat, a donde vertían las aguas de las fuertes lluvias caídas hace poco. Los charcos por el camino también daban fe de ello. La placidez del recorrido invitaba a la añoranza de aquellos tiempos estivales en que todos invertimos nuestros dineros para ver, fotografiar y contar tantas muestras de que lo que vimos en la web o en la foto de la agencia era verdad. Existía. Somos testigos y lo hemos traído en nuestra memoria digital. Con las aguas del Llobregat cerca, alguien hablaba de la belleza del crucero por el Nilo o por los mares del norte de Europa. Siguiendo el camino hubo quien su porción de agua estuvo en el delta del Ebro. Entre arrozales y barcazas llegó hasta Buda (la punta). Más adelante inquietó saber por qué a aquel guía le faltaba un dedo por culpa del agua (muy bien digerido por las pirañas). O cómo nadie se atrevió por la noche a bajarse de la hamaca para “hacer aguas” o a “cambiarle el agua al canario” en medio de tan espesa vegetación, con sonidos inquietantes. O quien descendió el río Sella en canoa y le hizo aguas, quedándole la barca por montera. Entre charcos y barro también le vino a alguien el recuerdo del camino de Carlos V desde Tornavacas a Yuste, con frescos baños en la Garganta de los Infiernos. Y, ya que de líquidos va el recuerdo, hubo quien denunció en público que lo invitaron a casa de un ilustre caminante y no fueron del todo saciadas sus necesidades cerveceras. Decía que Buda vivió mejor. Pero nada como quien estuvo diez días de submarinismo en medio del Mar Rojo, en la zona donde Moisés dicen que separó las aguas. O de los caminantes hacia Santiago, bien regados con buenos caldos al final de cada etapa, en bici o a pie. O la preocupación que inquietaba a otro ilustre del grupo, pues no sabía para qué utilizarían el edificio con la gota de agua de la Expo de Zaragoza. Claro que, para desfacer el entuerto, pronto le espera una ruta por los paradores de Andalucía. Hasta también se recordó la ausencia del agua: en ese gran desierto en medio de la selva brasileña, en las zonas donde el Nilo no es el maná, en los altos riscos de exigentes rutas pirenaicas con los recipientes vacíos, en los precios a los que cobran el agua al turista asfixiado. En resumen, el mundo tiene aún más forma global en verano mientras los aviones, la paga extra, el pago a plazos e Internet lo permitan.

Dulces paseos otoñales

Las lluvias habían refrescado el ambiente y algunos vegetales reverdecían. Otros aportaban esas frutas que algunos muy rurales tomaban prestadas sin derecho a devolución. El recorrido sorprendía con pintadas reivindicativas de libertades varias, o que los del centro roban. La lluvia aún no las había desdibujado. Estéticamente sorprendían a los pocos caminantes que por allí pasaban. Con el Prepirineo al fondo y charcos al lado, pronto apareció la ermita de Sant Vicenç d'Obiols, de arte románico. Muy bien conservada, con buenas vistas y un recóndito cementerio. Un espacio, éste, que a alguien le recordó el principio de otra actividad deportiva del domingo pasado en Sant Joan de les Abadeses. En aquella ocasión, ciertos intrépidos del pelotón de cola aparcaron al lado del servicio de Pompas Fúnebres del Ripollès. Afortunadamente ni en aquella ocasión ni ahora hizo falta su uso.
Mientras, el dulce paseo discurría entre el bucolismo de los campos que esperaban el otoño real, los animalillos vacunos rebrincaban en sus granjas, los de la cresta cacareaban en el corral formando un rojo pelotón y los patos dibujaban un sinfín de olas en aquel estanque. Y todos los caminantes disfrutaban del reencuentro, con tantas historias acumuladas tras varios meses de no verse. Aunque, bien es verdad que alguna destacada moza ya empezaba la temporada con disquisiciones improcedentes. La atrevida señora quiso calentar el ambiente por Internet con aquello de alargar las etapas. Un sagaz mozo se interrogaba en su respuesta sobre qué había que alargar y, según lo que fuera, se apuntaba a tamaño proceder. A lo que ella, delante de testigos andarines, tuvo el descaro de cierto desaire perdonable: “Yo cuando quiero caminar, llamo a mis amigos y me voy a la montaña”. Mientras, todo el grupo que la acompañaba la seguía...¿haciendo qué? Más adelante se descubrirá realmente qué es lo que le supuraba por una pierna, que usaba para caminar...¿o no?


“No le hagáis un feo al abuelo”

La primera etapa, diseñada para poner los cuerpos a tono, transcurría plácidamente. Y el reloj, también. Sin alteraciones, con la nostalgia del verano en los labios, regodeándose en lo felices que fuimos mientras no teníamos horario fijo. Hasta hubo quien presumió de que lo único que anduvo fue para cubrir la distancia que había entre el aparcamiento del coche y el restaurante de turno. Los esfuerzos del primer día se pagan y qué mejor que coger fuerzas con la primera parada gastronómica.
Se desconocen las fuerzas telúricas que mueven el inconsciente colectivo pero las iglesias y ermitas deben embrujar al personal. La parada se efectuó en una que parecía haber previsto el encuentro. Ya había un espacio cerrado, como si fuera una mesa redonda, y un habitáculo en medio. Lo que quizá fuera un baptisterio en desuso pronto tuvo utilidad. Los bastones allí colocados parecían un cuadro de las lanzas, prestas a entrar en acción por la empuñadura. Pero lo que se puso en marcha fue la parafernalia habitual: botas, bocatas y otras especies. Todo parecía discurrir dentro de los cauces habituales, hasta con cierta tranquilidad sospechosa. Y todo se alegró cuando el abuelo y la abuela enseñaron los trofeos que habían acarreado en la mochila. Los termos con café estimularon un ambiente que pronto pasó a mayores. El preciado y afrodisíaco chocolate Lind se derritió en los paladares, las cajas no paraban de circular. Para despegar el preciado cacao de la lengua, qué mejor que la ayuda de algunos alcoholes como Torres 10 y Chinchón dulce. Con la disculpa de preparar un carajillo, los vasos no paraban de rellenarse y los cerebros pronto se vieron atacados por risas, frases y locuacidades diversas. La temporada empezaba con un suave botellón...¿dónde? Pues a la puerta de una iglesia. Risas, chistes, tertulias, “llena otra vez el vaso, parece que hablas demasiado, come otro bombón y no le hagas un feo al abuelo, tantos años en colegios de curas y monjas y a tu edad narcotizándote cerca de la pila donde a alguno bautizarían....con agua, si Paco viera el fruto de tantos dineros como invirtió en tu educación y ahora esto”. Las botellas circulaban y todos felicitaban tan loable iniciativa. Una sincera felicitación que, más delante, el abuelo le contará a Júlia con pelos y señales. Luego, quizá ella le responda: “¡Venga abuelo, no paras de contar batallas!” Pero seguro que ambos se entenderán mejor que los del anuncio del espetec Casa Tarradellas.

Encrucijadas y anacardos

El camino discurría entre suaves lomas con las estribaciones del Prepirineo al fondo, el santuario de Queralt, campos en diversos estados dentro del calendario agrícola, casas derruidas por el abandono, granjas y ermitas como la de Santa Maria d'Avià, a 685 metros. Un GR con bifurcaciones sin pérdidas, con pintadas reivindicativas a merced de pocos lectores y con sorpresas.
La placidez del recorrido dejó mucho tiempo libre para hablar, fotografiar, escuchar, compartir, fijarse y hasta hacer equilibrios en el aire. Aquella moza díscola con la persona que se esfuerza en diseñar los recorridos observó que por su pierna supuraba algún líquido raro. Como que el camino le sabía a poco, debió entregarse tanto a las libaciones etílicas que restos de algún destilado le recorrían la pierna, mientras la sin hueso no paraba de trabajar. Pronto se puso a tono, volvió a cierta compostura y siguió hacia adelante por barrizales diversos y charcos a discreción.
Más adelante, otra alerta preocupó a los servicios médicos femeninos. Un buen mozo parece ser que iba pensando en la “castanha caju” y, no sabe por qué, pero casi demostró lo que era un tirabuzón en vivo y en directo. Trastabilló, tropezó, giró y las consecuencias de tan desgraciada caída eran evidentes. Entre las frutas tropicales con que obsequiaron al grupo la pareja de intrépidos aventureros (en español, la palabra anterior es Anacardo), quizá los vapores de carajillos anteriores y alguna raíz o piedra puesta a modo de estorbo, el susto puso en alerta al grupo. Y se produjo un curioso efecto, una novedad: una mano femenina muy diestra frotaba al caído hasta en la tetilla izquierda (¿sería por ser ella experta en cardiología?), él insistía en que tenía más muescas en otros lugares, como en la cara o pierna. Todo fueron atenciones en tierra y, en especial, al reiniciar el camino. El efecto pasará a los anales de GRMANIA: ya en pie, él inicia el camino y casi toda la representación femenina del grupo andarín lo rodea mientras asciende una pequeña cuesta. Parecían querer llevarlo en volandas. Con tantas atenciones de género, se le desea que las próximas caídas a tierra no sean por accidentes.

El hombre

Los kilómetros llegaban a su fin aunque hubo ciertas dificultades que superar. Los resbalones provocaron salirse del camino oficial y triscar por márgenes varios, aguantar alambres protectoras al pasar y mancharse los bajos (de los pantalones). También hubo quien, en anteriores salidas estivales, se quejaba a sus compañeras de camino que ya no tenía tantas fuerzas, que ella ya no era ni su sombra, que tiempos pasados fueron mejores. Batallas que se fueron al traste cuando se puso la primera de la fila y se dejó llevar por algún hombre que ahora está en progresión muy ascendente. Las compañeras, desde atrás, veían cómo ella sí era como antes, sólo que en esta ocasión el estímulo del paso ligero no sólo estaba en el camino.
Otro hombre destacó en la ruta. Un tractor llevaba un remolque con buenos trozos de madera para calefacciones, chimeneas, parrillas y asados. En el pescante iba un señor entrado en años luciendo el moreno y desnudo torso. Detalles que no le pasaron desapercibidos al profesional del chiste en el grupo. De ello dan fe las palabras que le lanzó a aquel sujeto: “¿Qué bien vas ahí arriba tomando el sol, eh? ¡Con esa leña ya harás buenas barbacoas!”.

El pan

Cerca del final, la casa dels Quatre Vents, a 775 metros, parecía una atalaya que estaba a merced de los fuertes aires de la zona. Unos canes atados en las esquinas mostraban su cara menos amable, aunque el dueño decía que todo era imagen. Las vacas le hacían compañía al dueño, un hombre mayor que se recuperaba de fuertes sesiones de quimioterapia y veía su futuro con optimismo. No obstante, el presente era una casa por donde han pasado muchas generaciones y una higuera que brindaba sus granates y maduros frutos. Esta vez hubo que pedir permiso y disfrutar de las delicias de unos higos que sabían a regalo natural (de hecho, eran gratuitos). Aunque no todo eran momentos dulces. A un atleta en constante progresión le sorprendió “la caricia” de una avispa y le dejó un desagradable recuerdo. Más adelante, ya a la entrada de L'Espunyola, el olor a pan recién hecho formaba parte de esa técnica publicitaria que ahora cada vez está más de moda. Es el marketing sensorial, un moderno truco empresarial basado en lo de toda la vida: los buenos olores de los alimentos recién hechos se expanden urbi et orbe y animan a los sentidos más primarios a soñar con esos manjares. O sea, a conprarlos. Pius daba nombre a aquel horno que recibía al consumidor con una gran masera al fondo, grandes hogazas de pan cerca y dos señoras que se vieron sorprendidas por la avalancha humana, ávida de recordar los sabores de antes hechos ahora. Quien sabe de productos autóctonos, experta en flora, fauna y hongos, sorprendió al público ignorante con la compra de una especie de pan rallado típico de la zona. Ella decía que era excelente para la sopa de pescado. O sea, un secreto que no desveló hasta el momento de montar en el autocar.

Cal Curro

Como el dulce paseo dio para mucho, sobró tiempo para recordar aquellos momentos en que este bar del Pont de Vilomara llenaba las mesas de enormes jarras de cerveza. Esta vez fueron más pequeñas pero muchas. Bebida y comida. Porque, como dijo una vez el padre del presidente de la empresa Ford y después de Chrysler, Lee Iacocca: “En tiempos de crisis, la última cosa que deja de hacer la gente es comer”.
No se sabe los motivos pero se formaron dos grupos de comensales. ¿Quizá la gente más fashion estaba fuera y el resto dentro? Todos, bien regados por líquidos. Y, los de dentro como mínimo, degustaron detalles gastronómicos con que nos obsequiaron los visitantes de Brasil. Pero los de fuera sorprendieron al respetable con un detalle al cuello. Siguiendo con el moderno márketing, ahora también se puede colaborar en la esponsorización de una nueva barca tipo llaüt a cambio de un pañuelo amarillo. Y, además, con el honor de que tu nombre figure inscrito en una zona del exterior de la barca, bien visible.
Ya de vuelta, en el autocar, siguió el reparto: una postal de recuerdo de la fiesta de Sant Llorenç a la Mola, del pasado 10 de agosto, y un cartel anunciador de la Romería. Todo dado en medio de una sesuda conversación previa al breve conato de siesta. Se debatía acaloradamente sobre las predicciones catastrofistas del sabio Stephen Hawking. Un intercambio de ideas que apenas dio paso al momentáneo descanso.
El viaje de vuelta fue breve, significó el final de la primera etapa, un feliz encuentro que también puede ser propicio para terminarlo con un pensamiento:

“El secret de la felicitat
no rau a fer sempre el que es vol fer;
sinó a estimar sempre el que es fa”
Leon Tolstoi



Evaristo
Terrassa, 3 de octubre de 2008
http://afondonatural.blogspot.com

Novena etapa del GR1, entre el Molí d’en Vilalta y Gironella

¿Agua?, sólo en los pies



GRmanas y GRmanos:

Sobre ecuaciones de muchas incógnitas – Sobre aguas y lavados de bajos – A cerca de pastoras muy bucólicas - Micciones muy protegidas – Comidas con buen clima.


El sábado amaneció con el suelo mojado, lo cual podía parecer un pronóstico de lo que se avecinaba en una jornada que pretendía adentrarse “en el ojo del huracán”. O sea, decían que llovería allí y el destino final era ése.
Las bambalinas de cada etapa sólo están al alcance de ciertos comités de personas con trabajo extra. En esta ocasión la pulverización de las neuronas se agudizó con la famosa ecuación del tiempo. Una prueba matemática de muchas variables que nuestro coordinador creó a base de mucho insomnio consultando el oráculo de la Agencia estatal de Meteorología. El cometido de estos gabinetes de consulta es variado, depende de cada circunstancia. Algún día habría que publicar las historias ocultas que implican la coordinación de este grupo humano. En esta ocasión, alguien no recordó los elementos del gabinete de crisis, nombrados en la última asamblea, y abogó por una reunión consultiva y urgente de dicho comité. En vez de eso, se formó en la sombra digital “un sanedrín”. Los mensajes se sucedieron sin parar. Se trataba de ir más allá que las nubes, interpretar la quintaesencia del Meteosat, adivinar si llovería o no cuando los tantos por ciento fluctuaban pero no desvariaban. Al final, las ganas de volver al tajo andarín pudieron más que los pronósticos y el tiempo puso el resto. No llovió en general, aunque agua hubo y, por cierto, muy higiénica

Gotas y remos

Aquellas gotas iniciales sobre el asfalto no quedaron ahí. Las humedades matinales también limpiaron el parabrisas del carruaje con motor. Y la prevención del personal hizo que algunas mochilas apenas podían cerrarse por tanto recambio junto. No obstante, el detalle que levantó más sospechas fue ver a nuestra submarinista de élite con una mochila especial, por si acaso. Porque, si de lo que se trataba era que llevaba el neopreno, su olfato acuático podía causar estragos en el resto. Pareció que no le hizo falta. Ahora bien, los gurús del sanedrín arrugaron el entrecejo cuando aquellas gotas en el autobús podían avivar la polémica entre ir o no ir, quedarse o cambiar de planes: ser o no ser caminantes aquel día, esa era la cuestión. Y fue la claridad, el amago del falso sol en días con nubes amenazadoras, las circunstancias para caminar con la espada de Damocles encima.
Como el tema era propicio, qué mejor que hablar del remo. Ella decía que se presentaba a la etapa cansada por remar la noche anterior. Al ser preguntada si lo había hecho en seco o en mojado, aclaró su nueva apuesta con un tipo de remo largo, duro, consistente pero pesado. Dice preferirlos de fibra tipo kevlar. Ha empezado a competir en un tipo de embarcación antigua, el iagout, en Lloret de Mar, pero sólo remaban mujeres.
Días después, fuentes bien informadas aseguran que en algún sector se continúa hablando de agua pero marina. Al parecer, dos Grmanos hombres se están introduciendo de forma sibilina en el mundo de la náutica. La primera sesión de navegación marina la acaban de recibir. Se supone que ya no confunden un cabo con una cuerda. No se sabe si sus miras pueden estar en la inversión, a corto o a largo plazo, en algún tipo de embarcación que los distinga del resto de los mortales de mochila.

Aguas dulces

De entrada, la zona inicial del molí d’en Vilalta debió estar muy bien buscada por quien molía. Agua por todas partes que desaguaba en la riera de Merlés. A 500 metros sobre el nivel del mar, la frondosidad de esta primavera era la antítesis de los lamentos por la sequía de no tantos días atrás, con cañería incluida. Era una muestra de cómo las preocupaciones temporales evolucionan. Mientras, los charcos se sucedían, la riera Regatell parecía un río y algunos caños de las fuentes no daban abasto. Tanto verdor de golpe impactaba, miraras a donde miraras. Nuestra experta en botánica no daba abasto a identificar flores. O a invitar a degustar algunas de pétalos azulados que ella comía en su más tierna infancia. Y, a decir verdad, eran gustosas.

Lavado de bajos

Ni los perfiles de la maquinaria digital GPS ni los mapas a la vieja usanza (en papel) detectaron con tiempo que tanta agua daría lugar a ejercicios diversos si es que se quería proseguir el camino. Los oteadores que iban en avanzadilla luego se percataron de que la primera dificultad orográfica más bien era hidráulica. Una riera se interfería en el camino a modo de reto. Iba con agua suficiente como para hacer trabajar las neuronas. El paso era obligado y los caminos posibles sólo daban una opción: cruzarla. Hubo intentos de instalar supuestos pasos con maderas de la zona. Pero como que no. Por tanto, no quedaba más remedio. Había que dejar al aire las zonas más bajas del cuerpo y enfriarlas. Fue un buen motivo como para componer otra cara de GRMANIA: que si me tengo que sentar para quitarme el atuendo, que si resbalo, no salpiques, el agua está fría, a ver si te caes como aquella vez le pasó a…, mira por dónde y no he traído toalla, por fin un día me lavo los pies, ahora con qué me seco. O bien, pensamientos futuros por si otra riera obligaría a lavarse otros bajos que están un poco más altos. Por primera vez, todo el personal tuvo que enseñar los pies en agua dulce. Y quizá fuera por el tono del agua fría de aquel momento, o porque las varices bombearon mejor la sangre, el caso es que esta etapa se acabó más pronto de lo planeado.

Bucolismo

Tanto verde, tanto pasto, tanta explosión ardorosa de la primavera tardía desembocó en un alto en el camino para saciar alguno de los apetitos. Parada digestiva que también sirvió para coordinar la comida de hermandad que cierra la temporada. Y para buscar a una pareja de expertos cocineros que pretendían guardar su secreto de maestros en el arte del rancho para colectivos. Pronto nos mostrarán sus habilidades culinarias.
De nuevo en ruta, con las botas casi vaciadas y cierta alegría corporal por la recuperación de las calorías perdidas con pasos honrosos por frescas rieras, alguien del grupo trasero revivió en voz alta sus más tiernos deseos de la infancia. Al paso por un corral de ovejas, ella no pudo menos que proclamar en voz alta que una de sus ilusiones profesionales hubiera sido ser pastora. Y las miraba con esa ilusión de la más tierna infancia. Dentro, el pastor casi a punto de jubilarse quizá le hubiera cedido de buen gusto la cacha, los perros y el caliqueño si se lo hubiera propuesto en serio.


Búsqueda

El Lluçanès debe guardar sus mejores secretos al aire libre. Puede que estas circunstancias meteorológicas y primaverales brindaban una ocasión única para contemplar una alfombra tan verde, tapizada por el colorido de las amapolas y otras especies. La diseminación de las pocas casas daba aún más protagonismo a unos campos que pronto cambiarían de tonalidad. Al fondo, siempre estaba la referencia del prePirineo y cerca, un pequeño pueblo famoso por tener uno de los mejores restaurantes de la zona, Sagàs, a 740 metros. Pero el GR fue directo a la iglesia de Sant Andreu de Sagàs, situada en un promontorio con unas escaleras que invitaban a la típica foto de grupo. Era románica, con panel explicativo fuera y porche con diversos carteles que anunciaban o buscaban: quien quisiera ir a misa tenía sus horarios; si en la zona había matrimonios en potencia para el 2008, allí los preparaban; quien quisiera ir a Lourdes en el 41 peregrinaje, allí le informaban; y también anunciaban que las vocaciones nativas eran responsabilidad de todos. Era una iglesia románica con mucho contenido.

Sonidos

La quietud y tranquilidad de la etapa se veía alterada por algún tractor o por la alegría dicharachera de los pájaros que parecían mantener discusiones inacabables en las ramas. Es la primavera, hermano. La perspectiva del paisaje poco a poco dibujaba la perspectiva de las montañas que hay encima de Berga. Altitudes con el monasterio de Queralt en medio y con el recuerdo de muchos sudores de algunos componentes de GRMANIA no hacía tanto tiempo atrás. Carreteras que se van abriendo por en medio del paisaje a modo de dentelladas al terreno. Movimientos de tierras para hacer balsas, construir puentes y asfaltar la rapidez en movimiento. Y ruido, mucho sonido de tubo de escape en la lejanía. Olván, a 555 metros, tenía enfrente una pista de entrenamiento para motos de trial. Enormes desniveles afrontados a todo gas, con motores que empujan con rapidez. Casi enfrente, algunos recuerdan otras muy pronunciadas subidas y bajadas a Rasos de Peguera, empujados sólo por las justas fuerzas del fuelle humano.

Micciones

Uno de esos que se dedican a hacer estudios de cualquier ocurrencia dice que cuando hay agua que corre se excitan algunos esfínteres corporales. Por eso al lado de las fuentes es habitual que haya un letrero con la prohibición de juntar aguas menores con las emergentes naturales, estén o no analizadas por el laboratorio de Oliver Rodés. En cada etapa es habitual la diseminación del personal para menesteres muy íntimos. Pero lo que no es normal es que alguien detenga la marcha de todo un grupo sólo porque un ilustre atleta avanza unos pasos y se regodea pareciendo hacer de la necesidad virtud. Mentes que van más allá sugerían otras habilidades manuales. Pero en estos casos siempre hay una voz que sitúa las habladurías en su sitio: una cosa es la necesidad y otra la diversión. Después de esto, prosiguió la marcha.

Climas

El final se acercaba, aunque para llegar había que sortear pasos asfaltados con curvas muy pronunciadas, falta de marcas por movimientos de tierras y atisbar para comprobar que las primeras casas de Gironella eran aquéllas que se veían en lontananza. La llegada tenía un objetivo importante, la búsqueda del casal La Llar. Allí ya habían preparado las mesas quienes acortaron la etapa con el autocar.
El local daba seguridad, no tanto por el sitio sino por ser la primera vez que uno come con una ambulancia medicalizada al lado y a punto. Se supone que nada tenía que ver con que este sitio fuera frecuentado por terceras y cuartas edades, refugiadas allí también por un anuncio en la puerta: “local climatizado”. Debía estar oculta esta maquinaria porque sólo se veía un espacio tipo almacén, con antiguallas como máquinas de coser, instrumentos de gimnasia inoperantes y sillas modelo posguerra. Pero la ambulancia estaba enfrente. Y, en una esquina de la sala, había una cartelera que en nada se parecía a la de la iglesia de Sagàs. Aquí la tercera juventud iba más a lo terrenal y a lo práctico: la cena de Navidad, vacaciones del Inserso en Mallorca, taller de manualidades, viajes culturales.
Los comensales se entregaron a los placeres digestivos entre risas, bromas y anécdotas curiosas. Mientras los espontáneos que tan eficazmente se transforman en camareros atendían las demandas del personal, los diversos temas que se tocan dan que pensar. Una facultad ésta que le sirvió a nuestro filósofo para enseñar con un ejemplo extraído de uno de sus brillantes discípulos, el cual, ante la invitación que una vez le hizo para que pusiera en práctica la facultad de pensar, le respondió: “¿Y eso cómo se hace?”.

Y, para cerrar pensando, aquella otra cita de Basilio Martín Patino quien, en su libro “La seducción del caos”, escribió:

“Nada sigue siendo tan engañoso como las evidencias”


Evaristo
Terrassa, 10 de junio de 2008
http://afondonatural.blogspot.com

domingo, 7 de septiembre de 2008

“Carros de Foc”: es la vida



Esta gran aventura que es la vida dicen que está llena de otras aventuras. Por lo que se ve, todos somos aventureros a diario, aunque a veces nuestro principal reto sea cruzar un semáforo sin que te pille un coche o pasarlo apurando el color ámbar al máximo sin que te intercepte el policía de turno. Aventurarse también es llegar a fin de mes con o sin crisis, buscar un piso a salvo de los ahora deprimidos tiburones de la especulación, entender al hijo o hija adolescente, saber qué hacer con el familiar enfermo o viejo, encontrar entusiasmo en la rutina vital diaria o animar a quien lo necesita cuando quien más lo demanda puede ser el que vende optimismo.

Pero, además, y no siempre con mayor valor, existe el otro encuentro con realidades a las que quieres conquistar, vencer o probar a qué saben. Mientras, te sometes a un largo ritual con entusiasmo y con esos interrogantes que no despejarás hasta el final. Llegado el verano, cumplidos ciertos años o planteados determinados objetivos, uno se echa hacia adelante y pregunta al resto de miembros acompañantes la misma cuestión: y...nosotros, ¿por qué no?
Un grupo de cinco personas en medio de algunos cientos se entrega a la conquista de la camiseta roja, prueba de haber acabado “Carros de Foc” en menos de 24 horas (más de 56 km y 9.200 metros de desnivel acumulado en la alta montaña del Pirineo, entre 2.000 y 2.800 metros de altura). Casi a la misma hora, en los Alpes, la Ultra Trail Montblanc. más de 160 km en menos de 48 horas, con 19.000 metros de desnivel acumulado. También, un gentío a la conquista del Mont Blanc durante todo el verano. Y antes, mucho antes, grupos de montañeros en el Nanga Parbat o en el K-2. ¿Cómo acabará todo?

“Carros de Foc”

En estos tiempos en que la fragilidad de la sociedad aumenta a medida que crece el desarrollo, los retos también tienen cabida. Enfrentarse a circunstancias extremas, probarse para ver hasta dónde se es capaz de llegar, saber qué significa el máximo esfuerzo, sufrir, sudar, estar en el filo del riesgo, ser algo inconsciente: acciones para momentos de ocio que nunca se aceptarían en la jornada laboral impuesta por un superior. Pero acciones muy bien envueltas por ese lema del gran ciclista Carlos Sastre: “ilusión, respeto, sacrificio”.
La montaña es un símbolo más de un lugar en donde la verticalidad apunta bien alto, donde parece que la altura selecciona a la especie humana que por ella trepa, donde abundan unos valores muy marcados por las circunstancias, un sitio con tan grandes atractivos como para sentir muy adentro el valor de la conquista de lo aparentemente inútil.
¿Qué es Carros de Foc? Además de una película con música de Vangelis, los “Carros” son muchas montañas y muy altas, varias comarcas catalanas del Pirineo enlazadas por una ruta iniciada por los guardas de algunos refugios, grandes espacios de belleza exultante con innumerables lagos, bloques de piedra, muchos embalses y demasiadas estrellas si la meteorología es propicia. En este entorno se sitúa una aventura. Un camino muy duro pero hermoso, situado entre dos mil y tres mil metros de altura, con dificultades externas e internas. Someterse a su recorrido implica enfrentarse a un entorno cautivador, a muchas dificultades orográficas, a piedras y desniveles, a imprevistos peligrosos. Pero también exige una mirada hacia tu interior para descubrir por qué lo haces, si tu mente es capaz de aguantar el recorrido, si tus ánimos no harán desfallecer tu cuerpo, si tu compañía servirá para ayudar al resto, si las dudas o las confusiones echarán al traste las ilusiones iniciales. Y también aparecen las horas de entrenamiento previas, las renuncias a tantas propuestas veraniegas, las consultas a tantas fuentes informativas, las incógnitas hacia lo que sucederá. Todo esto es “Carros de Foc”, en la modalidad abierta a varios días pero sobre todo en la de veinticuatro horas: 55 km. en alta montaña, en medio de 9.200 metros de desnivel para hacer en un límite de tiempo. Sin embargo, más que esto es la alternativa del mismo último fin de semana de agosto: la Ultramaratón del Montblanc.

Inicios

Dice el folleto informativo de la organización que “Carros” nació fruto de la osadía de los guardas de algunos refugios de este Pirineo. Querían completar una travesía a pie que uniera sus albergues, situados en las comarcas del Pallars Sobirà, Pallars Jussà, Alta Ribagorça i Val d'Aran. El valor se le supone a tan intrépidos y aguerridos personajes. El mismo que deben tener quienes año tras año acuden a la cita con una ruta exigente, llena de riesgos pero también abierta a descubrir qué haces tú allí, cómo reacciona tu organismo a tamaño esfuerzo, cómo se dilatan tus pupilas con esos paisajes, qué hace tu seguridad vital en un entorno sin cobertura de telefonía móvil, cuál ha sido el nivel de aciertos a la hora de elegir el equipamiento y material, cómo te comportarás en caso de tener que ayudar a alguien, qué sensaciones tendrás si la acabas en menos de veinticuatro horas, cómo asumirás hacerla pero pasando unos minutos del tiempo estipulado, o qué pensarás si no te queda más remedio que retirarte. Y qué contarás después para justificar que no pudiste. Qué aprenderás de las causas de tal impotencia. Cómo explicar que “Carros de Foc” fue más fuerte que tú.
- Iniciar es preparar: entrenamiento, prendas que ponerse, gente con la que ir, mochila, agua, productos artificiales para ayudar en determinados momentos, pensamientos de autoayuda, refugio donde dormir, mirar al cielo o a Internet para consultar los modernos oráculos meteorológicos.
- Preparar es empezar: trazar la ruta de aproximación, organizar el recorrido, prever los tiempos de paso y lanzarse a consumar la obra. Preparar es mirar a tu entorno, saber por qué has escogido a las personas que te acompañan, escrutar sus valores, saber en qué son más fuertes que tú, conocer sus puntos débiles que se convertirán en tu objetivo de ayuda. Preparar es leer. Por ejemplo, el artículo "Guerreros del hielo", publicado en National Geographic en enero 2008. Es el relato del intento de conquista del Nanga Parbat, a 8.126 metros, la montaña desnuda, el 12 de enero de 2007 con un frío indescriptible en la cordillera del Karakorum, Pakistán. El 14 de enero acabó la expedición. Zaluski y Jawien se tuvieron que retirar cerca de la cumbre, dos alpinistas que son un símbolo de la mayor especialidad de Polonia en montaña: la conquista de montañas de ocho mil metros en invierno.
- Leer es pensar: en que el éxito y el fracaso son dos posibilidades paralelas, en que estar allí y atreverse ya es una victoria, en conocer otras vidas aún más audaces que sobresalen entre la rutina, la monotonía, el sedentarismo y la repetición constante de los mismos actos en que se guía la vida de muchos mortales.
- Pensar es descubrir y escuchar: la amabilidad y atenciones del guarda del refugio de Amitges, Valentí; la humildad y el espíritu de ayuda de Kiko Soler, un número uno que siempre se pone a tu altura;las explicaciones y buena conversación de uno de los mejores escaladores del mundo, Toni Arbonés; la altivez y el orgullo de algún joven número uno mundial que en aquel momento destacaba en el trail del Montblanc, víctima sin duda de una crisis de éxito juvenil; las conversaciones que giran en torno al mundo de las montañas; los consejos que te dan quienes tienen más experiencia; el buen ambiente que se crea a 2.380 metros de altura; el equipo de cada uno y por qué lleva eso y no otra cosa; la sinceridad de quien es derrotado por segunda vez; la fortaleza y valor de las mujeres; las diferentes formas de ver la montaña entre gentes venidas de rincones diferentes; la capacidad de entenderse y de demostrar valores humanos en un espacio tan reducido. Porque, aunque dicen allá abajo que las pequeñas dimensiones crean agresividad, aquí arriba éstas se convierten en un agradable refugio que actúa como muro separador de los grandes espacios de puertas afuera.
Escuchar es aprender para empezar a caminar: ver cómo alguien hace estiramientos, observar con prismáticos la evolución de un grupo de chicas escaladoras colgadas de una pared vertical enfrente, descubrir qué dirá aquel cartel que pintan para dar la bienvenida al que menos tiempo había hecho, fijarse en la forma de protegerse los pies de gente experimentada, adivinar la razón que tendrán tantos pies diferentes para elegir entre tantas marcas distintas de calzado deportivo, imaginar por qué hay quien lleva bastones y quien no, penetrar en el cuerpo de los que pasan el control para comprobar si es verdad que dicen estar muy cansados o no tanto, hablar de ETA con un vasco de Durango y condenar todas las violencias en todas sus formas.
Caminar es conocer: pasar por un sitio es pisar un terreno con un pasado, un presente y un futuro. El parque nacional de Aigüestortes, con sus indudables atractivos naturales; una comarca con un futuro incierto. Constructoras que estuvieron al acecho, hicieron y ahora han han parado para ver qué pasa; la despoblación, ya desde hace tiempo; las intrigas políticas entre personas que pretenden dirigir los destinos de estos lugares; estaciones de esquí compradas, vendidas y ahora en manos del poder autonómico, con antiguas ansias constructoras como telón de fondo; el monocultivo del esquí bajo el cambio climático y bajo el poder de la estación más grande (Baqueira Beret), de la que está más de moda, de la más aristocrática y real, de un pulpo que ya extiende sus tentáculos más allá de la Val d'Arán, de la oposición de grupos ecologistas y ya se introduce en estas zonas. El pez grande que se come a las otras más pequeñas (Espot, Portainé); suspensiones de pagos, créditos oficiales salvadores quizá con supuestos intereses personales ocultos. Al parecer, aquí pasa lo mismo que allá abajo.



El camino

Los cinco se ponen en marcha a las tres de la madrugada, acompañados de muchos y anónimos frontales que se unen por la hora. Sin luna arriba, la luz es demasiado artificial y la orientación, a base de hitos de piedra y de GPS. Paso ligero, dudas , intuiciones, marcas de GR, refugios, subidas, bajadas, piedras, vacas, sellos en el forfait, el amanecer, la luz que destaca las formas, el naranja reflejado en los lagos, la foto de grupo, el pie que se cuela otra vez en un agujero, el sudor continuo en medio del frescor matinal. De pronto, se ve la velocidad de una silueta humanas muy acelerada. Un practicante de esquí extremo y actual escalador sorprende por cómo combina los bastones con la rapidez de piernas, sorteo de piedras y cuerpo hacia adelante. En doce horas acabó. Mientras, los cinco siguen, aceleran el paso y se sitúan a los pies del maligno, la altura máxima, el Contraix. El muro. La frontera. El gran esfuerzo. Los bloques de granito. La cascada a la derecha. La confusión hacia Colomers a la izquierda. El cartel aclarador, un poco más adelante. Recto y arriba. Mucho sudor. Gran consumo de agua. Empinadas y tortuosas piedras. Cuidado, alguna se mueve y amenaza la integridad física del de abajo. Los cinco se confunden de camino, enmiendan, gastan energías físicas y confianza moral, llegan a la gran cima a más de 2.780 metros, bajan controlando pisadas, sobrecargas musculares, posibles lesiones y el tiempo que les queda. Una ecuación que pronto será despejada. Un tiempo que se consume más pronto de lo previsto. Las posibilidades de entrar dentro del tiempo marcado se acortan. Uno de los cinco sigue veloz y seguro hacia abajo. Está muy entrenado. Sabe pisar con más seguridad Es más joven. Es mejor. Ahora va a por todas y seguirá adelante hasta acabar “Carros” en menos de 24 horas. Igual que muchos otros.

El final

Pero también los hay que el tiempo gastado les aconseja ser prudentes, dejar el resto de la empresa para otra ocasión, asumir lo hecho como un logro muy positivo y pasar a formar parte del pelotón que abandona. 18 horas por alta montaña es otro éxito que no te da acceso a ninguna camiseta conmemorativa. Un tiempo que pasa factura en la musculación, en los objetivos y también en los mensajes. Recuperación física. Una retirada que enseña. La respuesta a quien te obligue a decir que dejarlo no es sinónimo de renunciar para siempre. El repaso al provecho de tantas horas dedicadas a entrenamiento físico y mental. Pero no. No es una derrota. El Nanga Parbat sigue ahí para los polacos. El Montblanc ya no está para quienes perecieron este verano. Tampoco el K 2 existe para quienes su sepultura es de blanco inmaculado. Pero para los cuatro sí que permanece “Carros de Foc” en un mapa y en la memoria. No se sabe si habrá otro intento o no. Algunos ya copian de los polacos y en su interior quieren volver a la carga.
De todo se aprende allá arriba. Aquel esfuerzo les obligó a sudar mucho. Y alguien recordó en su interior de nuevo a Begoña, la maestra responsable del aula de la naturaleza de Cuevas, en Asturias. Esa encantadora mujer, amante de travesías por las montañas de Picos de Europa que este verano se le sinceró con un pensamiento: “Los mejores amigos los he hecho sudando”.
Pero el sudor sólo se evapora. Suele ir acompañado de algo más, de eso que los grandes montañeros y escaladores dicen que tiene el medio en el que se mueven. Aunque mueran este verano en el intento y se abandone su búsqueda, su mensaje es recordado mientras transitas por esta aventura humana que es la vida. Por ejemplo a Pavle Kozjek , el único alpinista que se atrevió a denunciar la matanza de niñas chinas en Nangpa La por parte del ejército chino y de la que fue testigo.
A quienes no fuimos capaces de acabar Carros de Foc en menos de 24 horas, nos consuela saber que otras oportunidades habrá y que el pensamiento de este hombre es más importante que una aventura:

“Mi opinión es que el alpinismo, sin Ética ni Humanidad, no es nada. Estas dos cosas son esenciales y son las que hacen del alpinismo algo diferente. No hay ningún valor en buscar la cima olvidándote de todo lo que hay alrededor tuyo.”



Evaristo
Terrassa, 7 de septiembre de 2008

domingo, 24 de agosto de 2008

Ribadesella: descensos en el tiempo

Los símbolos de diferentes épocas a menudo se plasman en realidades comprobables, aunque las distancias temporales sean evidentes. Un pueblo costero como Ribadesella, antiguo enclave ballenero, importante puerto en el siglo XVIII, ahora se adorna con figuras pasteleras de princesas periodistas, ofrece una gran concentración humana con la disculpa de seguir un evento deportivo, como el descenso del Sella, y también permite ver restos paleolíticos del magdaleniense.
La puerta de entrada a la cueva de Tito Bustillo, en Ribadesella a 6 de agosto de 2008, muestra dos realidades bien diferentes. Fuera, ya hay aparcadas varias autocaravanas, desplegadas muchas tiendas de campaña y decenas de jóvenes se aprovisionan de muchas botellas. Tres días antes del descenso del Sella, el ambiente exterior es el habitual por estas fechas. Traspasada la puerta, el paleolítico superior asoma al fondo de la enorme cavidad que, previa reserva de entrada, enseñan con excelentes explicaciones. 0,60 céntimos es el precio para los adultos, en contra de los 20 euros de quienes montan su tienda en lugares habilitados al efecto.
Al parecer, los primeros habitantes de estas tierras se refugiaron en cavidades cercanas al mar. Aunque éste no estaba tan cercano como ahora, el ambiente era ideal para vivir en aquellos años, con bosques al lado y alimentos al alcance de la mano. Los de hoy también se concentran cerca del agua, el sustento más o menos lo tienen asegurado y los líquidos también. Aquéllos se supone que bebían agua. Éstos, lo que les echen pero que sean derivados de la manzana, de la cebada o de las uvas. Ambos se han juntado para convivir, defenderse, poner en práctica sus creencias o divertirse. Pero los de ahora se arriman tantos en tan poco espacio que los roces dan mucho de sí, los desequilibrios corporales a altas horas son habituales y casi no queda sitio ni para cierta intimidad a la hora de nesidades corporales ineludibles.

Concentraciones seguras
Un pueblo de 7.000 habitantes recibe 300.000 más sólo para tres días. Como se ve, pocas declaraciones de interés turístico internacional reciben tantos devotos. Muchos menos fueron los sujetos que ocuparon estas tierras años ha. Allí sí que había sitio, tanto en el exterior como dentro de una cueva tan inmensa como la de Tito Bustillo. El mar estaba lejos, no así ahora el agua dulce, salada o embotellada. No deja de ser un lujo el establecerse por unos días en una zona ocupada hace tantos años, muy densamente poblada en estas fechas de principios de cada agosto.
Las medidas de seguridad de la zona final del descenso del Sella comienzan a acordonar el territorio desde una semana antes. La organización del evento y el resto de autoridades competentes en el tema deben tenerlo todo muy bien preparado para intentar la ardua tarea de acomodar a tanto gentío de mochila, nevera y tienda de campaña. Los chalecos reflectantes distribuidos por la organización comienzan a aparecer casi al mismo tiempo que las primeras tiendas se instalan en la zona. Uniformes también los hay en la cueva, donde te conducen profesionales de una visita muy bien preparada. La realidad es que entre cámaras de vigilancia y atuendos oficiales parecen querer dar seguridad a casi todo. Por ejemplo, en los aledaños de Ribadesella los jóvenes asistentes que vienen en cuatro ruedas pueden padecer aleatorios controles de seguridad. Los del benemérito cuerpo los someten a inspecciones a la entrada, se supone que a la búsqueda de sustancias, rayas, pastillas, negocios y otros derivados. También a la entrada de la cueva las amenazas se anuncian. Además de los grados de temperatura de su interior, quien se encarga de guíar avisa de prohibiciones varias. En esta vida de órdenes a menudo el NO va por delante, como si no supieran que es más amable avisar con invitaciones redactdas con un lenguaje más cercano, positivo y convincente. La guía previene de posibles delitos si alguien quiere ocupar su memoria digital con imágenes del interior. E implora a acudir también al benemérito cuerpo con el supuesto infractor. A la salida, si alguien quiere llevarse alguna postal o copia digital de las pinturas, imposible conseguirlas en la cueva. Aún no ha llegado hasta aquí el agobio de la tienda con el recuerdo artesano made in China. En el pueblo se encontrarán, dicen.

Grutas
La visita a la cueva significa un viaje en el tiempo, vencer la imaginaria claustrofobia y dejarte guiar. Aunque la entrada peatonal no coincide con la real de aquellas gentes, el nuevo mundo es oscuro para el neófito pero bien estudiado para que comprenda algo de la vida de aquellas personas. Igual que si, con nocturnidad y alevosía, alguien abre la puerta de lona de una tienda de campaña cercana y observa la composición del conjunto. Asegura la guía que los muy antiguos se guardaban allí para refugiarse, hacer rituales, vivir o protegerse. Los muy modernos lo hacen sólo para atender necesidades muy básicas, el resto del tiempo transcurre en el exterior, entre la diversidad de gentes que al final se entienden. El recorrido por los mundos antiguos anuncia sitios con pinturas que no se enseñan. Por ejemplo, El Camarín de las Vulvas. No cabe en ese sitio grupo tan grande para contenidos tan delicados. Claro que en las tiendas de campaña de todo hay y con mucho gozo. En aquellas cavidades había zonas ocultas que guardaban intimidades que nadie explicó a qué se debían. Hoy las intimidades pertenecn a sus propietarios y se enseñan a quien se quiere.

Gotas
La belleza y monumentalidad de la cueva no sólo se debe a las pinturas originales del paleolítico. Durante el recorrido, en un momento dado, la explosión de estalactitas y estalagmitas cautiva la vista. En algunas zonas su espectacularidad dilata las pupilas y propicia que la guía explicara su formación caliza. Gotas y gotas de agua conducidas a través de los tiempos, pinceladas de pinturas de animales más allá, salas, túneles, cavidades verticales u horizontales, lugares por donde descendieron los primeros espeleólogos, entre ellos el homenajeado por su muerte prematura en Picos de Europa con el nombre de la cueva. Gotas y más gotas mezcladas con hielo en concentraciones allá fuera, ajenas a estas historias de debajo tierra. El agua es capaz de deleitar con estas formaciones, de sorprender con el rumor de un río subterráneo que se oye allí, de concentrar a la masa humana con la disculpa del descenso del río Sella, de enervar los ánimos con destilados varios, de enfriar bebidas y hasta de higienizar los cuerpos sometidos a jolgorios diversos.

Cuevas
A Tito Bustillo ya la están clonando. Un simulacro de cueva se prepara allí al lado. Las visitas, el aire humano y el estado de las pinturas animan no a cerrarla pero sí a reproducirla. Cerca habrá una estructura parecida pero diferente. Sin cerrar la original, se acogerán las visitas en otro ambiente más artificial. Hasta ya hay simulaciones en tres dimensiones que recrean aquellos ambientes prehistóricos con auténtica exactitud. Todo sea porque desaparezca esa capa blanca observada encima de algunas recreaciones pictóricas. Seguro que la herencia de aquellas gentes se preservará mejor. Mientras esto ocurre, vale la pena reservar y visitar la original. La calidad de las explicaciones del personal es muy elevada para turistas interesados en aprender más de primera mano.
No será por falta de cavidades en una zona llena de lugares en donde han quedado huellas pictóricas del paso humano. Pero también Cuevas se puede escribir con mayúscula en medio de una frase. Responde a un lugar único y cercano. Un pequeño pueblo donde el ambiente rural aún existe. Donde las vacas y los hórreos son de verdad y hasta se pueden ver cultivos como el limonero, el naranjo o los kiwis. Para apreciar este paisaje, antes de entrar en el pueblo hay que pasar en coche por dentro de la Cuevona del Agua. Imaginación hecha realidad: una cueva de 300 metros, dentro de la cual transcurre una carretera, iluminada parcialmente para apreciar las estalactitats y estalagmitas. Si el conjunto impresiona, más aún llama la atención cuando se desconoce y uno penetra con el coche dentro del conjunto por primera vez. Parece una ficción, una aventura gratuita con un final desconocido. Y gratis.
Más allá aparece el pueblo de Cuevas del Agua. Muchos hórreos, vacas propiedad de un joven soltero con más amor a la vida rural que aparente interés por casarse y un albergue que también es aula de naturaleza. Acercarse a las antiguas escuelas reconvertidas es una experiencia llena de detalles. Cuidado con ellos. Entre más pequeños, más interesantes. En primer lugar, llama la atención la entrada al albergue. La primera incógnita es saber quién está detrás de un entorno en el que se recibe al visitante con una sorprendente frase enmarcada al lado de la puerta: "La esencia del ser es la alegría". Luego, el interés se acrecienta cuando entras y ves el amor por enseñar naturaleza plasmada en una sala llena de lecciones en la pared. Plafones preparados para interpretar el medio natural, amor y delicadeza en el olor, libros apropiados para el objetivo, mobiliario adecuado y una gran persona detrás de todo: Begoña. Una maestra de Madrid que quedó tan enamorada de Asturias y de este lugar que lo ha convertido en uno de sus motivos de vida. Ella, la que incita con su ejemplo a una continua alegría, que atiende al visitante como en los mejores museos, ella encanta la estancia, a pesar de que la vida no siempre le ha sonreído como se merece. Pero fortaleza no le falta. Ojalá. Cuevas también es ella y su trabajo para que los alumnos que visiten su aula de la naturaleza conozcan la ruta de los molinos, la Cuevona en todos sus detalles, los hórreos con el nombre de su propietario y, sobre todo, la amabilidad de enseñar algo que lo vives y te apasiona. Y una frase de Begoña dedicada a aventureros, montañeros, senderistas y otras especies amantes de los grandes espacios: "Las mejores amistades las hice sudando".

Semióticas
Los descensos temporales sitúan al visitante entre los 14.900 años de los ancestros que dejaron sus marcas en Tito Bustillo hasta los contemporáneos que vienen a disfrutar el 72 descenso internacional del río Sella. Dos franjas de tiempo separadas por unos metros de asfalto que exigen ir con los ojos muy abiertos para interpretar el medio. Sobre aquellos años la guía asegura que aún no se han depejado muchas de las incógnitas que se plantean los expertos sobre las pinturas de caballos, vulvas o ciervos. A qué obedecían estas representaciones, qué estado emocional transmitían, en qué circunstancias. Incógnitas distintas a las señales que en estos días se pueden ver en los espacios cercanos al Sella, propensas también a interpretaciones: montones de basura que quedan en el lugar, ausencia de conflictos y buena convivencia entre tanta gente, estados de enajenación mental momentánea inducidos por sustancias diversas, aspectos externos variopintos, diversiones nocturnas, mucho deporte de piraguas y canoas en las aguas del Sella, marcas de todo tipo que responden a algo.
Un habitante del pueblo de Cuevas había reflexionado mucho después de asistir a más de cuarenta descensos por un río muy cercano a su domicilio. Su mente, habituada a un ambiente rural concreto, anotaba ciertas reflexiones sociológicas sobre el evento de gran valor. El lugareño alababa la condición humana. Tanta gente reunida en un espacio de diversión tan reducido apenas provocaba incidentes. Decía que las veces que las fuerzas del orden quisieron ejercer como tales, provocaron lo contrario. Afirmaba que para las gentes de la zona resulta una expolosión de población tan grande que el evento se justifica una vez al año. Y eso a pesar de que queda muy lejos el espíritu inicial no competitivo del primer palista que descendió el río, allá por 1929, Dionisio de la Huerta. Persona recordada cada año con rituales establecidos en cada edición. No se olvidaba del grado de conocimiento de la zona que ha dado este descenso internacional del Sella, con negocios rotundos para algunos, y con el efecto visual que crea en verano un río plagado de unas 2.000 canoas diarias con modernos aventureros que pagan 20 euros por bajar los 16 km del río remando.

Un pueblo, una cueva, un río, un deporte y una fiesta. Gentes diversas que se aventuran a participar y consumir su tiempo vital como creen mejor. Son esas manifestaciones de la vida que, dentro de miles de años, quizá alguien estudie para descifrar qué relación pudo haber entre una canoa, una botella de sidra, un molino, una vulva, un hórreo y otras señales de una fiesta. Pero de eso se ocuparán otros más tarde.

domingo, 4 de mayo de 2008

Octava etapa del GR1, entre Alpens y el Molí d’en Vilalta

Patrimonio cultural al aire libre primaveral




GRmanas y GRmanos:

Una duda: ¿veinte centímetros o veinte segundos? – Sobre trotadores con feromonas sueltas – acerca de lecciones en torno al color verde – sobre la sabiduría de un letrado guía – sobre Quico y Kiki.



La primavera, la cultura y comer sentados debajo de un tejado ya son elementos aglutinadores que se han pasado a la categoría de tradición cuando toca. Ya son tres los años en que el destacamento andarín se sorprende a sí mismo con títulos literarios, gastronomía puesta en mesa y las diversas manifestaciones de una primavera que ya hace un mes que está aquí.
Y allí estábamos, en los puntos de salida, con autocar más grande de la cuenta y también con más asientos vacíos de los previstos. No obstante, podíamos haber sido más pero las circunstancias también cuentan y restan.

20 segundos

La sociología del espacio del autocar ha alcanzado tal nivel de estabilidad que pronto habrá que personalizar los cabezales de cada asiento con el nombre de quien lo usa. Junto a la hoja Excel de reservas quizá en un futuro habrá que adjuntar los asientos sin dueño consolidado, y también los intocables.
Atrás, sin embargo, la ley es un cierto desorden tanto en contenidos como en continentes. Para empezar el orden del día, primer tema, carreras. Se consiguió adormecer a nuestro hombre experto en calentamientos globales, el cual se situó atrás pero debió echar de menos tener al lado a alguna de aquellas personas que tan bien le acompañarían después en la mesa redonda de la comida.
Pronto se empezó a oír el número 20, el cual era objeto de veneración por parte de dos atletas. No discutían de si el tema era sobre longitudes de 20 cm, se encomendaban al Champion Chip y a Internet para pasarle por la cara del contrario que los 20 segundos de diferencia en la cursa dels Bombers justificaban la temporada. Y mira que pasa rápida esta fracción temporal, pero en el ego personal da mucho de sí. Alguien que pasa de los cincuenta se crecía ante quien aún presume de estar aún en la cuarentena y no es maratoniano.

Blanco al fondo, verde al lado

La claridad del día mostró uno de los primeros matices de esta primavera: el autocar parecía que avanzaba al encuentro de la nieve. Al fondo, el Pirineo Oriental resplandecía con su blanca luz, un decorado que se complementaba con el verdor de los cereales de secano, las primeras amapolas, el estreno de las hojas recién salidas y ese alimento líquido en forma de agua que empujaba a todo hacia la explosión final. Es la primavera, aunque aún los robles no se han atrevido a cubrirse con su nuevo ropaje. Dicho lo cual, hubo oportunidad durante todo el camino para ver, sentir, escuchar y pisar ese patrimonio natural que también es cultura viva.
El Lluçanés, a caballo de muchos sitios, parece una extensión de terreno puesta allí para girar la cabeza en todas las direcciones. La panorámica es como si la zona central de Cataluña girara en torno a ti. Y tú ahí en medio, en la altiplanicie que te brinda muchas posibilidades. De hecho la historia se repite: ha habido muchos lugares por donde GRMANIA ha pasado en que la sensación de infinito es evidente, ver los mismos sitios desde otro punto de vista.

Tradiciones

El patrimonio cultural de esta subcomarca quedó patente antes de bajar del autocar. En una masía nadie se escondía de matar un cerdo a la vista de los transeúntes y viandantes. Una tradición que parece un atentado pero que siempre ha sido lo más natural en el campo. Los matarifes rendían culto a una de las enseñanzas más ancestrales propias de la economía de autosuficiencia. Animales, muchos y sueltos en campos delimitados por pastores eléctricos. Quitar cierres metálicos para pasar, cuidar de las descargas eléctricas, o tentar a la suerte y probar la misma excitación que sintió en sus partes más nobles quien en la anterior etapa probó tal bocado. Las vacas, los toros y toda suerte de caballería ayudaban a entender cómo sería la vida por estas tierras años ha. Y todo con esas masías que responden al típico estereotipo arquitectónico de estas construcciones. Casi ninguna deshabitada, un símbolo de una vida que se repite.

Momentos

El camino propicia tantas actitudes y tantos temas como personas que se junten. Si un oído multiusos y panorámico pudiera recoger hasta el último cuchicheo de cada grupo que se hace y se deshace, sería como para plasmar una generación de conocimiento, o sea, una wikipedia andante. Y amenizada con mucha risa. O con temas más serios. Como el paso de la vida, como aprovechar el momento, como las enseñanzas de aquellos africanos que cada día se reían porque a lo mejor ése era el último de su existencia. Como lo fácil que es que en un segundo te cambie tu existencia. O sea, con ejemplos prácticos: se entiende, por tanto, que aquellos veinte segundos representaran la justificación de una temporada atlética para quien alardea de su proeza.

Al trote

Por una superficie que se mueve entre los 600 y los 800 metros de altitud, con un camino apto para carreras varias, tardaron mucho en salir al trote ligero tres hombres y una mujer. Alegaron entrenarse sin mochila, estirar músculos que no aguantan tanta tranquilidad de la marcha. Se fueron pero se encontraron, antes de parar en el ruso-catalán, con la horma de su sombrero. O sea, el grupo casi giraba en torno a ella y parecía que iban dejando rastros de feromonas delimitadoras del territorio masculino. Pero se encontraron con aquel rebaño de ganado vacuno. Uno del grupo recordó aquel otro encuentro con un toro de lidia allá por els Ports en el GR 7. Y observaron cómo aquellos animales se comportaban casi de forma parecida: toros y vacas, feromonas, territorio, actividad, presumir ante la feminidad. Aunque una cosa era diferente: Lluçà, su monasterio y el guía eran placeres para degustar a sorbos por seres humanos.

El medio y el mensaje

La supuesta altura máxima del terreno dejaba ver al fondo un terreno dado al cultivo de cereales Atrás, Alpens estaba a 860 m, ahora Lluçà a 755. El camino no ofrecía dificultad pero sí vistosidad. Las imágenes de una primavera revitalizada por las últimas lluvias eran espléndidas y muy completas. Junto a alguna masía abandonada, con evidentes restos de oficios y vida en sus entornos, había campos verdes, con matices muy intensos de un color que luego fue explicado muy bien por expertos en tintes textiles. Hasta en algún tramo el camino obligaba a pasar por sembrados de cereales, donde las marcas del paso parecían atentados a la verticalidad conjunta natural del conjunto. Los matices del color no necesitaban de la paleta artificial del Photosop para resaltar una radiante realidad. El olor intenso a pino, el gorjeo de tantos pájaros que parecían estar felices mientras construían su nido. El apareamiento o la alegría de la nueva vida, con el verde cerca y la nieve al fondo. Aquella blanca luminosidad se veía acrecentada por el azul del cielo y ese verde tan cercano. Es un regalo de abril, un mes que intensifica los colores recién nacidos después del letargo invernal. Aquí el medio transmitía muchos mensajes, sólo había que oírlos e interpretarlos.
En la parte más alta del camino, el Coll nord del Castell (a 810 m), una masía con las puertas abiertas, muchas balas de paja, una explanada y, a la izquierda, un letrero: “Lluçà: deixeu el cotxe a descansar i aneu a caminar” Dicho y hecho. El horizonte cercano se componía de los restos de un castillo a la izquierda y un monasterio al fondo, con la línea de la nieve más allá. Un próximo cruce orientaba en cómo llegar al castillo. Cerca, una cruz de término, un gran árbol con sombra y un banco de piedra, con una superficie incrustada con rayas. Uno se podía imaginar cuántas generaciones habrían honrado a aquella cruz y se habrían sentado en aquel banco, a la sombra del majestuoso árbol. Tres símbolos de paso y de una cultura ya antigua. Pronto, la joya: Santa Maria de Lluçà.

El medio es el mensaje

En ésas estábamos cuando McLuhan iba a aparecer encarnado en un ferviente devoto del arte románico del monasterio de Lluçà. Mientras unos llegaban, otros habían detenido su galope en un abrevadero con barra y cerveza. Allí estaba una maravilla del arte y su encantador artificial. Él era catalán viajado a Rusia con billete temporal de vuelta yu parada y fonda en esta obra de arte. Recibía al viajero con demasiado silencio contenido. O sea, su verborrea y ganas de explicar quedaban al alcance del oído presto a escuchar. Claro que él se dirigía al turista con tiempo, no al andarín de paso. Los tesoros le habían embelesado. Para confirmar la belleza de aquel arte, repetía que un equipo de la tele había estado hace poco grabando allí. Sí, la tele. Las cámaras parecían serle de gran valor, el ojo digital verificaba la importancia que percataba el ojo real. Y McLuhan contento con el guía. Como si tanto arte necesitara de la pequeña pantalla para justificar su excelencia.
Hubo sospechas de que un sitio de tanta belleza dejara medio petrificados a tantos amantes del arte como por allí pasaban. El misticismo del lugar, la penumbra del espacio religioso, tanto pantocrátor y el efecto narcotizante de un aroma a tanta cultura religiosa allí dentro, el conjunto levantó sospechas. El grupo se podía estirar, y no por atender a los encantos restauradores de los dos jóvenes de La Primitiva, nombre de la casa de comidas situada enfrente del monasterio. Es la cultura, amigo. Un sitio como para volver y degustar los placeres del buen yantar.

El mensaje de los colores

Una amplia y larga pista parecía alejarse y acercarse al monasterio de Lluçà como si de un juego se tratara. Era el Coll de Plana, a 805 metros, con buenas panorámicas sobre el Lluçanés, Osona, Pirineo Oriental, Montseny, Collsacabra, Sant Llorenç del Munt y Montserrat Era un largo rodeo que servía para alejarse de una parte de la riera de Merlés pero sin dejar de jugar al escondite con el centro religioso.
Al final, para asegurarse de que estábamos todos los que éramos, hubo una parada técnica muy educativa. Son esos momentos en que alguien se sienta, come, bebe, descansa, ríe, se limpia el sudor. O imparte a los ignorantes toda una lección en torno al color verde. Como delante tenía suficiente materia prima, empezó a diferenciar el verde oliva del verde pistacho y del militar. Y usó ejemplos allí presentes para que la lección se entendiera. Tanta pedagogía sirvió también para humanizar otros colores con dos ejemplos muy sencillos. Dos personas que se conocían por andar pero no se identificaban por el nombre, aprovecharon el hecho de hablar de colores para poner encima del verde paisaje dos más en femenino: Blanca y Rosa.

La gastronomía como paisaje

El camino poco a poco tocaba a su fin. Grandes embalses artificiales y antiguos molinos en la riera de Merlès (el Molí d’en Vilalta, a 500 m) ya abandonados dejaban entrever que la tan preciada agua existía. Y también una carretera y un autocar.
El traslado al centro del ágape sirvió para alegrar al personal y para entrar en ambiente. Alguien, cándido él, confundió el nombre del lugar, “Cal Quico” con “Can Kiki”. Quien de esto entiende bastante, comenzó a calentar el ambiente. La traición del inconsciente motivó chanzas de elevado contenido erótico. Pero no pensaba él la que le esperaba en el restaurante.
El lugar era excelente; el rincón, digno de quienes allí comíamos; y la materia prima motivó que ya se programaran varias caminatas más, pero todas con punto de destino en este lugar.
La distribución de comensales hizo que, mira qué casualidad, el que domina muy bien los temas femeninos, quedara solo en una mesa redonda con acreditadas representantes de ese sector. Y, claro, su teatral gracia les alegró la comida. Igual que a todos la invitación a cava de quien celebra su onomástica el 23 de abril.
Pero uno de los platos fuertes de la comida era de papel. Un libro como símbolo, con tantos significados, un punto de libro personalizado, el excelente trabajo de quienes se preocuparon por todo y la oportuna puesta en escena de la ceremonia de entrega, a cargo de quien sabe contar cuentos y declamar en público. Un acto ya institucionalizado que luego debe continuar con la lectura de la “Antologia Poètica” del gran Miquel Martí i Pol.
El poeta nos brindó un trabajo digno de ser paladeado a pequeños sorbos. Y con sus palabras de la página 209 nos quedamos en esta etapa llena de patrimonio cultural y también literario:

“Aquest camí, com tots, acabarà
en un estimball clar, sense paraules,
ni desitjos, ni vent. L’ombra benigna
d’algun ocell em farà companyia,
perquè el record no sigui una feixuga
disbauxa de claror, i en tindré prou
amb no dir res per sentir el fosc embruix
del buit immens que tot ho purifica”


Evaristo
Terrassa, 26 de abril de 2008
http://afondonatural,blogspot.com

Séptima etapa del GR1, entre Ripoll y Alpens

Cargando pilas y ánimos con muchas energías



GRmanas y GRmanos:

Sobre facturas más veloces que el autocar- acerca de energías eléctricas euforizantes – de remedios y terapias diversas- sobre brindis por esponsales recientes



Ocurrió antes de empezar a andar. Antes de ponerse en marcha. Antes de subir. Fue la primera vez que una empresa como ésta envía la factura antes de que llegue el autocar. Y eso que tal sucedáneo de vehículo se distinguió por presentarse antes de la hora, antes del primer senderista. Puede que sean señales de cambio, pero el viernes anterior ya facturaban lo que no habían hecho. Y el sábado ya esperaba quien era afamado por no ser puntual. En tal día de reflexión y de la mujer trabajadora, nuestro hombre del volante brindaba toda su sabiduría viaria para llevarnos hasta Ripoll.

Baile de cifras y de bajas

En diferentes mentideros se especuló sobre posibles causas de tantas y distinguidas ausencias. No se sospecha que fuera ninguna muestra de solidaridad con el coordinador general. Y menos ese día. Porque él allí estaba en la parada 2, raudo y veloz. Puso en marcha el manual titulado “Cómo aprender a manejar un GPS en un minuto” y, como su espíritu pedagógico ahora está insatisfecho, se volcó en dos cándidos GRmanos y les esquematizó el funcionamiento del aparato. Los susodichos pupilos interiorizaron ese gran torrente de sabiduría y, con tanta información tan comprimida, dudaron de su futura orientación. Pero no. El GPS se comportó, y eso que él parecía darse cuenta de las manos en que estaba. Por tanto, el coordinador despidió a la expedición con la lección aprendida. Otros, ausentes con disfunciones diversas, con virus, con muestras pedagógicas, con la prevención ante tantas subidas, o con resacas postcelebración, o con preparación preelectoral. Al final, la treintena éramos y Ripoll nos esperaba.

El perfume de los churros

Como casi siempre ocurre en este tipo de jornadas, todo ya está reflexionado y la puesta en común se convierte en una necesaria terapia colectiva. En la zona trasera del vehículo hubo quien compadeció al jubilado de oro, al del jersey rosa y peinado antiguo, o alabó al de las cejas subidas y todos repasaron el estado de la nación antes de sentir el intenso olor a churros y ver los primeros pantalones del mercadillo de Ripoll. Nuestro chófer se nota que tiene olfato, estética y gusto. Asustado quedó el emigrante cuando el tenderete se vio sorprendido por tanto mochilero. Mientras, la gula olía a aceite muy versado en dorar esas tiras de masa de harina que invitan a ser mojadas en chocolate. El recorrido siguió por una zona de la población en la que, a esas horas, unas cocas recién hechas te miraban con ánimo de retar la tentación una vez traspasado el escaparate. Pero no. Hubo contención, miradas para encontrar las primeras marcas y preparativos para acometer la primera cuesta del día. Dicho y hecho.

Entre bosques y bancales

La primera, en la frente. O sea, subida inicial para ganar altura y probar las piernas. Desde arriba la meca de Guifré el Pilós empezaba a quedar distante y lejana. Buena señal. El frío matinal despejaba la fina capa de escarcha que cubría la sequedad del terreno. Se notaba la ausencia de precipitaciones y se iba la vista hacia campos cultivados o prados bien cuidados. En una comarca tan densamente poblada por árboles, los pocos espacios libres estaban cuidados por quienes aún se sienten protagonistas de algo más que de una denuncia: “De todas las especies protegidas, la que está en mayor peligro de extinción es el labrador”. Algunos debía haber, bancales bien cuidados, con ganadería vacuna bien protegida y con límites territoriales para que esos animales no se despisten. Claro que lo que a uno reprime a otro le enerva.

Los electrizantes límites

De sobra sabe el género vacuno que esos alambres son una barrera que no se debe franquear. La represión del paso la notan cuando el morro prueba la función de los electrones. Pero también los humanos pueden probar sus efectos cuando la conexión eléctrica te pilla por sorpresa y te somete a una curiosa prueba. Y más siendo el protagonista uno de la selecta estirpe maratoniana. Resulta que, al parecer, o no se dio cuenta o no valoró en su justa medida aquella barrera eléctrica. Fue a pasarla con cierto descuido. Mientras una pierna sorteaba el obstáculo, la otra impulsaba el cuerpo para finalizar la acción pero…¿y la zona de en medio, la entrepierna? Durante unos segundos quedó en contacto directo con el pastor eléctrico. Digamos que esa zona vital básica, tan alabada por Wody Allen y comparada con el cerebro, sufrió una sobrecarga eléctrica digna de mención. Los alaridos iniciales dieron pie a los caminantes a interesarse por el resultado de la experiencia. Corrieron rumores de que, al final, todo fue muy placentero, quizá con euforizantes cargas de energía que, más tarde, pudieran necesitar las oportunas descargas para que todo quedara donde debía.

Terapias al aire libre

No cabe duda de que esos remedios tan naturales de la risa y de la deconstrucción de la normalidad vigente, son tareas muy practicadas en este paseo tan peripatético en que se convierte una etapa de GRAMANIA. Clamando a los aires consignas, hipótesis, comprobaciones y consejos varios, uno llega a la conclusión de que no queda más remedio que airear la mente y abrirla a otros pensamientos que por allí se escuchan. La sabiduría fluye por los caminos, la persecución de las marcas da rienda suelta a producciones cerebrales diversas. Y más ahora en que la constancia de la edad cada vez se hace más evidente.
Son esas etapas de la vida que muy bien definió quien se cuida de la salud mental ajena. En este caso el género hombre por allí reinante fue clasificado por el experto dentro de la Edad de los Metales: plata en las sienes, oro en los implantes dentales y…plomo en zonas que otros recargan con energía eléctrica. Sobre el género mujer se oyeron comentarios acerca de la magia de los tintes, allí donde ellos no se atreven a aplicar el “just for men”. Y también se aportaron sugerencias para momentos de coyunda o soledades diversas: que si ellas o ellos se inclinan más por la práctica de artes manuales o digitales. O, puestos a ello, la lengua da para mucho y los juegos de palabras y procacidades diversas dieron pie a trabalenguas y palíndromos de alto voltaje (lo de “un metro de encaje negro” ocupó una parte de la oratoria y fue un primer ejemplo). Por lo que se ve, la terapia del caminar una vez al mes quizá ahorre otras empanadas mentales (por no decirlo con recursos lingüísticos más populares)

Un recorrido exigente

Superados los primeros trechos, consumado el almuerzo de rigor, las energías estaban preparadas para ser dilapidadas en constantes subidas y bajadas por un terreno poco frecuentado a pie por la actual especie humana. Atrás quedaron los 695 metros de Ripoll, la Mare de Déu del Remei (815), El Puig (840) y el GR seguía subiendo hasta Vallespirans (880) y el coll de Sant Esteve de Vallespirans (950). El paisaje era imponente a esta altura en medio de la soledad por estar tan alto, con una perspectiva sin obstáculos que se interpusieran con el horizonte. Una comarca para descubrir siguiendo caminos, para ver las sierras de siempre desde otro lugar. Casas recuperadas para usos residenciales, casas de colonias en medio de la soledad, construcciones en ruinas y algunas personas que de vez en cuando nos hacen pensar que no estamos solos allí.
La subida sigue. A 1040 metros, la casa de colonias de Portavella alinea muchas bombonas de butano, una torre, obras de reconstrucción, indicadores confusos y un giro hacia la derecha por unas empinadas rocas. Quien creyera que la máxima altura ya era ésta se equivocaba. La ascensión seguía. También los alambres separadores. Ésta vez no ofrecían “placeres” eléctricos. Más pista, más caminos en medio de altos y olorosos pinos. Salida a otra pista y ya venía la senda a la derecha que, en subida, desembocaba en el mayor espectáculo de la jornada: el santuario de Sant Margarida de Vinyoles, a 1205 metros de altura. Un lugar en donde una inscripción dice que allí se llevaba a los enfermos de cólera, mucho tiempo atrás. Un lugar con espectaculares vistas sobre el Pirineo Oriental, el Berguedà, Osona y el Ripollés. Debajo de esta ermita, reconstruida en 1854, estaba el castillo de la Guàrdia, datado en 1017. Y, por un camino que descendía, seguimos hasta llegar a Alpens, a 860 metros. Una bajada en medio de restos de viviendas, otras recuperadas y un pueblo al fondo, con un casal y con un bar. El destacamento que llegó antes, por hacer sólo media etapa, ya había tomado posiciones en la terraza. Todo bien acondicionado para todos en un lugar que precisamente ese día lo estrenaban los nuevos dueños.

¡Qué buena que estaba ella!

Bien pertrechados en un lugar al sol, en una terraza bien situada y con los condumios encima de la mesa, la celebración de la comida empezó con buen pie y acabó mejor. Los ánimos se fueron caldeando y, como siempre, corrieron degustaciones diversas para ser compartidas. Destacaron unos buñuelos de puro capricho. La bondad del plato de cuaresma fue la confirmación de que la cosa iba bien encaminada. Ya cerca del final, apareció ella. Se presentó con todo su arte. Aparentaba buen sabor, un color muy atractivo, un aspecto muy húmedo, muy sugerente. Invitaba al placer con calma, a observar sus encantos, a comulgar con ellos. De hecho, entraba bien. Le dimos la bienvenida, la probamos y felicitamos una vez más a quien nos deleitó con su presencia. Fue una agradable invitación del GRmano recién casado a todos los allí presentes. Ella, un símbolo más, era Anna de Codorníu, la marca de un buen cava que sirvió, una vez más, para hacer de un acto personal un gesto comunitario, una forma de compartir aquel momento civil con quienes le acompañamos en tantos buenos ratos. Él, un experto en las distancias cortas, nos hizo disfrutar del suave paladar de ella con un gran gesto.

Alpens

Antes de partir de este pueblo, hubo un momento para descubrir el entorno. Las casas de siempre se veían ya acompañadas por las adosadas, mientras aún quedaban huertas sin construir. La diferencia entre unas construcciones y otras era manifiesta. Se las veía allá, mientras aquí al lado, un pagés jubilado labraba su pequeño huerto con herramientas manuales y ancestrales, tal como hacían sus antepasados. Viejas casas con arcos en un pueblo retirado, donde hasta puede presumir de rotular su ayuntamiento de forma distinta. Se sabía dónde estaba la casa consistorial porque lo ponía un papel cualquiera, clavado con dos chinchetas encima de una puerta. Tamaño gesto gráfico sería inimaginable en cualquier entorno urbano.
Dicho lo cual, la partida llegó porque otros acontecimientos y celebraciones esperaban horas después. El sueño recuperador del autocar preparó los cuerpos para la larga noche en que otro GRmano celebró que hace poco había traspasado la barrera de los cincuenta.
Un emotivo acto con un detalle final en forma de puzzle: una estampa del Estany Tort de Peguera con el albergue Josep Maria Blanc al fondo (y con experiencias compartidas) y una frase de Abrahan Lincolm a modo de deseo y de cierre:

“Al final, el més important no són els anys de la vida, sinó la vida dels anys”


Evaristo
Terrassa, 23 de marzo de 2008
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Sexta etapa del GR1, entre Sant Pau de Segúries y Ripoll

GRMANIA mojó en el Ripollès


GRmanas y GRmanos:


Del valor de la tecnología punta en vena – Por caminos paralelos a casi todo - Sobre suplentes y suplantados –Sobre votaciones en medio del bosque – Acerca de la desbandada final.


La excepcionalidad de la etapa era evidente. No tanto por el recorrido, con escasos desniveles y poco accidentado. El hecho a destacar en sí era que el coordinador general permanecía expectante y convaleciente en sus aposentos ovales. Intrigado por ver qué pasaría por el Ripollès con el personal a sus órdenes. Y recuperándose muy favorablemente. Eso sí, empezaron a circular rumores sobre la calidad de las piezas que le colocaron en su zona de operaciones, como más adelante se verá. El segundo hecho excepcional fue la forma tan sibilina en que a alguien lo van formando como suplente para tareas de responsabilidad. Y, cuando el formador lo ve capaz para cometer el mando, le otorga los bártulos, el cargo y hace mutis por el foro. Pero de eso habrá tiempo de tratar con más detalle. Por otra parte, gran alegría causó ver de nuevo rostros que hace tiempo se echaban en falta: el de quien cuida con esmero de nuestro gran capitán y el del ufano y feliz que quitó su piedra del camino, con lo que su buen humor aún se acrecentará.

Disfunciones caloríficas

Nuestro respetado tocador del volante y otros mandos se ve incapaz de dar gusto a todos en el autocar. Y no es que le fallen los sensores climáticos del receptáculo andante. Mira que se esfuerza pero siempre recibe sugerencias. Quien se hiela, a quien le suben los efluvios caloríficos, quien no ve el paisaje porque se empañan los cristales, quien toca el vidrio y a veces el hielo hace acto de presencia. En fin, menos mal que, a la vuelta, el sopor después de caminatas y comidas, conjugado con los desequilibrios del interior (del autocar, se entiende), sumen al personal en un dulce sueño redentor.

Tecnología punta a modo de sostén

La zona trasera del carruaje con motor entró en una serie de especulaciones y rumores, a la vez que aportó soluciones tecnológicas para fallos de operatividad propios de estas edades. De entrada, alguien no confirmó pero sí apuntó que a nuestro coordinador le habían instalado en la zona operada piezas hechas con la última tecnología alemana. Y especuló que su próxima reincorporación al camino será como para ir a su rebufo. Hablaban de titanio y otros materiales que, decían, habían sido probados en los cuellos de los conductores de vehículos de Fórmula 1.
Pero no todo quedó ahí. Quien sabe más casi ya por futuro abuelo apuntó más recursos. Una marca japonesa ya experimenta con algún invento para subir los párpados, en caso de que quien conduce un coche se duerma. Extrapolado el invento, a los cincuentones de la zona del gallinero del autocar les comenzaron a brillar los ojos de forma lasciva: por fin habrá una tecnología capaz de mantener también en subida otras zonas corporales que empiezan a estar en bajada.

Los rigores del clima

El anticiclón persistente, además de orquestar toses y resfriados múltiples, cubre la Cataluña interior con una persistente helada. Un paisaje subyugante desde dentro del autocar. Un anuncio de que el día será soleado y que de los hielos pronto se pasará a observar mejor aquellos campos del Ripollès. Esta etapa de hecho fue una de las que menos núcleos habitados cruzó y más masías ocupadas por labradores nos mostró. Casas con todo lo propio de la agricultura moderna, tractores que roturaban la tierra y la hacían girar, gramíneas ya crecidas que esperaban como todos: que de una vez llueva. El río Ter, algunos canales y las rieras que se cruzaron confirmaban la escasez del líquido elemento. Casi ni para mojarse había agua en algunas zonas.


Caminos paralelos

A menudo los caminos, los ríos, las carreteras y las vías ferroviarias van todos paralelos. Cuando esto pasa, la brecha fluvial suele ser la que ha abierto el paso a las demás vías de comunicación. En este caso, el paralelismo se dio en bastantes tramos del recorrido. Se apreciaba poca población pero algunas masías aún en marcha, con esos adelantos que facilitan la dureza del campo. O esos leñadores, también con tecnología punta. Disponían de alargados y articulados brazos que alcanzaban a cortar elevadas ramas. Mucha poda a lo largo de un sendero bien marcado y aún más cerrado. En pocas etapas ha habido tantos alambres como en ésta: son esos cerrojos pasajeros que ponen puertas al campo, limitan propiedades o impiden que animales de cuatro patas traspasen las fronteras artificiales.


Almuerzo y suplencias en la cúpula

Cruces, giros, muchos pasos y hambre. Al lado del edificio que albergaba una esclusa para abastecer de agua a un canal de riego, el personal sacó los condumios cara al sol. Cerca, el agua que no mojaba en su caída algunos metros más allá. Unos, al lado de la acequia. Otros, abajo. Muchos, encaramados a los restos de un balcón sin acabar. Mientras se engullían las viandas, hubo competencia de vinos. Por allí apareció una bota con un suave vino que ponía la nota diferencial a los paladares. Hubo quienes, pensando en su propietario, se afanaron a probarlo. Pensaban que podría ser vino de misa y, por su calidad y ausencia de agua, bien iría para consumar una comunión completa. Pero no fue el caso. Se apreció la libación y se habló de la sorpresa del día. Un suplente encaramado al poder.
Al parecer, el anterior jefe de personal y de recursos humanos de GRMANIA estuvo formando casi en secreto durante bastante tiempo a su suplente en el cargo. Dicho aventajado alumno manifestó que “no fue ningún suplicio ser suplente” y menos “suplantar” al titular. Llegado el momento, como que ya lo vio suelto en el cargo, procedió al relevo sucesorio. Con lo que GRMANIA ya dispone de un nuevo jefe de los recursos más humanos, cargo que seguro que se tomará con mucha filosofía. Claro que, según se mire, quizá este hecho sea el principio de una carrera de altos vuelos. Porque si el ya exjefe de personal, después de tantos años adquiriendo rodaje en GRMANIA, ha pasado a gestionar el conocimiento de áreas y ámbitos muy superiores, quizá el nuevo jefe de personal aspire a, en un futuro, seguir sus pasos. Y pueda progresar en otros ámbitos, aunque quizá la esperada y deseada jubilación le abra otras puertas más placenteras.

Vías verdes, senda del hierro y chocolate para todos


Una de las terapias más practicadas en los GR es aquel consejo que hace años dio el cómico italiano Dario Fo: “La risa libera al hombre de sus miedos”. Por la cantidad de carcajadas se deduce que de miedo, nada. Risas y buenos momentos mientras los vericuetos te llevan por una altura de unos 800 metros: de Sant Pau de Segúries al torrent de Quatrecases, de aquí a la riera del Repunxó, masías con nombres como El Marquès o El Grau, El Pujol, la Batilla, el Tampere o el molino de Malatosca. Desde aquí, queda poco hasta la estación de la vía verde de Sant Joan de les Abadesses, a 770 metros. Un cruce de caminos, con la antigua ruta del hierro reconvertida para el turismo, el río Ter, la carretera, el monasterio y el puente que han dado merecida fama a esta población. Abadesas debía haber (de abades, no se habla).
Y aquí, uno de los recientes cincuentones del grupo quiso que todos mojaran. El chocolate caliente y los bizcochos fueron un tentempié en mitad del camino. A pesar de cierto sofoco derivado de los kilómetros andados, no sentó mal dicho brebaje, llamado hace años en algunos sitios “la merienda de los curas” (por algo sería). De este GR no parece que nadie se despidiera si haber tenido la opción de mojar algo. Aunque sólo fueran bizcochos.
Y, visto lo visto, un cumpleaños puede ser motivo como para pensar en aquello que apuntó la escritora irlandesa Edna O’Brian: “El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro” (habrá que mirarse al espejo con detenimiento).


Votando por los bosques del Ripollès

Hasta Ripoll el camino transcurrió entre masas arbóreas muy tupidas, ausencia de presencia humana y un hombre destacado que se esfumó en lontananza. Acometió el camino con buen paso, sin mirar atrás. Sólo las marcas que, decía, no le conducirían a pérdida alguna. Ante su derroche de fuerza, el grupo perseguidor bromeaba sobre sus capacidades y sobre otros temas. O sea, la risa que cura. Las masías habitadas eran las únicas construcciones que dejaban ver la actuación humana. La mayor subida, a 890 metros en el coll de Can Sau. Después, la riera de Ogassa, el torrente de la Rimbala y el típico rodeo por quienes enfilan la directa y son capaces de trotar más kilómetros con mucha alegría e inocencia.
Ya de bajada, un miembro de GRMANIA sugirió una votación para discernir si venía hasta aquí el autocar o se acababa la etapa andando. El resultado electoral fue uno pero la realidad fue otra: tres trotando sin mochila hasta el final, unos esperando al autobús, otros dentro de él, unos rompiendo la disciplina de voto, y el autobús dando vueltas a un lado y a otro buscando a los más lejanos. Vueltas, giros y paradas hasta no dejar a nadie en tierra. Menos mal que nos conducen buenas manos. La desbandada inicial acabó bien.
El restaurante Rama primero y el otro con apelativo en honor a la barrica, ambos fueron testigos de los diversos movimientos del personal. Suerte que no había pérdida y el GR iba paralelo a la carretera. Pero, por movimiento que no quede. Al final, concentración en la zona exterior de un restaurante. Una vieja masía con problemas en la red de cañería, con escaso servicio de personal, con viejos aperos y herramientas de labranza en exposición y algunas aves que daban un toque rural al entorno.
Allí, al sol, nuestro servicio propio de camareros se comportó con más diligencia que el inexistente del bar. Las cajas de cerveza y las botellas de vino alegraron los semblantes y cerraron una etapa por una de las comarcas de Cataluña con bellezas no masificadas. Imágenes para recordar y también para soñar mientras el sopor de la siesta se apoderó de los que volvían al punto de origen.
Aunque hoy las protestas a veces ya ni son, hace unos cuantos años un cantante norteamericano cerró su vida antes de suicidarse con una significativa mención a la rebelión por la estética:

“Ah, pero en un tiempo tan feo como éste, la única protesta verdadera es la belleza”

Evaristo

Terrassa, 13 de febrero de 2008
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viernes, 18 de enero de 2008

Quinta etapa del GR 1, entre Oix i Sant Pau de Segúries

La alta Garrotxa, con un interés muy natural



GRmanas y GRmanos:


De cómo un espacio de alto valor natural responde al cartel – Sobre disfunciones momentáneas de órganos diversos - de la alta Garrotxa a la Terra Baixa – sobre turismo nocturno por La Maurina – sobre la cuesta de enero, muy en subida – del lujo de pisar charcos –sobre marineros de tierra adentro - sobre simulacros de comidas vigiladas por uniformes – de remedios femeninos para males masculinos.


El nuevo año, además de tantos deseos, ilusiones y proyectos, sorprendió a los caminantes recién subidos al autocar, con una visita nocturna para descubrir las interioridades de La Maurina, cual turistas ojeando Las Ramblas de Barcelona en autobús al uso. Los principios sirvieron para demostrar el valor del rodear frente a la inmediatez de la línea recta. Dos vueltas al barrio, observación de aquel colegio que dirigió tan ilustre formador de generaciones, ajustes para caber por las calles y llegada a la segunda parada. GRMANIA no tenía nada que ver con que la empresa se hubiera dividido, que los autocares ahora aumentaran el patrimonio de la compañía fuerte de Terrassa y que la agencia con la que tratamos siguiera siendo nuestro único punto de referencia. Pero podremos seguir disfrutando del tacto y amenidad de quien nos conduce.

Disfunciones corporales diversas

“La percepción de la realidad es la realidad”, dice un aforismo del mundo de la economía. Y la de GRMANIA es diversa desde el punto de vista corpóreo. 2008, el DNI y los fríos invernales parece que se han juntado y han aglutinado pasajeras disfunciones en los cuerpos: resfriados diversos, posoperatorios renales, espolones, intensas gripes, esquirlas puntiagudas, etc. El campo es diverso pero esperanzador. Esperamos que todos los procesos sean satisfactorios y que las funciones hagan a los miembros. No tocó la lotería pero que no decaiga la salud.

Espacios de alto valor natural

Así rezaban diversos carteles distribuidos por un lujo de subcomarca que muchos descubrimos: la alta Garrotxa. Las mentes despiertas de caminantes curtidos admiraban las grandes masas forestales aún casi vírgenes, los hayedos que permanecen en el anonimato de la gran masa pateadora de aceras, pinos rojos, extensiones de árboles de hoja caduca o perenne que permitían ver el horizonte y descubrir una realidad natural por capas: cerca, el bosque y animales diversos de los de verdad; más allá, más de lo mismo y, aún más lejos todavía, la claridad del día permitía contrastar el color de la nieve con el gris de la naturaleza adormecida, el verde apagado del fondo con el marrón de tanta hoja seca a los pies, la luz del sol de invierno con la luminosidad del fondo nevado.
Oix, a 410 metros, enseñó el centro de un pequeño pueblo del que partía la etapa. El camino hoy era exigente y representaba un continuo calentamiento muscular para afrontar en forma la cota máxima, 910 metros. 500 metros de desnivel que ponían a prueba al personal, procedente de las voracidades navideñas.

Ermitas, animales y almuerzos de los de verdad

El coll de Toralles, a 615 metros, ya significó cierto consumo de reservas caloríficas, por lo que se procedió a la búsqueda de una buena zona para el avituallamiento sólido y líquido. Antes el camino enseñó vacas de las auténticas, no de las fijas y pintadas; caballos para carne y algunas aves de gran envergadura que merodeaban a cierta altura. Un paisaje para vivir la soledad y para pasar con un GR. Y para desayunar con tranquilidad, al sol y al lado de una ermita, la de Sant Martí de Toralles, del año 977, románica y abierta a las visitas. Al lado, la pareja cuidadora de la casa y de los terrenos de un propietario valenciano, amables y acogedores, procedentes de Palau de Plegamans. Al parecer, el amo pensó venir desde Valencia tres o cuatro veces al año. Pero ahora, la zona le cautiva tanto que cada mes aparece por aquí.

San Isidro, expectante

El camino, lleno de bifurcaciones, siguió tensando ahora el almuerzo. Poco a poco el paisaje se abría con la altura. En el coll de Toralloles, a 735 metros, apareció la imagen el patrón de los labradores (excepto en Cataluña, que dicen que es Sant Galderic) y patrón también de Madrid. En una pequeña hornacina, el santo debía darse cuenta de los entornos que le rodeaban: desde el alto sólo se veía un camino al fondo que conducía a dos masías, todo era una tupida masa forestal y aquella nieve que iluminaba aún más la perspectiva del horizonte. El camino era estrecho y resbaladizo.

El encanto del agua

Hacía tiempo que no había posibilidad de sortear charcos de agua. No había forma de llenarse las zapatillas de barro. Era difícil ponerse en alerta porque la suela del calzado no te sorprendía con piedras que resbalaban. Los pantalones no podían disfrutar con las ocasionales salpicaduras de barro. Pero hoy sí. Hasta una parada técnica para juntar el grupo se hizo al lado de una laguna en el camino. Parecía como si fuera algo recuperado después de tantos días sin lluvia. Un símbolo de ese agua tan publicitada con aquello de que para tenerla hay que cerrar el grifo. Allí, al lado del hostal de la vall del Bac se recuperó la palabra “retrete”. No porque varias personas aprovecharan la parada y fueran a usarlo de forma real e imaginaria al mismo tiempo, sino porque nuestros pupilos más pequeños hoy hacen mejor sus necesidades si son capaces de identificar en el símbolo de la puerta que les toca las letras W.C. Una vez hechas las evacuaciones y recuperado el grupo en su integridad, la partida no nos podía hacer imaginar que pronto unos animales se pondrían a nuestra altura.

Sorpresas rurales inesperadas

Pocas casas y algunos animales. Y, de entre todos, nuestra especie. “Ponte a su lado que os hago una foto a los dos burros juntos”, era la irónica invitación que nuestro webmaster hacía a algunos distinguidos a ser retratados con la raza autóctona: el guarà. Al lado de la ermita de la Mare de Deu dels Àngels de Llongarriu había machos, hembras y crías. Parecían de uso turístico, objeto de decoración de fotos con detalles del lugar, de ésas que indican “yo también estuve allí”. Los animales formaban parte de un entorno rural en proceso de reconstrucción. El edificio que remodelaban se asemejaba a esos de descanso en el campo, muy apto para que los modernos profesionales del ordenador para enseñar (ya no tiza) puedan algún día hacer una cura de desintoxicación educativa. Por ejemplo ellos u otras profesiones también. Espacios donde el tiempo funciona de otra manera, donde esperar cuenta menos que si fueras un pasajero de los trenes de cercanías (¿qué son cuarenta minutos de espera comparado con toda la eternidad?, que dijo el futuro abuelo a quien se quejaba de sus minutos desperdiciados hace unos días ante unas vías desiertas de trenes de cercanías).
Pero el campo también se adapta a los nuevos tiempos. No sólo con vehículos de tracción total. ¿Qué hacía él con un artilugio lleno de antenas al lado del camino? Era un habitante de la zona que había desplegado modernas tecnologías de captación de ondas. Buscaba a sus perros, perdidos pero marcados con un chip cuyas ondas captaba dicho aparato. O sea, las TIC al servicio del labrador.

La cuesta de enero, muy en subida

Los planos en formato papel avisaban que pronto se producirían sorpresas. Había que cubrir un desnivel significativo, inhabitual desde hace bastantes etapas. 200 metros en poco trozo. Ante esta sorpresa, qué coincidencia pero hubo un grupo que se despistó por la carretera y llegaron descansados al final de la etapa. De hecho los servicios jurídicos amenazaron con incoarles un expediente administrativo por abusar del asfalto y no sudar la cuesta de enero. Después de los tres cuartos de hora de espera por si se retractaban de su despiste y volvían al punto inicial, el grupo acometió el reto final. La bajada al torrente pronto fue adoptando suave posicionamiento en ascenso. Mientras esto ocurría, la senda estaba franqueada por paredes verticales a modo de balcones no aptos para el vértigo. El pronunciado desnivel recordó otros tiempos en que aquéllas sí que eran subidas. Ésta era una auténtica cuesta de enero, con sudor y esfuerzo para llegar al final (también del mes). Una subida a prueba de turrones acumulados e hígados castigados. Una vez arriba, la carretera y los indicadores simbolizaban que el final estaba cerca. A lo lejos, Sant Pau de Segúries, el grupo despistado y la leyenda del marinero por estos pagos. Ese personaje que para que no lo conocieran en la costa se fue al interior y acabó en este pueblo, un lugar del que arranca también una vía romana digna de recorrerse. Y el Costa Bona a lo lejos, marcando formas envueltas en una gran capa blanca.

La comida, en cueva vigilada

La parada en el restaurante y camping Els Roures pasará a la historia por su decorado y por su expectante compañía. Además de las cuatro personas nuevas que acompañaron al grupo, el marco del lugar se asemejaba a una cueva con el techo formado por una bóveda de ladrillos. Parecía una de aquellas comidas que se hacían para celebrar alguna reunión conspiradora contra otro Régimen. Pero ni contra aquello ni contra lo de hoy. Además, ¿quién sería el que levantara la voz o dijera según qué consignas si al lado había cuatro representantes de la seguridad nacional catalana que comían con agua?. Nunca hasta hoy GRMANIA ha comido con tanta y tan latente vigilancia, aunque no tuvieron que llamar al orden (establecido) a nadie. Una seguridad que pronto levantó el vuelo y dejó que quien hará de Tomàs “L’Ermità” en Terra Baixa estimulara el ánimo del sector femenino. Pronto se habló de “lagartonas”, se recordó a una moza que desconoce en su calendario el pasado uno de enero a causa de una indisposición muy espumosa. O se sugirió el nuevo uniforme del cobrador del GR: con tanga por encima de las mesas.

Calores curativos de vuelta

Los cristales del autocar pronto se empañaron por dentro. El calor humano del interior fue a parar a los cristales. Y más cuando los ánimos se caldearon ante posibles formas de curar a algún GRMANO ausente. Cierto sector femenino se brindó a darle con suavidad y cariño masajes (empezando por el pecho) con uno de esos compuestos que exigen “contacto con tacto”. Menos mal que los sueños, sueños son y la siesta se apoderó de bastante personal.

La primera etapa del año presentó en sociedad un GR que cambia de proporciones y que implica más esfuerzo, otros retos pero sin llegar al miedo. Aunque bien está para otras empresas vitales atender lo que hace poco dijo en una entrevista la más famosa arquitecta del mundo, la iraquí Zaha Hadid:

“Si no te comes el miedo, no consigues nada”


Evaristo
Terrassa, 18 de enero de 2008

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domingo, 6 de enero de 2008

Cuarta etapa del GR 1, entre Besalú y Oix

Cuando lo que calienta no es el sol



GRmanas y GRmanos:


De cómo algunas partes del autocar pueden calentar (se) – sobre la aplicación literal del deseo de buena suerte en el teatro –– acerca de animales fijos - sobre curiosas y falsas etimologías – de cómo un nuevo aceite afrodisíaco femenino se fabricaba allí al lado – de cómo el Homo kleenex tendrá un gran futuro- sobre cómo lo sagrado puede convivir con intentos de destapes masculinos.

“Me gustar formar parte de este grupo”, dijo una mente femenina al acabar la comida en Ca La Nàsia, se supone que en un seguro ataque de sinceridad. No deja de ser una reflexión en voz alta que incumbe a todos. Claro que el marco sí que era incomparable, y la lejana y, personalmente, muy querida Ribera del Duero ayudó mucho a desinhibir mentes y crear otros ambientes, entre copos de nieve, canciones navideñas y buena compañía.
La Navidad se acercaba…entre el tintineo de las cajas de cava que se cargaban en la parada uno. ¿Qué hubiera pasado si quien las llevaba en el coche hubiera sido detenida en un control policial de alcoholemia que tuvo que sortear antes de subir al autobús? Después de tantas cajas, el torrente humano casi llenó todas las plazas. Casi, pues aún hubo bajas a última hora. Después de los nervios pasados en días anteriores por una persona de más que debía caber en algún sitio, al final hubo una de menos.

Sobre autocares y pilotos

En realidad es todo un monumento andante, por mucha web que autoanuncie detrás. Con estos vehículos y con un GPS humano al volante, que alguien entronca con el más profundo Pedro Almodóvar, no hubo problemas en llegar hasta Besalú, a 150 metros sobre el nivel del mar. Allí donde el polvo inundaba las mesas del restaurante de la etapa anterior, allí mismo la puerta del portaequipajes no se abría. Estaba fría, decía el amo. Necesitaba calor, no ese fuerte de efecto o patada que obra milagros. Alguien apuntaba que una micción masculina con chorro tipo surtidor ascendente sería “el mecánico ideal”, Pero el frío acartona, encoge y enfoca mucho más abajo de lo habitual. Al final, el frotamiento continuado con posterior distensión de las gomas dejó coger el equipaje. Y ponerse gorros, buffs, bragas, gorras, como si de sospechosos rufianes se tratara. Un aspecto muy apropiado para franquear aquella torre del puente de Besalú, ahora despejada de su colorido hábito anterior en la torre principal. Y ver al fondo una enorme bandera autóctona, mientras las medievales calles observaban el paso de contemporáneos senderistas.

¡Mucha mierda!

A nuestro actor, cantante y guitarrista siempre le deseamos eso y más en sus bolos y representaciones varias. Sin embargo, la salida de Besalú mostró un camino difícil de encontrar en algunas zonas, con sospechosos papeles no de blanco inmaculado. No es que la cultura estuviera por los suelos, los retortijones intestinales provocan a veces intempestivos adornos en zonas por donde alguien puede pasar alguna vez. La frase del deseo de la buena suerte en el teatro era literalmente sorteada hasta que todo se despejó, la autovía se franqueó y el bosque caducifolio permitió arrastrar los pies por el suelo. El piso lleno de hojas secas permite experimentar pisadas esponjosas, oír el crek crek de esa materia orgánica que pronto alimentará el sotobosque. Pasar pequeños puentes formados por dos tablas. Andar por entre árboles de hoja perenne como si dentro de un túnel se tratara. Ver casi el principio del invierno en un amplio valle volcánico. Y hacer ganas de desayunar.

Animales fijos

Cara al sol que casi no calienta, los condumios fueron pasando en uno de los días más cortos del año, aunque ese sábado fuera el primer día en que las tardes empezaban a alargarse, si bien el día seguía acortándose por las mañanas.
Las energías se iban a gastar en dos posteriores subidas en medio de capas de esa helada que se juntaría con la del día siguiente. Por el camino, pocos animales. Algunos perros y otros que seguro que iban a estar día y noche fuera. Vacas de colores como si formaran parte de una composición gráfica en un entorno con una casa que aparentaba de alto postín. Unos mastines parecía que merodeaban por el entorno como si su labor de posible vigilancia no les diera demasiado trabajo. Para entretenerse, el ganado vacuno fijo les permitía ladrar con cierta furia y acercarse a caminantes matutinos. Todo era fotogénico, hermoso, colorista, un cuadro de esos de la Escuela de Olot.

Un pueblo con afrodisíacos

El camino también se acercaba al asfalto, a fábricas de sillas, a masías, pajares, segundas residencias y a pueblos. Como el de Tortellà, a 275 metros. Curioso nombre que sirvió para que alguien, de forma inocente, quisiera relacionar este nombre con el del tortell. Y preguntaba si aquí habría algún monumento al supuesto origen de este dominical postre. No apareció en nuestro camino, aunque sí dos tió pintados en dos enormes troncos al lado de la iglesia.
Y…, más allá…
Tortellà es un referente en el mundo del actual perfume artesanal de Cataluña. Gratos recuerdos aquellos de hace veinte años, cuando alguien aún se acuerda que casi vio nacer en Can Duran el origen del Taller de Alquimia, (observad el vídeo de presentación de la web).
Muchos aromas, esencias sacadas de tantas plantas de La Garrotxa, donde Idili Lizcano ha creado una industria artesanal con una nueva idea para el regalo de calidad. No hace mucho, en este pueblo por donde pasamos, el Taller de Alquimia puso a la venta unidades de “un aceite afrodisíaco para mujeres”: (textual en http://www.vilaweb.cat/www/elpunt/noticia?p_idcmp=2408061
“L'anomenat Sensuality Body Nectar Woman és un producte que té per objectiu «millorar l'energia femenina i optimitzar al màxim les relacions sexuals»”.

Hacia el Homo kleenex

Después de Tortellà, el camino sigue hasta pasar por el puente románico que permite cruzar el río Llierca. La reliquia del puente ralentizó un grupo que debía encarar algo más distanciados la primera subida, hasta hollar el Oratori de Sant Roc, a 430 metros. La zona estaba vigilada por unos cazadores de liebres, tres escopetas que, a falta de objetivos, buscaban uno de sus perros que, perdido, aún “no había sido cazado”.
La bajada permitió afrontar después la última subida, el coll Palomares, de 615 metros. Un lugar con límites: a un lado Francia, al otro Cataluña y al fondo…Oix. El reglamento obligaba a esperar y se supone que hablar. La blanca helada aún permitió que algunas neuronas produjeran observaciones propias de sesudos analistas. Como esa nueva especie cada vez más abundante bautizada allí mismo como “Homo Kleenex”: a los hombres poco a poco se les pronostica un futuro de usar y… A caminar hasta donde el final de la senda que baja y e lleva hasta la entrada de un pueblo con gruesos trozos de hielo que flotaban encima de unos bidones de agua. Un símbolo del intenso frío que acompañó hasta el final. Bueno, para entrar en calor, qué mejor que sortear la sospechosa oscuridad, las inciertas nubes negras y refugiarse en La Vall de Bianya, en Lloc-Alou.

Comida, nieve y adéus

Una gran y alargada mesa simbolizaba GRMANIA, con o sin pajaritas y camisas blancas, andando o convalecientes, amigos de la amiga, compañeros y conocidos. El ágape fue abundante, mezcla de productos de diversos orígenes, un toque diferencial para cerrar un año más antes de Navidad. Ca la Nàsia significó un encuentro, una comida y uno de esos marcos ambientales de difícil repetición. Un techo con vigas de madera; calor humano; oscuridad exterior, agua, viento, aguanieve y nieve; buenos alimentos; vinos, cavas y moscateles; regalos y sorpresas, canciones.
Y curiosas anécdotas entre copa y copa de vino Ribera del Duero, de Haza, Burgos, 2006. Toca villancicos. Mientras unos cantan “…y mira cómo beben los peces en el río…”, al otro extremo de la mesa alguien inicia sesión de despelote con sombrero puesto. Se regodea, focaliza la atención particular en el punto concreto, suelta la hebilla y dice que debe parar donde empieza lo negro (la prenda interior también era negra; la camisa, blanca).
Tocan detalles como el ya manido de las lenguas de las canciones.
Algunas personas del restaurante fruncen el ceño y sugieren cantar sólo en la lengua de Pompeu Fabra. Cuando se cumplen sus deseos ponen cara de globalización entendida a su manera.
No obstante, felicitarles por su servicio y especialidades culinarias. Si bien a algunos de ellos se les atragantaba la lengua de Cervantes cantada, los comensales agradecían su amplitud de miras: vino de Ribera del Duero, cabrito (para nada ¡qué cabrón!) y otra especialidad no degustada esta vez, el “chuletón” (las comillas son de su tarjeta de la puerta: tal cual, sin posible traducción). Copas dentro y grandes copos fuera.
Ya en el autocar alguien con buena temperatura interior transmitió sus pensamientos a alguna pieza del asiento. Juega a subir y bajar el apoyabrazos del objeto en cuestión, con ímpetu y gran impulso de subida. Se imagina otros calores y cualquier pieza intenta imitar al original.
Un año más y van… El cierre de un tiempo que se abrirá a otras ideas, otras vivencias y posibles novedades. De momento estamos aquí, rodeados de lo de cada año por esta consumista época navideña. Quizá sea un buen momento para recordar lo que un psicólogo japonés de una gran multinacional les dice a los empleados:

“Todo lo que no hace falta, sobra”


Que 2008 os sea leve.

Evaristo
Terrassa, 19 de diciembre de 2007