El paisaje marítimo de la Costa Brava
desde un GR con buenas vistas
GRmanos y GRmanas,
Los buenos propósitos para la presente temporada sobre el servicio de puerta a puerta no parecen brillar por su eficacia. Los diferentes grupos deberán distribuirse los walki tallkis ya desde el día anterior a la salida y así, situados cada uno en una punta de la ciudad, tranquilizar los nervios de quienes esperan un autobús que no llega. Los veinte minutos de retraso parecieron ser la otra cara de la moneda cuando, de camino a la búsqueda del segundo grupo, un cartel electoral te recordaba la consigna publicitaria del momento: “Fets, no paraules”. De eso se debe tratar también con esta empresa de desvencijadas diligencias.
Reservas con antelación
Los dulces sueños del conductor animaron la espera y propiciaron el primer cruce de palabras, mientras los controladores de la lista oficial azuzaban la vista para saber si faltaba alguien o no (además del conductor). El continuo desfile de vehículos de presuntos “caçadores de bolets” no ensombrecía la figura esperada. Al final vino y se iniciaron movimientos de reserva de plazas entre quienes primero ojeaban las mejores posiciones. Sí, se observaron las primeras prendas que verificaban que ese asiento estaba reservado para ausentes que pronto se presentarían en el lugar elegido. Con o sin asiento, hubo acomodo y sobraron plazas. Incluso no fallaron quienes venían de una boda, pasaron por el tren de lavado de casa, dejaron la pajarita, cogieron los útiles de paseo y disimularon sus sueños como bien pudieron. También hubo nuevas caras y “nuevos” repetidores que parece que han sido bien tratados.
Begur a la vista con subidas
Bagur nos acogió al lado de ese monumento que no pasaría la primera inspección de riesgos “públicos” sobre seguridad viaria. Hierro retorcido a pie de calle, arte por tierra y estética oxidada, simbología que necesita un tiempo para ser comprendida. GRMANIA no iba a eso y tampoco era cuestión de destapar las interpretaciones subjetivas ante tanto arte como allí estaba tirado por los suelos.
La pregunta casi siempre se repite y la auténtica respuesta sólo se sabe al final. Si hay o no subidas y cuántas. División de opiniones, como en los toros (dicen), etapa llana, llana, llana. Los escépticos que sudan y no disfrutan con “las llanas subidas” arrugaron el entrecejo cuando los inicios fueron en ascensión. Ni curvas de nivel ni prospecciones de GPS ni dibujos de expertos. Los latidos del corazón y las rodillas demuestran que la llanura debe estar en otras zonas. Al lado del mar, apenas grandes alturas pero…
A pie con buenos balcones
Ir por la recortada costa de esta zona tiene unos encantos que obligan o a utilizar medios acuáticos, aéreos o pedestres de desplazamiento y contemplación. La belleza de la brava costa sólo nos estaba permitida a pie, o acuática si había un momento de despiste y caías al fondo, o aérea si eras tan soñador que todo era etéreo y te la imaginabas como las postales, aun a riesgo de no pisar el suelo y sufrir las consecuencias. Los balcones venideros invitaban a asomarse al mar y perderse en su inmensidad.
La calle Gurugú asomó en una bajada y fue la puerta de entrada a Tamariu, a escasos cinco metros sobre el nivel de un mar que estábamos casi tocando. Un bello rincón que nos mostró ese mar tranquilo que ya había lavado muchos cuerpos estivales, un sitio más donde disfrutar del sol de otoño de forma tranquila, calmado desayuno en una terraza al sol, buena compañía y ningún otro objetivo que no fuera dejar la mente en blanco e imaginarse qué habrá más allá de la línea del horizonte. O sea, pura palabrería cuando la realidad nos sugiere que busquemos las escaleras de la playa para sentarnos y observemos cómo viven los que se lo montan de otra manera. Las gradas marinas mostraban la playa con restos de todo tipo y, donde antes los pescadores ponían sus peces a secar al sol, ahora hay neoprenos de submarinistas que demuestran cómo cambian los tiempos y, o adaptarse o morir: mejor, el buen vivir del turismo.
Bocadillos de cara al mar
El azul del mar, la claridad de la luz, la tranquilidad y los momentos pausados propiciaron un agradable desayuno con un regalo de lujo: un limpio y agradable lavabo de hotel a nuestra disposición. Un sitio para visitar en otras ocasiones y con otras intenciones. O, por lo menos eso manifestó un sujeto que, mientras degustaba su bocadillo, no paraba de entornar la vista hacia aquellas mesas con buenos desayunos al estilo británico.
El GR no había hecho más que comenzar y se trataba de seguir los caminos de ronda que se perfilaban como continuos puntos de observación de la más típica costa de estas latitudes. Más que los habituales senderos, parecían caminos civilizados, bien reconstruidos, hasta con barandillas y señalización de ayuda. Aquella etapa llana se notaba de continuas subidas y bajadas. El acantilado arriba, la cala abajo, subida, suave llanura, vuelta a bajar. Vegetación mediterránea y casi ausencia de grúas, señal inequívoca de que o todo ya está especulado u otros aires empiezan a soplar en estas zonas tan castigadas por la vorágine del ladrillo y por la tradicional tramontana. O esas luchas ecologistas que, como en la playa de El Castell, han dado sus frutos.
Calas y faros
Cala Pedrosa hacía honor a su nombre de piedra, a la que se legaba después de una pronunciada bajada escoltada por protecciones de madera. Tan abajo implicaba subir, ir por una senda estrecha en medio de torrentes llenos de vegetación. Había momentos en que los sitios podían corresponder a cualquier otro de esos lugares por los que se paga mucho dinero para fotografiarse con él al fondo. Y aquí están y por ellos pasamos. Poco a poco nos aproximábamos a los 180 metros de la montaña de Sant Sebastià, que era el final del macizo de Begur. Grandes pinares descubrían de vez en cuando alguna mansión bien disimulada, cuyos propietarios se especulaba que fueran los amos de tantos juegos, casinos y máquinas de origen en Doña María y residencia real ni se sabe dónde. De la fiscal, mejor no imaginar.
La ermita de al lado de la torre descubre a ésta, un torreón no apto para instintos suicidas, más que nada porque no te dejan subir hasta arriba y casi todas las ventanas están bien cerradas. No obstante, hubo quienes, después de traspasar al “simpático” mozo de la entrada, se atrevieron a llegar arriba, abrir una ventana e imaginarse caballeros luchando por aquellas dos descocadas damas que dejaban entrever sus encantos. Sí, eran reales y parecían extranjeras. Estaban abajo, junto a unos aguerridos atletas de otras latitudes. Las vistas, espectaculares (se entiende las del paisaje). Reagrupamiento al lado del lavabo y del bar cercano al faro. Comentarios en torno a la locuacidad de un mozo de los nuestros que presumía de sus encantos parlanchines con varias damas a la vez. Lo que también era causa que se sumaba a cierta lentitud general que se observó cuando aún quedaban bastantes kilómetros.
Llafranc con vistas
Por tanto, bajada rápida hacia Llafranc, otra encantadora cala con penetrante olor a salitre, a guisos marineros y a sardinas a punto de ser acompañadas de frescas bebidas. También había cuerpos al sol y atrevidos bañistas. Todos daban mucha sana envidia a quienes sólo los veíamos y pasábamos más o menos rápidos. No era cuestión de detenerse a pensar en las inocentes simplezas de cualquier libro de texto de primaria: el mar es azul, los prados son verdes, la arena está en la playa, el sol calienta, el niño se baña. Mentes más rebuscadas podrían añadir lo buenas que estarían esas sardinas, la playa no se limpia, la carne es débil y la buena vida gusta a todos.
En esas estábamos cuando las primeras unidades y las últimas iban exageradamente separadas. Pararse para reagruparse, unos “haciendo la goma” y otros no llegando, la solución en Calella de Palafrugell.
El camino era variado y muy diverso, apto para todos los gustos. Mar y montaña, cazadores y pescadores, unidades motorizadas y a pie, familias, parejas y soledades entregadas a disfrutar del otoño cuando la masa ya no está, o sea, está masificada en otro lugar. Seguimos por encantadores caminos de Ronda, adornados hasta con túneles que hacen agacharse a cabezas altas. Peldaños de escaleras que te hacen dudar si cogerlos de dos en dos o de tres en tres: lo hagas como lo hagas, casi siempre los últimos pasos siempre se quedan cortos y debes salvar el tobillo “in extremis”. Hubo pérdidas por esa velocidad que imprimen los que piensan que se va más deprisa si los primeros corren. O sea, que aprendan los últimos.
Calella de Palafrugell y la filosofía
Calella de Palafrugell asomó por una de sus playas, al final de la cual hubo una espera general, cuerpos por tierra cansados de tanta “llana” subida y reagrupamiento en una de las tierras cuna de las habaneras, cerca de la televisiva cala en la que los modernos lobos de mar con boina al uso y camiseta a rayas blancas y azules se dejan ver en sus barcas, que reflejan su silueta en las olas de la noche. Allí escuchan “El meu avi” y similares o esperan a “la bella Lola” mientras los granos de café crepitan en el cremat regalo de la casa (o de Ron Pujol). Son esas canciones coloniales que Marina Rossell las clasifica como “las músicas con filosofía”.
Amenazas y bodas
La salida de esta turística población se dirige hacia la urbanización El Golfet (nombre de golf, de golfo o de “golfo”) para subir hasta los 139 metros del Puig del Terme. Desde aquí, entre las escopetas de los cazadores y sus perros, se llega a la cala Castell, símbolo de las recientes luchas de los ecologistas en contra de las amenazas inmobiliarias de los de casi siempre. De momento gana la belleza de un lugar en donde se observan construcciones abandonadas y alguna casa cerrada.
A continuación otro sitio encantador, cala S’Alguer, donde las antiguas casas de pescadores tienen su viejo refugio para las barcas y donde sus habitantes distribuían velas para actos nocturnos. Quizá pudieran estar preparando algo para la pareja de novios que se hacían fotos unos metros más allá. Se supone que, ya una vez desposados, se entregaban a los lances del amor fotografiado y querían inmortalizarse casi al bordo del acantilado. Después de dar el paso de la unión, no se trataba ya de empezar con un paso en falso y caer al abismo antes de iniciar la convivencia de verdad. El grupo de GRmanos que por allí pasaban los saludaron con el manido “vivan los novios”, detalle que agradeció la novia mientras posaba para la toma fotográfica.
Comidas, estiramientos y exhibición de almejas
Poco a poco parte del grupo llegó al final previo al previsto inicialmente. Cala Fosca fue el lugar escogido para rematar la etapa. Allí los concurrentes desplegaron sus saberes respecto a estiramientos y, miraras donde miraras, todos estiraban. Hasta un gato hacía lo propio, algo que, por cierto, siempre hacen aunque se levanten de dormir. Ante tantos ejercicios urge diseñar una tabla de estiramientos y, al toque de un buen pito, todos en formación y a la vez hagan movimientos más o menos coordinados. Pero no todos se entregaban a esta acertada operación. Pronto la terraza de un bar la habían reservado para todo el grupo.
Mesas, jarras, vinos, cafés, chocolates, los primeros turrones, dulces. Todo formó parte de ese tercer tiempo de cualquier partido en el que los agradables comentarios de la jugada, bien regados y mejor comidos, hacen más por el bienestar del equipo que el tiempo en activo.
Los postres, como siempre por estas épocas, sirvieron para esquilmar los bolsillos con variadas loterías y para diseñar otros actos posteriores.
En esas estábamos cuando un grupo de damas se entregó al disfrute de los beneficios del agua marina. Después de cierto tiempo, se presentaron ante el grupo luciendo sus almejas. Sí, habían ido al agua y traían almejas mojadas. Y las había grandes y pequeñas. Unas más rojas quizá por la clase o por la corta edad, otras más oscuras. Debido a la situación se debieron cohibir y estaban cerradas, no les tentaba abrirse y enseñarnos sus entrañas. Quien más sabía de animales disfrutaba y disertaba con tantas enseñanzas sobre esos seres vivos tan atractivos en sus diferentes estados y acepciones.
El tiempo pasaba, el sol perdía fuerzas y tocaba dejar esta cala y estos paisajes, estos caminos que te enseñan las maravillas de una costa idealizada porque así lo propicia la realidad. Un paisaje, un mar, una senda, unas personas y un destino.
Y una enigmática frase a la que recurre el actual Premio Nobel de Literatura, Orham Pamuk, que es una cita del escritor turco Ahmet Rasín:
“La belleza del paisaje está en su amargura”
Evaristo
Terrassa, 24 de octubre de 2006
Pasar de lo superficial al fondo no es fácil. Tener buen fondo cuesta. Pero, tranquilos, aquí no se va a tope ni a fondo. Todo con naturalidad.
jueves, 26 de octubre de 2006
viernes, 13 de octubre de 2006
Primera etapa de la temporada 06-07
GR 92, etapa de Torroella de Montgrí a Begur
Puesta a punto con turbulencias en el inicio de la temporada
por el Baix Empordà
El rodaje inicial de la nueva temporada empezó con significativas novedades, propias de quienes cuidan cada vez más la consolidación de un servicio de transporte de cercanías. El habitual autobús, muy rodado por los ruidos y chirridos que no cubre la ya perdida insonorización de los bajos, fue testigo de los dos grupos (más uno individual en Mollet) que se formaron a esas horas nocturnas en que los padres excursionistas dejan la cama caliente a los hijos troneras que se incorporan al lecho familiar. Ahí estábamos, subimos y, donde todo parecía comodidad, se empezaron a notar suspicacias que esperemos no vayan a mayores.
El viaje motorizado
Cual autobús de la tercera edad, en que las correrías de los abuelos por reservar el asiento habitual son frenéticas, así parece que podría ocurrir pronto si no se respetan los derechos de antigüedad. Algunas personas ya casi con el mismo asiento reservado de por vida vieron herida su sensibilidad al notar que ya estaba ocupado. Por eso tuvieron que acomodar sus reales posaderas en asientos no adaptados, ergonómicamente hablando, a su lindo culo. De la zona VIP pasaron a espacios traseros. Alguien ya diseñó la estrategia de subir también con el primer grupo y, así, seguir donde siempre.
Y hubo quien se dejó llevar por la costumbre y, cuando montó en el segundo turno, quiso viajar cual polizón que pretende pasar el Estrecho de Gibraltar camuflado en el motor de un camión. De momento, en este rodado carruaje a motor, la mochila no se puede guardar en el motor. Ya veremos más adelante qué pasa. La segunda parada, por otra parte, fue despedida por un ciclista que creía que éramos de a dos ruedas que partían de Viladecavalls a Sitges. Se supone que se dejó llevar por el olfato de que arriba iban también los de BICIMANIA.
El acomodo en el vehículo sirvió para un preocupante desplazamiento de los temas de conversación. Si, después de vacaciones, se suele hablar de éstas en primer lugar, esta vez predominaron las consultas en voz alta sobre achaques varios, disfunciones de miembros, pruebas de rodaje de extremidades en cartera, recuperaciones de convalecencias anteriores y ese nuevo dolor que te sorprende cada día cuando te levantas y que ya te da que pensar. Incluso, para completar el retrato, desde atrás hubo quien se interesó por conocer a quién pertenecía esa nueva calva que veía en lontananza. En esencia, haberlas haylas y, en potencia, cada temporada alguna más. No obstante, al acabar la etapa, alguien creyó reconocer la vitalidad de un miembro del grupo por lo que contaba, pero fue una desgraciada mala interpretación tal como se comprobará más adelante. En el fondo, son esos altibajos, esas turbulencias que preocupan pero que, de momento, aún se pueden corregir con presteza y apósitos y no suelen necesitar de aterrizajes forzosos dirigidos por el facultativo de turno.
El viaje a pie
Atrás quedaba en la memoria Torroella de Montgrí y su castillo allá arriba. La dirección ahora era hacia la parte baja. El golf de esta población nos encajonaba entre este césped artificial, cual si fuera una esponja que chupa muchos trasvases de agua, y el río Ter en su tramo final antes de entregarse al mar cercano un poco más allá. El camino llano estaba adornado por esas mecedoras vegetales que son las cañas y por campos de árboles frutales ya sin fruta. Algunos amantes de vegetales ajenos oteaban las superficies arbóreas para tomar prestado ese manjar que sabe mejor cuando se coge con la mano, es gratis y lo cultiva otro. Higos, granadas y manzanas fueron el regalo para los más atrevidos. En otoño las orillas de los caminos te agradecen tu paseo con estas dádivas vegetales.
El Baix Empordà era la tierra de la puesta a punto de inicio de temporada. Del río Ter al río Daró, en una superficie plana que exige pasar por el pueblo de Gualta, donde se aprecia su molino de agua y, a la salida, hubo que tensar los cuádriceps para ascender al lugar donde los bocadillos se compartieron con la vista de los promontorios del macizo de Montgrí y sus salientes en el mar, las islas Medes. El Turó de Font Pasquala, con sus 92 metros, sació el apetito que se debió abrir por la suave ascensión desde los 15 metros iniciales hasta esta cima.
La atalaya con vistas al fondo ofreció una excelente perspectiva a lo lejos, una cierta diseminación del grupo allí al lado y, más a la mano, bocadillos, magreos a la bota y otras lindezas comestibles dieron paso a seguir en suave bajada hacia Fontanilles. Esta tierra, colonizada por tantas civilizaciones que entraron por el cercano mar, ha pasado a ser idealizada por tantos burgueses e intelectuales que la han tomado y que han establecido comparaciones con la Provenza francesa o la Toscana italiana. Pero aquí, además de pueblos con labradores y viejas casas en donde el cerebro produce libros después de largas tertulias muy bien regadas, hay olor a purines, barro y trabajo. También masías fortificadas con torreones de vigilancia, escondidas entre la frondosidad de palmeras, olivos y demás vegetación mediterránea.
En esta zona también se cultiva el arroz. Diferentes cosechadoras trabajaban en la recolección mientras otros, senderistas ellos, tiraban de las ramas de las higueras, abrían granadas y olisqueaban otras frutillas de las que se desconocía su propietario. Con las manos pegajosas llegó Palau Sator. A un lado quedó la iglesia de Santa María. Nosotros, a lo nuestro. Las señales ayudaban a seguir con la esperanza de que el próximo pueblo, Fontclara, hiciera honor a su nombre y nos regalara esa fuente para el lavado de extremidades superiores. No, el agua estaba en los canales de los arrozales y no era apta para otros menesteres.
Ya se empezaba a notar que aquellas quejas sobre la salud se acrecentaban a medida que los kilómetros situaban a cada uno en su lugar. Tampoco se puede pedir más al principio de temporada. Las puestas a punto no debían ser violentas. Poco a poco y a buen paso. O sea, vigilar siempre dónde se pone el pie. Algo que parece mecánico, un acto reflejo muy bien practicado que no lo es tanto. Meter la pata o tener mala pata está al alcance de cualquiera. O por no hablar de los tobillos y demás piezas de las extremidades andantes que a veces olvidan su uso y provocan que lo que está arriba se arrastre por los suelos y todos nos solidaricemos con el papel del caminante caído, aunque el dolor real sólo lo siente sólo él.
Pals enseñó su mejor cara, o sea, esa zona medieval de gran encanto, con El Pedró como un inmejorable lugar para mirar a lo lejos, con varios poyos preparados para el jubilado, el turista cansado o el GRmano que ya piensa en cuándo acabará la etapa. Al lado de los asientos de piedra había una fuente, la oficina de turismo y las típicas tiendas de regalos nativos (made in China).
Mientras los efluvios líquidos refrescaban y refrigeraban los cuerpos, otros aprovecharon para aliviar vejigas y ascender a un punto alto en el que ratificar que era verdad que este verano tiraron las antenas de Radio Liberty, instaladas desde cuando el general ayudaba a los estadounidenses a transmitir mensajes con la verdad absoluta hacia los países del Este. Ahora la playa de este pueblo ha quedado libre de esas instalaciones. Porque aquí también hay playa y parquímetros activos y paredes reconstruidas y mucho encanto de otras épocas. Y pequeños accidentes, cómo no.
Un desgraciado “viaje” hacia abajo
Tanta belleza de este pueblo quedó eclipsada por esos incidentes que cualquiera puede protagonizar. En un momento inesperado la sorpresa se convierte en sangre. Hablas, ríes, te relajas, observas lo bien que estás cuando estás bien y, de golpe, un miserable bordillo te condena a comprobar la dureza de tu cabeza cuando da y rebota en el cemento. Parecía imposible pero era real y, en esta ocasión, tenía nombre de hombre poeta pero podíamos haber sido cualquiera. De hecho, no hace tanto otros tuvimos que morder el polvo del asfalto y sacrificamos el juego óseo llamado tobillo. El rapsoda afectado tomó la situación como venía y, como días después pudimos comprobar, el golpe le provocó una grata conexión neuronal y un ripio elevó el incidente a la categoría lírica. Ya tenía otra experiencia con aquella maligna zarza de antaño, enganchada a una oreja. Ahora el estorbo de un reborde le creó una muesca en la frente y en la nariz, o sea, otra herida de guerra que confirma que sigue activo y en marcha.
Y, como siempre, también hay por allí algún maligno que incita a reírse de lo malo, ese chistoso que compara la dureza de una cabeza humana con un adoquín, que implora al dios Murphi en estos casos y que demuestra que los humanos, al final, siempre nos reímos de lo malo, mientras le pase a otro. Y a otro también se le resentía aquel tobillo lastimado por aquella vecina que recibió al recién llegado con cajas destempladas. Gajes de este oficio que es el andar y ver un paisaje que incita a esa tranquilidad protegida del viento de la Tramontana por los cipreses.
Dicen que, para las personas del Medievo, cuando veían a uno de estos árboles al lado de una casa, el viajero podía entrar. Si eran dos o tres, podía comer y dormir. Y si había más, más vale que pasara de largo. Era un cementerio. Aquí, muchos cipreses en hilera simbolizan la protección de las tierras de ese viento que inspiró o enloqueció a artistas y a otras especies del género humano.
Bifurcaciones, suaves giros y caminos en bastante buen estado driblaban algunas históricas masías escondidas por la vegetación. Por ejemplo Can Pou de Ses Garites, masía fortificada gótico-renacentista que vaya usted a saber de quién será. Más adelante ya se notaba que el final estaba cerca. Begur obligó a tensar los músculos y ascender hasta la zona más ajardinada de un pueblo que lo corona un gran castillo. El final de etapa agrupó a la tropa y dio lugar a esas indecisiones típicas de muchas ideas al mismo tiempo. Subir o no al castillo, buscar un bar de este turístico pueblo para que te esquilmen por saciar tu sed, marchar y parar en algún otro.
Tres “viajes” al día
Mientras las ideas se aclaraban, se volvió a hablar de salud y de hazañas que, si hubieran sido verdad, glorificarían al sujeto actor. En uno de los corrillos cercanos al autocar, un GRmano con patrimonio empresarial explicaba que hasta echaba tres al día. Los ecos de esta conversación suscitaron el interés de una dama la cual, con ojos casi desorbitados, le preguntó si a su edad era capaz de tanto. A lo que tal sujeto le aclaró que, ya que se estaba decidiendo a dónde ir a tomar la jarra, él en verano echaba tres jarras de cerveza al gaznate cada día como mínimo. Aclarados cuáles eran los poderes placenteros reales, nadie se aventuró a caer en las redes especulativas de los bares turísticos y hubo que visitar un sitio ya conocido de Torroella de Montgrí.
El reposo del viaje
A las faldas del castillo, una pareja de turistas que estaba sentada en la terraza de autos, quedó rodeada por el grupo. Se supone que, cuando vuelvan a su país, explicarán que los excursionistas de aquí acaban las etapas consumiendo cervezas por cajas. Porque, en esta ocasión, nada de jarras, cajas sobre la mesa. Y los condumios habituales. Por hoy ya estaba bien.
El camino de vuelta, como casi siempre, divide al grupo entre los amantes del sueño de Morfeo y quienes se entregan a los placeres de la lengua, como si de una digestión oral se tratara. El paisaje desde la ventana era una sucesión de hitos típicos de este territorio pero con imágenes curiosas. Hablemos de territorio desde el asiento de atrás. Las rotondas de las carreteras secundarias son incesantes, giros y más giros para que tantas urbanizaciones tengan acceso a la comunicación por el asfalto. Obras inacabables, antes de terminar una casi hay que arreglar la antigua, una cercana torre de una masía fortificada convive con tantas torres de alta tensión y, allá a lo lejos, asoman grandes torres de edificios turísticos. A la entrada de Calonge han colocado la estructura esférica del Forum 2004. Un entramado de hierros de gratos recuerdos para algunos GRmanos que nadaron por la noche en aquel espectáculo llamado “Moure el món”. Tuberías metálicas que ahora les toca descansar porque los clientes de los parques acuáticos han vuelto al secano de su actividad diaria. Mención especial merece ese nuevo golpe de efecto al lado de la carretera. En una zona verde un pequeño rebaño de ovejas pastan tranquilamente. No se mueven. No comen. Brillan. De blanco inmaculado. Inmutables, el artista que las creó y el mandamás que gestionó tal genialidad debieron ganar algún premio FAD de diseño. O alguna subvención europea. Es el territorio.
Y acabaremos con una cita, una frase que nuestro coordinador general de GRMANIA dejó caer a los cuatro vientos en el viaje de vuelta, dirigida a mentes despiertas (o sea, que en aquel momento no dormían):
“ No podemos darle la espalda a la realidad territorial”
Evaristo
Terrassa, 9 de octubre de 2006
Puesta a punto con turbulencias en el inicio de la temporada
por el Baix Empordà
El rodaje inicial de la nueva temporada empezó con significativas novedades, propias de quienes cuidan cada vez más la consolidación de un servicio de transporte de cercanías. El habitual autobús, muy rodado por los ruidos y chirridos que no cubre la ya perdida insonorización de los bajos, fue testigo de los dos grupos (más uno individual en Mollet) que se formaron a esas horas nocturnas en que los padres excursionistas dejan la cama caliente a los hijos troneras que se incorporan al lecho familiar. Ahí estábamos, subimos y, donde todo parecía comodidad, se empezaron a notar suspicacias que esperemos no vayan a mayores.
El viaje motorizado
Cual autobús de la tercera edad, en que las correrías de los abuelos por reservar el asiento habitual son frenéticas, así parece que podría ocurrir pronto si no se respetan los derechos de antigüedad. Algunas personas ya casi con el mismo asiento reservado de por vida vieron herida su sensibilidad al notar que ya estaba ocupado. Por eso tuvieron que acomodar sus reales posaderas en asientos no adaptados, ergonómicamente hablando, a su lindo culo. De la zona VIP pasaron a espacios traseros. Alguien ya diseñó la estrategia de subir también con el primer grupo y, así, seguir donde siempre.
Y hubo quien se dejó llevar por la costumbre y, cuando montó en el segundo turno, quiso viajar cual polizón que pretende pasar el Estrecho de Gibraltar camuflado en el motor de un camión. De momento, en este rodado carruaje a motor, la mochila no se puede guardar en el motor. Ya veremos más adelante qué pasa. La segunda parada, por otra parte, fue despedida por un ciclista que creía que éramos de a dos ruedas que partían de Viladecavalls a Sitges. Se supone que se dejó llevar por el olfato de que arriba iban también los de BICIMANIA.
El acomodo en el vehículo sirvió para un preocupante desplazamiento de los temas de conversación. Si, después de vacaciones, se suele hablar de éstas en primer lugar, esta vez predominaron las consultas en voz alta sobre achaques varios, disfunciones de miembros, pruebas de rodaje de extremidades en cartera, recuperaciones de convalecencias anteriores y ese nuevo dolor que te sorprende cada día cuando te levantas y que ya te da que pensar. Incluso, para completar el retrato, desde atrás hubo quien se interesó por conocer a quién pertenecía esa nueva calva que veía en lontananza. En esencia, haberlas haylas y, en potencia, cada temporada alguna más. No obstante, al acabar la etapa, alguien creyó reconocer la vitalidad de un miembro del grupo por lo que contaba, pero fue una desgraciada mala interpretación tal como se comprobará más adelante. En el fondo, son esos altibajos, esas turbulencias que preocupan pero que, de momento, aún se pueden corregir con presteza y apósitos y no suelen necesitar de aterrizajes forzosos dirigidos por el facultativo de turno.
El viaje a pie
Atrás quedaba en la memoria Torroella de Montgrí y su castillo allá arriba. La dirección ahora era hacia la parte baja. El golf de esta población nos encajonaba entre este césped artificial, cual si fuera una esponja que chupa muchos trasvases de agua, y el río Ter en su tramo final antes de entregarse al mar cercano un poco más allá. El camino llano estaba adornado por esas mecedoras vegetales que son las cañas y por campos de árboles frutales ya sin fruta. Algunos amantes de vegetales ajenos oteaban las superficies arbóreas para tomar prestado ese manjar que sabe mejor cuando se coge con la mano, es gratis y lo cultiva otro. Higos, granadas y manzanas fueron el regalo para los más atrevidos. En otoño las orillas de los caminos te agradecen tu paseo con estas dádivas vegetales.
El Baix Empordà era la tierra de la puesta a punto de inicio de temporada. Del río Ter al río Daró, en una superficie plana que exige pasar por el pueblo de Gualta, donde se aprecia su molino de agua y, a la salida, hubo que tensar los cuádriceps para ascender al lugar donde los bocadillos se compartieron con la vista de los promontorios del macizo de Montgrí y sus salientes en el mar, las islas Medes. El Turó de Font Pasquala, con sus 92 metros, sació el apetito que se debió abrir por la suave ascensión desde los 15 metros iniciales hasta esta cima.
La atalaya con vistas al fondo ofreció una excelente perspectiva a lo lejos, una cierta diseminación del grupo allí al lado y, más a la mano, bocadillos, magreos a la bota y otras lindezas comestibles dieron paso a seguir en suave bajada hacia Fontanilles. Esta tierra, colonizada por tantas civilizaciones que entraron por el cercano mar, ha pasado a ser idealizada por tantos burgueses e intelectuales que la han tomado y que han establecido comparaciones con la Provenza francesa o la Toscana italiana. Pero aquí, además de pueblos con labradores y viejas casas en donde el cerebro produce libros después de largas tertulias muy bien regadas, hay olor a purines, barro y trabajo. También masías fortificadas con torreones de vigilancia, escondidas entre la frondosidad de palmeras, olivos y demás vegetación mediterránea.
En esta zona también se cultiva el arroz. Diferentes cosechadoras trabajaban en la recolección mientras otros, senderistas ellos, tiraban de las ramas de las higueras, abrían granadas y olisqueaban otras frutillas de las que se desconocía su propietario. Con las manos pegajosas llegó Palau Sator. A un lado quedó la iglesia de Santa María. Nosotros, a lo nuestro. Las señales ayudaban a seguir con la esperanza de que el próximo pueblo, Fontclara, hiciera honor a su nombre y nos regalara esa fuente para el lavado de extremidades superiores. No, el agua estaba en los canales de los arrozales y no era apta para otros menesteres.
Ya se empezaba a notar que aquellas quejas sobre la salud se acrecentaban a medida que los kilómetros situaban a cada uno en su lugar. Tampoco se puede pedir más al principio de temporada. Las puestas a punto no debían ser violentas. Poco a poco y a buen paso. O sea, vigilar siempre dónde se pone el pie. Algo que parece mecánico, un acto reflejo muy bien practicado que no lo es tanto. Meter la pata o tener mala pata está al alcance de cualquiera. O por no hablar de los tobillos y demás piezas de las extremidades andantes que a veces olvidan su uso y provocan que lo que está arriba se arrastre por los suelos y todos nos solidaricemos con el papel del caminante caído, aunque el dolor real sólo lo siente sólo él.
Pals enseñó su mejor cara, o sea, esa zona medieval de gran encanto, con El Pedró como un inmejorable lugar para mirar a lo lejos, con varios poyos preparados para el jubilado, el turista cansado o el GRmano que ya piensa en cuándo acabará la etapa. Al lado de los asientos de piedra había una fuente, la oficina de turismo y las típicas tiendas de regalos nativos (made in China).
Mientras los efluvios líquidos refrescaban y refrigeraban los cuerpos, otros aprovecharon para aliviar vejigas y ascender a un punto alto en el que ratificar que era verdad que este verano tiraron las antenas de Radio Liberty, instaladas desde cuando el general ayudaba a los estadounidenses a transmitir mensajes con la verdad absoluta hacia los países del Este. Ahora la playa de este pueblo ha quedado libre de esas instalaciones. Porque aquí también hay playa y parquímetros activos y paredes reconstruidas y mucho encanto de otras épocas. Y pequeños accidentes, cómo no.
Un desgraciado “viaje” hacia abajo
Tanta belleza de este pueblo quedó eclipsada por esos incidentes que cualquiera puede protagonizar. En un momento inesperado la sorpresa se convierte en sangre. Hablas, ríes, te relajas, observas lo bien que estás cuando estás bien y, de golpe, un miserable bordillo te condena a comprobar la dureza de tu cabeza cuando da y rebota en el cemento. Parecía imposible pero era real y, en esta ocasión, tenía nombre de hombre poeta pero podíamos haber sido cualquiera. De hecho, no hace tanto otros tuvimos que morder el polvo del asfalto y sacrificamos el juego óseo llamado tobillo. El rapsoda afectado tomó la situación como venía y, como días después pudimos comprobar, el golpe le provocó una grata conexión neuronal y un ripio elevó el incidente a la categoría lírica. Ya tenía otra experiencia con aquella maligna zarza de antaño, enganchada a una oreja. Ahora el estorbo de un reborde le creó una muesca en la frente y en la nariz, o sea, otra herida de guerra que confirma que sigue activo y en marcha.
Y, como siempre, también hay por allí algún maligno que incita a reírse de lo malo, ese chistoso que compara la dureza de una cabeza humana con un adoquín, que implora al dios Murphi en estos casos y que demuestra que los humanos, al final, siempre nos reímos de lo malo, mientras le pase a otro. Y a otro también se le resentía aquel tobillo lastimado por aquella vecina que recibió al recién llegado con cajas destempladas. Gajes de este oficio que es el andar y ver un paisaje que incita a esa tranquilidad protegida del viento de la Tramontana por los cipreses.
Dicen que, para las personas del Medievo, cuando veían a uno de estos árboles al lado de una casa, el viajero podía entrar. Si eran dos o tres, podía comer y dormir. Y si había más, más vale que pasara de largo. Era un cementerio. Aquí, muchos cipreses en hilera simbolizan la protección de las tierras de ese viento que inspiró o enloqueció a artistas y a otras especies del género humano.
Bifurcaciones, suaves giros y caminos en bastante buen estado driblaban algunas históricas masías escondidas por la vegetación. Por ejemplo Can Pou de Ses Garites, masía fortificada gótico-renacentista que vaya usted a saber de quién será. Más adelante ya se notaba que el final estaba cerca. Begur obligó a tensar los músculos y ascender hasta la zona más ajardinada de un pueblo que lo corona un gran castillo. El final de etapa agrupó a la tropa y dio lugar a esas indecisiones típicas de muchas ideas al mismo tiempo. Subir o no al castillo, buscar un bar de este turístico pueblo para que te esquilmen por saciar tu sed, marchar y parar en algún otro.
Tres “viajes” al día
Mientras las ideas se aclaraban, se volvió a hablar de salud y de hazañas que, si hubieran sido verdad, glorificarían al sujeto actor. En uno de los corrillos cercanos al autocar, un GRmano con patrimonio empresarial explicaba que hasta echaba tres al día. Los ecos de esta conversación suscitaron el interés de una dama la cual, con ojos casi desorbitados, le preguntó si a su edad era capaz de tanto. A lo que tal sujeto le aclaró que, ya que se estaba decidiendo a dónde ir a tomar la jarra, él en verano echaba tres jarras de cerveza al gaznate cada día como mínimo. Aclarados cuáles eran los poderes placenteros reales, nadie se aventuró a caer en las redes especulativas de los bares turísticos y hubo que visitar un sitio ya conocido de Torroella de Montgrí.
El reposo del viaje
A las faldas del castillo, una pareja de turistas que estaba sentada en la terraza de autos, quedó rodeada por el grupo. Se supone que, cuando vuelvan a su país, explicarán que los excursionistas de aquí acaban las etapas consumiendo cervezas por cajas. Porque, en esta ocasión, nada de jarras, cajas sobre la mesa. Y los condumios habituales. Por hoy ya estaba bien.
El camino de vuelta, como casi siempre, divide al grupo entre los amantes del sueño de Morfeo y quienes se entregan a los placeres de la lengua, como si de una digestión oral se tratara. El paisaje desde la ventana era una sucesión de hitos típicos de este territorio pero con imágenes curiosas. Hablemos de territorio desde el asiento de atrás. Las rotondas de las carreteras secundarias son incesantes, giros y más giros para que tantas urbanizaciones tengan acceso a la comunicación por el asfalto. Obras inacabables, antes de terminar una casi hay que arreglar la antigua, una cercana torre de una masía fortificada convive con tantas torres de alta tensión y, allá a lo lejos, asoman grandes torres de edificios turísticos. A la entrada de Calonge han colocado la estructura esférica del Forum 2004. Un entramado de hierros de gratos recuerdos para algunos GRmanos que nadaron por la noche en aquel espectáculo llamado “Moure el món”. Tuberías metálicas que ahora les toca descansar porque los clientes de los parques acuáticos han vuelto al secano de su actividad diaria. Mención especial merece ese nuevo golpe de efecto al lado de la carretera. En una zona verde un pequeño rebaño de ovejas pastan tranquilamente. No se mueven. No comen. Brillan. De blanco inmaculado. Inmutables, el artista que las creó y el mandamás que gestionó tal genialidad debieron ganar algún premio FAD de diseño. O alguna subvención europea. Es el territorio.
Y acabaremos con una cita, una frase que nuestro coordinador general de GRMANIA dejó caer a los cuatro vientos en el viaje de vuelta, dirigida a mentes despiertas (o sea, que en aquel momento no dormían):
“ No podemos darle la espalda a la realidad territorial”
Evaristo
Terrassa, 9 de octubre de 2006
Romería de Terrassa a Montserrat 2006
Progresamos adecuadamente, también en las romerías
Muy cerca, al lado de la sede episcopal de este obispado terrasense, en pleno centro de la ciudad, la plaza poco a poco se fue despejando de sus inquilinos habituales para dar paso a otros ocupantes temporales. Antes de que la concentración de profesionales del fuego lúdico pasaran por aquí (“dracs” de diferentes poblaciones), con sus habituales explosiones y ruidos, otras personas, pacíficas ellas, sólo podrían asustar a quienes por su sedentarismo se extrañaran de los kilómetros que tenían pensado recorrer, con nocturnidad y sin alevosía. Los cuatro Grmanos que llegaron primero, componentes del equipo organizador, poco a poco se vieron satisfechos por la concentración de romeros y romeras con ganas de marcha nocturna. Cada vez había más personas pero faltaba el obispo. Los múltiples quehaceres parece que no le permiten acudir a la cita anual, aunque sea sólo para saludar. Tampoco se le pediría que anduviera toda la noche por esos caminos de Dios. Aunque, bien mirado, este argumento quizá le podría motivar a buscarlo también en medio de las sendas bajo las estrellas.
Las tiendas cerradas daban paso al equipo nacional en la televisión (o sea, el Barça), a planes de salidas o de estancias caseras, al gusto que se debe sentir al no hacer nada o bien a prepararse para esos placeres del “sábado sabadete” del dicho popular. Todo ello podía ser el enemigo a batir por quienes dudaran entre venir o quedarse.
La plaza Vella, centro de paseo, de ver y ser vistos, de cruces de escolares de centros concertadas, parecía estar a la expectativa de las dos concentraciones citadas antes. Mientras algunos comerciantes protegían sus negocios del fuego enemigo con cartones (o sea, se convertían por momentos en acaparadores de cartones), los peregrinos llegaban con cara de satisfacción y expectantes ante las incógnitas de la noche.
En esas estábamos cuando un presunto devoto y casi seguro aspirante a beodo, pululaba por la puerta catedralicia no se sabe si a la búsqueda de su fe. Su cosquilleo interior le inducía a buscar con fruición al padre prior. Hizo un primer intento de acercarse al grupo organizador pero un subalterno del coordinador general de GRMANIA apercibió al susodicho fiel de que quien él decía no era el padre prior. No contento con la respuesta, quiso comprobarlo in situ. Para ello se dirigió a nuestro jefe y le sugirió si era o no era la persona que buscaba. Por supuesto que le ratificó que no era con lo que, raudo y veloz, se introdujo dentro del recinto sagrado.
Allí dentro la ceremonia religiosa acabó con un discurso de nuestro enlace con los asuntos eclesiásticos. Al parecer puso los puntos sobre las íes en voz alta. Por los resultados obtenidos se deduce que su capacidad de convicción fue muy eficaz. Allá arriba recordó, con la habilidad oratoria que le caracteriza, las normas de la romería. Después lució el brazalete verde fluorescente, distintivo de la organización. Los fieles se apercibieron de por dónde iba la convocatoria y respondieron con gran corrección.
Fuera del lugar de culto se observaba un continuo desfile de hábitos y uniformes. Ver el aspecto de los romeros ya les delataba de que no iban de partys, botellones o similares. No obstante, hubo quienes lucían atuendo más propio para ir al cole que no de caminatas. Eran muy jóvenes los que publicitaban el último modelo de calzado de la marca del stick. Al final, llegaron. También se observaban atalayas: lejos despuntaba, por encima de los tejados, la torre del Palau. A media distancia se veían las torres catedralicias y, allí al lado, sobresalían las puntas de los bastones que emergían de las mochilas junto con comidas, bebidas y demás parafernalia para el camino.
Otros hábitos andantes a aquellas horas en la céntrica plaza: algunas mujeres musulmanas , un reducido colectivo de monjas (ambos grupos bien guarnidos y en dirección contraria) y, cómo no, bastantes adolescentes vestidos casi uniformemente por ese hábito que es la moda imperante tipo fashion: piercings varios y en muchos sitios, primeras marcas luciéndolas por todo lo que cubre el cuerpo, móviles que no paraban de verificar su existencia activa con sus sonidos para no comunicar nada. No, ellos iban de paso a sitios más divertidos.
Otro hábito que también estaba en la plaza pertenecía a los cuatro miembros de la Policía Municipal. Con un coche esperaban la salida de la romería. Excelente su trabajo. Cortaron calles, permitieron ir por el centro de la calzada y evitaron todos los posibles riesgos del tráfico rodado. Tampoco se puede dejar de mencionar el trabajo de las tres personas de la Cruz Roja de Terrassa junto con la ambulancia. Su compañía tranquilizó tanto los ánimos como cuando los organizadores vieron que se unía al grupo nuestra cardióloga. A partir de ese momento los corazones latieron más tranquilos. O en el momento en que uno de los nuestros verificó que el médico de su madre también estaba presente. Con estas saludables compañías se anda igual pero no es lo mismo.
Y, ya que de andar se trata, la romería inició el recorrido en una plaza ya casi desierta. Tamaña expedición pasó por calles peatonales céntricas, sede de librerías reconocidas; al lado del edificio municipal, cuyos inquilinos deberían darse cuenta de la importancia de una romería que se acerca al milenio (cuando llegue aquel día seguro que aparecen en la foto oficial); la Rambla no fue ninguna barrera porque el buen hacer de los gendarmes facilitó el cruce; ascensión por Pare Llaurador, donde una grmana paseaba y un grmano bajaba en coche; la salida por Sant Marc (como se ve, por el nombre de las calles se sigue oliendo a religión) condujo la mesnada hacia el trasvase, acondicionado por la autoridad competene para pasar y, con los frontales y linternas preparados, calentamiento muscular en suave subida para penetrar en la oscuridad de la noche.
Des el furgón de cola ya se empezó a observar quiénes se iban quedando hacia atrás. Un grupo de asiduas a otras romerías cargaron sus baterías con la bebida de las alas y, aunque no le debieron salir estas extremidades, sí se notó la taurina en las continuas risas y demás palabrería que el cerebro produce. Primera retirada, muy bien calibrada por una persona que valoró sus fuerzas y decidió que éste no era su sitio en esta ocasión. Descenso acompañado de la música de los canes que formaban un concierto continuo al paso de la romería. Retenciones en los pasos estrechos. Todo con corrección y a un paso adecuado a caminantes no iniciados.
Nuestro paso del Rubicón siempre es la carretera de Manresa. Sin embargo, ya hubiera querido César disponer de tamaña ayuda. Si antes hablábamos de hábitos y uniformes, cómo no agradecer la excelente labor de Los Mossos d’Esquadra. Salvo cuando hay accidentes, pocas veces esta carretera, a ests horas, fue testigo de tamaño despliegue. Dos vehículos policiales, uno en cada dirección, con las luces destellantes, lo mimso la ambulancia de la Cruz Roja; los altavoces de los coches policiales obligando a la circulación a pararse. Motivo en voz alta: atención, pasa una romería. Con estas compañías uno se puede mover bien por el mundo. Un servicio de primera para romeros que ya pedían pararse a reponer fuerzas.
La subida a Coll Cardús se anunciaba con todo el recinto de ocio del restaurante lleno de luces y de voces. Las bodas del interior hacían salir a airearse al exterior a personas con abundante ingestión de combinados etílicos. Les daba el aire y dejaban expandirse sus pulmones con sonidos diversos, cánticos de taberna a última hora y otras expresiones guturales de difícil articulación. Mucho traje, mucho vehículo de alta cilindrada y la alegría de los eventos mientras, en un rincón libre del aparcamiento, la romería degustaba y compartía las viandas que llevaba. Las trajeadas y perfumadas personas preguntaban quiénes eran (se supone que la incógnita no la dirigían a sí mismos), qué hacían y a dónde iban. Los más cuerdos lo comprendieron con presteza. Se desconoce si los vehículos de los Mossos, poco después, los esperarían a la bajada de la celebración para calibrar el estado del aliento.
El camino continuó y, como a menudo nos pasa, hubo despistes que provocaron retrocesos para rehacer el sentido lógico de la romería. Son esos matices que, con un positivo sentido de la superación, se corregirán para la próxima vez. Mientras, alfa-omega no paraban de entrar en tertulia por las ondas para agrupar, tirar, parar o preguntar por el estado de la expedición. Todo en orden en dirección al bar de la estación de Vacarisses. La parada fue más breve de lo normal. Apareció un toque de silbato no oficial y hubo que atender a quienes se quedaban fríos y querían marcha, seguir hasta el final.
Las señales de la Matagalls, de reciente recuerdo, no originaron pérdidas. El destino final se veía aunque la habitual niebla ascendía y lo ocultaba, quizá para animar a las personas más temerosas de tamaña subida. No verla para subirla mejor, ésa debía ser la estrategia de la niebla. Abajo, Monistrol, concentración momentánea en la que, como cada año, hay un reducido grupo que opta por dirigirse al Cremallera que sale una hora después.
Llamó la atención el interés de esa pareja que vino de Córdoba a la romería. Conocieron la montaña por primera vez y andando. Su primer contacto con Montserrat era ese día. Subieron y quedaron asombrados de cómo fueron capaces de tanto. Después bajarían en autocar y se enorgullecerían de su proeza. Estos sí que progresaron adecuadamente.
A la hora habitual, en torno a las ocho de la mañana, todos arriba. La coca y las bebidas entonaban los ánimos mientras había que parpadear más de la cuenta para evitar ese sueño deseado. Quien quiso participó en los actos religiosos que se oficiaron detrás de la Moreneta. Entre algún cabezazo que otro, los de arriba y quienes estaban tomando el sol en la plazo, todos celebraban a su manera el deber cumplido y el descanso merecido que vendría a continuación.
Mientras la romería motorizada llegaba, comía y rezaba, la nocturna ya sólo pensaba en retirarse a sus aposentos horizontales y entregarse al merecido descanso. Aunque no todos.
Objetivo cumplido. Ya queda una romería menos para las mil.
Muy cerca, al lado de la sede episcopal de este obispado terrasense, en pleno centro de la ciudad, la plaza poco a poco se fue despejando de sus inquilinos habituales para dar paso a otros ocupantes temporales. Antes de que la concentración de profesionales del fuego lúdico pasaran por aquí (“dracs” de diferentes poblaciones), con sus habituales explosiones y ruidos, otras personas, pacíficas ellas, sólo podrían asustar a quienes por su sedentarismo se extrañaran de los kilómetros que tenían pensado recorrer, con nocturnidad y sin alevosía. Los cuatro Grmanos que llegaron primero, componentes del equipo organizador, poco a poco se vieron satisfechos por la concentración de romeros y romeras con ganas de marcha nocturna. Cada vez había más personas pero faltaba el obispo. Los múltiples quehaceres parece que no le permiten acudir a la cita anual, aunque sea sólo para saludar. Tampoco se le pediría que anduviera toda la noche por esos caminos de Dios. Aunque, bien mirado, este argumento quizá le podría motivar a buscarlo también en medio de las sendas bajo las estrellas.
Las tiendas cerradas daban paso al equipo nacional en la televisión (o sea, el Barça), a planes de salidas o de estancias caseras, al gusto que se debe sentir al no hacer nada o bien a prepararse para esos placeres del “sábado sabadete” del dicho popular. Todo ello podía ser el enemigo a batir por quienes dudaran entre venir o quedarse.
La plaza Vella, centro de paseo, de ver y ser vistos, de cruces de escolares de centros concertadas, parecía estar a la expectativa de las dos concentraciones citadas antes. Mientras algunos comerciantes protegían sus negocios del fuego enemigo con cartones (o sea, se convertían por momentos en acaparadores de cartones), los peregrinos llegaban con cara de satisfacción y expectantes ante las incógnitas de la noche.
En esas estábamos cuando un presunto devoto y casi seguro aspirante a beodo, pululaba por la puerta catedralicia no se sabe si a la búsqueda de su fe. Su cosquilleo interior le inducía a buscar con fruición al padre prior. Hizo un primer intento de acercarse al grupo organizador pero un subalterno del coordinador general de GRMANIA apercibió al susodicho fiel de que quien él decía no era el padre prior. No contento con la respuesta, quiso comprobarlo in situ. Para ello se dirigió a nuestro jefe y le sugirió si era o no era la persona que buscaba. Por supuesto que le ratificó que no era con lo que, raudo y veloz, se introdujo dentro del recinto sagrado.
Allí dentro la ceremonia religiosa acabó con un discurso de nuestro enlace con los asuntos eclesiásticos. Al parecer puso los puntos sobre las íes en voz alta. Por los resultados obtenidos se deduce que su capacidad de convicción fue muy eficaz. Allá arriba recordó, con la habilidad oratoria que le caracteriza, las normas de la romería. Después lució el brazalete verde fluorescente, distintivo de la organización. Los fieles se apercibieron de por dónde iba la convocatoria y respondieron con gran corrección.
Fuera del lugar de culto se observaba un continuo desfile de hábitos y uniformes. Ver el aspecto de los romeros ya les delataba de que no iban de partys, botellones o similares. No obstante, hubo quienes lucían atuendo más propio para ir al cole que no de caminatas. Eran muy jóvenes los que publicitaban el último modelo de calzado de la marca del stick. Al final, llegaron. También se observaban atalayas: lejos despuntaba, por encima de los tejados, la torre del Palau. A media distancia se veían las torres catedralicias y, allí al lado, sobresalían las puntas de los bastones que emergían de las mochilas junto con comidas, bebidas y demás parafernalia para el camino.
Otros hábitos andantes a aquellas horas en la céntrica plaza: algunas mujeres musulmanas , un reducido colectivo de monjas (ambos grupos bien guarnidos y en dirección contraria) y, cómo no, bastantes adolescentes vestidos casi uniformemente por ese hábito que es la moda imperante tipo fashion: piercings varios y en muchos sitios, primeras marcas luciéndolas por todo lo que cubre el cuerpo, móviles que no paraban de verificar su existencia activa con sus sonidos para no comunicar nada. No, ellos iban de paso a sitios más divertidos.
Otro hábito que también estaba en la plaza pertenecía a los cuatro miembros de la Policía Municipal. Con un coche esperaban la salida de la romería. Excelente su trabajo. Cortaron calles, permitieron ir por el centro de la calzada y evitaron todos los posibles riesgos del tráfico rodado. Tampoco se puede dejar de mencionar el trabajo de las tres personas de la Cruz Roja de Terrassa junto con la ambulancia. Su compañía tranquilizó tanto los ánimos como cuando los organizadores vieron que se unía al grupo nuestra cardióloga. A partir de ese momento los corazones latieron más tranquilos. O en el momento en que uno de los nuestros verificó que el médico de su madre también estaba presente. Con estas saludables compañías se anda igual pero no es lo mismo.
Y, ya que de andar se trata, la romería inició el recorrido en una plaza ya casi desierta. Tamaña expedición pasó por calles peatonales céntricas, sede de librerías reconocidas; al lado del edificio municipal, cuyos inquilinos deberían darse cuenta de la importancia de una romería que se acerca al milenio (cuando llegue aquel día seguro que aparecen en la foto oficial); la Rambla no fue ninguna barrera porque el buen hacer de los gendarmes facilitó el cruce; ascensión por Pare Llaurador, donde una grmana paseaba y un grmano bajaba en coche; la salida por Sant Marc (como se ve, por el nombre de las calles se sigue oliendo a religión) condujo la mesnada hacia el trasvase, acondicionado por la autoridad competene para pasar y, con los frontales y linternas preparados, calentamiento muscular en suave subida para penetrar en la oscuridad de la noche.
Des el furgón de cola ya se empezó a observar quiénes se iban quedando hacia atrás. Un grupo de asiduas a otras romerías cargaron sus baterías con la bebida de las alas y, aunque no le debieron salir estas extremidades, sí se notó la taurina en las continuas risas y demás palabrería que el cerebro produce. Primera retirada, muy bien calibrada por una persona que valoró sus fuerzas y decidió que éste no era su sitio en esta ocasión. Descenso acompañado de la música de los canes que formaban un concierto continuo al paso de la romería. Retenciones en los pasos estrechos. Todo con corrección y a un paso adecuado a caminantes no iniciados.
Nuestro paso del Rubicón siempre es la carretera de Manresa. Sin embargo, ya hubiera querido César disponer de tamaña ayuda. Si antes hablábamos de hábitos y uniformes, cómo no agradecer la excelente labor de Los Mossos d’Esquadra. Salvo cuando hay accidentes, pocas veces esta carretera, a ests horas, fue testigo de tamaño despliegue. Dos vehículos policiales, uno en cada dirección, con las luces destellantes, lo mimso la ambulancia de la Cruz Roja; los altavoces de los coches policiales obligando a la circulación a pararse. Motivo en voz alta: atención, pasa una romería. Con estas compañías uno se puede mover bien por el mundo. Un servicio de primera para romeros que ya pedían pararse a reponer fuerzas.
La subida a Coll Cardús se anunciaba con todo el recinto de ocio del restaurante lleno de luces y de voces. Las bodas del interior hacían salir a airearse al exterior a personas con abundante ingestión de combinados etílicos. Les daba el aire y dejaban expandirse sus pulmones con sonidos diversos, cánticos de taberna a última hora y otras expresiones guturales de difícil articulación. Mucho traje, mucho vehículo de alta cilindrada y la alegría de los eventos mientras, en un rincón libre del aparcamiento, la romería degustaba y compartía las viandas que llevaba. Las trajeadas y perfumadas personas preguntaban quiénes eran (se supone que la incógnita no la dirigían a sí mismos), qué hacían y a dónde iban. Los más cuerdos lo comprendieron con presteza. Se desconoce si los vehículos de los Mossos, poco después, los esperarían a la bajada de la celebración para calibrar el estado del aliento.
El camino continuó y, como a menudo nos pasa, hubo despistes que provocaron retrocesos para rehacer el sentido lógico de la romería. Son esos matices que, con un positivo sentido de la superación, se corregirán para la próxima vez. Mientras, alfa-omega no paraban de entrar en tertulia por las ondas para agrupar, tirar, parar o preguntar por el estado de la expedición. Todo en orden en dirección al bar de la estación de Vacarisses. La parada fue más breve de lo normal. Apareció un toque de silbato no oficial y hubo que atender a quienes se quedaban fríos y querían marcha, seguir hasta el final.
Las señales de la Matagalls, de reciente recuerdo, no originaron pérdidas. El destino final se veía aunque la habitual niebla ascendía y lo ocultaba, quizá para animar a las personas más temerosas de tamaña subida. No verla para subirla mejor, ésa debía ser la estrategia de la niebla. Abajo, Monistrol, concentración momentánea en la que, como cada año, hay un reducido grupo que opta por dirigirse al Cremallera que sale una hora después.
Llamó la atención el interés de esa pareja que vino de Córdoba a la romería. Conocieron la montaña por primera vez y andando. Su primer contacto con Montserrat era ese día. Subieron y quedaron asombrados de cómo fueron capaces de tanto. Después bajarían en autocar y se enorgullecerían de su proeza. Estos sí que progresaron adecuadamente.
A la hora habitual, en torno a las ocho de la mañana, todos arriba. La coca y las bebidas entonaban los ánimos mientras había que parpadear más de la cuenta para evitar ese sueño deseado. Quien quiso participó en los actos religiosos que se oficiaron detrás de la Moreneta. Entre algún cabezazo que otro, los de arriba y quienes estaban tomando el sol en la plazo, todos celebraban a su manera el deber cumplido y el descanso merecido que vendría a continuación.
Mientras la romería motorizada llegaba, comía y rezaba, la nocturna ya sólo pensaba en retirarse a sus aposentos horizontales y entregarse al merecido descanso. Aunque no todos.
Objetivo cumplido. Ya queda una romería menos para las mil.
sábado, 23 de septiembre de 2006
Matagalls - Montserrat: tú y tus circunstancias
La clásica de las clásicas de las travesías largas en Cataluña tiene nombre de dos montañas, dos atalayas que ofrecen perspectivas de varias comarcas y también de muchos esfuerzos. Has oído hablar de la hazaña de un cura que, al parecer, recorrió esta distancia hace ya unos años. También conoces que la tradición senderista, montañera y de aire libre aquí fue un buen refugio para cultivar semillas nacionalistas, independistas o de valores patrios. Actualmente, aún hay público que sigue con esta llama y con aquellos objetivos que, aunque con las trabas propias de cada situación política, esperan verlos factibles algún día. No se dan por rendidos aunque a veces sólo les quede el consuelo de las fronteras mentales, las banderas y demás parafernalia al uso.
Sin embargo, hoy una de las banderas para muchas personas es el deporte, el tiempo libre, el contacto con la naturaleza y la superación de esas barreras que tú te impones para dejar constancia de que eres capaz de remontar un objetivo más. Si no te lo crees, observa atentamente, escucha y extrae conclusiones. Ya sé que lo haces y que sigues programas de aventura, que Internet te incita a apuntarte a ese penúltimo recorrido que acaban de inventar y que significa un reto más, que tantas revistas bautizadas como de “outdoor” o tiempo libre le hacen un guiño a tu moral: ¿podré yo hacerlo también?.
Inviertes tu tiempo libre en objetivos aparentemente inútiles. Buscas la complicidad de tus amistades que sospechas son fáciles de convencer, diseñas uno o varios planes de entrenamiento, sales corriendo del trabajo para preparar tu cuerpo. Ya entras al gimnasio con estrés, series, estiramientos, deportes varios, rutas por el bosque, natación. La ilusión de saber que lograrlo depende de ti y de tus circunstancias. Y haces lo que puedes para que éstas no te jueguen una mala pasada. Aunque de sobra sabes que, al final, los planes son unos y la realidad, otra. Pero tu mente está en ello y segrega esas hormonas básicas para que no decaiga la planificación prevista. Eres consciente de que, para estas travesías y para cualquier otra actividad de resistencia, tu cerebro te puede conducir hacia el objetivo final o bien traicionar o, incluso, ser la pieza básica para una retirada a tiempo. Que, a menudo, puede convertirse en una victoria. Y ahí viene la duda en momentos de crisis que, sin ser negativos, también hay que tener previstos.
Igual pasa con la vestimenta adecuada y el manual de consejos al uso. Fíjate en el gran negocio que ahora se mueve en torno a este mundo cuya público objetivo es el urbanita con ganas de salir de su realidad y volver a ella con resultados positivos fruto de su participación en tantas convocatorias de senderismo, kilómetros verticales, travesías, carreras de montaña o salidas más populares durante los fines de semana. Si te dejas llevar por lo último del mercado, necesitas varios armarios para guardar tanto como hay. El marketing y la investigación no paran aunque todos estos productos deberían tener más en cuenta las opiniones que se oyen en las esperas de las salidas. Las personas practicantes son quienes más han contrastado la validez o no de esos productos en la práctica diaria. Aprendes más con los consejos de quien está al lado que con los test de productos que se publican, sospechosos de esconder promociones encubiertas. Introdúcete en un gran grupo, escucha y pregunta. Aprenderás. Después, colabora con tu experiencia a que los demás se beneficien de tus enseñanzas.
Bien, pues dejemos ya las situaciones generales y vayamos a las particularidades de la clásica de las clásicas, la XXVII edición de la Matagalls – Montserrat.
Planteamientos veraniegos
La continua propaganda veraniega y el espíritu de vacaciones obligatorias (y a ser posible a lugares exóticos y lejanos), a veces traslada a segundo plano ese compromiso casi anual con la Matagalls. Suerte que hay veces en que en junio ya recibes el aviso de que la tengas en cuenta. Bueno, la dejas para la vuelta. O, en el mejor de los casos, la dejas en cartera por si en los ratos libres estivales buscas momentos para hacer algo más que estirar las piernas.
¿Enemigos de la Matagalls? Los habituales en épocas veraniegas: las bebidas, el buen yantar, el musculoso abdomen cervecero y la placidez del mínimo esfuerzo, bien ganado después de tantos nervios acumulados. ¿Eres capaz de renunciar a tales placeres? Quizá no valga la pena. ¿Qué sería de la vida sin ellos? No, no mencionaremos los otros. Hasta te atreves a dar cortos paseos, a nadar, a progresar en la velocidad. Calor, viajes, sudor. Ya está la solución: salir a primera hora de la mañana a entrenar. Buena idea si no te la echara abajo la salida nocturna de horas antes. Porque, por la mañana y de vacaciones cuesta levantarse pronto. Pasan los días y te encuentras de nuevo con aquella lista de temas pendientes. Si has sido capaz de apuntar esta salida y de ponerla como prioritaria a la vuelta, ya estás perdido.
Vuelves y continúa siendo verano
El nuevo año cada vez empieza más en septiembre que no en el primer día de enero. Por tanto ahí, a la vuelta de la esquina, ya se asoma ella. Pero, ¿y este nuevo año? Dudas, o no. Al final, si has probado este tipo de marchas, es fácil de cambiar esa pregunta por otra: ¿y este año por qué no? Decidido. Aquí está la disculpa para recuperar la forma perdida y la vuelta a llenar las pilas de la ilusión por lo efímero. Sí, aún sigue siendo verano y ya estás en ello. Diseñas planes de mantenimiento, de ir un poco más allá cada día, te juntas con alguien más y para vosotros aquel concepto del verano ya ha derivado en este nuevo de preparación de la Matagalls –Montserrat. Por si fuera poco, vives en una ciudad con barrios desde donde se ve Montserrat. Tú, en Terrassa, ves esta mágica montaña cada día. Hasta cuando friegas los platos tu ventana está encarada hacia allá. Has hecho acopio en tu mente de tantas imágenes inolvidables. Esos matices de las puestas o salidas de sol, de esa niebla que asciende desde Vacarisses y dibuja o difumina los perfiles tan conocidos, de días apagados de luz en los que resaltan en lontananza los escasos rayos de sol que la tiñen de tantos matices de colores. Vas porque está ahí, porque cualquier salida con final en Montserrat es diferente. Y lo dices tú, que pretendes no mezclar lo religioso ni los significados de identidad con el poder mágico de un perfil único.
Como para defraudarlos
También te aportan energía esas personas que te metieron en este mundillo del deporte rápido por la montaña o por el llano. A veces piensas en voz alta y recuerdas tantas personas anónimas, tantos grupos excursionistas, tantos policías, protección civil, ambulancias, clubs de todo tipo que, por un módico precio de inscripción, se esfuerzan en organizarlo todo para que tú disfrutes. A esas personas las defraudarías si no te apuntas. Sí, reciben críticas en ocasiones, nadie es perfecto, tú también les has criticado pero, al final, en frío, siempre les agradeces su anónima labor para que esto funcione. Y es mucha la gente que colabora en estas “empresas” sin ánimo de lucro. Bueno, más que empresas parecen ONGs. Cataluña es un gran ejemplo: tantas marchas de la copa catalana, rallys, salidas populares y gente o grupos que nunca aparecerán en ningún programa de salidas. La mayoría de domingos y muchos sábados son testigos del movimiento matinal de mochilas, ropa técnica, bocadillos, bebidas e ilusión en acabar la semana no refugiado en un sofá junto al mando a distancia, sino en contacto tú con tus fuerzas en medio de la naturaleza. Un ejemplo, para que veas, ese grupo que tú conoces y en el que estás, www.grmania.com Hay tantos grupos que te los resumo en éste. Pero no olvides que el Club Excursionista de Gràcia es el impulsor de la clásica de las clásicas. Este año tampoco les vas a defraudar. Sólo agradecer su ilusión y esfuerzos para que llenes tu mente con las sensaciones del recorrido y recibas a cambio, además de su continua ayuda, una camiseta antes de salir y un obsequio al terminar. ¿Qué más les puedes pedir?
Ahora va en serio
Ya sí, gimnasio, marchas largas, carreras, renuncias gastronómicas. Pasta cada día. Nada de alcohol. Tentaciones nuevas: hablas con quienes han probado suplementos dietéticos, hierbas, preparados que responden a cierta ayuda mental que aseguran revertirá en tu físico. ¿Será ético tomar estas sustancias? No son raras, las venden en cualquier sitio, no hay investigaciones tipo Operación Puerto detrás que te puedan perseguir. Suplementos vitamínicos, reforzantes de cartílagos, glucosas y similares, apósitos diversos, masajes, estiramientos varios. Y, sobre todo, vaselina. No te rías ni pienses en otras cosas, es indispensable. Todo para que tú puedas mejorar tus circunstancias. A ver quién no tiene una bolsita en casa con esa poción mágica personal que te fortalece en momentos de duda.
Tan en serio va que te preparas también en las distancias largas. Empiezas con tu simulación del esfuerzo cada vez un poco más allá. Programas salidas algunos sábados de madrugada para volver a la hora de comer con más de cincuenta kilómetros en tu hoja de servicios. Recibes el amanecer con los ladridos de perros de las urbanizaciones, coches aparcados bajo la luz de la luna con mucho placer dentro mientras tú no vienes de fiesta sino que vas de trabajo. En vez de alcohol, agua; la resaca son las ojeras por no haber dormido lo suficiente, el desayuno en la cama es el bocadillo y las sábanas son poco más que la camiseta, el pantalón corto y el chubasquero por si llueve. Tiras millas, sigues y no te cruzas con casi nadie. Y te vuelves a hacer de nuevo tu vieja pregunta: para qué reivindicar tanto marcar senderos, turismo ecológico y vida sana si casi nunca te cruzas con nadie caminando. Menos mal el éxito de las bicicletas de montaña. Saludos, compañeros. No, con quienes tienes malas experiencias es con algunos conductores de quads o de motos todo terreno. Hay de todo pero algunos te obligan a salirte del camino debido a su prepotencia. A pesar de todo, sigues y crees que ahora te toca esto. En otros momentos también disfrutas con lo que ahora renuncias. Tenlo en cuenta. No todo va a ser sacrificio y sufrimiento. Siguiente paso: papeles.
La inscripción, un paso más
Un formulismo necesario. A dónde vas hoy día sin papeles. Supones que, visto lo visto, a muchos sitios pero no a la Matagalls- Montserrat. Bueno, también hay quien usa otras estrategias. Para ser más auténtico todo, quieres inscribirte en el lugar de autos. Aprovechas llenar la tarde con otros asuntos y, uno de ellos, es ir a la sede del Club Excursionista de Gràcia.
Todo un viaje. Sales del tren y parece como si fueran los primeros kilómetros desde Collformic. Apretujones, sudores, prisas. Colas como para reservar hora de salida el día de la partida o para los avituallamientos masificados. Llegas con tus ocho encargos de inscripción al Passatge Mulet, una corta calle en donde se encuentran las mentes pensantes que organizan la clásica. Una hora antes de la apertura de las inscripciones ya hay gente. ¿Tema de conversación? Fácil suposición, monotemático. Todos participan contando sus experiencias, la sonrisa de quienes cantan llegadas y ese conocimiento que le facilitas a quien está a tu lado por si les sirve para algo. Tus circunstancias se enriquecen con las de los demás. O, lo que en términos modernos de Management, hoy se llamaría Gestión del Conocimiento de la Matagalls-Montserrat. En estos momentos disfrutas desde la quietud de un viejo sofá: se te agolpan recuerdos, los comparas con lo que escuchas, animas a indecisos y casi nunca sacas a relucir algún abandono o esos momentos nocturnos en que, en medio del bosque y al amparo de las estrellas, te haces las estereotipadas preguntas al uso: ¿qué hago yo aquí a estas horas con lo bien que estaría en otro sitio? ¿Quién me habría mandado repetir un año más? No, de eso no se habla mientras pides inscripciones, observas esa camiseta roja con los nombres por donde pasarás y tu gran preocupación del momento es acertar con las tallas de los ausentes.
Con toda la carga burocrática y de vestimenta vuelves al punto de partida. La suerte está echada.
Preparados, listos...
El día de la fecha acuérdate que vino precedido por tormentas continuas y un tiempo inestable. Cada día pendiente del tiempo en la televisión, con Internet a tope para descubrir si en algún sitio había alguna predicción que coincidiera con tus intereses. Nubes y claros y chubascos dispersos. El tópico. Pero esta vez se cumplió. Por la mañana, a la hora de salir desde Terrassa, el cielo te despidió con una ligera lluvia. Buenos principios, pensaste. No pasa nada. Adelante. Será una nube pasajera. Así animaste a quienes también creían que se hace camino al andar. Dirección Vic, salida Seva, carretera de Collformic. 1143 metros de altura. Mossos d’esquadra. Carretera con cinta indicadora de que si aparcabas empezabas la Matagalls ganando un disgusto y perdiendo puntos y dinero. Y atisbo de la primera cola. A eso ibas. O sea, a hacer poca cola para librarte de lo que estaba por venir. Ya a las 11,15 horas había lista de espera. Y también esa invitación en rojo: “Gaudeix” (Disfruta). Te lo sugería la Coca Cola, ¿quién sino? Además, te invitaba a beber.
Tú y tu compañía respetaste el orden mientras, un poco más allá, te sorprendió una persona a la que saludaste. Un hombre de tierras gironinas con el que coincidiste en una salida anterior en la Selva del Camp. Más de 65 años a sus espaldas y una hoja de servicios intachable: cinco Maratón de los Sables (lo de maratón es un corto eufemismo), aventuras en marchas por Jordania, multitud de salidas de todo tipo y su siguiente proyecto, después del de hoy: una gran escapada por Mali, andando, por supuesto. Lo mirabas con sana envidia y admiración. El rastro de tanto esfuerzo se dejaba notar en su musculatura, en nada de ropas de colorines chillones, sólo unas zapatillas desgastadas más por el abuso que por el uso.
Por lo demás, el paisaje humano era variopinto con tendencia a la paulatina aglomeración, sólo despejada cuando la asignación de horas colocó a cada uno bajo las órdenes del reloj oficial. Gente, mucha gente. 2695 personas parece ser que pasaron por el punto de salida. Y salieron, claro.
La hora de la comida campestre, ya sabes, pasta de todo tipo, hidratos de carbono para dar y tomar, bebidas energéticas, zumos, frutas y reposo mientras el cielo plomizo te refrigeraba con gotas intermitentes de agua. Malos augurios para empezar.
En estos momentos, si hay que descubrir la parte del cuerpo más mimada, sin duda la incógnita es fácil de resolver. Los pies aquí viste que eran tratados a cuerpo de rey: manoseados, masajeados, aseados, untados con pociones diversas, protegidos y casi momificados con protecciones varias. Capas de tiritas, vaselina, parches de última generación, calcetines anti no se sabe cuántas cosas, polvos mágicos, ungüentos que te transmitían cierta seguridad en el andar. Después, ajustes de mochilas, pruebas anatómicas, comprobación del más mínimo atisbo de rozadura, milimétrica colocación de cada recurso y, con todo esto, ya puedes decir que ahora sí, la suerte está echada.
…¡Ya!
Aquel reloj en el punto de salida con la hora oficial te daba el testigo de que, a partir de este momento, tú eras tú y tus circunstancias. Saliste de los primeros pero, antes que nadie, los veteranos. Un detalle amable hacia quienes no parecía que pertenecieran a ese eufemismo de la tercera edad. Había que verlos. Aquí sí que eran todos los que estaban. Acumulaban muchas vueltas en el cuentakilómetros imaginario de sus pies. Estaban orgullosos de acudir a la cita, debían pasar mentalmente lista para saber las ausencias, quiénes ya o no podían o el destino les había conducido por otros caminos eternos. Parecían formar parte de cierta selección natural, orgullosos ellos y ellas y el resto deseando llegar así allí cuando pase el tiempo.
Los 25 que salían cada minuto transformaron el camino en esa serpiente multicolor que se prolonga sin fin. Mientras, te adelantaban las máquinas humanas, una nueva especie de seres que no llevan casi nada encima, que pasan como un halo a tu lado y que, la mejor forma de verlos es adivinarlos. Veloces, musculosos, fruto de gimnasios y técnicas variadas, se abren paso sólo por su impulso, el cual a veces es más agresivo y chulesco de lo que exige el guión de estas marchas. Tú a lo tuyo. Rapidez, sorteo de charcas, resbalones en el barro, te dejas caer sin caerte, claro. La testosterona te provoca una fuerza explosiva que te impulsa a acabar pronto la bajada hacia Aiguafreda.
Una vez allí, ya lo sabes, todo lo que baja te gusta que suba y aquí los toboganes son continuos. Menos mal que los oasis de cada avituallamiento te reconfortan. No haces colas porque vas en el pelotón primero. Controles, avituallamientos, luces a lo lejos, algunas casas de pagès en medio de un cielo en el que quieren despuntar las estrellas siempre que las nubes las dejen.
El estiramiento de los grupos dispersa a los participantes y también aísla a quienes ya venían solos o se han quedado así por imperativos de fuerza o de ritmo. Pero no pasa nada. Te pegas a alguien y varias luces iluminan mejor que una. Solidaridad en el camino, búsqueda de las señales verdes y rojas, alguna conversación aunque sea de la especie fática y también algún teléfono móvil que recuerda las modernas señales de la civilización.
A medida que la noche se estira, los efectos se dejan sentir. Ves suaves cojeras que evolucionarán a algo más, mentes en blanco que se balancean mientras caminan, andares más desacompasados que horas antes e, incluso, te cruzas con aquellos jóvenes explosivos que debieron gastar todas las reservas de glucógeno en sorprenderte con su aire en los primeros kilómetros. Así es la vida en la Matagalls. Les dices si necesitan algo, les ofreces lo que tienes y les prestas unas palabras de ánimo. Vamos, muchacho que Sant Llorenç Savall está cerca.
Después de la enésima bajada, ahí lo tienes. Debes estar contento. Antes el control estaba situado a la puerta del cementerio. No, no era una figura literaria. Los de dentro no debían notar el paisaje humano de los de fuera. Ahora ya lo tienen un poco más lejos. Allí están instaladas carpas, personas que esperan en el punto crítico. Ese espacio en que confirmas o no qué haces tú aquí a estas horas, y más si te han venido a reconfortar con detalles gastronómicos, mantas, agua y sal. La duda ofende pero aquí se da más de lo que debería.
Lo lógico, seguir. El té, el caldo, fruta, bocadillos y tu voluntad de acabar te conducen a enfocar el frontal al fondo y de frente. Queda más o menos la mitad pero los kilómetros ya descuentan. Sigues hasta encontrarte con pronunciadas subidas que te conducirán a los donuts de Matadepera (ya sabes, el avituallamiento que este año se encumbró en las alturas, abandonó la parte baja de esta zona de viviendas no obreras y te recibió aquí arriba). No haces ruido para que no se molesten ni los perros ni loss amos de esas torres que ya te gustaría saber cómo se consiguen tener, y no con un sueldo. Bajas para, una vez arriba otra vez, ver ya al fondo el destino final. Las luces de Montserrat te dan fuerzas para llegar, si bien ya conoces la forma: subir, bajar y subir. Otro cementerio, en esta ocasión el de Vacarisses, a cuya entrada te avituallan por última vez hasta que acabes. Pocas personas se ven por esta zona. A tu lado va aquel joven que llevaba una linterna que funcionaba con una dinamo que tenía que girar a menudo con una manivela. Qué mérito ir así. Otro iba escorado por una ampolla, tú sorprendiste a una gran piedra con tal patada que perderás por segunda vez en un año la uña del dedo gordo del pie izquierdo, tu compañero vomitó varias veces, había gente sentada al lado del camino y otros que se juraron llegar aunque fuera a rastras. Claro que hubo quien, para ser reconfortada y animarla a acabar en Montserrat, le trajeron churros para desayunar y una caravana para hacer cómodamente sus necesidades.
Y, por último…
Además del primero que llegó en poco más de ocho horas, esto es parte del rito de la clásica de las clásicas y de otras salidas de este tipo. Ánimo que los perfiles de la montaña están al lado. Una vez situado en su falda, en Monistrol, te sorprendiste a ti mismo con un derroche de fuerzas y gastaste las penúltimas energías que te quedaban (en algún depósito en reserva) en subir hasta el control final en 29 minutos. Para ti y para tus compañeros fue una proeza con la que acabaste, una más, esta institución andante.
Una vez ya con el detalle y el agradecimiento al Club Excursionista de Gràcia por los servicios prestados, miraste hacia abajo y deseaste suerte a quienes con ilusión se imaginaban llegar a donde tú estabas. Hubo quienes honraron sus creencias con una visita al recinto sagrado y a la Moreneta.
No, lo importante no es el tiempo. El camino, el viaje hacia esa Ítaca es lo que importa. Un año más estás aquí, quién sabe qué pasará el próximo. Viste compensados tus esfuerzos, casi todo salió bien pero también llevabas un plan B por si algo se torcía. Al final, lo que más valoras son los planes, la preparación, las ilusiones.
En caso de que las circunstancias no te sean favorables o, si lo tuyo es descubrirle nuevos sabores o matices, recuerda: el año que viene siempre te quedará de nuevo la Matagalls – Montserrat.
Sin embargo, hoy una de las banderas para muchas personas es el deporte, el tiempo libre, el contacto con la naturaleza y la superación de esas barreras que tú te impones para dejar constancia de que eres capaz de remontar un objetivo más. Si no te lo crees, observa atentamente, escucha y extrae conclusiones. Ya sé que lo haces y que sigues programas de aventura, que Internet te incita a apuntarte a ese penúltimo recorrido que acaban de inventar y que significa un reto más, que tantas revistas bautizadas como de “outdoor” o tiempo libre le hacen un guiño a tu moral: ¿podré yo hacerlo también?.
Inviertes tu tiempo libre en objetivos aparentemente inútiles. Buscas la complicidad de tus amistades que sospechas son fáciles de convencer, diseñas uno o varios planes de entrenamiento, sales corriendo del trabajo para preparar tu cuerpo. Ya entras al gimnasio con estrés, series, estiramientos, deportes varios, rutas por el bosque, natación. La ilusión de saber que lograrlo depende de ti y de tus circunstancias. Y haces lo que puedes para que éstas no te jueguen una mala pasada. Aunque de sobra sabes que, al final, los planes son unos y la realidad, otra. Pero tu mente está en ello y segrega esas hormonas básicas para que no decaiga la planificación prevista. Eres consciente de que, para estas travesías y para cualquier otra actividad de resistencia, tu cerebro te puede conducir hacia el objetivo final o bien traicionar o, incluso, ser la pieza básica para una retirada a tiempo. Que, a menudo, puede convertirse en una victoria. Y ahí viene la duda en momentos de crisis que, sin ser negativos, también hay que tener previstos.
Igual pasa con la vestimenta adecuada y el manual de consejos al uso. Fíjate en el gran negocio que ahora se mueve en torno a este mundo cuya público objetivo es el urbanita con ganas de salir de su realidad y volver a ella con resultados positivos fruto de su participación en tantas convocatorias de senderismo, kilómetros verticales, travesías, carreras de montaña o salidas más populares durante los fines de semana. Si te dejas llevar por lo último del mercado, necesitas varios armarios para guardar tanto como hay. El marketing y la investigación no paran aunque todos estos productos deberían tener más en cuenta las opiniones que se oyen en las esperas de las salidas. Las personas practicantes son quienes más han contrastado la validez o no de esos productos en la práctica diaria. Aprendes más con los consejos de quien está al lado que con los test de productos que se publican, sospechosos de esconder promociones encubiertas. Introdúcete en un gran grupo, escucha y pregunta. Aprenderás. Después, colabora con tu experiencia a que los demás se beneficien de tus enseñanzas.
Bien, pues dejemos ya las situaciones generales y vayamos a las particularidades de la clásica de las clásicas, la XXVII edición de la Matagalls – Montserrat.
Planteamientos veraniegos
La continua propaganda veraniega y el espíritu de vacaciones obligatorias (y a ser posible a lugares exóticos y lejanos), a veces traslada a segundo plano ese compromiso casi anual con la Matagalls. Suerte que hay veces en que en junio ya recibes el aviso de que la tengas en cuenta. Bueno, la dejas para la vuelta. O, en el mejor de los casos, la dejas en cartera por si en los ratos libres estivales buscas momentos para hacer algo más que estirar las piernas.
¿Enemigos de la Matagalls? Los habituales en épocas veraniegas: las bebidas, el buen yantar, el musculoso abdomen cervecero y la placidez del mínimo esfuerzo, bien ganado después de tantos nervios acumulados. ¿Eres capaz de renunciar a tales placeres? Quizá no valga la pena. ¿Qué sería de la vida sin ellos? No, no mencionaremos los otros. Hasta te atreves a dar cortos paseos, a nadar, a progresar en la velocidad. Calor, viajes, sudor. Ya está la solución: salir a primera hora de la mañana a entrenar. Buena idea si no te la echara abajo la salida nocturna de horas antes. Porque, por la mañana y de vacaciones cuesta levantarse pronto. Pasan los días y te encuentras de nuevo con aquella lista de temas pendientes. Si has sido capaz de apuntar esta salida y de ponerla como prioritaria a la vuelta, ya estás perdido.
Vuelves y continúa siendo verano
El nuevo año cada vez empieza más en septiembre que no en el primer día de enero. Por tanto ahí, a la vuelta de la esquina, ya se asoma ella. Pero, ¿y este nuevo año? Dudas, o no. Al final, si has probado este tipo de marchas, es fácil de cambiar esa pregunta por otra: ¿y este año por qué no? Decidido. Aquí está la disculpa para recuperar la forma perdida y la vuelta a llenar las pilas de la ilusión por lo efímero. Sí, aún sigue siendo verano y ya estás en ello. Diseñas planes de mantenimiento, de ir un poco más allá cada día, te juntas con alguien más y para vosotros aquel concepto del verano ya ha derivado en este nuevo de preparación de la Matagalls –Montserrat. Por si fuera poco, vives en una ciudad con barrios desde donde se ve Montserrat. Tú, en Terrassa, ves esta mágica montaña cada día. Hasta cuando friegas los platos tu ventana está encarada hacia allá. Has hecho acopio en tu mente de tantas imágenes inolvidables. Esos matices de las puestas o salidas de sol, de esa niebla que asciende desde Vacarisses y dibuja o difumina los perfiles tan conocidos, de días apagados de luz en los que resaltan en lontananza los escasos rayos de sol que la tiñen de tantos matices de colores. Vas porque está ahí, porque cualquier salida con final en Montserrat es diferente. Y lo dices tú, que pretendes no mezclar lo religioso ni los significados de identidad con el poder mágico de un perfil único.
Como para defraudarlos
También te aportan energía esas personas que te metieron en este mundillo del deporte rápido por la montaña o por el llano. A veces piensas en voz alta y recuerdas tantas personas anónimas, tantos grupos excursionistas, tantos policías, protección civil, ambulancias, clubs de todo tipo que, por un módico precio de inscripción, se esfuerzan en organizarlo todo para que tú disfrutes. A esas personas las defraudarías si no te apuntas. Sí, reciben críticas en ocasiones, nadie es perfecto, tú también les has criticado pero, al final, en frío, siempre les agradeces su anónima labor para que esto funcione. Y es mucha la gente que colabora en estas “empresas” sin ánimo de lucro. Bueno, más que empresas parecen ONGs. Cataluña es un gran ejemplo: tantas marchas de la copa catalana, rallys, salidas populares y gente o grupos que nunca aparecerán en ningún programa de salidas. La mayoría de domingos y muchos sábados son testigos del movimiento matinal de mochilas, ropa técnica, bocadillos, bebidas e ilusión en acabar la semana no refugiado en un sofá junto al mando a distancia, sino en contacto tú con tus fuerzas en medio de la naturaleza. Un ejemplo, para que veas, ese grupo que tú conoces y en el que estás, www.grmania.com Hay tantos grupos que te los resumo en éste. Pero no olvides que el Club Excursionista de Gràcia es el impulsor de la clásica de las clásicas. Este año tampoco les vas a defraudar. Sólo agradecer su ilusión y esfuerzos para que llenes tu mente con las sensaciones del recorrido y recibas a cambio, además de su continua ayuda, una camiseta antes de salir y un obsequio al terminar. ¿Qué más les puedes pedir?
Ahora va en serio
Ya sí, gimnasio, marchas largas, carreras, renuncias gastronómicas. Pasta cada día. Nada de alcohol. Tentaciones nuevas: hablas con quienes han probado suplementos dietéticos, hierbas, preparados que responden a cierta ayuda mental que aseguran revertirá en tu físico. ¿Será ético tomar estas sustancias? No son raras, las venden en cualquier sitio, no hay investigaciones tipo Operación Puerto detrás que te puedan perseguir. Suplementos vitamínicos, reforzantes de cartílagos, glucosas y similares, apósitos diversos, masajes, estiramientos varios. Y, sobre todo, vaselina. No te rías ni pienses en otras cosas, es indispensable. Todo para que tú puedas mejorar tus circunstancias. A ver quién no tiene una bolsita en casa con esa poción mágica personal que te fortalece en momentos de duda.
Tan en serio va que te preparas también en las distancias largas. Empiezas con tu simulación del esfuerzo cada vez un poco más allá. Programas salidas algunos sábados de madrugada para volver a la hora de comer con más de cincuenta kilómetros en tu hoja de servicios. Recibes el amanecer con los ladridos de perros de las urbanizaciones, coches aparcados bajo la luz de la luna con mucho placer dentro mientras tú no vienes de fiesta sino que vas de trabajo. En vez de alcohol, agua; la resaca son las ojeras por no haber dormido lo suficiente, el desayuno en la cama es el bocadillo y las sábanas son poco más que la camiseta, el pantalón corto y el chubasquero por si llueve. Tiras millas, sigues y no te cruzas con casi nadie. Y te vuelves a hacer de nuevo tu vieja pregunta: para qué reivindicar tanto marcar senderos, turismo ecológico y vida sana si casi nunca te cruzas con nadie caminando. Menos mal el éxito de las bicicletas de montaña. Saludos, compañeros. No, con quienes tienes malas experiencias es con algunos conductores de quads o de motos todo terreno. Hay de todo pero algunos te obligan a salirte del camino debido a su prepotencia. A pesar de todo, sigues y crees que ahora te toca esto. En otros momentos también disfrutas con lo que ahora renuncias. Tenlo en cuenta. No todo va a ser sacrificio y sufrimiento. Siguiente paso: papeles.
La inscripción, un paso más
Un formulismo necesario. A dónde vas hoy día sin papeles. Supones que, visto lo visto, a muchos sitios pero no a la Matagalls- Montserrat. Bueno, también hay quien usa otras estrategias. Para ser más auténtico todo, quieres inscribirte en el lugar de autos. Aprovechas llenar la tarde con otros asuntos y, uno de ellos, es ir a la sede del Club Excursionista de Gràcia.
Todo un viaje. Sales del tren y parece como si fueran los primeros kilómetros desde Collformic. Apretujones, sudores, prisas. Colas como para reservar hora de salida el día de la partida o para los avituallamientos masificados. Llegas con tus ocho encargos de inscripción al Passatge Mulet, una corta calle en donde se encuentran las mentes pensantes que organizan la clásica. Una hora antes de la apertura de las inscripciones ya hay gente. ¿Tema de conversación? Fácil suposición, monotemático. Todos participan contando sus experiencias, la sonrisa de quienes cantan llegadas y ese conocimiento que le facilitas a quien está a tu lado por si les sirve para algo. Tus circunstancias se enriquecen con las de los demás. O, lo que en términos modernos de Management, hoy se llamaría Gestión del Conocimiento de la Matagalls-Montserrat. En estos momentos disfrutas desde la quietud de un viejo sofá: se te agolpan recuerdos, los comparas con lo que escuchas, animas a indecisos y casi nunca sacas a relucir algún abandono o esos momentos nocturnos en que, en medio del bosque y al amparo de las estrellas, te haces las estereotipadas preguntas al uso: ¿qué hago yo aquí a estas horas con lo bien que estaría en otro sitio? ¿Quién me habría mandado repetir un año más? No, de eso no se habla mientras pides inscripciones, observas esa camiseta roja con los nombres por donde pasarás y tu gran preocupación del momento es acertar con las tallas de los ausentes.
Con toda la carga burocrática y de vestimenta vuelves al punto de partida. La suerte está echada.
Preparados, listos...
El día de la fecha acuérdate que vino precedido por tormentas continuas y un tiempo inestable. Cada día pendiente del tiempo en la televisión, con Internet a tope para descubrir si en algún sitio había alguna predicción que coincidiera con tus intereses. Nubes y claros y chubascos dispersos. El tópico. Pero esta vez se cumplió. Por la mañana, a la hora de salir desde Terrassa, el cielo te despidió con una ligera lluvia. Buenos principios, pensaste. No pasa nada. Adelante. Será una nube pasajera. Así animaste a quienes también creían que se hace camino al andar. Dirección Vic, salida Seva, carretera de Collformic. 1143 metros de altura. Mossos d’esquadra. Carretera con cinta indicadora de que si aparcabas empezabas la Matagalls ganando un disgusto y perdiendo puntos y dinero. Y atisbo de la primera cola. A eso ibas. O sea, a hacer poca cola para librarte de lo que estaba por venir. Ya a las 11,15 horas había lista de espera. Y también esa invitación en rojo: “Gaudeix” (Disfruta). Te lo sugería la Coca Cola, ¿quién sino? Además, te invitaba a beber.
Tú y tu compañía respetaste el orden mientras, un poco más allá, te sorprendió una persona a la que saludaste. Un hombre de tierras gironinas con el que coincidiste en una salida anterior en la Selva del Camp. Más de 65 años a sus espaldas y una hoja de servicios intachable: cinco Maratón de los Sables (lo de maratón es un corto eufemismo), aventuras en marchas por Jordania, multitud de salidas de todo tipo y su siguiente proyecto, después del de hoy: una gran escapada por Mali, andando, por supuesto. Lo mirabas con sana envidia y admiración. El rastro de tanto esfuerzo se dejaba notar en su musculatura, en nada de ropas de colorines chillones, sólo unas zapatillas desgastadas más por el abuso que por el uso.
Por lo demás, el paisaje humano era variopinto con tendencia a la paulatina aglomeración, sólo despejada cuando la asignación de horas colocó a cada uno bajo las órdenes del reloj oficial. Gente, mucha gente. 2695 personas parece ser que pasaron por el punto de salida. Y salieron, claro.
La hora de la comida campestre, ya sabes, pasta de todo tipo, hidratos de carbono para dar y tomar, bebidas energéticas, zumos, frutas y reposo mientras el cielo plomizo te refrigeraba con gotas intermitentes de agua. Malos augurios para empezar.
En estos momentos, si hay que descubrir la parte del cuerpo más mimada, sin duda la incógnita es fácil de resolver. Los pies aquí viste que eran tratados a cuerpo de rey: manoseados, masajeados, aseados, untados con pociones diversas, protegidos y casi momificados con protecciones varias. Capas de tiritas, vaselina, parches de última generación, calcetines anti no se sabe cuántas cosas, polvos mágicos, ungüentos que te transmitían cierta seguridad en el andar. Después, ajustes de mochilas, pruebas anatómicas, comprobación del más mínimo atisbo de rozadura, milimétrica colocación de cada recurso y, con todo esto, ya puedes decir que ahora sí, la suerte está echada.
…¡Ya!
Aquel reloj en el punto de salida con la hora oficial te daba el testigo de que, a partir de este momento, tú eras tú y tus circunstancias. Saliste de los primeros pero, antes que nadie, los veteranos. Un detalle amable hacia quienes no parecía que pertenecieran a ese eufemismo de la tercera edad. Había que verlos. Aquí sí que eran todos los que estaban. Acumulaban muchas vueltas en el cuentakilómetros imaginario de sus pies. Estaban orgullosos de acudir a la cita, debían pasar mentalmente lista para saber las ausencias, quiénes ya o no podían o el destino les había conducido por otros caminos eternos. Parecían formar parte de cierta selección natural, orgullosos ellos y ellas y el resto deseando llegar así allí cuando pase el tiempo.
Los 25 que salían cada minuto transformaron el camino en esa serpiente multicolor que se prolonga sin fin. Mientras, te adelantaban las máquinas humanas, una nueva especie de seres que no llevan casi nada encima, que pasan como un halo a tu lado y que, la mejor forma de verlos es adivinarlos. Veloces, musculosos, fruto de gimnasios y técnicas variadas, se abren paso sólo por su impulso, el cual a veces es más agresivo y chulesco de lo que exige el guión de estas marchas. Tú a lo tuyo. Rapidez, sorteo de charcas, resbalones en el barro, te dejas caer sin caerte, claro. La testosterona te provoca una fuerza explosiva que te impulsa a acabar pronto la bajada hacia Aiguafreda.
Una vez allí, ya lo sabes, todo lo que baja te gusta que suba y aquí los toboganes son continuos. Menos mal que los oasis de cada avituallamiento te reconfortan. No haces colas porque vas en el pelotón primero. Controles, avituallamientos, luces a lo lejos, algunas casas de pagès en medio de un cielo en el que quieren despuntar las estrellas siempre que las nubes las dejen.
El estiramiento de los grupos dispersa a los participantes y también aísla a quienes ya venían solos o se han quedado así por imperativos de fuerza o de ritmo. Pero no pasa nada. Te pegas a alguien y varias luces iluminan mejor que una. Solidaridad en el camino, búsqueda de las señales verdes y rojas, alguna conversación aunque sea de la especie fática y también algún teléfono móvil que recuerda las modernas señales de la civilización.
A medida que la noche se estira, los efectos se dejan sentir. Ves suaves cojeras que evolucionarán a algo más, mentes en blanco que se balancean mientras caminan, andares más desacompasados que horas antes e, incluso, te cruzas con aquellos jóvenes explosivos que debieron gastar todas las reservas de glucógeno en sorprenderte con su aire en los primeros kilómetros. Así es la vida en la Matagalls. Les dices si necesitan algo, les ofreces lo que tienes y les prestas unas palabras de ánimo. Vamos, muchacho que Sant Llorenç Savall está cerca.
Después de la enésima bajada, ahí lo tienes. Debes estar contento. Antes el control estaba situado a la puerta del cementerio. No, no era una figura literaria. Los de dentro no debían notar el paisaje humano de los de fuera. Ahora ya lo tienen un poco más lejos. Allí están instaladas carpas, personas que esperan en el punto crítico. Ese espacio en que confirmas o no qué haces tú aquí a estas horas, y más si te han venido a reconfortar con detalles gastronómicos, mantas, agua y sal. La duda ofende pero aquí se da más de lo que debería.
Lo lógico, seguir. El té, el caldo, fruta, bocadillos y tu voluntad de acabar te conducen a enfocar el frontal al fondo y de frente. Queda más o menos la mitad pero los kilómetros ya descuentan. Sigues hasta encontrarte con pronunciadas subidas que te conducirán a los donuts de Matadepera (ya sabes, el avituallamiento que este año se encumbró en las alturas, abandonó la parte baja de esta zona de viviendas no obreras y te recibió aquí arriba). No haces ruido para que no se molesten ni los perros ni loss amos de esas torres que ya te gustaría saber cómo se consiguen tener, y no con un sueldo. Bajas para, una vez arriba otra vez, ver ya al fondo el destino final. Las luces de Montserrat te dan fuerzas para llegar, si bien ya conoces la forma: subir, bajar y subir. Otro cementerio, en esta ocasión el de Vacarisses, a cuya entrada te avituallan por última vez hasta que acabes. Pocas personas se ven por esta zona. A tu lado va aquel joven que llevaba una linterna que funcionaba con una dinamo que tenía que girar a menudo con una manivela. Qué mérito ir así. Otro iba escorado por una ampolla, tú sorprendiste a una gran piedra con tal patada que perderás por segunda vez en un año la uña del dedo gordo del pie izquierdo, tu compañero vomitó varias veces, había gente sentada al lado del camino y otros que se juraron llegar aunque fuera a rastras. Claro que hubo quien, para ser reconfortada y animarla a acabar en Montserrat, le trajeron churros para desayunar y una caravana para hacer cómodamente sus necesidades.
Y, por último…
Además del primero que llegó en poco más de ocho horas, esto es parte del rito de la clásica de las clásicas y de otras salidas de este tipo. Ánimo que los perfiles de la montaña están al lado. Una vez situado en su falda, en Monistrol, te sorprendiste a ti mismo con un derroche de fuerzas y gastaste las penúltimas energías que te quedaban (en algún depósito en reserva) en subir hasta el control final en 29 minutos. Para ti y para tus compañeros fue una proeza con la que acabaste, una más, esta institución andante.
Una vez ya con el detalle y el agradecimiento al Club Excursionista de Gràcia por los servicios prestados, miraste hacia abajo y deseaste suerte a quienes con ilusión se imaginaban llegar a donde tú estabas. Hubo quienes honraron sus creencias con una visita al recinto sagrado y a la Moreneta.
No, lo importante no es el tiempo. El camino, el viaje hacia esa Ítaca es lo que importa. Un año más estás aquí, quién sabe qué pasará el próximo. Viste compensados tus esfuerzos, casi todo salió bien pero también llevabas un plan B por si algo se torcía. Al final, lo que más valoras son los planes, la preparación, las ilusiones.
En caso de que las circunstancias no te sean favorables o, si lo tuyo es descubrirle nuevos sabores o matices, recuerda: el año que viene siempre te quedará de nuevo la Matagalls – Montserrat.
domingo, 18 de junio de 2006
Última etapa de la temporada 05-06
Etapa última de la temporada 05-06
Mayoritaria participación en la tradicional comida de hermandad
GRmanos y GRmanas,
No había urnas allí pero sí se dio una asistencia mayoritaria de personas que se congregaron en torno a dos grandes paelleras, en las que “las papeletas” allí introducidas eran condumios variados del género animal y vegetal.
En el fondo, se trataba de decir que sí se acababa la temporada 2005-2006, que sí seguía adelante GRMANIA después de diez años, que sí era importante caminar y compartir y que sí estaban excelentes el arroz, los aperitivos, bebidas, postres y otras ingestas que por allí se pasearon.
No, esta vez no fue necesaria una puntualidad absoluta, no había que llevar mochila aunque sí los ingredientes necesarios, no esperaba el autobús y no era en la chimenea donde se encontraba el punto de partida.
El perfil del recorrido no necesitaba GPS ni los exactos cálculos de quien sabe tanto de esto y que fue condecorado por ello. Tampoco tuvo que intervenir el diplomado en orientación para llegar al lugar de concentración. Desde Terrassa la etapa atravesó la riera de Gaià, dejó a un lado la fábrica Sony para, en un quiebro a la derecha y, luego, giro a la izquierda (a dónde sino), volver a la derecha, ligera subida asfáltica, entrada a las primeras casas de Viladecavalls, fuerte rampa a la derecha siguiendo las señales de la urbanización “La Planassa”, giro de nuevo a la izquierda con el cementerio enfrente, fuerte descenso y, ya al final y a la derecha, el nuevo entorno daría paso al principio del acto social.
Nuestros Grmanos residentes en la zona hace tiempo que se habían fijado en los locales de la asociación de vecinos para que éstos acogieran a tan distinguidos comensales concelebrantes de una eucaristía tan multitudinaria. Las instalaciones, excelentes, aptas para la disposición de las dos filas de mesas necesarias para el ágape.
El momento no se prestó al desgaste de fuerzas ni tampoco de las pistas deportivas de al lado. No hubo tentaciones a bajar al ruedo futbolístico, ni siquiera para disputar ese tópico partido después de los postres, con enfrentamiento entre solteros y casados, solteras y casadas, divorciados y divorciadas, y cualquier otra variante ya normalizada del género humano que aquí no figure.
Quienes llegaron en primer lugar observaron las neveras llenas de vinos espumosos rosados traídos para la ocasión de la ya tradicional bodega del Baix Penedès. Pertenecían a un laureado diplomado humorístico que nunca se olvida de mojarnos el gaznate con ese buen vino. El tintineo de las botellas dio paso a la progresiva incorporación de bolsas y más bolsas, herramientas, garrafas, palas, paelleras, cajas y otros ingredientes necesarios para que los delantales pudieran iniciar la faena.
Después del ejercicio electoral de muchas personas allí congregadas, tamaño desgaste mental dirimiendo entre el sí o el no o todo lo contrario debía ser recompensado con buenos aperitivos, excelente arroz e inmejorables postres. Como, al parecer, tampoco se preveía una estampida inmediata después de los postres, los gaznates trasegaron licores variados, combinaciones etílicos que bien pudieran habernos hecho gastar muchos puntos, si ya estuviéramos en julio y un chupete en manos de la especie “mosso d’esquadra” nos hubiera hecho soplar.
Los preparativos fueron inmediatos. Las mesas luego se vieron engalanadas con manteles, platos y otra utillería de plástico. Como de estética sólo no se vive, pronto aparecieron platos y más platos de muchos de esos productos que otras veces debemos llevar dentro de las mochilas, o en medio de esa estructura de un pan con una incisión en medio relleno de variados productos. No bocadillos y sí platillos, no botellines y sí botellas.
Tampoco uno podía conformarse sólo con los entrantes. Manos a la obra, orden y concierto. La habitual estructura de preparativos para el arroz puso todos los ingredientes a punto. Siempre pasa lo mismo: la expectación suele girar en torno a quién corta la cebolla y qué tamaño tienen los trozos resultantes. La solución pasa por ese experto que, como responsable en riesgos laborales en su colegio, se presenta con gafas protectoras de sol y consolida su experiencia con las cebollas con una precisión mejorable. Mientras, fuera, un grupo olfatea dónde colocar las paelleras. Zapadores de élite tiran cuerdas, se encaraman a una escalera, suben muros, atan cuerdas a farolas y extienden una lona para proteger al arroz y a los cocineros de una fuerte insolación. Luego, para que el viento no voltee ese paraguas ocasional, se dedican al ejercicio de tiro de precisión de piedras y colocarlas en el centro del entoldado.
Instalado todo, con mesa de apoyo para ingredientes, se pone en marcha un ejercicio de adivinación del recorrido del sol en las próximas horas. Muchos ojos miran al astro rey, muchos conocimientos se ponen en marcha hasta que alguien acude al socorrido palo para dibujar una supuesta línea en la arena. División de opiniones hasta que nuestro experto en astros demuestra sus lecciones aprendidas y da por zanjado el tema, a pesar de que alguien dice que se mueve mejor por los astros nocturnos que por los diurnos.
Siguiente paso. Cómo encender los fuegos para poner la operación de cocción en marcha. La ley de nuestra ministra Elena Salgado ha hecho casi desaparecer la especie fumadora y, quienes antes aspiraban cilindrines y otras teas y picaduras, ahora ya no se les ocurre ni por asomo saber dónde hay una cerilla. De todas formas, también hubo algunos deportistas que, en esta comida, alardearon de aspirar humos de buenos vegueros, o presumir de un oloroso habano en el bolsillo de la camisa. Pero no, no salía el fuego deseado. Momentos después, aunque estábamos cerca del bosque y debajo del cementerio, se pudo encender la llama salvadora.
Los dos expertos cocineros quisieron ensayar una nueva metodología culinaria de la misma receta gastronómica. Llegaron al acuerdo de dividir las cocciones y dedicar una paellera para productos animales y la otra para vegetales. No era por aquello de separación de carnívoros y herbívoros (perdón, vegetarianos) sino para probar nuevas formas, y qué mejor que en este momento, cuando uno de nuestros cocineros estrella no pudo acudir a la cita anual por estar inmerso en otras catas.
Por el olor los conoceréis y, claro, no es lo mismo la fragancia de los frutos del mar y animales de tierra que las frituras de los vegetales. Después, la alquimia profesional hizo que se combinaran los sabores y los ingredientes y se confirmara una vez más esa propiedad matemática que dice que el orden de ingredientes no altera el producto final. Excelente el resultado y excelente nota en los contenidos procedimentales. El calor, por otra parte, provocó el consabido clic de las latas de cerveza, las botellas que se vaciaban y los platillos de aperitivos que se paseaban al alcance del mejor postor.
El inexistente servicio de protocolo no pudo conseguir que la silla roja de cabecera de la mesa fuera ocupada por quien, casualidades de la vida, venía con camisa encarnada en un día electoral. Quedó vacía en toda la comida. Todo transcurrió con la normalidad habitual de un acto en el que prima la hermandad, el buen rollo y esos mensajes que suelen aparecer en los textos de tantos versos de nuestro rapsoda o en tantos diplomas como se han dado. Bebidas de muchas clases ayudaban a ingerir la paella. Con el buen regusto del trabajo bien hecho, los postres demostraron que también siguen siendo un punto fuerte de GRMANIA. Tras las lujuriosas y sabrosas cerezas vino un postre especial preparado por nuestra experta en delicatesems varias, cocas y otros postres a cargo de buenas cocineras, helados de gustos varios y…celebraciones y condecoraciones.
Diez años han dado para mucho. Quienes lo podemos evaluar somos todos y todas, son los recuerdos, la web y también esos inmejorables versos de nuestro estimado experto. Y, a quienes evaluaron como que progresan muy adecuadamente, son esas siete personas condecoradas en público. No obstante, ya se empezaban a ver gestos de aspirantes a la distinción del año que viene. Otros, sin embargo, como ya están condecorados, echan de menos otros alicientes honoríficos y, aviso a navegantes, el año que viene se pondrá en marcha la COME (Comisión de Medallas), con la entrega de la Jarra de GRMANIA a quien destaque por su heroicidad y servicio.
Después, tras el encendido de algunos puros, el descorche de aguardientes varios y un veterano brandy de cuarenta años de antigüedad, la distendida conversación fue variada mientras los cafés enervaban los ánimos ya parlanchines debido a los brebajes etílicos.
No pudieron faltar referencias a las elecciones y qué mejor que reproducir aquí las enseñanzas de dos distinguidos y reflexivos GRmanos. Su lección política decía que votar a un partido político se parece a comprar un CD: lo compras porque te gustan algunas canciones pero otras no y, sin embargo, lo has comprado entero (hubo que matizarles que con el e-mule esto ya no pasa).
También hubo repaso a estivales destinos turísticos de GRMANIA: urbi et orbi. Cada año las huestes andarinas se extienden por más lugares: Brasil, China, Cuba, El Estado español (o como se llame), Italia, Portugal, etc.
Y, en medio de tantos proyectos, tres laureados y distinguidos con un diploma se vieron sorprendidos por un incidente fortuito. Un agresivo can, al ser acariciado, montó en cólera y clavó sus dientes en la mano de quien ostenta el diploma al esfuerzo constante. Inmediatamente el equipo médico, también con diplomas, entró en acción. La diplomada al mérito curativo y la diplomada de todo corazón demostraron que los títulos se dan por algo. A las pruebas nos remitimos. Eficacia probada que es confirmada con el título de rigor.
Poco a poco las personas fueron marchando con ese sabor de boca que deja el haber colaborado entre todos a crear ese ambiente que nos distingue y que se confirma en actos como éste. Un eminente y distinguido deportista, y buen montañero, asistente a la comida por primera vez, comentó que había quedado maravillado del poder de convocatoria.
Antes de acabar, agradecer a todas las personas la colaboración general, y en especial a los tres GRmanos vecinos del lugar de autos (María, Rafael y Fidel). Más que nada, comentarles que vayan reservando el sitio para el año que viene.
Desde aquí, desearos un buen verano y, en especial, a las personas lesionadas o convalecientes de alguna operación.
¡Salud!
Evaristo
Terrassa, 18 de junio de 2006
Texto número 51 de http://afondonatural.blogspot.com
Mayoritaria participación en la tradicional comida de hermandad
GRmanos y GRmanas,
No había urnas allí pero sí se dio una asistencia mayoritaria de personas que se congregaron en torno a dos grandes paelleras, en las que “las papeletas” allí introducidas eran condumios variados del género animal y vegetal.
En el fondo, se trataba de decir que sí se acababa la temporada 2005-2006, que sí seguía adelante GRMANIA después de diez años, que sí era importante caminar y compartir y que sí estaban excelentes el arroz, los aperitivos, bebidas, postres y otras ingestas que por allí se pasearon.
No, esta vez no fue necesaria una puntualidad absoluta, no había que llevar mochila aunque sí los ingredientes necesarios, no esperaba el autobús y no era en la chimenea donde se encontraba el punto de partida.
El perfil del recorrido no necesitaba GPS ni los exactos cálculos de quien sabe tanto de esto y que fue condecorado por ello. Tampoco tuvo que intervenir el diplomado en orientación para llegar al lugar de concentración. Desde Terrassa la etapa atravesó la riera de Gaià, dejó a un lado la fábrica Sony para, en un quiebro a la derecha y, luego, giro a la izquierda (a dónde sino), volver a la derecha, ligera subida asfáltica, entrada a las primeras casas de Viladecavalls, fuerte rampa a la derecha siguiendo las señales de la urbanización “La Planassa”, giro de nuevo a la izquierda con el cementerio enfrente, fuerte descenso y, ya al final y a la derecha, el nuevo entorno daría paso al principio del acto social.
Nuestros Grmanos residentes en la zona hace tiempo que se habían fijado en los locales de la asociación de vecinos para que éstos acogieran a tan distinguidos comensales concelebrantes de una eucaristía tan multitudinaria. Las instalaciones, excelentes, aptas para la disposición de las dos filas de mesas necesarias para el ágape.
El momento no se prestó al desgaste de fuerzas ni tampoco de las pistas deportivas de al lado. No hubo tentaciones a bajar al ruedo futbolístico, ni siquiera para disputar ese tópico partido después de los postres, con enfrentamiento entre solteros y casados, solteras y casadas, divorciados y divorciadas, y cualquier otra variante ya normalizada del género humano que aquí no figure.
Quienes llegaron en primer lugar observaron las neveras llenas de vinos espumosos rosados traídos para la ocasión de la ya tradicional bodega del Baix Penedès. Pertenecían a un laureado diplomado humorístico que nunca se olvida de mojarnos el gaznate con ese buen vino. El tintineo de las botellas dio paso a la progresiva incorporación de bolsas y más bolsas, herramientas, garrafas, palas, paelleras, cajas y otros ingredientes necesarios para que los delantales pudieran iniciar la faena.
Después del ejercicio electoral de muchas personas allí congregadas, tamaño desgaste mental dirimiendo entre el sí o el no o todo lo contrario debía ser recompensado con buenos aperitivos, excelente arroz e inmejorables postres. Como, al parecer, tampoco se preveía una estampida inmediata después de los postres, los gaznates trasegaron licores variados, combinaciones etílicos que bien pudieran habernos hecho gastar muchos puntos, si ya estuviéramos en julio y un chupete en manos de la especie “mosso d’esquadra” nos hubiera hecho soplar.
Los preparativos fueron inmediatos. Las mesas luego se vieron engalanadas con manteles, platos y otra utillería de plástico. Como de estética sólo no se vive, pronto aparecieron platos y más platos de muchos de esos productos que otras veces debemos llevar dentro de las mochilas, o en medio de esa estructura de un pan con una incisión en medio relleno de variados productos. No bocadillos y sí platillos, no botellines y sí botellas.
Tampoco uno podía conformarse sólo con los entrantes. Manos a la obra, orden y concierto. La habitual estructura de preparativos para el arroz puso todos los ingredientes a punto. Siempre pasa lo mismo: la expectación suele girar en torno a quién corta la cebolla y qué tamaño tienen los trozos resultantes. La solución pasa por ese experto que, como responsable en riesgos laborales en su colegio, se presenta con gafas protectoras de sol y consolida su experiencia con las cebollas con una precisión mejorable. Mientras, fuera, un grupo olfatea dónde colocar las paelleras. Zapadores de élite tiran cuerdas, se encaraman a una escalera, suben muros, atan cuerdas a farolas y extienden una lona para proteger al arroz y a los cocineros de una fuerte insolación. Luego, para que el viento no voltee ese paraguas ocasional, se dedican al ejercicio de tiro de precisión de piedras y colocarlas en el centro del entoldado.
Instalado todo, con mesa de apoyo para ingredientes, se pone en marcha un ejercicio de adivinación del recorrido del sol en las próximas horas. Muchos ojos miran al astro rey, muchos conocimientos se ponen en marcha hasta que alguien acude al socorrido palo para dibujar una supuesta línea en la arena. División de opiniones hasta que nuestro experto en astros demuestra sus lecciones aprendidas y da por zanjado el tema, a pesar de que alguien dice que se mueve mejor por los astros nocturnos que por los diurnos.
Siguiente paso. Cómo encender los fuegos para poner la operación de cocción en marcha. La ley de nuestra ministra Elena Salgado ha hecho casi desaparecer la especie fumadora y, quienes antes aspiraban cilindrines y otras teas y picaduras, ahora ya no se les ocurre ni por asomo saber dónde hay una cerilla. De todas formas, también hubo algunos deportistas que, en esta comida, alardearon de aspirar humos de buenos vegueros, o presumir de un oloroso habano en el bolsillo de la camisa. Pero no, no salía el fuego deseado. Momentos después, aunque estábamos cerca del bosque y debajo del cementerio, se pudo encender la llama salvadora.
Los dos expertos cocineros quisieron ensayar una nueva metodología culinaria de la misma receta gastronómica. Llegaron al acuerdo de dividir las cocciones y dedicar una paellera para productos animales y la otra para vegetales. No era por aquello de separación de carnívoros y herbívoros (perdón, vegetarianos) sino para probar nuevas formas, y qué mejor que en este momento, cuando uno de nuestros cocineros estrella no pudo acudir a la cita anual por estar inmerso en otras catas.
Por el olor los conoceréis y, claro, no es lo mismo la fragancia de los frutos del mar y animales de tierra que las frituras de los vegetales. Después, la alquimia profesional hizo que se combinaran los sabores y los ingredientes y se confirmara una vez más esa propiedad matemática que dice que el orden de ingredientes no altera el producto final. Excelente el resultado y excelente nota en los contenidos procedimentales. El calor, por otra parte, provocó el consabido clic de las latas de cerveza, las botellas que se vaciaban y los platillos de aperitivos que se paseaban al alcance del mejor postor.
El inexistente servicio de protocolo no pudo conseguir que la silla roja de cabecera de la mesa fuera ocupada por quien, casualidades de la vida, venía con camisa encarnada en un día electoral. Quedó vacía en toda la comida. Todo transcurrió con la normalidad habitual de un acto en el que prima la hermandad, el buen rollo y esos mensajes que suelen aparecer en los textos de tantos versos de nuestro rapsoda o en tantos diplomas como se han dado. Bebidas de muchas clases ayudaban a ingerir la paella. Con el buen regusto del trabajo bien hecho, los postres demostraron que también siguen siendo un punto fuerte de GRMANIA. Tras las lujuriosas y sabrosas cerezas vino un postre especial preparado por nuestra experta en delicatesems varias, cocas y otros postres a cargo de buenas cocineras, helados de gustos varios y…celebraciones y condecoraciones.
Diez años han dado para mucho. Quienes lo podemos evaluar somos todos y todas, son los recuerdos, la web y también esos inmejorables versos de nuestro estimado experto. Y, a quienes evaluaron como que progresan muy adecuadamente, son esas siete personas condecoradas en público. No obstante, ya se empezaban a ver gestos de aspirantes a la distinción del año que viene. Otros, sin embargo, como ya están condecorados, echan de menos otros alicientes honoríficos y, aviso a navegantes, el año que viene se pondrá en marcha la COME (Comisión de Medallas), con la entrega de la Jarra de GRMANIA a quien destaque por su heroicidad y servicio.
Después, tras el encendido de algunos puros, el descorche de aguardientes varios y un veterano brandy de cuarenta años de antigüedad, la distendida conversación fue variada mientras los cafés enervaban los ánimos ya parlanchines debido a los brebajes etílicos.
No pudieron faltar referencias a las elecciones y qué mejor que reproducir aquí las enseñanzas de dos distinguidos y reflexivos GRmanos. Su lección política decía que votar a un partido político se parece a comprar un CD: lo compras porque te gustan algunas canciones pero otras no y, sin embargo, lo has comprado entero (hubo que matizarles que con el e-mule esto ya no pasa).
También hubo repaso a estivales destinos turísticos de GRMANIA: urbi et orbi. Cada año las huestes andarinas se extienden por más lugares: Brasil, China, Cuba, El Estado español (o como se llame), Italia, Portugal, etc.
Y, en medio de tantos proyectos, tres laureados y distinguidos con un diploma se vieron sorprendidos por un incidente fortuito. Un agresivo can, al ser acariciado, montó en cólera y clavó sus dientes en la mano de quien ostenta el diploma al esfuerzo constante. Inmediatamente el equipo médico, también con diplomas, entró en acción. La diplomada al mérito curativo y la diplomada de todo corazón demostraron que los títulos se dan por algo. A las pruebas nos remitimos. Eficacia probada que es confirmada con el título de rigor.
Poco a poco las personas fueron marchando con ese sabor de boca que deja el haber colaborado entre todos a crear ese ambiente que nos distingue y que se confirma en actos como éste. Un eminente y distinguido deportista, y buen montañero, asistente a la comida por primera vez, comentó que había quedado maravillado del poder de convocatoria.
Antes de acabar, agradecer a todas las personas la colaboración general, y en especial a los tres GRmanos vecinos del lugar de autos (María, Rafael y Fidel). Más que nada, comentarles que vayan reservando el sitio para el año que viene.
Desde aquí, desearos un buen verano y, en especial, a las personas lesionadas o convalecientes de alguna operación.
¡Salud!
Evaristo
Terrassa, 18 de junio de 2006
Texto número 51 de http://afondonatural.blogspot.com
domingo, 4 de junio de 2006
Etapa 5 del GR 92: de Torroella de Montgrí a Cala Mongó
El impacto en la vista y en los tobillos del macizo del Montgrí
GRmanos y GRmanas,
La pareja brasileña de la tercera edad que permanecía en la parada del autobús no salía de su asombro cuando su tranquila espera se vio turbada por un apelotonamiento grupal y por los nerviosos paseos de quien controla el servicio de autobús. El viaje de cierre de temporada podía verse alterado por una confusión de vehículo, hecho que provocaría supuestas personas sobrantes, o sea, sin espacio legal para asentar sus reales posaderas. El error en el cambio de uno de 37 por el presente de 30 plazas se vio recompensado por esas hadas que ayudan en estas tareas. Es la ley de Murphi pero en sentido positivo (una utopía, vaya).
Las bajas de ultimísima hora, algunas sin la correspondiente justificación verbal hecha con antelación y otra por despiste de fechas, propiciaron que no hubiera que acudir a otras estrategias para salvar la papeleta y evitar una trifulca oral de altos decibelios. Los abuelos brasileños notaron luego la habitual tranquilidad en GRMANIA y pudieron esperar a su autobús para, según ellos, ir a Andorra con el sosiego necesario para elegir el Sombrero de Copas adecuado.
Al parecer, las últimas cifras de los viajes confirman cierta estabilidad en torno a 30 plazas. También es cierto que nos gustaría traspasar esta horquilla con la grata compañía de personas que convalecen de arreglos de bisagras varias, ajustes óseos diversos y otras operaciones de “chapa y pintura” para pasar la ITV necesaria que les permita acudir a las etapas de GR sin los ya normales chirridos propios de la edad . Sus experiencias en estos menesteres nos servirán a quienes, tarde o temprano, acabaremos en parecidos “talleres”. Deseamos su pronta recuperación.
Además, entre las gratas sorpresas de este escribiente, hoy domingo apareció una entre tanta acumulación de correos electrónicos. Era la grata fotografía de una nueva GRMANA, Eva García Arnau. Un anhelo de nuestro destacado responsable de salidas especiales que este verano se hará realidad. Esperamos que pronto también sea colmada la espera de otra persona del grupo y también conozcamos a la segunda niña, ambas se supone que continuadoras del actual espíritu GRMANO.
El último viaje de la temporada a tierras de l’Empordà partió hacia su destino por la vía habitual con la intención de hacer la etapa en sentido contrario, todo por el bien de la higiene colectiva y para facilitar el enjuague de los sudores y otros efluvios corporales en una de las calas típicas de tan brava costa. Un recorrido que puso a prueba los actos reflejos del pie para sortear tantas piedras como había y proteger los tobillos de torceduras, esguinces y posteriores bajas laborales. Realmente fue casi un trabajo de la nueva “nanotecnología” cuando cada paso significaba buscar instintivamente los centímetros justos para poner el pie, o pisar la piedra por el reborde justo, o calibrar si ésta se mueve o no, o bien calcular si ese desgaste brillante debido a tantas pisadas anteriores no provocaría un corrimiento descendente de la zapatilla que te haría zozobrar y sentir el temible “crac-crac” de la lesión de rigor. Pero no. Nadie incumplió lo que le dictaba su experiencia andarina y los tobillos salieron reforzados de la prueba de caminar por el Montgrí.
Girona, Celrà, la carretera en dirección a La Bisbal, más allá a la derecha el castillo de Púbol, entorno daliniano donde está enterrada su amada Gala Dalí (se supone que ya sin amantes) y giro a la izquierda para entrar en los diez kilómetros de carretera local que nos dejarían en Torroella de Montgrí. Un paisaje que ya nos enseñaba en lontananza el perfil del macizo, coronado por la silueta de un castillo que, a medida que nos acercábamos, se definía más como tal y como destino ascendente inicial de la etapa. Mientras, los campos del Baix Empordà mostraban las incipientes cabezas helicoidales de los girasoles subvencionados, las hileras de árboles frutales a cada lado, las redes protectoras contra el pedrisco y, más allá a la izquierda, otro más moderno color verde acorde con los nuevos usos del suelo agrícola. Un pequeño campo de golf enseñaba su tonalidad verdosa tratada para la ocasión, con suaves subidas y bajadas y aún sin jugadores.
Torroella ded Montgrí, capital de la comarca, situada a la sombra del macizo que le da el apellido, con una iglesia que acoge cada año su afamado festival internacional de música estival, con las aguas finales del Ter antes de su desembocadura, el museo de Can Quintana, el convento de los Agustinos, desde esta población partimos hacia el castillo. Y allí, al lado de un restaurante que se autoanunciaba como experto en cocina de temporada y del territorio, apareció un madrugador intercultural, con camiseta chillona que daba vida a su negra piel, que se refugiaba ante la caída de agua del piso superior de aquella casa. Un toque extraterritorial para habitantes ya de aquí, muy a pesar de esos peperos que les ven como globales delincuentes, aunque sean aquellos los promotores de tierras míticas y de marbellas varias.
La ascensión al castillo fue tranquila para todos excepto para los primeros de la fila y para una figura atlética que apareció al final y despareció en un momento. Según alegó el sujeto que subía corriendo, se estaba preparando para las cien millas del Himalaya, en octubre próximo. Nosotros, mientras, ya admirábamos desde los 315 metros de altura sobre el nivel de aquel mar de al lado un castillo muy bien restaurado en 1988, construido por el rey Jaime II entre 1294 y 1301, de planta cuadrangular con cuatro torres, de un estilo de transición entre el románico y el gótico. Los de más vértigo agradecimos las medidas de seguridad que facilitaban la subida y la contemplación de los límites entre el Baix i l’Alt Empordà.
Un extenso territorio donde imperaba a sus anchas la familia Torroella en el siglo XI, con los privilegios que os suponéis. Una población que tuvo su apogeo en el siglo XIV, cuando fue el principal centro de l’Empordà y descanso de los reyes. Nuestra ascensión nos permitió admirar las dos vertientes del macizo del Montgrí. Parcelas de terreno que conforman continuas cuadrículas de los colores ya amarillentos del cereal con el verde de los frutales, girasoles y encharcados arrozales. Siguiendo el curso del Ter se observa su desembocadura en la playa de l’Estartit, cerca de donde un Grmano hoy ausente se asienta en verano, descansa de su continua actividad teatral y se disfraza de lobo de mar con barca (que no cayuco) para descubrir los paisajes de las islas Medes, donde tantas inmersiones submarinas hizo en sus tiempos jóvenes.
Al abrigo del castillo, el almuerzo gozó de buenas vistas y mejores botas hacia estos grandes espacios, con los límites de la playa que marca el cap de Begur al fondo y, cerca, las puntas de las Medes en un entorno de un parque natural submarino de alto valor ecológico. El descenso puso a prueba los tobillos, los cuales no pararon de ser sometidos a las presiones propias de las piedras que conforman esa costa brava tan admirada.
La bajada fue por los restos de un bosque no se sabe cuántas veces quemado, con una supuesta caseta de observación que debe hacerlo ella sola (no se veían observadores humanos en su interior) y un pronunciado descenso hasta el área recreativa llamada Caseta de Dunes. Un espacio para abrevar de la fuente pública, con arena y sedimentos dejados por los ríos Muga y Fluvià, los cuales fueron asentados y fijados en el siglo XIX con los pinos que nos daban sombra. Cerca, la iglesia de Santa Caterina.
Ya en superficie plana, el viaje discurría hacia el destino final por la llamada “Ruta del Vent”, un camino compartido por la susodicha ruta y por el GR 92. Las vistas se veían salpicadas por el mar y por varios bunkers de la época guerrera, aquella que dio paso a las conquistas turísticas posteriores. Ahora aquellos camuflados puntos de defensa se ven muy superados por los vistosos atentados al medio ambiente, símbolos del culto al turismo desmesurado, la especulación y la fiebre de tener una segunda residencia como patrimonio casi indispensable, aunque los grandes espacios naturales se vean desdibujados por tanta artificialidad de tan mal gusto para ser ocupados veinte días al año.
Ya cerca del final, poco a poco la ruta nos acercaba a los acantilados verticales de esta costa, el olor a agua de mar nos embargaba mientras todo era vigilar dónde ponías el pie, tensabas los tendones y ajustabas las pisadas. Íbamos por un camino de Ronda, esos que giran las calas, las muestran desde arriba, te hacen rodear los acantilados, ascender y descender mientras algunos cuerpos empiezan a tostarse al sol, cubiertos o no con esas tiras estivales que, algunas, su precio se dispara en proporción inversa al tamaño del textil.
Nosotros nos descuidamos los tangas y tuvimos que presumir de modelos varios que introdujimos en las aguas frías de Cala Montgó, un placer para las posibles agujetas de las piernas, un gozo para las varices y para las plantas de los pies. La ocupación de la playa por parte de GRMANIA parecía un campamento de la antigua OJE o Sección Femenina, con las mochilas en el centro y los cuerpos al sol a los lados. La mayoría bañados por fuera, una minoría sólo por dentro en el chiringuito de al lado y una selección por dentro y por fuera, todos partimos hacia nuestros orígenes, es decir, al punto de salida en Torroella de Montgrí, a la búsqueda de un bar con precios populares.
Después de la tranquila comida en una terraza con vistas al castillo de Montgrí, degustación de jarras y de nísperos y cerezas de producción propia, la partida hacia Terrassa no permitió estirar las sesteantes piernas con una rápida subida y bajada al susodicho montículo. Sí se comprobó, en cambio, algún mareo de alguna Grmana docta en las artes del baño a grandes profundidades protegida por neoprenos de calidad superior. A pelo, los baños cambian y las temperaturas también. Detrás de ella, en el autocar pudimos apreciar cómo otra persona era venteada muy cuidadosamente con una toalla para alivio de otro conato de mareo. Al final, ambas llegaron recuperadas y, quienes soñaron en sus asientos con Morfeo, también. En el fondo, los sueños, sueños son (que diría quien lo pronunció hace siglos).
Final de curso escolar andarín y principio de la planificación del tradicional viaje veraniego. Qué mejor que acudir al escritor Italo Calvinho para que ideas ajenas alimenten ignorancias propias:
“Vete de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad. Después vuelve a decirme si mi sueño responde a la verdad”, le dice el emperador Kubblai Khan a Marco Polo en el libro de Italo Calvinho “Las ciudades invisibles”.
Evaristo
Terrassa, 4 de junio de 2006
GRmanos y GRmanas,
La pareja brasileña de la tercera edad que permanecía en la parada del autobús no salía de su asombro cuando su tranquila espera se vio turbada por un apelotonamiento grupal y por los nerviosos paseos de quien controla el servicio de autobús. El viaje de cierre de temporada podía verse alterado por una confusión de vehículo, hecho que provocaría supuestas personas sobrantes, o sea, sin espacio legal para asentar sus reales posaderas. El error en el cambio de uno de 37 por el presente de 30 plazas se vio recompensado por esas hadas que ayudan en estas tareas. Es la ley de Murphi pero en sentido positivo (una utopía, vaya).
Las bajas de ultimísima hora, algunas sin la correspondiente justificación verbal hecha con antelación y otra por despiste de fechas, propiciaron que no hubiera que acudir a otras estrategias para salvar la papeleta y evitar una trifulca oral de altos decibelios. Los abuelos brasileños notaron luego la habitual tranquilidad en GRMANIA y pudieron esperar a su autobús para, según ellos, ir a Andorra con el sosiego necesario para elegir el Sombrero de Copas adecuado.
Al parecer, las últimas cifras de los viajes confirman cierta estabilidad en torno a 30 plazas. También es cierto que nos gustaría traspasar esta horquilla con la grata compañía de personas que convalecen de arreglos de bisagras varias, ajustes óseos diversos y otras operaciones de “chapa y pintura” para pasar la ITV necesaria que les permita acudir a las etapas de GR sin los ya normales chirridos propios de la edad . Sus experiencias en estos menesteres nos servirán a quienes, tarde o temprano, acabaremos en parecidos “talleres”. Deseamos su pronta recuperación.
Además, entre las gratas sorpresas de este escribiente, hoy domingo apareció una entre tanta acumulación de correos electrónicos. Era la grata fotografía de una nueva GRMANA, Eva García Arnau. Un anhelo de nuestro destacado responsable de salidas especiales que este verano se hará realidad. Esperamos que pronto también sea colmada la espera de otra persona del grupo y también conozcamos a la segunda niña, ambas se supone que continuadoras del actual espíritu GRMANO.
El último viaje de la temporada a tierras de l’Empordà partió hacia su destino por la vía habitual con la intención de hacer la etapa en sentido contrario, todo por el bien de la higiene colectiva y para facilitar el enjuague de los sudores y otros efluvios corporales en una de las calas típicas de tan brava costa. Un recorrido que puso a prueba los actos reflejos del pie para sortear tantas piedras como había y proteger los tobillos de torceduras, esguinces y posteriores bajas laborales. Realmente fue casi un trabajo de la nueva “nanotecnología” cuando cada paso significaba buscar instintivamente los centímetros justos para poner el pie, o pisar la piedra por el reborde justo, o calibrar si ésta se mueve o no, o bien calcular si ese desgaste brillante debido a tantas pisadas anteriores no provocaría un corrimiento descendente de la zapatilla que te haría zozobrar y sentir el temible “crac-crac” de la lesión de rigor. Pero no. Nadie incumplió lo que le dictaba su experiencia andarina y los tobillos salieron reforzados de la prueba de caminar por el Montgrí.
Girona, Celrà, la carretera en dirección a La Bisbal, más allá a la derecha el castillo de Púbol, entorno daliniano donde está enterrada su amada Gala Dalí (se supone que ya sin amantes) y giro a la izquierda para entrar en los diez kilómetros de carretera local que nos dejarían en Torroella de Montgrí. Un paisaje que ya nos enseñaba en lontananza el perfil del macizo, coronado por la silueta de un castillo que, a medida que nos acercábamos, se definía más como tal y como destino ascendente inicial de la etapa. Mientras, los campos del Baix Empordà mostraban las incipientes cabezas helicoidales de los girasoles subvencionados, las hileras de árboles frutales a cada lado, las redes protectoras contra el pedrisco y, más allá a la izquierda, otro más moderno color verde acorde con los nuevos usos del suelo agrícola. Un pequeño campo de golf enseñaba su tonalidad verdosa tratada para la ocasión, con suaves subidas y bajadas y aún sin jugadores.
Torroella ded Montgrí, capital de la comarca, situada a la sombra del macizo que le da el apellido, con una iglesia que acoge cada año su afamado festival internacional de música estival, con las aguas finales del Ter antes de su desembocadura, el museo de Can Quintana, el convento de los Agustinos, desde esta población partimos hacia el castillo. Y allí, al lado de un restaurante que se autoanunciaba como experto en cocina de temporada y del territorio, apareció un madrugador intercultural, con camiseta chillona que daba vida a su negra piel, que se refugiaba ante la caída de agua del piso superior de aquella casa. Un toque extraterritorial para habitantes ya de aquí, muy a pesar de esos peperos que les ven como globales delincuentes, aunque sean aquellos los promotores de tierras míticas y de marbellas varias.
La ascensión al castillo fue tranquila para todos excepto para los primeros de la fila y para una figura atlética que apareció al final y despareció en un momento. Según alegó el sujeto que subía corriendo, se estaba preparando para las cien millas del Himalaya, en octubre próximo. Nosotros, mientras, ya admirábamos desde los 315 metros de altura sobre el nivel de aquel mar de al lado un castillo muy bien restaurado en 1988, construido por el rey Jaime II entre 1294 y 1301, de planta cuadrangular con cuatro torres, de un estilo de transición entre el románico y el gótico. Los de más vértigo agradecimos las medidas de seguridad que facilitaban la subida y la contemplación de los límites entre el Baix i l’Alt Empordà.
Un extenso territorio donde imperaba a sus anchas la familia Torroella en el siglo XI, con los privilegios que os suponéis. Una población que tuvo su apogeo en el siglo XIV, cuando fue el principal centro de l’Empordà y descanso de los reyes. Nuestra ascensión nos permitió admirar las dos vertientes del macizo del Montgrí. Parcelas de terreno que conforman continuas cuadrículas de los colores ya amarillentos del cereal con el verde de los frutales, girasoles y encharcados arrozales. Siguiendo el curso del Ter se observa su desembocadura en la playa de l’Estartit, cerca de donde un Grmano hoy ausente se asienta en verano, descansa de su continua actividad teatral y se disfraza de lobo de mar con barca (que no cayuco) para descubrir los paisajes de las islas Medes, donde tantas inmersiones submarinas hizo en sus tiempos jóvenes.
Al abrigo del castillo, el almuerzo gozó de buenas vistas y mejores botas hacia estos grandes espacios, con los límites de la playa que marca el cap de Begur al fondo y, cerca, las puntas de las Medes en un entorno de un parque natural submarino de alto valor ecológico. El descenso puso a prueba los tobillos, los cuales no pararon de ser sometidos a las presiones propias de las piedras que conforman esa costa brava tan admirada.
La bajada fue por los restos de un bosque no se sabe cuántas veces quemado, con una supuesta caseta de observación que debe hacerlo ella sola (no se veían observadores humanos en su interior) y un pronunciado descenso hasta el área recreativa llamada Caseta de Dunes. Un espacio para abrevar de la fuente pública, con arena y sedimentos dejados por los ríos Muga y Fluvià, los cuales fueron asentados y fijados en el siglo XIX con los pinos que nos daban sombra. Cerca, la iglesia de Santa Caterina.
Ya en superficie plana, el viaje discurría hacia el destino final por la llamada “Ruta del Vent”, un camino compartido por la susodicha ruta y por el GR 92. Las vistas se veían salpicadas por el mar y por varios bunkers de la época guerrera, aquella que dio paso a las conquistas turísticas posteriores. Ahora aquellos camuflados puntos de defensa se ven muy superados por los vistosos atentados al medio ambiente, símbolos del culto al turismo desmesurado, la especulación y la fiebre de tener una segunda residencia como patrimonio casi indispensable, aunque los grandes espacios naturales se vean desdibujados por tanta artificialidad de tan mal gusto para ser ocupados veinte días al año.
Ya cerca del final, poco a poco la ruta nos acercaba a los acantilados verticales de esta costa, el olor a agua de mar nos embargaba mientras todo era vigilar dónde ponías el pie, tensabas los tendones y ajustabas las pisadas. Íbamos por un camino de Ronda, esos que giran las calas, las muestran desde arriba, te hacen rodear los acantilados, ascender y descender mientras algunos cuerpos empiezan a tostarse al sol, cubiertos o no con esas tiras estivales que, algunas, su precio se dispara en proporción inversa al tamaño del textil.
Nosotros nos descuidamos los tangas y tuvimos que presumir de modelos varios que introdujimos en las aguas frías de Cala Montgó, un placer para las posibles agujetas de las piernas, un gozo para las varices y para las plantas de los pies. La ocupación de la playa por parte de GRMANIA parecía un campamento de la antigua OJE o Sección Femenina, con las mochilas en el centro y los cuerpos al sol a los lados. La mayoría bañados por fuera, una minoría sólo por dentro en el chiringuito de al lado y una selección por dentro y por fuera, todos partimos hacia nuestros orígenes, es decir, al punto de salida en Torroella de Montgrí, a la búsqueda de un bar con precios populares.
Después de la tranquila comida en una terraza con vistas al castillo de Montgrí, degustación de jarras y de nísperos y cerezas de producción propia, la partida hacia Terrassa no permitió estirar las sesteantes piernas con una rápida subida y bajada al susodicho montículo. Sí se comprobó, en cambio, algún mareo de alguna Grmana docta en las artes del baño a grandes profundidades protegida por neoprenos de calidad superior. A pelo, los baños cambian y las temperaturas también. Detrás de ella, en el autocar pudimos apreciar cómo otra persona era venteada muy cuidadosamente con una toalla para alivio de otro conato de mareo. Al final, ambas llegaron recuperadas y, quienes soñaron en sus asientos con Morfeo, también. En el fondo, los sueños, sueños son (que diría quien lo pronunció hace siglos).
Final de curso escolar andarín y principio de la planificación del tradicional viaje veraniego. Qué mejor que acudir al escritor Italo Calvinho para que ideas ajenas alimenten ignorancias propias:
“Vete de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad. Después vuelve a decirme si mi sueño responde a la verdad”, le dice el emperador Kubblai Khan a Marco Polo en el libro de Italo Calvinho “Las ciudades invisibles”.
Evaristo
Terrassa, 4 de junio de 2006
domingo, 23 de abril de 2006
Etapa 3 del GR92, de Roses a El Cortalet
Por el remanso natural de la histórica bahía de Roses
GRmanos y GRmanas,
“Yo soy yo y mis circunstancias”, he ahí la cita orteguiana que justifica el continuo baile de cifras de asistencia a la última etapa, un problema con el que tuvo que lidiar nuestro jefe de personal, a quien felicitmos en el día de Sant Jordi. Del máximo posible se pasó a la habitual estabilidad. Las circunstancias personales y familiares hicieron que la horquilla numérica de desbocara en un principio para serenarse y aposentarse, y así evitar el vivir al borde de un ataque de nervios de quien se cuida de estos menesteres. Un saludo a las nuevas incorporaciones y un mensaje de ánimo a quienes por problemas de enfermedades o de compromisos diversos no pudieron asistir.
En diversos mentideros se sugería estabilidad de cifras, no aumentar la lista de interinos, sustitutos y números cero de esta larga enumeración de fieles de GRMANIA. Incluso un miembro propuso que quien quiera pertenecer a esta logia andarina deba esperar hasta el “cambio generacional”; dicho en Román paladino, cuando nos retiremos los y las personas actuales. Dejamos para la broma otra idea más contundente de otro Grmano sobre cómo mermar al sector masculino del grupo y facilitarle a cada miembro saliente su nueva tarjeta de “Bienvenido al club de la petanca”. Lo sugería, más que nada, por aumentar el sector femenino del grupo. Otra sugerencia, ésta más funcional, es que por culpa de la cultura nos hemos quedado sin el habitual aparcamiento. El edificio de la supuesta nueva biblioteca del distrito de La Maurina ha provocado la búsqueda de suelo libre (aún no urbanizable) para estacionar los carruajes mecánicos a tan temprana hora. Aunque alguien ya ha sugerido una propuesta, se abre la plica del concurso de ideas de cara a la próxima temporada.
Un día previo al 23 de abril en el que estrenamos nuevo autocar de 40 plazas, observamos la habitual tercera edad tan excursionista y nos sentimos halagados por esas marquesinas publicitarias tan primaverales, en las que se observan féminas de la primera edad que enseñan los efectos de tantas milagrosas cremas en sus zonas más nobles. Piel más joven para más tiempo o piel de naranja más pulida. También se ve algún hombre mostrándose no en paños menores y hasta niños de uso publicitario. Habrá que confiar en sus consejos. O no.
No cabe duda de que en día tan señalado como el de la etapa, previo a Sant Jordi, hubo quienes recordaron y añoraron el detalle institucional de regalar una rosa y un libro entre GRMANIA. Mentes con ansias de cultura creyeron que volverían a recibir otro regalo y se consolaron con sugerir que el detalle del año pasado quede ya como anual tradición. Habrá que nombrar una nueva comisión al efecto.
Menos mal que aún debe durar El Quijote del año pasado. Tal libro fue traducido en pedaladas y sudores por algunos GRmanos que pasearon su nivel físico por las Lagunas de Ruidera y los Campos de Criptana, doscientos kilómetros sin atender los movimientos de los viejos gigantes (molinos de viento) aunque sí se rindieron a prestar su imagen a la personificación de Don Quijote y Sancho con sus dos resplandecientes rostros. Observadores díscolos se fijaron en las piernas de ambos individuos que asomaban por debajo.
Esta foto, sin embargo, se completó con la otra imagen vacacional, otras caras de un viaje a los Picos de Europa en el que tres modelos se retratan en un excelente contrapicado, casi sacados de los archivos de una agencia de modelos en altura.
La bahía de Roses nos recibió con su habitual fortificación romana a la izquierda (La Ciudadela) y con la Venecia catalana a la derecha. La Venecia o una más de tantas Marbellas como deben haber aún. Porque en Empuriabrava, por haber debe existir materia para varios peinados fiscales a fondo. Dejemos a las mafias de los canales artificiales porque el día amanecía en la histórica bahía con una tenue luz, con extranjeros deportistas, paseantes varios y canes necesitados de paseos obligados.
Pronto este mar por donde tantas civilizaciones dicen haber entrado lo cambiamos por el espacio natural, con canales de los de verdad. Los aledaños del Parque natural dels Aiguamolls de l’Empordà aún aguantan las embestidas de grúas y similares. Allí, en esta zona pantanosa con marismas y canales, aún te puedes situar en caminos cuya vegetación oculta las barbaridades del ladrillo costero y te sumerge en un remanso natural único. Caminos llanos y amplios bordeados por sombras arbóreas, por cañizales que se mecen por el viento y con los sonidos de tantos pájaros de los de verdad. Son los encargados de amenizarnos el paso con ese hilo musical natural. Ellos le ponen sonidos a la primavera, en medio de campos de cereales, tierras labradas que esperan el maíz (¿transgénico?), pequeñas carreteras locales que aparecen sin verse antes, árboles frutales aún en flor, labradores con enormes tractores y las habituales granjas porcinas que reconocemos a distancia por sus peculiares aromas.
La situación nuestra dentro del terreno agrícola de la zona provocaba un curioso efecto óptico a medida que avanzábamos hacia el destino final si uno se fijaba en el punto de partida, en la zona del mar y en el semicírculo que se trazaba mientras avanzábamos. Era avanzar para casi retroceder, alejarse del mar para acercarse, todo entre unas lejanas montañas a la espalda y ese mar que se entreveía al fondo. Y, en medio, el remanso natural, esos carteles que repetían que estábamos en una reserva natural de caza y pesca. Que no sea por denominaciones también aquí: parque natural, reserva integral, reserva natural, paraje natural de interés nacional. ¿Cómo distinguir tantos matices semánticos?
Mucho verde, tanto que a la hora del desayuno nos situamos después de pasar un puente artificial de madera, en una curva del camino donde los primeros se habían alineado por imperativo de unas maderas colocadas en forma de L, con el habitual movimiento de mandíbulas y botas. Parecía uno de esos rincones creados en una zona de gran frondosidad para descansos, refrigerios o refriegas varias.
El camino se dirigió hacia otro pueblo histórico, Castelló d’Empúries,, villa medieval que tiene la iglesia de Santa Maria, gótica, iglesia que algunos denominan “la catedral de l’Empordà” (recordad: Lois en León tiene “la catedral de la montaña”). Pero quienes nos recibieron fueron unos operarios que trabajaban en medio de un intenso olor, al lado de una sala de despiece de aves del parque, de unos lavaderos públicos y, hablando de agua, junto a la calle Monturiol (¿el catalán del submarino?). Este pueblo sirvió para aprovisionarse de parches y curar a una Grmana con problemas en los pies. Llamaban la atención unos carteles distribuidos en forma de esquelas por el pueblo con el curioso título: “Què és la mort?”. Un poco más allá, otro cartel que aludía a tarjetas con premio seguro hacia su destino preferido. ¿Se relacionarían ambos mensajes publicitarios?
De salida, el río La Muga nos enseñó un puente de madera reciclado con asfalto encima y nos permitió seguir su curso por el camino natural de tal río. Unos abuelos nos guiaron mejor que el más exacto GPS por dónde debíamos ir y tantas modernas carreteras confirmaron su efecto frontera (a veces desorientadora) para quienes aún se atreven a ir a pie siguiendo marcas. En esta zona, ya cercana al fin de la etapa, había viejas masías abandonadas, campos de trigo adornados por las encarnadas amapolas, tres subsaharianos encaramados a una plataforma elevadora para podar árboles altos y un nativo que les impartía órdenes o instrucciones de uso. A lo lejos aún se veía el cemento playero mientras nos acercábamos a la valla que controlaba el paso de vehículos a la zona de interpretación del parque natural.
El oasis de la cultura en plafones que te descubre qué ves donde estás, es la puerta de entrada a un espacio de 4.703 hectáreas, de las cuales 825 son reserva integral estrictamente protegida. El remanso natural tan protegido nos ofreció sombra y las habituales aves que caracterizan al parque y que no habían marchado aún, parecían ser de uso turístico. Las cigüeñas cumplieron bien su papel y también algunos patos (no, no eran a la naranja como algún gastrónomo dijo allí entre bromas) que trazaban algunas salidas en una de las pequeñas lagunas. También alguien sacó el tema de la gripe aviaria y, no es que estornudara, pero parecía que buscaba microbios sospechosos. La cigüeña blanca, el flamenco común, el colimbo del ártico, el martinete común, el cormorán grande, la garza imperial, la garza real, la garceta común, el ánade azulón, el águila pescadora, el cernícalo vulgar. Otros nombres: la gaviota reidora, el chorlitejo patinegro, la curruca cabecinegra, el pájaro moscón, elmartín pescador, el petirrojo, y así hasta más de cincuenta pájaros, 60 mariposas diferentes y mucho género Homo con artilugios digitales.
Después de los 21 kilómetros andados, el yantar se alargó por el afán de búsqueda y descubrimiento de nuevos lugares. El objetivo cervecero era un restaurante de Riudellots de la Selva que no se dignó a acogernos porque allí no se despachaba más que su comida. Con más vista comercial, el otro restaurante abierto de ese polígono industrial nos sirvió las habituales bebidas. Hubo, como en los toros, el tendido de sol y el de sombra. Quienes se refugiaron dentro protegieron su tez del bronceado. No así los del exterior, aunque unos y otros dieron buena cuenta de sus condumios. Bien bebidos y comidos, observamos las reivindicaciones de una zona que se opone a la línea de Muy Alta tensión (MAT). El poderoso caballero del dragón, si la leyenda hoy fuera realidad, se supone que se enteraría que, si viniera por la zona, debería lidiar con lo que dicen ser su actual amenaza, aunque nadie renuncie a más bienestar del que necesitamos. Muchas casas lucían la típica bandera del día, decorada en medio con el archiconocido asno catalán que le daba una coz a una medio rota torre de alta tensión, nombrada como MAT.
Los caminos te enseñan otras realidades. Don Quijote y Sancho son un buen ejemplo. Por ello nos puede servir como despedida esa frase que una marca de zapatos usa para sus anuncios. Se la atribuye a R.L.Stevenson :
“No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el caminar bajo mis pies”
Evaristo
Terrassa, 23 de abril de 2006
Texto número 49 de http://afondonatural.blogspot.com
GRmanos y GRmanas,
“Yo soy yo y mis circunstancias”, he ahí la cita orteguiana que justifica el continuo baile de cifras de asistencia a la última etapa, un problema con el que tuvo que lidiar nuestro jefe de personal, a quien felicitmos en el día de Sant Jordi. Del máximo posible se pasó a la habitual estabilidad. Las circunstancias personales y familiares hicieron que la horquilla numérica de desbocara en un principio para serenarse y aposentarse, y así evitar el vivir al borde de un ataque de nervios de quien se cuida de estos menesteres. Un saludo a las nuevas incorporaciones y un mensaje de ánimo a quienes por problemas de enfermedades o de compromisos diversos no pudieron asistir.
En diversos mentideros se sugería estabilidad de cifras, no aumentar la lista de interinos, sustitutos y números cero de esta larga enumeración de fieles de GRMANIA. Incluso un miembro propuso que quien quiera pertenecer a esta logia andarina deba esperar hasta el “cambio generacional”; dicho en Román paladino, cuando nos retiremos los y las personas actuales. Dejamos para la broma otra idea más contundente de otro Grmano sobre cómo mermar al sector masculino del grupo y facilitarle a cada miembro saliente su nueva tarjeta de “Bienvenido al club de la petanca”. Lo sugería, más que nada, por aumentar el sector femenino del grupo. Otra sugerencia, ésta más funcional, es que por culpa de la cultura nos hemos quedado sin el habitual aparcamiento. El edificio de la supuesta nueva biblioteca del distrito de La Maurina ha provocado la búsqueda de suelo libre (aún no urbanizable) para estacionar los carruajes mecánicos a tan temprana hora. Aunque alguien ya ha sugerido una propuesta, se abre la plica del concurso de ideas de cara a la próxima temporada.
Un día previo al 23 de abril en el que estrenamos nuevo autocar de 40 plazas, observamos la habitual tercera edad tan excursionista y nos sentimos halagados por esas marquesinas publicitarias tan primaverales, en las que se observan féminas de la primera edad que enseñan los efectos de tantas milagrosas cremas en sus zonas más nobles. Piel más joven para más tiempo o piel de naranja más pulida. También se ve algún hombre mostrándose no en paños menores y hasta niños de uso publicitario. Habrá que confiar en sus consejos. O no.
No cabe duda de que en día tan señalado como el de la etapa, previo a Sant Jordi, hubo quienes recordaron y añoraron el detalle institucional de regalar una rosa y un libro entre GRMANIA. Mentes con ansias de cultura creyeron que volverían a recibir otro regalo y se consolaron con sugerir que el detalle del año pasado quede ya como anual tradición. Habrá que nombrar una nueva comisión al efecto.
Menos mal que aún debe durar El Quijote del año pasado. Tal libro fue traducido en pedaladas y sudores por algunos GRmanos que pasearon su nivel físico por las Lagunas de Ruidera y los Campos de Criptana, doscientos kilómetros sin atender los movimientos de los viejos gigantes (molinos de viento) aunque sí se rindieron a prestar su imagen a la personificación de Don Quijote y Sancho con sus dos resplandecientes rostros. Observadores díscolos se fijaron en las piernas de ambos individuos que asomaban por debajo.
Esta foto, sin embargo, se completó con la otra imagen vacacional, otras caras de un viaje a los Picos de Europa en el que tres modelos se retratan en un excelente contrapicado, casi sacados de los archivos de una agencia de modelos en altura.
La bahía de Roses nos recibió con su habitual fortificación romana a la izquierda (La Ciudadela) y con la Venecia catalana a la derecha. La Venecia o una más de tantas Marbellas como deben haber aún. Porque en Empuriabrava, por haber debe existir materia para varios peinados fiscales a fondo. Dejemos a las mafias de los canales artificiales porque el día amanecía en la histórica bahía con una tenue luz, con extranjeros deportistas, paseantes varios y canes necesitados de paseos obligados.
Pronto este mar por donde tantas civilizaciones dicen haber entrado lo cambiamos por el espacio natural, con canales de los de verdad. Los aledaños del Parque natural dels Aiguamolls de l’Empordà aún aguantan las embestidas de grúas y similares. Allí, en esta zona pantanosa con marismas y canales, aún te puedes situar en caminos cuya vegetación oculta las barbaridades del ladrillo costero y te sumerge en un remanso natural único. Caminos llanos y amplios bordeados por sombras arbóreas, por cañizales que se mecen por el viento y con los sonidos de tantos pájaros de los de verdad. Son los encargados de amenizarnos el paso con ese hilo musical natural. Ellos le ponen sonidos a la primavera, en medio de campos de cereales, tierras labradas que esperan el maíz (¿transgénico?), pequeñas carreteras locales que aparecen sin verse antes, árboles frutales aún en flor, labradores con enormes tractores y las habituales granjas porcinas que reconocemos a distancia por sus peculiares aromas.
La situación nuestra dentro del terreno agrícola de la zona provocaba un curioso efecto óptico a medida que avanzábamos hacia el destino final si uno se fijaba en el punto de partida, en la zona del mar y en el semicírculo que se trazaba mientras avanzábamos. Era avanzar para casi retroceder, alejarse del mar para acercarse, todo entre unas lejanas montañas a la espalda y ese mar que se entreveía al fondo. Y, en medio, el remanso natural, esos carteles que repetían que estábamos en una reserva natural de caza y pesca. Que no sea por denominaciones también aquí: parque natural, reserva integral, reserva natural, paraje natural de interés nacional. ¿Cómo distinguir tantos matices semánticos?
Mucho verde, tanto que a la hora del desayuno nos situamos después de pasar un puente artificial de madera, en una curva del camino donde los primeros se habían alineado por imperativo de unas maderas colocadas en forma de L, con el habitual movimiento de mandíbulas y botas. Parecía uno de esos rincones creados en una zona de gran frondosidad para descansos, refrigerios o refriegas varias.
El camino se dirigió hacia otro pueblo histórico, Castelló d’Empúries,, villa medieval que tiene la iglesia de Santa Maria, gótica, iglesia que algunos denominan “la catedral de l’Empordà” (recordad: Lois en León tiene “la catedral de la montaña”). Pero quienes nos recibieron fueron unos operarios que trabajaban en medio de un intenso olor, al lado de una sala de despiece de aves del parque, de unos lavaderos públicos y, hablando de agua, junto a la calle Monturiol (¿el catalán del submarino?). Este pueblo sirvió para aprovisionarse de parches y curar a una Grmana con problemas en los pies. Llamaban la atención unos carteles distribuidos en forma de esquelas por el pueblo con el curioso título: “Què és la mort?”. Un poco más allá, otro cartel que aludía a tarjetas con premio seguro hacia su destino preferido. ¿Se relacionarían ambos mensajes publicitarios?
De salida, el río La Muga nos enseñó un puente de madera reciclado con asfalto encima y nos permitió seguir su curso por el camino natural de tal río. Unos abuelos nos guiaron mejor que el más exacto GPS por dónde debíamos ir y tantas modernas carreteras confirmaron su efecto frontera (a veces desorientadora) para quienes aún se atreven a ir a pie siguiendo marcas. En esta zona, ya cercana al fin de la etapa, había viejas masías abandonadas, campos de trigo adornados por las encarnadas amapolas, tres subsaharianos encaramados a una plataforma elevadora para podar árboles altos y un nativo que les impartía órdenes o instrucciones de uso. A lo lejos aún se veía el cemento playero mientras nos acercábamos a la valla que controlaba el paso de vehículos a la zona de interpretación del parque natural.
El oasis de la cultura en plafones que te descubre qué ves donde estás, es la puerta de entrada a un espacio de 4.703 hectáreas, de las cuales 825 son reserva integral estrictamente protegida. El remanso natural tan protegido nos ofreció sombra y las habituales aves que caracterizan al parque y que no habían marchado aún, parecían ser de uso turístico. Las cigüeñas cumplieron bien su papel y también algunos patos (no, no eran a la naranja como algún gastrónomo dijo allí entre bromas) que trazaban algunas salidas en una de las pequeñas lagunas. También alguien sacó el tema de la gripe aviaria y, no es que estornudara, pero parecía que buscaba microbios sospechosos. La cigüeña blanca, el flamenco común, el colimbo del ártico, el martinete común, el cormorán grande, la garza imperial, la garza real, la garceta común, el ánade azulón, el águila pescadora, el cernícalo vulgar. Otros nombres: la gaviota reidora, el chorlitejo patinegro, la curruca cabecinegra, el pájaro moscón, elmartín pescador, el petirrojo, y así hasta más de cincuenta pájaros, 60 mariposas diferentes y mucho género Homo con artilugios digitales.
Después de los 21 kilómetros andados, el yantar se alargó por el afán de búsqueda y descubrimiento de nuevos lugares. El objetivo cervecero era un restaurante de Riudellots de la Selva que no se dignó a acogernos porque allí no se despachaba más que su comida. Con más vista comercial, el otro restaurante abierto de ese polígono industrial nos sirvió las habituales bebidas. Hubo, como en los toros, el tendido de sol y el de sombra. Quienes se refugiaron dentro protegieron su tez del bronceado. No así los del exterior, aunque unos y otros dieron buena cuenta de sus condumios. Bien bebidos y comidos, observamos las reivindicaciones de una zona que se opone a la línea de Muy Alta tensión (MAT). El poderoso caballero del dragón, si la leyenda hoy fuera realidad, se supone que se enteraría que, si viniera por la zona, debería lidiar con lo que dicen ser su actual amenaza, aunque nadie renuncie a más bienestar del que necesitamos. Muchas casas lucían la típica bandera del día, decorada en medio con el archiconocido asno catalán que le daba una coz a una medio rota torre de alta tensión, nombrada como MAT.
Los caminos te enseñan otras realidades. Don Quijote y Sancho son un buen ejemplo. Por ello nos puede servir como despedida esa frase que una marca de zapatos usa para sus anuncios. Se la atribuye a R.L.Stevenson :
“No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el caminar bajo mis pies”
Evaristo
Terrassa, 23 de abril de 2006
Texto número 49 de http://afondonatural.blogspot.com
domingo, 16 de abril de 2006
Pasos y paseos por la fresca primavera leonesa paladeando buen orujo
Diecisiete personas se atrevieron a pasear hacia el interior de este gran trozo peninsular de tierra (innombrable para no herir sensibilidades o para evitar polémicas) durante una Semana Santa fresca. Pasar, pasos, paseos, pasear y pasearlos: palabras que serán explicadas a lo largo de este paseo escrito personal durante unos días de agradable convivencia en buena compañía.
Éramos diecisiete, un grupo considerable de personas relacionadas directa o indirectamente con GRMANIA. Todas nos atrevimos a partir el primer sábado vacacional de esa semana, santificada al gusto del consumidor, hacia ese interior lejano, hacia ese destino final situado en el centro habitado más bajo de la provincia de León, con nombre bíblico que nada tiene que ver con la realidad.
El paseo hacia allá se efectuó a la carta, o sea, según cada mapa personal y preferencias de itinerarios. Varios son los caminos que conducen a Caín. Los mapas, GPS y ese sexto sentido clave para resolver tantas dudas, todo ayudó para que nadie se perdiera.
Cuando hace años que pasas por la misma calzada parece que algo de ella forma parte de ti: la has visto cambiar (pero ella también te ha visto cambiar a ti), antes entraba por pueblos que ahora rodeas, observas nuevas estructuras, edificios diseñados a tenor de las nuevas arquitecturas e ingenierías, muchos clubs por todos los sitios, algún toro del anuncio aún en pie y la primavera por todas partes, esa estación que se nos muestra más o menos desarrollada en proporción al clima. Lo que en el Mediterráneo ya es el incipiente fruto, en el interior aún no es más que la hinchada yema o una recién estrenada flor en ese árbol que ya está impaciente por iniciar de nuevo el ciclo de la vida. Son los campos verdes, las llanuras como si fueran praderas asturianas pero con fecha de caducidad: dentro de unos meses el amarillo lo teñirá todo, después el gris para pasar al marrón, al descanso del barbecho y, vuelta a empezar.
Las carreteras, las autovías, autopistas o, si se prefiere, las siglas N, la A, la AP, la C, en versión carretera del Estado, Autonómica, Local, Foral, de la Junta de Castilla y León, etc. te van anunciando realidades terribles que no parecen convencer demasiado: mensajes no muy alentadores pero necesarios, más propios de un inmenso tanatorio con apelaciones a que si desde enero en Cataluña ya llevamos más de cien muertos, de si la semana santa pasada hubo 105, de si no podemos conducir por ti o que el alcohol puede matar. Mientras, a tu lado, si vas a 120 sólo te acompañan los camiones, los caballos motorizados relinchan a tu lado mientras tú confías en ser un fiel cumplidor de las normas. Relucientes vehículos llenos de potencia demuestran el poderío de quien va dentro.
Después del largo paseo por el asfalto, de cruzar provincias y más provincias, una ruta te lleva al lado del Camino de Santiago, junto al buen vino de Rioja. Tienes la suerte de ver a peregrinos por Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Villafranca-Montes de Oca, el puerto de La Pedraja, Ibeas de Juarros (donde están las excavaciones de Atapuerca) y Burgos, la gran Burgos donde dicen que sólo hay dos estaciones: el invierno y la del tren.
Después, dirección a Sahagún, ya en el Camino de Santiago de León, desvío hacia Cistierna y a Riaño, pueblo famoso por el pantano. Allí fue el punto de encuentro con los guías locales, con quienes nos pasearon, con dos GRmanos destacados en esas tierras de los Picos de Europa. Carretera dirección a Asturias por el puerto de El Pontón, giro a la derecha hacia el valle de Valdeón y, arriba del puerto de Panderrueda (1450 metros), parada para ver el balcón de Picos, las montañas nevadas que conforman el valle de Valdeón, en donde nace y por donde discurre el río Cares. Tras el paseo hacia el mirador, fotos, estiramientos musculares humanos y caninos, bajada hacia el fondo del valle. Posada de Valdeón es el kilómetro cero de la carretera que conduce a Caín, a 480 metros allá abajo. De la carretera, mejor no hablar. Espectacular, retorcida, estrecha y anunciadora de sustos, aunque aquí no haya paneles con los 105 muertos. Después de Semana Santa la cortarán durante 35 días para construir un sentido para cada dirección en un tramo de un kilómetro, de ése que a algunos les hizo mirar para el otro lado y rezar a Genarín (¿quién es?, esperad) para que no viniera otro vehículo de cara. Un pueblo que estará incomunicado durante más de un mes, una noticia tremenda para urbanitas pero celebrada por los cainejos después de tantos años de paciente espera.
No, no pasamos “las de Caín”, y eso que estábamos allí, en medio de un interesante pueblo, con un albergue inacabado de diseño ultramoderno, lavabos y duchas unisex, todos juntos pero no revueltos. Habitación dedicada a roncadores, donde no estaban todos los que eran pero los que allí se refugiaron no se molestaron entre ellos, y eso que eran una pareja (no de hecho).
Los condumios fueron consistentes, con cenas y comidas propias para andar todo el día. Hubo quienes salieron a la del alba cada día, hombres y mujeres que se enfilaban por temerarios riscos en muy pronunciados desniveles. Subir quinientos metros era cuestión de minutos y de muchos esfuerzos, con un paisaje espectacular donde la nieve marcaba la altura y, abajo, los árboles parecían mediterráneos por sus flores y hojas. En este pueblo nunca nieva.
El actual núcleo habitado se llama Caín de Abajo. Antes nos explicaron que había otro pueblo, al que un día visitamos, Caín de Arriba, visita que acabamos en la cueva de los quesos, llamada Cueva de Santibaña, a 940 metros de altura. Los cainejos bajaron por las mejores condiciones de vida que ofrecía el actual espacio y por los cambios de formas de vida que provocaban los nuevos tiempos. Impresionó mucho cuando nuestros amigos nos dijeron que antes los cainejos no solían morir en su casa. Se despeñaban en sus actividades cotidianas: yendo a buscar las cabras, o sacándolas de zonas aéreas, transportando queso de un secadero a otro o a los mercados donde los vendían, en Cabrales y Cangas de Onís. Caín nos recibió con varios monolitos y placas al otro lado del puente. En total y de momento, cuatro. Descubrimos luego a quién estaban dedicadas. Y, en homenaje a Gregorio Pérez, copiamos todos los textos, que se incluyen ahora:
- Primer texto: “A Gregorio Pérez “El Cainejo”: ‘ No hice más que colocar mis manos y mis pies donde Gregorio había puesto los suyos’. Pidal
1 de agosto de 2004Los Montañeros de León
- Segundo texto:o 1904-1974El Cainejo A Gregorio Pérez El Cainejo en el 75 aniversario – Primera ascensión al Naranjo de Bulnes5 agosto 1979
- Tercer texto:o El equipo de “Al filo de lo Imposible”, a Gregorio Pérez El Cainejo precursor de la escalada de dificultad en España que junto a Don Pedro Pidal escaló por primera vez el Naranjo de Bulnes
En memoria
5 de agosto 1904 – 5 agosto 1993
- Cuarto texto:o A Gregorio Pérez (1853-1913)Muy esforzado, valiente, generoso y leal compañero de Don Pedro Pidal en la primera ascensión al Naranjo de Bulnes, el 5 de agosto de 1904.
Homenaje del G.V.M.AAgosto 1979
La deducción de tantos recuerdos es lógica. Es el orgullo de Caín a su paisano, que fue quien ayudó al marqués de Comillas a ascender por primera vez el Naranjo de Bulnes el 5 de agosto de 1904. Las placas no dicen que Pedro Pidal compró en Londres la cuerda que usaron, que llevaron dos botellas de vino, que una se la bebieron arriba y otra la dejaron para demostrarle a su rival francés que ellos ya habían llegado dos años antes que él, que para llegar al Naranjo tardaron dos días y que antes se entrenaron en un pico considerable. Son hechos de un pastor que representa a tantos cainejos anónimos y a muchas personas que han dedicado su vida a cuidar de sus animales en el campo, sin importarles el tiempo u otras circunstancias. Nos puso muy contentos cuando conocimos a un nieto del escalador, un señor mayor que nos lo confirmó mientras fabricaba artesanalmente objetos de madera de un nogal que había sido roto por un alud de nieve. Estaba sentado a la puerta de su casa, con las mismas herramientas que habían usado sus antepasados. O la conversación que mantuvimos con otro señor mayor del pueblo. Gente que aún salen a vigilar sus cabras u ovejas por unos desniveles que hay que ver y andar para explicar.
Este cainejo nos dijo que de su edad había treinta personas, que salían cada día y con unas piernas en forma. No se nos olvida la vista y el olfato con que le predijo a otros excursionistas que no serían capaces de subir por donde pretendían. Al poco rato bajaron para confirmárselo. Pensábamos en voz alta, nos interesaba cómo sería la vida aquí antes, nos costaba creer que se pudiera vivir sin nuestras comodidades, como si éstas hubieran estado siempre. Y admirábamos a esta gente a medida que hablábamos con ellos y que nuestros amigos de GRMANIA nos relataban los avatares de unos tiempos duros. Caín nos ofreció esa ruta tan paseada, la del Cares, que ya conocíamos bastante, y también otras. Impresionante cantidad de agua, con muchas cabras a lo largo del recorrido, animales que nos trajeron a la memoria eso de hacer el cabra, estar como cabras, la cabra tira al monte o estar cabreados. Eran animales reales, no de los de uso turístico para hacer la foto. Al final de la ruta, en Poncebos, fabes con almejas para recuperar fuerzas y afrontar la vuelta con lluvia. Una compañera hizo la heroicidad de acabarla con las dos botas de montaña totalmente destrozadas por debajo. Caín ha cambiado desde las veces anteriores en que fuimos. Hay más hostales, un nuevo albergue, personas amables y hospitalarias, caminantes, excursionistas y los turistas de cualquier lado, y muchos solteros. Dicen que hay veinte. También se ven chicas lationamericanas instaladas en el pueblo. Casas mejores, un entorno abierto a las visitas pero aún no demasiado domesticado para las grandes muchedumbres, con comidas contundentes como la fabada, las alubias con almejas, corzo, cabrito, trucha con jamón, ternera, pote. Un paisaje cambiante, típico de la vertiente norte y de Picos de Europa, unas montañas con tantas tonalidades como las que nos brindan los cambios de la meteorología, en especial el efecto de las cortinas de niebla que desdibujan los picos o los ocultan por partes, o el sol con sus matices desde el amanecer hasta el atardecer. La televisión predecía un tiempo y la realidad es que había tantos tiempos como momentos del día. Ésa era una de nuestras preocupaciones pero también el encanto. Nos gustó este pueblo encajonado al final del valle de Valdeón, esa antigua construcción para cazar lobos llamada El Chorco de los Lobos, la ermita de Corona, donde dicen que coronaron a Don Pelayo, y el queso azul y la mantequilla artesanal que compramos en Posada de Valdeón.
Subir para bajar o al revés, ambos retos nos ocuparon estos días, más para unos que para otros. Fueron esos momentos que recuerdas mejor cuando han pasado, incluso con ese barniz de nostalgia que aporta la memoria y las fotos digitales. Con tiempo también para alguna discusión entre personas amigas, como si fuera más debida a un supuesto mal de altura que no a causas con fundamento. Con paseos por praderas alfombradas con flores amarillas y azules que formaban un paisaje bucólico, tanto que a alguna ninfa del grupo se le disparó la imaginación. En más de un momento dijo sus deseos en voz alta y se creyó allí, retozando con algún fauno lascivo en una tienda de campaña, desgastando sus primaverales energías. A tal ser le llamó “maromo”. La imaginación al poder y con agua para lavarse más abajo. No pensó que allí cerca, en Caín, había veinte solteros, de los de carne y hueso. Y con muchas cabras.
Fueron días que algunos convertimos en nuestra particular celebración del décimo aniversario de GRMANIA. Sólo nos faltó levantar una jarra de cerveza al lado de tantas placas en homenaje a Gregorio Pérez y a Pedro Pidal. Nuestro homenaje a ellos, con cariño y respeto desde la cultura del esfuerzo.
Hubo abundante cerveza, pero no sólo esta bebida. El orujo fue el símbolo de estos días. Muchos chupitos de este aguardiente tan típico de las frías tierras leonesas. Después de la comida o de las cenas, cuando la noche nos traía el frío, el agua o la nieve allá arriba, quienes bebían degustaban esta libación en sus variadas formas: al natural, como crema o a las hierbas. Fue el mejor isostar para tantos paseos en muy fuerte ascenso y descenso.
Transcurridos los primeros días, las diecisiete personas se separaron hacia otros destinos. Después de conocer Lois y la acostumbrada hospitalidad de Antonio y Ginés, quedaron algunas que quisieron conocer la ciudad de León, sus monumentos y qué se hacía el Jueves Santo allí.
Dicen que vieron lo habitual que figura en los catálogos turísticos, devotas y serias procesiones por la tarde, los pasos de la Semana Santa, que visitaron y bebieron en el Barrio Húmedo (buen nombre) y que esperaron para la otra procesión, la que no figura en los religiosos catálogos turísticos pero que cada vez cala más hondo entre el ambiente bohemio y profano.
La noche del jueves al viernes santo, una muchedumbre se concentra en la plaza de San Martín, ante unos comensales que cenan en un resataurante con balcones. Son los miembros de la Cofradia del Padre Genarín. Allí cenan lo que ingirió Genaro una noche como la de hoy en el año 1929: sopas de ajo, queso, una naranja y orujo. Aquel lejano día, borracho y en mitad de la clalle de los Cubos, fue atropellado por el primer camión de la basura que hubo en León. Se quedó sin frenos y atropelló a este pellejero, borrachín, amante de burdeles y de tabernas que estaba realizando sus necesidades en mitad de la calle. En su homenaje, después del franquismo, se recuperó esta cofradía y esta procesión, cada vez con más público.
Los miembros de la cofradía salen al balcón, leen su anual homenaje a Genaro, nombran al nuevo cofrade y anuncian la nueva procesión, la cual saldrá de la Plaza del Grano más tarde.
En esta plaza se concentran muchos fieles, con muchas botellas de orujo y demás brebajes de un botellón casi general. Del camión allí instalado se descargan todos los “pasos” de tan curiosa procesión: la muerte, un tonel con un ramo de laurel, la imagen de Genaro agarrado con una mano a una farola encendida y sosteniendo una botella de orujo con la otra, los cofrades con pipa y puro, acompañantes con teas encendidas y la imagen de una mujer de las que dicen “de buen vivir” que lee la noticia de la muerte de su cliente en el diario.
La comitiva recorre el centro histórico de León, con banda de música y muchas botellas, alegría alcohólica y jolgorio general. Una multitud que, al paso que va, pronto eclipsará las otras celebraciones religiosas por volumen de público.
Pasa por la plaza de San Martín llena, así como todas las calles adyacentes. Se detiene en la explanada enfrente de la catedral. No se cabía. Allí se leen otros ripios ante el edificio religioso y siempre acaban con la frase de rigor que se repite a menudo:
“Y siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron un lujo,
bebamos en su memoria,
otra copina de orujo”
Y se procede en consecuencia. La procesión continúa hasta el sitio en que murió, en el arco de la muralla, en la carretera de los Cubos. Llena a rebosar, a las tres de la madrugada, se procede a honrar a Genaro, bajo muchos focos de televisión, máquinas de fotos y otros focos de luz instalados para la ocasión. Nuevos ripios que acaban en los versos anteriores y un escalador que sube por las piedras de la muralla hasta la hornacina donde cada año se le pone una nueva corona y, dentro, un trozo de queso, una naranja, un trozo de pan y una petaca de orujo. La ceremonia acaba con los vasos de orujo de nuevo arriba.
Mientras, la procesión es una euforia colectiva donde se aprovecha para meterse con los de Valladolid, ridiculizar al actual alcalde (que hacía pagar su gomina del erario público), “coca cola asesina, el orujo al poder”, algún grito contra Zapatero, muchos contra el obispo y otros contra el Estatut, o afirmando que todo nacionalismo es fascismo. Los “pasos” de esta peculiar procesión acabaron aquí mientras mucho público dedicará la noche a honrar a Genaro como le corresponde.
Y GRMANIA estuvo allí, con aquella ninfa ya adulta que buscaba un maromo en Caín (con los que había aquí en medio de tanto gentío) y ahora como fiel devota de los “pasos” de Genarín. Y también estábamos los que la acompañábamos.
Al acabar, confirmamos nuestra fe “con una copina de orujo” en un bar de los alrededores.
Éramos diecisiete, un grupo considerable de personas relacionadas directa o indirectamente con GRMANIA. Todas nos atrevimos a partir el primer sábado vacacional de esa semana, santificada al gusto del consumidor, hacia ese interior lejano, hacia ese destino final situado en el centro habitado más bajo de la provincia de León, con nombre bíblico que nada tiene que ver con la realidad.
El paseo hacia allá se efectuó a la carta, o sea, según cada mapa personal y preferencias de itinerarios. Varios son los caminos que conducen a Caín. Los mapas, GPS y ese sexto sentido clave para resolver tantas dudas, todo ayudó para que nadie se perdiera.
Cuando hace años que pasas por la misma calzada parece que algo de ella forma parte de ti: la has visto cambiar (pero ella también te ha visto cambiar a ti), antes entraba por pueblos que ahora rodeas, observas nuevas estructuras, edificios diseñados a tenor de las nuevas arquitecturas e ingenierías, muchos clubs por todos los sitios, algún toro del anuncio aún en pie y la primavera por todas partes, esa estación que se nos muestra más o menos desarrollada en proporción al clima. Lo que en el Mediterráneo ya es el incipiente fruto, en el interior aún no es más que la hinchada yema o una recién estrenada flor en ese árbol que ya está impaciente por iniciar de nuevo el ciclo de la vida. Son los campos verdes, las llanuras como si fueran praderas asturianas pero con fecha de caducidad: dentro de unos meses el amarillo lo teñirá todo, después el gris para pasar al marrón, al descanso del barbecho y, vuelta a empezar.
Las carreteras, las autovías, autopistas o, si se prefiere, las siglas N, la A, la AP, la C, en versión carretera del Estado, Autonómica, Local, Foral, de la Junta de Castilla y León, etc. te van anunciando realidades terribles que no parecen convencer demasiado: mensajes no muy alentadores pero necesarios, más propios de un inmenso tanatorio con apelaciones a que si desde enero en Cataluña ya llevamos más de cien muertos, de si la semana santa pasada hubo 105, de si no podemos conducir por ti o que el alcohol puede matar. Mientras, a tu lado, si vas a 120 sólo te acompañan los camiones, los caballos motorizados relinchan a tu lado mientras tú confías en ser un fiel cumplidor de las normas. Relucientes vehículos llenos de potencia demuestran el poderío de quien va dentro.
Después del largo paseo por el asfalto, de cruzar provincias y más provincias, una ruta te lleva al lado del Camino de Santiago, junto al buen vino de Rioja. Tienes la suerte de ver a peregrinos por Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Villafranca-Montes de Oca, el puerto de La Pedraja, Ibeas de Juarros (donde están las excavaciones de Atapuerca) y Burgos, la gran Burgos donde dicen que sólo hay dos estaciones: el invierno y la del tren.
Después, dirección a Sahagún, ya en el Camino de Santiago de León, desvío hacia Cistierna y a Riaño, pueblo famoso por el pantano. Allí fue el punto de encuentro con los guías locales, con quienes nos pasearon, con dos GRmanos destacados en esas tierras de los Picos de Europa. Carretera dirección a Asturias por el puerto de El Pontón, giro a la derecha hacia el valle de Valdeón y, arriba del puerto de Panderrueda (1450 metros), parada para ver el balcón de Picos, las montañas nevadas que conforman el valle de Valdeón, en donde nace y por donde discurre el río Cares. Tras el paseo hacia el mirador, fotos, estiramientos musculares humanos y caninos, bajada hacia el fondo del valle. Posada de Valdeón es el kilómetro cero de la carretera que conduce a Caín, a 480 metros allá abajo. De la carretera, mejor no hablar. Espectacular, retorcida, estrecha y anunciadora de sustos, aunque aquí no haya paneles con los 105 muertos. Después de Semana Santa la cortarán durante 35 días para construir un sentido para cada dirección en un tramo de un kilómetro, de ése que a algunos les hizo mirar para el otro lado y rezar a Genarín (¿quién es?, esperad) para que no viniera otro vehículo de cara. Un pueblo que estará incomunicado durante más de un mes, una noticia tremenda para urbanitas pero celebrada por los cainejos después de tantos años de paciente espera.
No, no pasamos “las de Caín”, y eso que estábamos allí, en medio de un interesante pueblo, con un albergue inacabado de diseño ultramoderno, lavabos y duchas unisex, todos juntos pero no revueltos. Habitación dedicada a roncadores, donde no estaban todos los que eran pero los que allí se refugiaron no se molestaron entre ellos, y eso que eran una pareja (no de hecho).
Los condumios fueron consistentes, con cenas y comidas propias para andar todo el día. Hubo quienes salieron a la del alba cada día, hombres y mujeres que se enfilaban por temerarios riscos en muy pronunciados desniveles. Subir quinientos metros era cuestión de minutos y de muchos esfuerzos, con un paisaje espectacular donde la nieve marcaba la altura y, abajo, los árboles parecían mediterráneos por sus flores y hojas. En este pueblo nunca nieva.
El actual núcleo habitado se llama Caín de Abajo. Antes nos explicaron que había otro pueblo, al que un día visitamos, Caín de Arriba, visita que acabamos en la cueva de los quesos, llamada Cueva de Santibaña, a 940 metros de altura. Los cainejos bajaron por las mejores condiciones de vida que ofrecía el actual espacio y por los cambios de formas de vida que provocaban los nuevos tiempos. Impresionó mucho cuando nuestros amigos nos dijeron que antes los cainejos no solían morir en su casa. Se despeñaban en sus actividades cotidianas: yendo a buscar las cabras, o sacándolas de zonas aéreas, transportando queso de un secadero a otro o a los mercados donde los vendían, en Cabrales y Cangas de Onís. Caín nos recibió con varios monolitos y placas al otro lado del puente. En total y de momento, cuatro. Descubrimos luego a quién estaban dedicadas. Y, en homenaje a Gregorio Pérez, copiamos todos los textos, que se incluyen ahora:
- Primer texto: “A Gregorio Pérez “El Cainejo”: ‘ No hice más que colocar mis manos y mis pies donde Gregorio había puesto los suyos’. Pidal
1 de agosto de 2004Los Montañeros de León
- Segundo texto:o 1904-1974El Cainejo A Gregorio Pérez El Cainejo en el 75 aniversario – Primera ascensión al Naranjo de Bulnes5 agosto 1979
- Tercer texto:o El equipo de “Al filo de lo Imposible”, a Gregorio Pérez El Cainejo precursor de la escalada de dificultad en España que junto a Don Pedro Pidal escaló por primera vez el Naranjo de Bulnes
En memoria
5 de agosto 1904 – 5 agosto 1993
- Cuarto texto:o A Gregorio Pérez (1853-1913)Muy esforzado, valiente, generoso y leal compañero de Don Pedro Pidal en la primera ascensión al Naranjo de Bulnes, el 5 de agosto de 1904.
Homenaje del G.V.M.AAgosto 1979
La deducción de tantos recuerdos es lógica. Es el orgullo de Caín a su paisano, que fue quien ayudó al marqués de Comillas a ascender por primera vez el Naranjo de Bulnes el 5 de agosto de 1904. Las placas no dicen que Pedro Pidal compró en Londres la cuerda que usaron, que llevaron dos botellas de vino, que una se la bebieron arriba y otra la dejaron para demostrarle a su rival francés que ellos ya habían llegado dos años antes que él, que para llegar al Naranjo tardaron dos días y que antes se entrenaron en un pico considerable. Son hechos de un pastor que representa a tantos cainejos anónimos y a muchas personas que han dedicado su vida a cuidar de sus animales en el campo, sin importarles el tiempo u otras circunstancias. Nos puso muy contentos cuando conocimos a un nieto del escalador, un señor mayor que nos lo confirmó mientras fabricaba artesanalmente objetos de madera de un nogal que había sido roto por un alud de nieve. Estaba sentado a la puerta de su casa, con las mismas herramientas que habían usado sus antepasados. O la conversación que mantuvimos con otro señor mayor del pueblo. Gente que aún salen a vigilar sus cabras u ovejas por unos desniveles que hay que ver y andar para explicar.
Este cainejo nos dijo que de su edad había treinta personas, que salían cada día y con unas piernas en forma. No se nos olvida la vista y el olfato con que le predijo a otros excursionistas que no serían capaces de subir por donde pretendían. Al poco rato bajaron para confirmárselo. Pensábamos en voz alta, nos interesaba cómo sería la vida aquí antes, nos costaba creer que se pudiera vivir sin nuestras comodidades, como si éstas hubieran estado siempre. Y admirábamos a esta gente a medida que hablábamos con ellos y que nuestros amigos de GRMANIA nos relataban los avatares de unos tiempos duros. Caín nos ofreció esa ruta tan paseada, la del Cares, que ya conocíamos bastante, y también otras. Impresionante cantidad de agua, con muchas cabras a lo largo del recorrido, animales que nos trajeron a la memoria eso de hacer el cabra, estar como cabras, la cabra tira al monte o estar cabreados. Eran animales reales, no de los de uso turístico para hacer la foto. Al final de la ruta, en Poncebos, fabes con almejas para recuperar fuerzas y afrontar la vuelta con lluvia. Una compañera hizo la heroicidad de acabarla con las dos botas de montaña totalmente destrozadas por debajo. Caín ha cambiado desde las veces anteriores en que fuimos. Hay más hostales, un nuevo albergue, personas amables y hospitalarias, caminantes, excursionistas y los turistas de cualquier lado, y muchos solteros. Dicen que hay veinte. También se ven chicas lationamericanas instaladas en el pueblo. Casas mejores, un entorno abierto a las visitas pero aún no demasiado domesticado para las grandes muchedumbres, con comidas contundentes como la fabada, las alubias con almejas, corzo, cabrito, trucha con jamón, ternera, pote. Un paisaje cambiante, típico de la vertiente norte y de Picos de Europa, unas montañas con tantas tonalidades como las que nos brindan los cambios de la meteorología, en especial el efecto de las cortinas de niebla que desdibujan los picos o los ocultan por partes, o el sol con sus matices desde el amanecer hasta el atardecer. La televisión predecía un tiempo y la realidad es que había tantos tiempos como momentos del día. Ésa era una de nuestras preocupaciones pero también el encanto. Nos gustó este pueblo encajonado al final del valle de Valdeón, esa antigua construcción para cazar lobos llamada El Chorco de los Lobos, la ermita de Corona, donde dicen que coronaron a Don Pelayo, y el queso azul y la mantequilla artesanal que compramos en Posada de Valdeón.
Subir para bajar o al revés, ambos retos nos ocuparon estos días, más para unos que para otros. Fueron esos momentos que recuerdas mejor cuando han pasado, incluso con ese barniz de nostalgia que aporta la memoria y las fotos digitales. Con tiempo también para alguna discusión entre personas amigas, como si fuera más debida a un supuesto mal de altura que no a causas con fundamento. Con paseos por praderas alfombradas con flores amarillas y azules que formaban un paisaje bucólico, tanto que a alguna ninfa del grupo se le disparó la imaginación. En más de un momento dijo sus deseos en voz alta y se creyó allí, retozando con algún fauno lascivo en una tienda de campaña, desgastando sus primaverales energías. A tal ser le llamó “maromo”. La imaginación al poder y con agua para lavarse más abajo. No pensó que allí cerca, en Caín, había veinte solteros, de los de carne y hueso. Y con muchas cabras.
Fueron días que algunos convertimos en nuestra particular celebración del décimo aniversario de GRMANIA. Sólo nos faltó levantar una jarra de cerveza al lado de tantas placas en homenaje a Gregorio Pérez y a Pedro Pidal. Nuestro homenaje a ellos, con cariño y respeto desde la cultura del esfuerzo.
Hubo abundante cerveza, pero no sólo esta bebida. El orujo fue el símbolo de estos días. Muchos chupitos de este aguardiente tan típico de las frías tierras leonesas. Después de la comida o de las cenas, cuando la noche nos traía el frío, el agua o la nieve allá arriba, quienes bebían degustaban esta libación en sus variadas formas: al natural, como crema o a las hierbas. Fue el mejor isostar para tantos paseos en muy fuerte ascenso y descenso.
Transcurridos los primeros días, las diecisiete personas se separaron hacia otros destinos. Después de conocer Lois y la acostumbrada hospitalidad de Antonio y Ginés, quedaron algunas que quisieron conocer la ciudad de León, sus monumentos y qué se hacía el Jueves Santo allí.
Dicen que vieron lo habitual que figura en los catálogos turísticos, devotas y serias procesiones por la tarde, los pasos de la Semana Santa, que visitaron y bebieron en el Barrio Húmedo (buen nombre) y que esperaron para la otra procesión, la que no figura en los religiosos catálogos turísticos pero que cada vez cala más hondo entre el ambiente bohemio y profano.
La noche del jueves al viernes santo, una muchedumbre se concentra en la plaza de San Martín, ante unos comensales que cenan en un resataurante con balcones. Son los miembros de la Cofradia del Padre Genarín. Allí cenan lo que ingirió Genaro una noche como la de hoy en el año 1929: sopas de ajo, queso, una naranja y orujo. Aquel lejano día, borracho y en mitad de la clalle de los Cubos, fue atropellado por el primer camión de la basura que hubo en León. Se quedó sin frenos y atropelló a este pellejero, borrachín, amante de burdeles y de tabernas que estaba realizando sus necesidades en mitad de la calle. En su homenaje, después del franquismo, se recuperó esta cofradía y esta procesión, cada vez con más público.
Los miembros de la cofradía salen al balcón, leen su anual homenaje a Genaro, nombran al nuevo cofrade y anuncian la nueva procesión, la cual saldrá de la Plaza del Grano más tarde.
En esta plaza se concentran muchos fieles, con muchas botellas de orujo y demás brebajes de un botellón casi general. Del camión allí instalado se descargan todos los “pasos” de tan curiosa procesión: la muerte, un tonel con un ramo de laurel, la imagen de Genaro agarrado con una mano a una farola encendida y sosteniendo una botella de orujo con la otra, los cofrades con pipa y puro, acompañantes con teas encendidas y la imagen de una mujer de las que dicen “de buen vivir” que lee la noticia de la muerte de su cliente en el diario.
La comitiva recorre el centro histórico de León, con banda de música y muchas botellas, alegría alcohólica y jolgorio general. Una multitud que, al paso que va, pronto eclipsará las otras celebraciones religiosas por volumen de público.
Pasa por la plaza de San Martín llena, así como todas las calles adyacentes. Se detiene en la explanada enfrente de la catedral. No se cabía. Allí se leen otros ripios ante el edificio religioso y siempre acaban con la frase de rigor que se repite a menudo:
“Y siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron un lujo,
bebamos en su memoria,
otra copina de orujo”
Y se procede en consecuencia. La procesión continúa hasta el sitio en que murió, en el arco de la muralla, en la carretera de los Cubos. Llena a rebosar, a las tres de la madrugada, se procede a honrar a Genaro, bajo muchos focos de televisión, máquinas de fotos y otros focos de luz instalados para la ocasión. Nuevos ripios que acaban en los versos anteriores y un escalador que sube por las piedras de la muralla hasta la hornacina donde cada año se le pone una nueva corona y, dentro, un trozo de queso, una naranja, un trozo de pan y una petaca de orujo. La ceremonia acaba con los vasos de orujo de nuevo arriba.
Mientras, la procesión es una euforia colectiva donde se aprovecha para meterse con los de Valladolid, ridiculizar al actual alcalde (que hacía pagar su gomina del erario público), “coca cola asesina, el orujo al poder”, algún grito contra Zapatero, muchos contra el obispo y otros contra el Estatut, o afirmando que todo nacionalismo es fascismo. Los “pasos” de esta peculiar procesión acabaron aquí mientras mucho público dedicará la noche a honrar a Genaro como le corresponde.
Y GRMANIA estuvo allí, con aquella ninfa ya adulta que buscaba un maromo en Caín (con los que había aquí en medio de tanto gentío) y ahora como fiel devota de los “pasos” de Genarín. Y también estábamos los que la acompañábamos.
Al acabar, confirmamos nuestra fe “con una copina de orujo” en un bar de los alrededores.
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