Por el remanso natural de la histórica bahía de Roses
GRmanos y GRmanas,
“Yo soy yo y mis circunstancias”, he ahí la cita orteguiana que justifica el continuo baile de cifras de asistencia a la última etapa, un problema con el que tuvo que lidiar nuestro jefe de personal, a quien felicitmos en el día de Sant Jordi. Del máximo posible se pasó a la habitual estabilidad. Las circunstancias personales y familiares hicieron que la horquilla numérica de desbocara en un principio para serenarse y aposentarse, y así evitar el vivir al borde de un ataque de nervios de quien se cuida de estos menesteres. Un saludo a las nuevas incorporaciones y un mensaje de ánimo a quienes por problemas de enfermedades o de compromisos diversos no pudieron asistir.
En diversos mentideros se sugería estabilidad de cifras, no aumentar la lista de interinos, sustitutos y números cero de esta larga enumeración de fieles de GRMANIA. Incluso un miembro propuso que quien quiera pertenecer a esta logia andarina deba esperar hasta el “cambio generacional”; dicho en Román paladino, cuando nos retiremos los y las personas actuales. Dejamos para la broma otra idea más contundente de otro Grmano sobre cómo mermar al sector masculino del grupo y facilitarle a cada miembro saliente su nueva tarjeta de “Bienvenido al club de la petanca”. Lo sugería, más que nada, por aumentar el sector femenino del grupo. Otra sugerencia, ésta más funcional, es que por culpa de la cultura nos hemos quedado sin el habitual aparcamiento. El edificio de la supuesta nueva biblioteca del distrito de La Maurina ha provocado la búsqueda de suelo libre (aún no urbanizable) para estacionar los carruajes mecánicos a tan temprana hora. Aunque alguien ya ha sugerido una propuesta, se abre la plica del concurso de ideas de cara a la próxima temporada.
Un día previo al 23 de abril en el que estrenamos nuevo autocar de 40 plazas, observamos la habitual tercera edad tan excursionista y nos sentimos halagados por esas marquesinas publicitarias tan primaverales, en las que se observan féminas de la primera edad que enseñan los efectos de tantas milagrosas cremas en sus zonas más nobles. Piel más joven para más tiempo o piel de naranja más pulida. También se ve algún hombre mostrándose no en paños menores y hasta niños de uso publicitario. Habrá que confiar en sus consejos. O no.
No cabe duda de que en día tan señalado como el de la etapa, previo a Sant Jordi, hubo quienes recordaron y añoraron el detalle institucional de regalar una rosa y un libro entre GRMANIA. Mentes con ansias de cultura creyeron que volverían a recibir otro regalo y se consolaron con sugerir que el detalle del año pasado quede ya como anual tradición. Habrá que nombrar una nueva comisión al efecto.
Menos mal que aún debe durar El Quijote del año pasado. Tal libro fue traducido en pedaladas y sudores por algunos GRmanos que pasearon su nivel físico por las Lagunas de Ruidera y los Campos de Criptana, doscientos kilómetros sin atender los movimientos de los viejos gigantes (molinos de viento) aunque sí se rindieron a prestar su imagen a la personificación de Don Quijote y Sancho con sus dos resplandecientes rostros. Observadores díscolos se fijaron en las piernas de ambos individuos que asomaban por debajo.
Esta foto, sin embargo, se completó con la otra imagen vacacional, otras caras de un viaje a los Picos de Europa en el que tres modelos se retratan en un excelente contrapicado, casi sacados de los archivos de una agencia de modelos en altura.
La bahía de Roses nos recibió con su habitual fortificación romana a la izquierda (La Ciudadela) y con la Venecia catalana a la derecha. La Venecia o una más de tantas Marbellas como deben haber aún. Porque en Empuriabrava, por haber debe existir materia para varios peinados fiscales a fondo. Dejemos a las mafias de los canales artificiales porque el día amanecía en la histórica bahía con una tenue luz, con extranjeros deportistas, paseantes varios y canes necesitados de paseos obligados.
Pronto este mar por donde tantas civilizaciones dicen haber entrado lo cambiamos por el espacio natural, con canales de los de verdad. Los aledaños del Parque natural dels Aiguamolls de l’Empordà aún aguantan las embestidas de grúas y similares. Allí, en esta zona pantanosa con marismas y canales, aún te puedes situar en caminos cuya vegetación oculta las barbaridades del ladrillo costero y te sumerge en un remanso natural único. Caminos llanos y amplios bordeados por sombras arbóreas, por cañizales que se mecen por el viento y con los sonidos de tantos pájaros de los de verdad. Son los encargados de amenizarnos el paso con ese hilo musical natural. Ellos le ponen sonidos a la primavera, en medio de campos de cereales, tierras labradas que esperan el maíz (¿transgénico?), pequeñas carreteras locales que aparecen sin verse antes, árboles frutales aún en flor, labradores con enormes tractores y las habituales granjas porcinas que reconocemos a distancia por sus peculiares aromas.
La situación nuestra dentro del terreno agrícola de la zona provocaba un curioso efecto óptico a medida que avanzábamos hacia el destino final si uno se fijaba en el punto de partida, en la zona del mar y en el semicírculo que se trazaba mientras avanzábamos. Era avanzar para casi retroceder, alejarse del mar para acercarse, todo entre unas lejanas montañas a la espalda y ese mar que se entreveía al fondo. Y, en medio, el remanso natural, esos carteles que repetían que estábamos en una reserva natural de caza y pesca. Que no sea por denominaciones también aquí: parque natural, reserva integral, reserva natural, paraje natural de interés nacional. ¿Cómo distinguir tantos matices semánticos?
Mucho verde, tanto que a la hora del desayuno nos situamos después de pasar un puente artificial de madera, en una curva del camino donde los primeros se habían alineado por imperativo de unas maderas colocadas en forma de L, con el habitual movimiento de mandíbulas y botas. Parecía uno de esos rincones creados en una zona de gran frondosidad para descansos, refrigerios o refriegas varias.
El camino se dirigió hacia otro pueblo histórico, Castelló d’Empúries,, villa medieval que tiene la iglesia de Santa Maria, gótica, iglesia que algunos denominan “la catedral de l’Empordà” (recordad: Lois en León tiene “la catedral de la montaña”). Pero quienes nos recibieron fueron unos operarios que trabajaban en medio de un intenso olor, al lado de una sala de despiece de aves del parque, de unos lavaderos públicos y, hablando de agua, junto a la calle Monturiol (¿el catalán del submarino?). Este pueblo sirvió para aprovisionarse de parches y curar a una Grmana con problemas en los pies. Llamaban la atención unos carteles distribuidos en forma de esquelas por el pueblo con el curioso título: “Què és la mort?”. Un poco más allá, otro cartel que aludía a tarjetas con premio seguro hacia su destino preferido. ¿Se relacionarían ambos mensajes publicitarios?
De salida, el río La Muga nos enseñó un puente de madera reciclado con asfalto encima y nos permitió seguir su curso por el camino natural de tal río. Unos abuelos nos guiaron mejor que el más exacto GPS por dónde debíamos ir y tantas modernas carreteras confirmaron su efecto frontera (a veces desorientadora) para quienes aún se atreven a ir a pie siguiendo marcas. En esta zona, ya cercana al fin de la etapa, había viejas masías abandonadas, campos de trigo adornados por las encarnadas amapolas, tres subsaharianos encaramados a una plataforma elevadora para podar árboles altos y un nativo que les impartía órdenes o instrucciones de uso. A lo lejos aún se veía el cemento playero mientras nos acercábamos a la valla que controlaba el paso de vehículos a la zona de interpretación del parque natural.
El oasis de la cultura en plafones que te descubre qué ves donde estás, es la puerta de entrada a un espacio de 4.703 hectáreas, de las cuales 825 son reserva integral estrictamente protegida. El remanso natural tan protegido nos ofreció sombra y las habituales aves que caracterizan al parque y que no habían marchado aún, parecían ser de uso turístico. Las cigüeñas cumplieron bien su papel y también algunos patos (no, no eran a la naranja como algún gastrónomo dijo allí entre bromas) que trazaban algunas salidas en una de las pequeñas lagunas. También alguien sacó el tema de la gripe aviaria y, no es que estornudara, pero parecía que buscaba microbios sospechosos. La cigüeña blanca, el flamenco común, el colimbo del ártico, el martinete común, el cormorán grande, la garza imperial, la garza real, la garceta común, el ánade azulón, el águila pescadora, el cernícalo vulgar. Otros nombres: la gaviota reidora, el chorlitejo patinegro, la curruca cabecinegra, el pájaro moscón, elmartín pescador, el petirrojo, y así hasta más de cincuenta pájaros, 60 mariposas diferentes y mucho género Homo con artilugios digitales.
Después de los 21 kilómetros andados, el yantar se alargó por el afán de búsqueda y descubrimiento de nuevos lugares. El objetivo cervecero era un restaurante de Riudellots de la Selva que no se dignó a acogernos porque allí no se despachaba más que su comida. Con más vista comercial, el otro restaurante abierto de ese polígono industrial nos sirvió las habituales bebidas. Hubo, como en los toros, el tendido de sol y el de sombra. Quienes se refugiaron dentro protegieron su tez del bronceado. No así los del exterior, aunque unos y otros dieron buena cuenta de sus condumios. Bien bebidos y comidos, observamos las reivindicaciones de una zona que se opone a la línea de Muy Alta tensión (MAT). El poderoso caballero del dragón, si la leyenda hoy fuera realidad, se supone que se enteraría que, si viniera por la zona, debería lidiar con lo que dicen ser su actual amenaza, aunque nadie renuncie a más bienestar del que necesitamos. Muchas casas lucían la típica bandera del día, decorada en medio con el archiconocido asno catalán que le daba una coz a una medio rota torre de alta tensión, nombrada como MAT.
Los caminos te enseñan otras realidades. Don Quijote y Sancho son un buen ejemplo. Por ello nos puede servir como despedida esa frase que una marca de zapatos usa para sus anuncios. Se la atribuye a R.L.Stevenson :
“No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el caminar bajo mis pies”
Evaristo
Terrassa, 23 de abril de 2006
Texto número 49 de http://afondonatural.blogspot.com
Pasar de lo superficial al fondo no es fácil. Tener buen fondo cuesta. Pero, tranquilos, aquí no se va a tope ni a fondo. Todo con naturalidad.
domingo, 23 de abril de 2006
domingo, 16 de abril de 2006
Pasos y paseos por la fresca primavera leonesa paladeando buen orujo
Diecisiete personas se atrevieron a pasear hacia el interior de este gran trozo peninsular de tierra (innombrable para no herir sensibilidades o para evitar polémicas) durante una Semana Santa fresca. Pasar, pasos, paseos, pasear y pasearlos: palabras que serán explicadas a lo largo de este paseo escrito personal durante unos días de agradable convivencia en buena compañía.
Éramos diecisiete, un grupo considerable de personas relacionadas directa o indirectamente con GRMANIA. Todas nos atrevimos a partir el primer sábado vacacional de esa semana, santificada al gusto del consumidor, hacia ese interior lejano, hacia ese destino final situado en el centro habitado más bajo de la provincia de León, con nombre bíblico que nada tiene que ver con la realidad.
El paseo hacia allá se efectuó a la carta, o sea, según cada mapa personal y preferencias de itinerarios. Varios son los caminos que conducen a Caín. Los mapas, GPS y ese sexto sentido clave para resolver tantas dudas, todo ayudó para que nadie se perdiera.
Cuando hace años que pasas por la misma calzada parece que algo de ella forma parte de ti: la has visto cambiar (pero ella también te ha visto cambiar a ti), antes entraba por pueblos que ahora rodeas, observas nuevas estructuras, edificios diseñados a tenor de las nuevas arquitecturas e ingenierías, muchos clubs por todos los sitios, algún toro del anuncio aún en pie y la primavera por todas partes, esa estación que se nos muestra más o menos desarrollada en proporción al clima. Lo que en el Mediterráneo ya es el incipiente fruto, en el interior aún no es más que la hinchada yema o una recién estrenada flor en ese árbol que ya está impaciente por iniciar de nuevo el ciclo de la vida. Son los campos verdes, las llanuras como si fueran praderas asturianas pero con fecha de caducidad: dentro de unos meses el amarillo lo teñirá todo, después el gris para pasar al marrón, al descanso del barbecho y, vuelta a empezar.
Las carreteras, las autovías, autopistas o, si se prefiere, las siglas N, la A, la AP, la C, en versión carretera del Estado, Autonómica, Local, Foral, de la Junta de Castilla y León, etc. te van anunciando realidades terribles que no parecen convencer demasiado: mensajes no muy alentadores pero necesarios, más propios de un inmenso tanatorio con apelaciones a que si desde enero en Cataluña ya llevamos más de cien muertos, de si la semana santa pasada hubo 105, de si no podemos conducir por ti o que el alcohol puede matar. Mientras, a tu lado, si vas a 120 sólo te acompañan los camiones, los caballos motorizados relinchan a tu lado mientras tú confías en ser un fiel cumplidor de las normas. Relucientes vehículos llenos de potencia demuestran el poderío de quien va dentro.
Después del largo paseo por el asfalto, de cruzar provincias y más provincias, una ruta te lleva al lado del Camino de Santiago, junto al buen vino de Rioja. Tienes la suerte de ver a peregrinos por Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Villafranca-Montes de Oca, el puerto de La Pedraja, Ibeas de Juarros (donde están las excavaciones de Atapuerca) y Burgos, la gran Burgos donde dicen que sólo hay dos estaciones: el invierno y la del tren.
Después, dirección a Sahagún, ya en el Camino de Santiago de León, desvío hacia Cistierna y a Riaño, pueblo famoso por el pantano. Allí fue el punto de encuentro con los guías locales, con quienes nos pasearon, con dos GRmanos destacados en esas tierras de los Picos de Europa. Carretera dirección a Asturias por el puerto de El Pontón, giro a la derecha hacia el valle de Valdeón y, arriba del puerto de Panderrueda (1450 metros), parada para ver el balcón de Picos, las montañas nevadas que conforman el valle de Valdeón, en donde nace y por donde discurre el río Cares. Tras el paseo hacia el mirador, fotos, estiramientos musculares humanos y caninos, bajada hacia el fondo del valle. Posada de Valdeón es el kilómetro cero de la carretera que conduce a Caín, a 480 metros allá abajo. De la carretera, mejor no hablar. Espectacular, retorcida, estrecha y anunciadora de sustos, aunque aquí no haya paneles con los 105 muertos. Después de Semana Santa la cortarán durante 35 días para construir un sentido para cada dirección en un tramo de un kilómetro, de ése que a algunos les hizo mirar para el otro lado y rezar a Genarín (¿quién es?, esperad) para que no viniera otro vehículo de cara. Un pueblo que estará incomunicado durante más de un mes, una noticia tremenda para urbanitas pero celebrada por los cainejos después de tantos años de paciente espera.
No, no pasamos “las de Caín”, y eso que estábamos allí, en medio de un interesante pueblo, con un albergue inacabado de diseño ultramoderno, lavabos y duchas unisex, todos juntos pero no revueltos. Habitación dedicada a roncadores, donde no estaban todos los que eran pero los que allí se refugiaron no se molestaron entre ellos, y eso que eran una pareja (no de hecho).
Los condumios fueron consistentes, con cenas y comidas propias para andar todo el día. Hubo quienes salieron a la del alba cada día, hombres y mujeres que se enfilaban por temerarios riscos en muy pronunciados desniveles. Subir quinientos metros era cuestión de minutos y de muchos esfuerzos, con un paisaje espectacular donde la nieve marcaba la altura y, abajo, los árboles parecían mediterráneos por sus flores y hojas. En este pueblo nunca nieva.
El actual núcleo habitado se llama Caín de Abajo. Antes nos explicaron que había otro pueblo, al que un día visitamos, Caín de Arriba, visita que acabamos en la cueva de los quesos, llamada Cueva de Santibaña, a 940 metros de altura. Los cainejos bajaron por las mejores condiciones de vida que ofrecía el actual espacio y por los cambios de formas de vida que provocaban los nuevos tiempos. Impresionó mucho cuando nuestros amigos nos dijeron que antes los cainejos no solían morir en su casa. Se despeñaban en sus actividades cotidianas: yendo a buscar las cabras, o sacándolas de zonas aéreas, transportando queso de un secadero a otro o a los mercados donde los vendían, en Cabrales y Cangas de Onís. Caín nos recibió con varios monolitos y placas al otro lado del puente. En total y de momento, cuatro. Descubrimos luego a quién estaban dedicadas. Y, en homenaje a Gregorio Pérez, copiamos todos los textos, que se incluyen ahora:
- Primer texto: “A Gregorio Pérez “El Cainejo”: ‘ No hice más que colocar mis manos y mis pies donde Gregorio había puesto los suyos’. Pidal
1 de agosto de 2004Los Montañeros de León
- Segundo texto:o 1904-1974El Cainejo A Gregorio Pérez El Cainejo en el 75 aniversario – Primera ascensión al Naranjo de Bulnes5 agosto 1979
- Tercer texto:o El equipo de “Al filo de lo Imposible”, a Gregorio Pérez El Cainejo precursor de la escalada de dificultad en España que junto a Don Pedro Pidal escaló por primera vez el Naranjo de Bulnes
En memoria
5 de agosto 1904 – 5 agosto 1993
- Cuarto texto:o A Gregorio Pérez (1853-1913)Muy esforzado, valiente, generoso y leal compañero de Don Pedro Pidal en la primera ascensión al Naranjo de Bulnes, el 5 de agosto de 1904.
Homenaje del G.V.M.AAgosto 1979
La deducción de tantos recuerdos es lógica. Es el orgullo de Caín a su paisano, que fue quien ayudó al marqués de Comillas a ascender por primera vez el Naranjo de Bulnes el 5 de agosto de 1904. Las placas no dicen que Pedro Pidal compró en Londres la cuerda que usaron, que llevaron dos botellas de vino, que una se la bebieron arriba y otra la dejaron para demostrarle a su rival francés que ellos ya habían llegado dos años antes que él, que para llegar al Naranjo tardaron dos días y que antes se entrenaron en un pico considerable. Son hechos de un pastor que representa a tantos cainejos anónimos y a muchas personas que han dedicado su vida a cuidar de sus animales en el campo, sin importarles el tiempo u otras circunstancias. Nos puso muy contentos cuando conocimos a un nieto del escalador, un señor mayor que nos lo confirmó mientras fabricaba artesanalmente objetos de madera de un nogal que había sido roto por un alud de nieve. Estaba sentado a la puerta de su casa, con las mismas herramientas que habían usado sus antepasados. O la conversación que mantuvimos con otro señor mayor del pueblo. Gente que aún salen a vigilar sus cabras u ovejas por unos desniveles que hay que ver y andar para explicar.
Este cainejo nos dijo que de su edad había treinta personas, que salían cada día y con unas piernas en forma. No se nos olvida la vista y el olfato con que le predijo a otros excursionistas que no serían capaces de subir por donde pretendían. Al poco rato bajaron para confirmárselo. Pensábamos en voz alta, nos interesaba cómo sería la vida aquí antes, nos costaba creer que se pudiera vivir sin nuestras comodidades, como si éstas hubieran estado siempre. Y admirábamos a esta gente a medida que hablábamos con ellos y que nuestros amigos de GRMANIA nos relataban los avatares de unos tiempos duros. Caín nos ofreció esa ruta tan paseada, la del Cares, que ya conocíamos bastante, y también otras. Impresionante cantidad de agua, con muchas cabras a lo largo del recorrido, animales que nos trajeron a la memoria eso de hacer el cabra, estar como cabras, la cabra tira al monte o estar cabreados. Eran animales reales, no de los de uso turístico para hacer la foto. Al final de la ruta, en Poncebos, fabes con almejas para recuperar fuerzas y afrontar la vuelta con lluvia. Una compañera hizo la heroicidad de acabarla con las dos botas de montaña totalmente destrozadas por debajo. Caín ha cambiado desde las veces anteriores en que fuimos. Hay más hostales, un nuevo albergue, personas amables y hospitalarias, caminantes, excursionistas y los turistas de cualquier lado, y muchos solteros. Dicen que hay veinte. También se ven chicas lationamericanas instaladas en el pueblo. Casas mejores, un entorno abierto a las visitas pero aún no demasiado domesticado para las grandes muchedumbres, con comidas contundentes como la fabada, las alubias con almejas, corzo, cabrito, trucha con jamón, ternera, pote. Un paisaje cambiante, típico de la vertiente norte y de Picos de Europa, unas montañas con tantas tonalidades como las que nos brindan los cambios de la meteorología, en especial el efecto de las cortinas de niebla que desdibujan los picos o los ocultan por partes, o el sol con sus matices desde el amanecer hasta el atardecer. La televisión predecía un tiempo y la realidad es que había tantos tiempos como momentos del día. Ésa era una de nuestras preocupaciones pero también el encanto. Nos gustó este pueblo encajonado al final del valle de Valdeón, esa antigua construcción para cazar lobos llamada El Chorco de los Lobos, la ermita de Corona, donde dicen que coronaron a Don Pelayo, y el queso azul y la mantequilla artesanal que compramos en Posada de Valdeón.
Subir para bajar o al revés, ambos retos nos ocuparon estos días, más para unos que para otros. Fueron esos momentos que recuerdas mejor cuando han pasado, incluso con ese barniz de nostalgia que aporta la memoria y las fotos digitales. Con tiempo también para alguna discusión entre personas amigas, como si fuera más debida a un supuesto mal de altura que no a causas con fundamento. Con paseos por praderas alfombradas con flores amarillas y azules que formaban un paisaje bucólico, tanto que a alguna ninfa del grupo se le disparó la imaginación. En más de un momento dijo sus deseos en voz alta y se creyó allí, retozando con algún fauno lascivo en una tienda de campaña, desgastando sus primaverales energías. A tal ser le llamó “maromo”. La imaginación al poder y con agua para lavarse más abajo. No pensó que allí cerca, en Caín, había veinte solteros, de los de carne y hueso. Y con muchas cabras.
Fueron días que algunos convertimos en nuestra particular celebración del décimo aniversario de GRMANIA. Sólo nos faltó levantar una jarra de cerveza al lado de tantas placas en homenaje a Gregorio Pérez y a Pedro Pidal. Nuestro homenaje a ellos, con cariño y respeto desde la cultura del esfuerzo.
Hubo abundante cerveza, pero no sólo esta bebida. El orujo fue el símbolo de estos días. Muchos chupitos de este aguardiente tan típico de las frías tierras leonesas. Después de la comida o de las cenas, cuando la noche nos traía el frío, el agua o la nieve allá arriba, quienes bebían degustaban esta libación en sus variadas formas: al natural, como crema o a las hierbas. Fue el mejor isostar para tantos paseos en muy fuerte ascenso y descenso.
Transcurridos los primeros días, las diecisiete personas se separaron hacia otros destinos. Después de conocer Lois y la acostumbrada hospitalidad de Antonio y Ginés, quedaron algunas que quisieron conocer la ciudad de León, sus monumentos y qué se hacía el Jueves Santo allí.
Dicen que vieron lo habitual que figura en los catálogos turísticos, devotas y serias procesiones por la tarde, los pasos de la Semana Santa, que visitaron y bebieron en el Barrio Húmedo (buen nombre) y que esperaron para la otra procesión, la que no figura en los religiosos catálogos turísticos pero que cada vez cala más hondo entre el ambiente bohemio y profano.
La noche del jueves al viernes santo, una muchedumbre se concentra en la plaza de San Martín, ante unos comensales que cenan en un resataurante con balcones. Son los miembros de la Cofradia del Padre Genarín. Allí cenan lo que ingirió Genaro una noche como la de hoy en el año 1929: sopas de ajo, queso, una naranja y orujo. Aquel lejano día, borracho y en mitad de la clalle de los Cubos, fue atropellado por el primer camión de la basura que hubo en León. Se quedó sin frenos y atropelló a este pellejero, borrachín, amante de burdeles y de tabernas que estaba realizando sus necesidades en mitad de la calle. En su homenaje, después del franquismo, se recuperó esta cofradía y esta procesión, cada vez con más público.
Los miembros de la cofradía salen al balcón, leen su anual homenaje a Genaro, nombran al nuevo cofrade y anuncian la nueva procesión, la cual saldrá de la Plaza del Grano más tarde.
En esta plaza se concentran muchos fieles, con muchas botellas de orujo y demás brebajes de un botellón casi general. Del camión allí instalado se descargan todos los “pasos” de tan curiosa procesión: la muerte, un tonel con un ramo de laurel, la imagen de Genaro agarrado con una mano a una farola encendida y sosteniendo una botella de orujo con la otra, los cofrades con pipa y puro, acompañantes con teas encendidas y la imagen de una mujer de las que dicen “de buen vivir” que lee la noticia de la muerte de su cliente en el diario.
La comitiva recorre el centro histórico de León, con banda de música y muchas botellas, alegría alcohólica y jolgorio general. Una multitud que, al paso que va, pronto eclipsará las otras celebraciones religiosas por volumen de público.
Pasa por la plaza de San Martín llena, así como todas las calles adyacentes. Se detiene en la explanada enfrente de la catedral. No se cabía. Allí se leen otros ripios ante el edificio religioso y siempre acaban con la frase de rigor que se repite a menudo:
“Y siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron un lujo,
bebamos en su memoria,
otra copina de orujo”
Y se procede en consecuencia. La procesión continúa hasta el sitio en que murió, en el arco de la muralla, en la carretera de los Cubos. Llena a rebosar, a las tres de la madrugada, se procede a honrar a Genaro, bajo muchos focos de televisión, máquinas de fotos y otros focos de luz instalados para la ocasión. Nuevos ripios que acaban en los versos anteriores y un escalador que sube por las piedras de la muralla hasta la hornacina donde cada año se le pone una nueva corona y, dentro, un trozo de queso, una naranja, un trozo de pan y una petaca de orujo. La ceremonia acaba con los vasos de orujo de nuevo arriba.
Mientras, la procesión es una euforia colectiva donde se aprovecha para meterse con los de Valladolid, ridiculizar al actual alcalde (que hacía pagar su gomina del erario público), “coca cola asesina, el orujo al poder”, algún grito contra Zapatero, muchos contra el obispo y otros contra el Estatut, o afirmando que todo nacionalismo es fascismo. Los “pasos” de esta peculiar procesión acabaron aquí mientras mucho público dedicará la noche a honrar a Genaro como le corresponde.
Y GRMANIA estuvo allí, con aquella ninfa ya adulta que buscaba un maromo en Caín (con los que había aquí en medio de tanto gentío) y ahora como fiel devota de los “pasos” de Genarín. Y también estábamos los que la acompañábamos.
Al acabar, confirmamos nuestra fe “con una copina de orujo” en un bar de los alrededores.
Éramos diecisiete, un grupo considerable de personas relacionadas directa o indirectamente con GRMANIA. Todas nos atrevimos a partir el primer sábado vacacional de esa semana, santificada al gusto del consumidor, hacia ese interior lejano, hacia ese destino final situado en el centro habitado más bajo de la provincia de León, con nombre bíblico que nada tiene que ver con la realidad.
El paseo hacia allá se efectuó a la carta, o sea, según cada mapa personal y preferencias de itinerarios. Varios son los caminos que conducen a Caín. Los mapas, GPS y ese sexto sentido clave para resolver tantas dudas, todo ayudó para que nadie se perdiera.
Cuando hace años que pasas por la misma calzada parece que algo de ella forma parte de ti: la has visto cambiar (pero ella también te ha visto cambiar a ti), antes entraba por pueblos que ahora rodeas, observas nuevas estructuras, edificios diseñados a tenor de las nuevas arquitecturas e ingenierías, muchos clubs por todos los sitios, algún toro del anuncio aún en pie y la primavera por todas partes, esa estación que se nos muestra más o menos desarrollada en proporción al clima. Lo que en el Mediterráneo ya es el incipiente fruto, en el interior aún no es más que la hinchada yema o una recién estrenada flor en ese árbol que ya está impaciente por iniciar de nuevo el ciclo de la vida. Son los campos verdes, las llanuras como si fueran praderas asturianas pero con fecha de caducidad: dentro de unos meses el amarillo lo teñirá todo, después el gris para pasar al marrón, al descanso del barbecho y, vuelta a empezar.
Las carreteras, las autovías, autopistas o, si se prefiere, las siglas N, la A, la AP, la C, en versión carretera del Estado, Autonómica, Local, Foral, de la Junta de Castilla y León, etc. te van anunciando realidades terribles que no parecen convencer demasiado: mensajes no muy alentadores pero necesarios, más propios de un inmenso tanatorio con apelaciones a que si desde enero en Cataluña ya llevamos más de cien muertos, de si la semana santa pasada hubo 105, de si no podemos conducir por ti o que el alcohol puede matar. Mientras, a tu lado, si vas a 120 sólo te acompañan los camiones, los caballos motorizados relinchan a tu lado mientras tú confías en ser un fiel cumplidor de las normas. Relucientes vehículos llenos de potencia demuestran el poderío de quien va dentro.
Después del largo paseo por el asfalto, de cruzar provincias y más provincias, una ruta te lleva al lado del Camino de Santiago, junto al buen vino de Rioja. Tienes la suerte de ver a peregrinos por Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Villafranca-Montes de Oca, el puerto de La Pedraja, Ibeas de Juarros (donde están las excavaciones de Atapuerca) y Burgos, la gran Burgos donde dicen que sólo hay dos estaciones: el invierno y la del tren.
Después, dirección a Sahagún, ya en el Camino de Santiago de León, desvío hacia Cistierna y a Riaño, pueblo famoso por el pantano. Allí fue el punto de encuentro con los guías locales, con quienes nos pasearon, con dos GRmanos destacados en esas tierras de los Picos de Europa. Carretera dirección a Asturias por el puerto de El Pontón, giro a la derecha hacia el valle de Valdeón y, arriba del puerto de Panderrueda (1450 metros), parada para ver el balcón de Picos, las montañas nevadas que conforman el valle de Valdeón, en donde nace y por donde discurre el río Cares. Tras el paseo hacia el mirador, fotos, estiramientos musculares humanos y caninos, bajada hacia el fondo del valle. Posada de Valdeón es el kilómetro cero de la carretera que conduce a Caín, a 480 metros allá abajo. De la carretera, mejor no hablar. Espectacular, retorcida, estrecha y anunciadora de sustos, aunque aquí no haya paneles con los 105 muertos. Después de Semana Santa la cortarán durante 35 días para construir un sentido para cada dirección en un tramo de un kilómetro, de ése que a algunos les hizo mirar para el otro lado y rezar a Genarín (¿quién es?, esperad) para que no viniera otro vehículo de cara. Un pueblo que estará incomunicado durante más de un mes, una noticia tremenda para urbanitas pero celebrada por los cainejos después de tantos años de paciente espera.
No, no pasamos “las de Caín”, y eso que estábamos allí, en medio de un interesante pueblo, con un albergue inacabado de diseño ultramoderno, lavabos y duchas unisex, todos juntos pero no revueltos. Habitación dedicada a roncadores, donde no estaban todos los que eran pero los que allí se refugiaron no se molestaron entre ellos, y eso que eran una pareja (no de hecho).
Los condumios fueron consistentes, con cenas y comidas propias para andar todo el día. Hubo quienes salieron a la del alba cada día, hombres y mujeres que se enfilaban por temerarios riscos en muy pronunciados desniveles. Subir quinientos metros era cuestión de minutos y de muchos esfuerzos, con un paisaje espectacular donde la nieve marcaba la altura y, abajo, los árboles parecían mediterráneos por sus flores y hojas. En este pueblo nunca nieva.
El actual núcleo habitado se llama Caín de Abajo. Antes nos explicaron que había otro pueblo, al que un día visitamos, Caín de Arriba, visita que acabamos en la cueva de los quesos, llamada Cueva de Santibaña, a 940 metros de altura. Los cainejos bajaron por las mejores condiciones de vida que ofrecía el actual espacio y por los cambios de formas de vida que provocaban los nuevos tiempos. Impresionó mucho cuando nuestros amigos nos dijeron que antes los cainejos no solían morir en su casa. Se despeñaban en sus actividades cotidianas: yendo a buscar las cabras, o sacándolas de zonas aéreas, transportando queso de un secadero a otro o a los mercados donde los vendían, en Cabrales y Cangas de Onís. Caín nos recibió con varios monolitos y placas al otro lado del puente. En total y de momento, cuatro. Descubrimos luego a quién estaban dedicadas. Y, en homenaje a Gregorio Pérez, copiamos todos los textos, que se incluyen ahora:
- Primer texto: “A Gregorio Pérez “El Cainejo”: ‘ No hice más que colocar mis manos y mis pies donde Gregorio había puesto los suyos’. Pidal
1 de agosto de 2004Los Montañeros de León
- Segundo texto:o 1904-1974El Cainejo A Gregorio Pérez El Cainejo en el 75 aniversario – Primera ascensión al Naranjo de Bulnes5 agosto 1979
- Tercer texto:o El equipo de “Al filo de lo Imposible”, a Gregorio Pérez El Cainejo precursor de la escalada de dificultad en España que junto a Don Pedro Pidal escaló por primera vez el Naranjo de Bulnes
En memoria
5 de agosto 1904 – 5 agosto 1993
- Cuarto texto:o A Gregorio Pérez (1853-1913)Muy esforzado, valiente, generoso y leal compañero de Don Pedro Pidal en la primera ascensión al Naranjo de Bulnes, el 5 de agosto de 1904.
Homenaje del G.V.M.AAgosto 1979
La deducción de tantos recuerdos es lógica. Es el orgullo de Caín a su paisano, que fue quien ayudó al marqués de Comillas a ascender por primera vez el Naranjo de Bulnes el 5 de agosto de 1904. Las placas no dicen que Pedro Pidal compró en Londres la cuerda que usaron, que llevaron dos botellas de vino, que una se la bebieron arriba y otra la dejaron para demostrarle a su rival francés que ellos ya habían llegado dos años antes que él, que para llegar al Naranjo tardaron dos días y que antes se entrenaron en un pico considerable. Son hechos de un pastor que representa a tantos cainejos anónimos y a muchas personas que han dedicado su vida a cuidar de sus animales en el campo, sin importarles el tiempo u otras circunstancias. Nos puso muy contentos cuando conocimos a un nieto del escalador, un señor mayor que nos lo confirmó mientras fabricaba artesanalmente objetos de madera de un nogal que había sido roto por un alud de nieve. Estaba sentado a la puerta de su casa, con las mismas herramientas que habían usado sus antepasados. O la conversación que mantuvimos con otro señor mayor del pueblo. Gente que aún salen a vigilar sus cabras u ovejas por unos desniveles que hay que ver y andar para explicar.
Este cainejo nos dijo que de su edad había treinta personas, que salían cada día y con unas piernas en forma. No se nos olvida la vista y el olfato con que le predijo a otros excursionistas que no serían capaces de subir por donde pretendían. Al poco rato bajaron para confirmárselo. Pensábamos en voz alta, nos interesaba cómo sería la vida aquí antes, nos costaba creer que se pudiera vivir sin nuestras comodidades, como si éstas hubieran estado siempre. Y admirábamos a esta gente a medida que hablábamos con ellos y que nuestros amigos de GRMANIA nos relataban los avatares de unos tiempos duros. Caín nos ofreció esa ruta tan paseada, la del Cares, que ya conocíamos bastante, y también otras. Impresionante cantidad de agua, con muchas cabras a lo largo del recorrido, animales que nos trajeron a la memoria eso de hacer el cabra, estar como cabras, la cabra tira al monte o estar cabreados. Eran animales reales, no de los de uso turístico para hacer la foto. Al final de la ruta, en Poncebos, fabes con almejas para recuperar fuerzas y afrontar la vuelta con lluvia. Una compañera hizo la heroicidad de acabarla con las dos botas de montaña totalmente destrozadas por debajo. Caín ha cambiado desde las veces anteriores en que fuimos. Hay más hostales, un nuevo albergue, personas amables y hospitalarias, caminantes, excursionistas y los turistas de cualquier lado, y muchos solteros. Dicen que hay veinte. También se ven chicas lationamericanas instaladas en el pueblo. Casas mejores, un entorno abierto a las visitas pero aún no demasiado domesticado para las grandes muchedumbres, con comidas contundentes como la fabada, las alubias con almejas, corzo, cabrito, trucha con jamón, ternera, pote. Un paisaje cambiante, típico de la vertiente norte y de Picos de Europa, unas montañas con tantas tonalidades como las que nos brindan los cambios de la meteorología, en especial el efecto de las cortinas de niebla que desdibujan los picos o los ocultan por partes, o el sol con sus matices desde el amanecer hasta el atardecer. La televisión predecía un tiempo y la realidad es que había tantos tiempos como momentos del día. Ésa era una de nuestras preocupaciones pero también el encanto. Nos gustó este pueblo encajonado al final del valle de Valdeón, esa antigua construcción para cazar lobos llamada El Chorco de los Lobos, la ermita de Corona, donde dicen que coronaron a Don Pelayo, y el queso azul y la mantequilla artesanal que compramos en Posada de Valdeón.
Subir para bajar o al revés, ambos retos nos ocuparon estos días, más para unos que para otros. Fueron esos momentos que recuerdas mejor cuando han pasado, incluso con ese barniz de nostalgia que aporta la memoria y las fotos digitales. Con tiempo también para alguna discusión entre personas amigas, como si fuera más debida a un supuesto mal de altura que no a causas con fundamento. Con paseos por praderas alfombradas con flores amarillas y azules que formaban un paisaje bucólico, tanto que a alguna ninfa del grupo se le disparó la imaginación. En más de un momento dijo sus deseos en voz alta y se creyó allí, retozando con algún fauno lascivo en una tienda de campaña, desgastando sus primaverales energías. A tal ser le llamó “maromo”. La imaginación al poder y con agua para lavarse más abajo. No pensó que allí cerca, en Caín, había veinte solteros, de los de carne y hueso. Y con muchas cabras.
Fueron días que algunos convertimos en nuestra particular celebración del décimo aniversario de GRMANIA. Sólo nos faltó levantar una jarra de cerveza al lado de tantas placas en homenaje a Gregorio Pérez y a Pedro Pidal. Nuestro homenaje a ellos, con cariño y respeto desde la cultura del esfuerzo.
Hubo abundante cerveza, pero no sólo esta bebida. El orujo fue el símbolo de estos días. Muchos chupitos de este aguardiente tan típico de las frías tierras leonesas. Después de la comida o de las cenas, cuando la noche nos traía el frío, el agua o la nieve allá arriba, quienes bebían degustaban esta libación en sus variadas formas: al natural, como crema o a las hierbas. Fue el mejor isostar para tantos paseos en muy fuerte ascenso y descenso.
Transcurridos los primeros días, las diecisiete personas se separaron hacia otros destinos. Después de conocer Lois y la acostumbrada hospitalidad de Antonio y Ginés, quedaron algunas que quisieron conocer la ciudad de León, sus monumentos y qué se hacía el Jueves Santo allí.
Dicen que vieron lo habitual que figura en los catálogos turísticos, devotas y serias procesiones por la tarde, los pasos de la Semana Santa, que visitaron y bebieron en el Barrio Húmedo (buen nombre) y que esperaron para la otra procesión, la que no figura en los religiosos catálogos turísticos pero que cada vez cala más hondo entre el ambiente bohemio y profano.
La noche del jueves al viernes santo, una muchedumbre se concentra en la plaza de San Martín, ante unos comensales que cenan en un resataurante con balcones. Son los miembros de la Cofradia del Padre Genarín. Allí cenan lo que ingirió Genaro una noche como la de hoy en el año 1929: sopas de ajo, queso, una naranja y orujo. Aquel lejano día, borracho y en mitad de la clalle de los Cubos, fue atropellado por el primer camión de la basura que hubo en León. Se quedó sin frenos y atropelló a este pellejero, borrachín, amante de burdeles y de tabernas que estaba realizando sus necesidades en mitad de la calle. En su homenaje, después del franquismo, se recuperó esta cofradía y esta procesión, cada vez con más público.
Los miembros de la cofradía salen al balcón, leen su anual homenaje a Genaro, nombran al nuevo cofrade y anuncian la nueva procesión, la cual saldrá de la Plaza del Grano más tarde.
En esta plaza se concentran muchos fieles, con muchas botellas de orujo y demás brebajes de un botellón casi general. Del camión allí instalado se descargan todos los “pasos” de tan curiosa procesión: la muerte, un tonel con un ramo de laurel, la imagen de Genaro agarrado con una mano a una farola encendida y sosteniendo una botella de orujo con la otra, los cofrades con pipa y puro, acompañantes con teas encendidas y la imagen de una mujer de las que dicen “de buen vivir” que lee la noticia de la muerte de su cliente en el diario.
La comitiva recorre el centro histórico de León, con banda de música y muchas botellas, alegría alcohólica y jolgorio general. Una multitud que, al paso que va, pronto eclipsará las otras celebraciones religiosas por volumen de público.
Pasa por la plaza de San Martín llena, así como todas las calles adyacentes. Se detiene en la explanada enfrente de la catedral. No se cabía. Allí se leen otros ripios ante el edificio religioso y siempre acaban con la frase de rigor que se repite a menudo:
“Y siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron un lujo,
bebamos en su memoria,
otra copina de orujo”
Y se procede en consecuencia. La procesión continúa hasta el sitio en que murió, en el arco de la muralla, en la carretera de los Cubos. Llena a rebosar, a las tres de la madrugada, se procede a honrar a Genaro, bajo muchos focos de televisión, máquinas de fotos y otros focos de luz instalados para la ocasión. Nuevos ripios que acaban en los versos anteriores y un escalador que sube por las piedras de la muralla hasta la hornacina donde cada año se le pone una nueva corona y, dentro, un trozo de queso, una naranja, un trozo de pan y una petaca de orujo. La ceremonia acaba con los vasos de orujo de nuevo arriba.
Mientras, la procesión es una euforia colectiva donde se aprovecha para meterse con los de Valladolid, ridiculizar al actual alcalde (que hacía pagar su gomina del erario público), “coca cola asesina, el orujo al poder”, algún grito contra Zapatero, muchos contra el obispo y otros contra el Estatut, o afirmando que todo nacionalismo es fascismo. Los “pasos” de esta peculiar procesión acabaron aquí mientras mucho público dedicará la noche a honrar a Genaro como le corresponde.
Y GRMANIA estuvo allí, con aquella ninfa ya adulta que buscaba un maromo en Caín (con los que había aquí en medio de tanto gentío) y ahora como fiel devota de los “pasos” de Genarín. Y también estábamos los que la acompañábamos.
Al acabar, confirmamos nuestra fe “con una copina de orujo” en un bar de los alrededores.
domingo, 12 de febrero de 2006
GR92, 11 de febrero de 2006: etapa 1 bis, de Llançà a Cadaqués
La luminosidad invernal desde el parque natural del Cap de Creus
GRmanos y GRmanas,
En contra de los tópicos de algunos dichos populares, en esta ocasión segundas partes sí han sido buenas. Las condiciones meteorológicas fueron favorables y permitieron no sólo acabar la primera etapa, también disfrutar del agua (no de la lluvia), de la auténtica costa brava y de la luminosidad propia de esos días invernales en que el sol coloca a cada color en su lugar natural.
Las iniciales suspicacias en torno al tiempo fueron motivo de comentario a lo largo de trayecto, un viaje que discurrió por ese camino hacia el norte que tantas veces repetiremos, una vía abierta a tantos pueblos, a tantos productos y a tanto comercio sin boicots ocasionales. El traslado hacia Llançà fue el principio de algunas conversaciones en medio de la propensión al sueño, una primera toma de contacto con quien te rodea y hace un mes no has visto. No obstante, siempre hay quienes empiezan el camino con tantas energías que ya se atreven con temas sensibles, hacen un primer arreglo del mundo y hasta hablan del próximo carnaval. Hubo algún momento en que, mientras un reducido sector negociaba sobre disfraces escatológicos, otro sector se refería a las últimas producciones intelectuales de esas tres mentes privilegiadas del partido conservador, dirigidas por el sabio de Georghtawn. Pura coincidencia en el tiempo de ambas conversaciones o una mala pasada del inconsciente más consciente.
Llançà estaba seco con el mar al fondo. El pueblo, aún dormido, paseaba su soledad matinal, acrecentada por tantas viviendas cerradas, tanta arquitectura fantasma que ocupa un lugar en el espacio costero para revivir cada verano y cerrarse hasta el siguiente. Y, al fondo, el mar.
En primer plano, calentamiento general. Sí. En la playa, al fondo se divisaban tres personas ataviadas con trajes de neopreno que, a primera hora de la mañana, ya ponían a punto su musculatura. Llamaban la atención sus movimientos, tanto que los aspavientos que se les veían hubo quien los asoció con simulacros de sardanas antes de lanzarse al agua. Quien decía esto era un especialista en suscitar calentamientos, pero de otra clase. También alguien dejó caer una iniciativa a tener en cuenta: la posibilidad de efectuar alguna tabla gimnástica breve nada más bajar del autocar. Todos juntos, cual orientales, estirando y tonificando músculos y mentes antes de entrar en acción. El espectáculo estaría servido. Gratis.
La primera línea de la costa en invierno no la forman ni los apartamentos ni los yates ni las tumbonas. Las olas, la tramontana y las mareas trasladan a esa arena y piedras negras los restos naturales y artificiales que nunca debieron ir al agua. Pero ella, amable, nos los devuelve como si fuera un gesto más para afearnos nuestra conducta: botellas de plástico, maderas, papeles, trozos de hormigón que no respetan ninguna ley de costas, felizmente arrancados por el temporal, algunas tumbonas y barcas despanzurradas como si fueran restos veraniegos ya inservibles. También la playa muestra objetos más cotidianos, toallas olvidadas, restos orgánicos de amores ya caducados, papeleras aún llenas de lo que queda de placeres ya consumidos. Y, siempre, cerca o al fondo, el mar. El camino de Ronda te acerca a verlo, a saborear su espuma, a oler el salitre, a que tus oídos se llenen del continuo batir de las olas, de ese ronroneo seguido y continuo que ha recortado las rocas más blandas y que, con su furia de mar bravío, enseña el dibujo de su obra maestra aún inacabada.
Y también el viento, ahora que quieren adornar el paisaje de esta zona con algunos molinos eólicos. Un viento –dicen- con efectos secundarios en las mentes de los lugareños, aunque sus efectos primarios se podían notar de manera suave. Es la costa en invierno, son las playas vírgenes porque son así, sin duchas que funcionen, sin tractores que limpien, sin olor a bronceado ni a fritangas, sin los símbolos del placentero asueto estival.
Tanto paisaje invitaba a buscar un rincón para la pitanza. Cómo no, debía ser en una cala no acondicionada para la postal bucólica: tenía una barca pero estaba sucia y de al revés; la playa, con restos variados y el servicio de comidas y bebidas era el que salía de cada mochila. Bien colocados aprovechando el desnivel orográfico, había diferentes alturas corporales, bien estratificadas. Los problemas venían a la hora de hacer circular los caldos en bota. Porque esta vez eran tres: de chorro, de chorrito y de chorrazo respectivamente. A pesar de la ley de la gravedad, subían y bajaban bien los desniveles y asentaban los condumios con sus digestivos líquidos. Hubo fotos en todas direcciones, el evento era único y se prestaba a ser guardado en formato digital.
Desde aquí a Port de la Selva, pasando por un camino que bordeaba el mar y te obligaba a estar atento, no siendo que una metedura de pata te condujera al abismo marino. Este pueblo, también adormilado por la hibernación, obligó a tensar la musculatura porque se avecinaban suaves subidas y bajadas que nos conducirían a una sostenida ascensión final. El cementerio nos despidió (“qué solos se quedan los muertos”, dijo el poeta) y, a partir de aquí, las vistas se ampliaban a medida que las fuerzas empujaban a los cuerpos hasta arriba. No hubo problemas porque la llegada al alto devolvía la amplitud del paisaje recortado de la costa por un lado y, por el otro, los atisbos del principio del término municipal de Cadaqués. Estábamos en el término medio, con sed y con las vejigas que pedían a gritos ser aliviadas. Y, en estos casos, también hay gente sabia que da lecciones gratis. Nuestro lobo de mar aconsejaba que, en situaciones así, cuando alguien iba a efectuar una micción, lo hiciera siempre a sotavento, nunca a barlovento. Atestiguaba que así se lo enseñaban a los grumetes en sus primeras lecciones acerca del mar.
El trayecto hacia el pueblo de Dalí estuvo salpicado de continuas lecciones históricas. Hubo quienes demostraron su amplitud cultural y derrocharon conocimientos a diestro y siniestro, auténticas disertaciones sobre tantos búnkeres de la segunda guerra mundial, prevenciones franquistas ante posibles amenazas aliadas, la defensa patria ante supuestos enemigos que llegarían por mar. También el territorio enseñaba los restos de tantos bancales de viñedos arrasados años a por la filoxera, un camino a Cadaqués perfecto, con piedras encajadas tan bien que aún seguía siendo una obra maestra de la ingeniería popular. Allá arriba, majestuoso, el monasterio de Sant Pere de Rodes. Más arriba aún, los restos de un castillo. A la derecha, los volúmenes geométricos de una antigua base militar encima de Cadaqués y, siempre, siempre, el azul del mar como relajante compañía. No, aún nadie le ha puesto al agua marina el letrero de “privado”, como tantos que salpicaban el camino.
Era un placer andar por una senda tan bien hecha, como si fueran dos líneas tendidas que, si las seguías, te conducían a ese horizonte que se representaba en un pueblo blanco, con una iglesia, museos, artistas y esa imagen que aún se alimenta de glorias pictóricas pasadas. A los lados, la vegetación mediterránea que aún aguanta, impertérrita, los vientos de la zona y tantos incendios como ha habido. Pronto, Port Lligat y Cadaqués. Hubo que renunciar a ver la conocida imagen de la casa de Dalí pero no se perdonó la ceremonia de la comida. Antes, la playa en la fachada más conocida de este pueblo. La arena, el agua salada, el paseo y el deleite de breves pero intensos momentos que no se pagan con dinero.
Detrás nuestro había un edificio que, cómo no, debía ser centro de acogida y de comida. Su fachada dejaba leer un enorme letrero que bien podía hacer honor a GRMANIA: “Societat L’Amistat”. Y allí, en el bar El Casino, el grupo fue muy bien acogido y mejor servido por personas latinoamericanas. Un sitio para recordar, pues no es fácil estar tan bien cuando se está bien y, encima, con ese cuadro natural que lo compone el mar, las rocas, la playa, la luz, el sol y algún barco al fondo (pero todo con una buena cerveza en la mano).
Acabado el ágape, el bienestar posterior provocó originalidades. Por ejemplo, algunos ya sugerían lo de rebautizarse como “GR y Manías” y, otros, más prácticos, ya pensaban en la próxima etapa por tierras tarragoninas con calçotada incluida. De esto se habló y se concretó antes de iniciar la vuelta a los orígenes. Propuesta aprobada, con lista de asistencia incluida.
Ya en marcha, en algunos tramos del camino hubo quien animó el trayecto con sus habituales intervenciones, muy celebradas entre parte del sector femenino. Alguien hablaba del calor de la calefacción del autocar, aunque al lado de su asiento llevaba a quien en cada etapa se consagra como calentador oficial (bautizado en secreto por un notable del grupo como: “el que las pone...”). Debe estar preparando sus intervenciones del día de la calçotada: ¡qué dirá ante tan lascivo manjar!.
El paisaje de retorno dejaba ver al fondo las cimas pirenaicas llenas de nieve. Montañas que bien pudieran ser un homenaje personal al recuerdo de uno de los más grandes alpinistas, desaparecido la semana pasada en el Makalu, el francés Jean Christophe Lafaille. En su homenaje, he aquí la frase que figura hoy en su web oficial: http://www.jclafaille.com/
“La vie à ses raisons que la raison ignore...”
Evaristo
Terrassa, 12 de febrero de 2006
Texto número 47 de http://afondonatural.blogspot.com
GRmanos y GRmanas,
En contra de los tópicos de algunos dichos populares, en esta ocasión segundas partes sí han sido buenas. Las condiciones meteorológicas fueron favorables y permitieron no sólo acabar la primera etapa, también disfrutar del agua (no de la lluvia), de la auténtica costa brava y de la luminosidad propia de esos días invernales en que el sol coloca a cada color en su lugar natural.
Las iniciales suspicacias en torno al tiempo fueron motivo de comentario a lo largo de trayecto, un viaje que discurrió por ese camino hacia el norte que tantas veces repetiremos, una vía abierta a tantos pueblos, a tantos productos y a tanto comercio sin boicots ocasionales. El traslado hacia Llançà fue el principio de algunas conversaciones en medio de la propensión al sueño, una primera toma de contacto con quien te rodea y hace un mes no has visto. No obstante, siempre hay quienes empiezan el camino con tantas energías que ya se atreven con temas sensibles, hacen un primer arreglo del mundo y hasta hablan del próximo carnaval. Hubo algún momento en que, mientras un reducido sector negociaba sobre disfraces escatológicos, otro sector se refería a las últimas producciones intelectuales de esas tres mentes privilegiadas del partido conservador, dirigidas por el sabio de Georghtawn. Pura coincidencia en el tiempo de ambas conversaciones o una mala pasada del inconsciente más consciente.
Llançà estaba seco con el mar al fondo. El pueblo, aún dormido, paseaba su soledad matinal, acrecentada por tantas viviendas cerradas, tanta arquitectura fantasma que ocupa un lugar en el espacio costero para revivir cada verano y cerrarse hasta el siguiente. Y, al fondo, el mar.
En primer plano, calentamiento general. Sí. En la playa, al fondo se divisaban tres personas ataviadas con trajes de neopreno que, a primera hora de la mañana, ya ponían a punto su musculatura. Llamaban la atención sus movimientos, tanto que los aspavientos que se les veían hubo quien los asoció con simulacros de sardanas antes de lanzarse al agua. Quien decía esto era un especialista en suscitar calentamientos, pero de otra clase. También alguien dejó caer una iniciativa a tener en cuenta: la posibilidad de efectuar alguna tabla gimnástica breve nada más bajar del autocar. Todos juntos, cual orientales, estirando y tonificando músculos y mentes antes de entrar en acción. El espectáculo estaría servido. Gratis.
La primera línea de la costa en invierno no la forman ni los apartamentos ni los yates ni las tumbonas. Las olas, la tramontana y las mareas trasladan a esa arena y piedras negras los restos naturales y artificiales que nunca debieron ir al agua. Pero ella, amable, nos los devuelve como si fuera un gesto más para afearnos nuestra conducta: botellas de plástico, maderas, papeles, trozos de hormigón que no respetan ninguna ley de costas, felizmente arrancados por el temporal, algunas tumbonas y barcas despanzurradas como si fueran restos veraniegos ya inservibles. También la playa muestra objetos más cotidianos, toallas olvidadas, restos orgánicos de amores ya caducados, papeleras aún llenas de lo que queda de placeres ya consumidos. Y, siempre, cerca o al fondo, el mar. El camino de Ronda te acerca a verlo, a saborear su espuma, a oler el salitre, a que tus oídos se llenen del continuo batir de las olas, de ese ronroneo seguido y continuo que ha recortado las rocas más blandas y que, con su furia de mar bravío, enseña el dibujo de su obra maestra aún inacabada.
Y también el viento, ahora que quieren adornar el paisaje de esta zona con algunos molinos eólicos. Un viento –dicen- con efectos secundarios en las mentes de los lugareños, aunque sus efectos primarios se podían notar de manera suave. Es la costa en invierno, son las playas vírgenes porque son así, sin duchas que funcionen, sin tractores que limpien, sin olor a bronceado ni a fritangas, sin los símbolos del placentero asueto estival.
Tanto paisaje invitaba a buscar un rincón para la pitanza. Cómo no, debía ser en una cala no acondicionada para la postal bucólica: tenía una barca pero estaba sucia y de al revés; la playa, con restos variados y el servicio de comidas y bebidas era el que salía de cada mochila. Bien colocados aprovechando el desnivel orográfico, había diferentes alturas corporales, bien estratificadas. Los problemas venían a la hora de hacer circular los caldos en bota. Porque esta vez eran tres: de chorro, de chorrito y de chorrazo respectivamente. A pesar de la ley de la gravedad, subían y bajaban bien los desniveles y asentaban los condumios con sus digestivos líquidos. Hubo fotos en todas direcciones, el evento era único y se prestaba a ser guardado en formato digital.
Desde aquí a Port de la Selva, pasando por un camino que bordeaba el mar y te obligaba a estar atento, no siendo que una metedura de pata te condujera al abismo marino. Este pueblo, también adormilado por la hibernación, obligó a tensar la musculatura porque se avecinaban suaves subidas y bajadas que nos conducirían a una sostenida ascensión final. El cementerio nos despidió (“qué solos se quedan los muertos”, dijo el poeta) y, a partir de aquí, las vistas se ampliaban a medida que las fuerzas empujaban a los cuerpos hasta arriba. No hubo problemas porque la llegada al alto devolvía la amplitud del paisaje recortado de la costa por un lado y, por el otro, los atisbos del principio del término municipal de Cadaqués. Estábamos en el término medio, con sed y con las vejigas que pedían a gritos ser aliviadas. Y, en estos casos, también hay gente sabia que da lecciones gratis. Nuestro lobo de mar aconsejaba que, en situaciones así, cuando alguien iba a efectuar una micción, lo hiciera siempre a sotavento, nunca a barlovento. Atestiguaba que así se lo enseñaban a los grumetes en sus primeras lecciones acerca del mar.
El trayecto hacia el pueblo de Dalí estuvo salpicado de continuas lecciones históricas. Hubo quienes demostraron su amplitud cultural y derrocharon conocimientos a diestro y siniestro, auténticas disertaciones sobre tantos búnkeres de la segunda guerra mundial, prevenciones franquistas ante posibles amenazas aliadas, la defensa patria ante supuestos enemigos que llegarían por mar. También el territorio enseñaba los restos de tantos bancales de viñedos arrasados años a por la filoxera, un camino a Cadaqués perfecto, con piedras encajadas tan bien que aún seguía siendo una obra maestra de la ingeniería popular. Allá arriba, majestuoso, el monasterio de Sant Pere de Rodes. Más arriba aún, los restos de un castillo. A la derecha, los volúmenes geométricos de una antigua base militar encima de Cadaqués y, siempre, siempre, el azul del mar como relajante compañía. No, aún nadie le ha puesto al agua marina el letrero de “privado”, como tantos que salpicaban el camino.
Era un placer andar por una senda tan bien hecha, como si fueran dos líneas tendidas que, si las seguías, te conducían a ese horizonte que se representaba en un pueblo blanco, con una iglesia, museos, artistas y esa imagen que aún se alimenta de glorias pictóricas pasadas. A los lados, la vegetación mediterránea que aún aguanta, impertérrita, los vientos de la zona y tantos incendios como ha habido. Pronto, Port Lligat y Cadaqués. Hubo que renunciar a ver la conocida imagen de la casa de Dalí pero no se perdonó la ceremonia de la comida. Antes, la playa en la fachada más conocida de este pueblo. La arena, el agua salada, el paseo y el deleite de breves pero intensos momentos que no se pagan con dinero.
Detrás nuestro había un edificio que, cómo no, debía ser centro de acogida y de comida. Su fachada dejaba leer un enorme letrero que bien podía hacer honor a GRMANIA: “Societat L’Amistat”. Y allí, en el bar El Casino, el grupo fue muy bien acogido y mejor servido por personas latinoamericanas. Un sitio para recordar, pues no es fácil estar tan bien cuando se está bien y, encima, con ese cuadro natural que lo compone el mar, las rocas, la playa, la luz, el sol y algún barco al fondo (pero todo con una buena cerveza en la mano).
Acabado el ágape, el bienestar posterior provocó originalidades. Por ejemplo, algunos ya sugerían lo de rebautizarse como “GR y Manías” y, otros, más prácticos, ya pensaban en la próxima etapa por tierras tarragoninas con calçotada incluida. De esto se habló y se concretó antes de iniciar la vuelta a los orígenes. Propuesta aprobada, con lista de asistencia incluida.
Ya en marcha, en algunos tramos del camino hubo quien animó el trayecto con sus habituales intervenciones, muy celebradas entre parte del sector femenino. Alguien hablaba del calor de la calefacción del autocar, aunque al lado de su asiento llevaba a quien en cada etapa se consagra como calentador oficial (bautizado en secreto por un notable del grupo como: “el que las pone...”). Debe estar preparando sus intervenciones del día de la calçotada: ¡qué dirá ante tan lascivo manjar!.
El paisaje de retorno dejaba ver al fondo las cimas pirenaicas llenas de nieve. Montañas que bien pudieran ser un homenaje personal al recuerdo de uno de los más grandes alpinistas, desaparecido la semana pasada en el Makalu, el francés Jean Christophe Lafaille. En su homenaje, he aquí la frase que figura hoy en su web oficial: http://www.jclafaille.com/
“La vie à ses raisons que la raison ignore...”
Evaristo
Terrassa, 12 de febrero de 2006
Texto número 47 de http://afondonatural.blogspot.com
domingo, 15 de enero de 2006
GR92, 14 de enero de 2006: etapa 1 per Sant Pere de Rodes i El Port de la Selva
Etapa 1 del GR92 (por GR11): de Sant Pere de Rodes a Port de la Selva
Contra los elementos no caminamos
GRmanos y GRmanas,
Cuando toda la ciudad de Terrassa incitaba desde sus marquesinas publicitarias a practicar la “passió per córrer” (en la Media Maratón del 22 de enero), las ganas de empezar el año con un nuevo GR se vieron truncadas por los elementos meteorológicos. Debía ser el GR92 de Llançà a Cadaqués pero la aventura andarina se quedó en la bajada de Sant Pere de Rodes hasta El Port de la Selva por el GR11. La pasión hubo que reservarla para otra ocasión o sublimarla de otras maneras, que haberlas haylas.
La empresa transportadora nos sorprendió con un vehículo que se adapta mejor a los imponderables de asistencia con que debe luchar quien se encarga del tema. Sin embargo, hubo quien echó de menos el anterior microbús, con la nostalgia que le producía perder el sonido de sus particulares elementos mecánicos. Pero también la nueva o remodelada máquina da para mucho, sobre todo las historias que surgen en los desplazamientos. En esta ocasión se oyó de todo. Además del habitual pase de modelos de las posturas de quienes duermen, hubo conversadores que animaron o enervaron la libido de algunos sectores. Rebuscados sentidos de frases, uso de la semántica específica y ese gozo que produce el hablar por hablar pero refiriéndose al final a menudo a eso. A pesar de que el vehículo estaba bien tapizado, las osamentas particulares debían encajar en los espacios reducidos de los asientos. También surgieron propuestas no muy futuribles de reparto de los espacios atendiendo a los estados físicos de los presentes. Los cuerpos a veces ya se resienten más de la cuenta y algunos chasis ya empiezan a necesitar alguna capa de pintura. Pero aguantamos hasta la lluvia.
Los regalos navideños, como cada año, se presentaron en público aprovechando el asueto del traslado. Estrenos de pantalones que hasta permitían tocarlos, prendas expuestas a toques de calidad, aparatos de tecnología punta como PDA que te sitúan en el mundo por si no sabías dónde estás y hasta relojes de marcas de lujo se vieron en alguna muñeca que habitualmente trata con dinero.
La nueva ruta discurre por el corredor mediterráneo hacia el norte. La Mola quedaba atrás mientras el Montseny se asomaba como un punto de referencia más que daría paso a las llanuras de las comarcas de Girona. Pero no quedamos por aquí, nuestro destino es el Empordà y sus efluvios parece que se empezaron a notar. No, no soplaba la tramontana, a nadie aparentemente le visitó la musa artística pero quizá la lluvia y la magia de esta tierra se confabularan para trastocarnos los planes y alterar algo la receptividad y adaptación a las condiciones meteorológicas que lidiábamos.
Las vivencias de otros tiempos más jóvenes vinieron a la memoria de una GRmana, que recordaba sus añorados tiempos en que veraneaba en Llançà y bajaba los 164 escalones para llegar a la cala Cau dell Llop. Antes era eso y ahora era el agua que no paraba. Las habituales dudas se resolvieron con un gesto de placer. Lo más práctico, aliviar las vejigas y reconfortar el estómago sentados en un bar con bebidas y sólo mojándose por dentro. Vilajuïga acogió a los desconcertados caminantes. Después, para dar tiempo a que se decidieran las nubes por si nos concedían una tregua, qué mejor que una visita cultural a Sant Pere de Rodes, espectacular construcción que ha bebido de tantas historias en su puesto como atalaya de tantos pueblos que recalaron en aquellas radas de allá al fondo.
Merecía la pena ver cómo había quedado la reconstrucción de lo que quedaba después de tantos saqueos y destrucciones. El resultado final es una obra de arquitectura e ingeniería que magnifica aquellos restos que se pierden en el tiempo, una acumulación de trozos construidos a lo largo de varios siglos hasta que Caja Madrid financió la obra. Sí, tuvo que ser una entidad de ahorro madrileña la que se hiciera cargo de pagar todo. Y nosotros allí, mojándonos mientras leíamos en una placa que el príncipe inauguró el final de la reconstrucción el 21 de julio de 1999. A esas horas de ese sábado, tal realeza debía estar pensando en otros menesteres, al lado del ínclito Rouco Varela, el cual mojaba con agua del Jordán a su Leonor de todos los Santos.
La edificación nos mostró sus entrañas y se encarnó en una voz masculina que, en primera persona, nos narró su historia en un audiovisual al uso. La atención del público se vio alterada por la expectación que causó que una Biblia de aquí fuera usurpada y estuviera en manos de museos franceses. Ante tal rapiña estalló la ira y varias voces se encomendaron al efecto “que vuelvan los legajos de Salamanca”. Pronto quizá sopesen la posibilidad de elevar quejas diplomáticas para que esta afrenta sea saldada y abrir así otra polémica más.
Quién lo diría que acabamos un GR y una etapa en un monasterio de monjas y ahora reemprendemos la marcha y un nuevo GR con esta visita a un antiguo monasterio benedictino. Su situación, sus vistas al mas Mediterráneo y las vistas de El Port de la Selva era un placer para los sentidos. Las tonalidades del cielo plomizo cuando deja de llover se abrieron y, a medida que bajábamos por el GR 11, el paisaje nos regalaba a la vista la luz invernal que presenta los colores tal como son, con ese pueblo de casas blancas al fondo y con los recortes y las formas variadas que el mar y la costa se han encargado de labrar a lo largo de los siglos. Es la costa más brava en un paisaje libre de visitantes, con casas cerradas al lado de otras que eran abiertas por propietarios con coches de lujo.
La bajada significaba dejar atrás aquel gran edificio que en su día estuvo rodeado por bancales llenos de viñedos, con alguna tumba antigua a un lado mientras Selva de Mar parecía un pueblo de mar pero ya en el interior. En realidad antes fue el núcleo principal de los pescadores que iban a pescar a las playas a donde ahora estábamos.
La playa de El Port de la Selva sirvió para unir el GR11 y el 92 y para enfrentarnos con las dudas de la hora, con los planes de quienes deberían volver antes, con posibles propuestas andarinas y con quien hoy no fue nuestro aliado: el tiempo. Esta situación suscitó algunos tintineos de sables y una cierta imagen de indecisión. No soplaba la tramontana pero tampoco era echar leña al fuego por una situación que en diez años no se había dado nunca. La etapa se redujo a cinco kilómetros gracias a que las nubes nos lo permitieron, cosa que habría que agradecerles. No obstante, hubo también cabezas pensantes que echaban de menos el orden y las directrices de una voz de mando para saber qué hacer. En diez años tal rectitud no ha hecho falta, si bien pronto habrá propuestas que vayan más allá del movimiento asambleario, pero todo dentro del buen talante de quienes vamos a disfrutar sin ser demasiado dirigidos.
Para justificar cómo probar el auténtico GR92 y buscar un sitio para descargar las mochilas, las botas y las bolsas de comida y bebida, nos esperaba un tramo de este sendero que se dirigía al Cap de Creus. Buena idea si no fuera por las gotas (no del Jordán) que nos hicieron retroceder y buscar refugio. En esas estábamos cuando por primera vez en diez años nos sentimos reconfortados con la compañía de senderistas de Ripollet y alrededores que recorrían el GR 11. Eran muchos, venían protegidos de la lluvia con el atuendo adecuado y se dirigían a Sant Pere de Rodes y Llançà. Pero algunos nos confundieron con gente de su grupo y se refugiaron donde ya estábamos nosotros. ¿Dónde?
Nunca hasta hoy tanta gente debió permanecer a las puertas de las dependencias de la Policía Municipal de este pueblo. Parecíamos hacer cola para entrar en el cuartelillo. Y no era porque allí decía que atendían urgencias las 24 horas, estábamos enfrente del bar “Sol i Sombra” pero a la sombra de las entradas municipales, sin haber pasado a ver cómo se está a la sombra de las rejas. Nadie apareció por allí y menos los uniformados del pueblo. Sólo había personas, botas y condumios diversos. Pasamos del restaurante de fin de GR en Vallbona de les Monges a estar comiendo con nuestras posaderas ocupando baldosas municipales. Personas adaptadas al medio.
La vuelta fue somnolienta, quizá debido al sopor de tan buenos vinos y al calor del interior del autocar, que no debido a cansancios externos. Nunca hasta hoy la bajada en el punto de salida suscitó frases como las que se oyeron: “Me encuentro como si no hubiera hecho nada”, “Mi plan de entrenamiento navideño me ha funcionado: hoy no noto agujetas” o “Sólo tengo dolores en el cuello por las posturas en el autocar”.
Hacer hicimos lo que pudimos. Sirva como consuelo final esa frase diccha por un gran himalayista y que figura en el monumento que hace poco le pusieron a Edmund Hillary en el pueblo se Sant Joan Fumat (al lado de La Seu d’Urgell”):
“ Hi ha poca virtut en una victòria fàcil”
Evaristo
Terrassa, 15 de enero de 2006
Texto número 46 de http://afondonatural.blogspot.com
Contra los elementos no caminamos
GRmanos y GRmanas,
Cuando toda la ciudad de Terrassa incitaba desde sus marquesinas publicitarias a practicar la “passió per córrer” (en la Media Maratón del 22 de enero), las ganas de empezar el año con un nuevo GR se vieron truncadas por los elementos meteorológicos. Debía ser el GR92 de Llançà a Cadaqués pero la aventura andarina se quedó en la bajada de Sant Pere de Rodes hasta El Port de la Selva por el GR11. La pasión hubo que reservarla para otra ocasión o sublimarla de otras maneras, que haberlas haylas.
La empresa transportadora nos sorprendió con un vehículo que se adapta mejor a los imponderables de asistencia con que debe luchar quien se encarga del tema. Sin embargo, hubo quien echó de menos el anterior microbús, con la nostalgia que le producía perder el sonido de sus particulares elementos mecánicos. Pero también la nueva o remodelada máquina da para mucho, sobre todo las historias que surgen en los desplazamientos. En esta ocasión se oyó de todo. Además del habitual pase de modelos de las posturas de quienes duermen, hubo conversadores que animaron o enervaron la libido de algunos sectores. Rebuscados sentidos de frases, uso de la semántica específica y ese gozo que produce el hablar por hablar pero refiriéndose al final a menudo a eso. A pesar de que el vehículo estaba bien tapizado, las osamentas particulares debían encajar en los espacios reducidos de los asientos. También surgieron propuestas no muy futuribles de reparto de los espacios atendiendo a los estados físicos de los presentes. Los cuerpos a veces ya se resienten más de la cuenta y algunos chasis ya empiezan a necesitar alguna capa de pintura. Pero aguantamos hasta la lluvia.
Los regalos navideños, como cada año, se presentaron en público aprovechando el asueto del traslado. Estrenos de pantalones que hasta permitían tocarlos, prendas expuestas a toques de calidad, aparatos de tecnología punta como PDA que te sitúan en el mundo por si no sabías dónde estás y hasta relojes de marcas de lujo se vieron en alguna muñeca que habitualmente trata con dinero.
La nueva ruta discurre por el corredor mediterráneo hacia el norte. La Mola quedaba atrás mientras el Montseny se asomaba como un punto de referencia más que daría paso a las llanuras de las comarcas de Girona. Pero no quedamos por aquí, nuestro destino es el Empordà y sus efluvios parece que se empezaron a notar. No, no soplaba la tramontana, a nadie aparentemente le visitó la musa artística pero quizá la lluvia y la magia de esta tierra se confabularan para trastocarnos los planes y alterar algo la receptividad y adaptación a las condiciones meteorológicas que lidiábamos.
Las vivencias de otros tiempos más jóvenes vinieron a la memoria de una GRmana, que recordaba sus añorados tiempos en que veraneaba en Llançà y bajaba los 164 escalones para llegar a la cala Cau dell Llop. Antes era eso y ahora era el agua que no paraba. Las habituales dudas se resolvieron con un gesto de placer. Lo más práctico, aliviar las vejigas y reconfortar el estómago sentados en un bar con bebidas y sólo mojándose por dentro. Vilajuïga acogió a los desconcertados caminantes. Después, para dar tiempo a que se decidieran las nubes por si nos concedían una tregua, qué mejor que una visita cultural a Sant Pere de Rodes, espectacular construcción que ha bebido de tantas historias en su puesto como atalaya de tantos pueblos que recalaron en aquellas radas de allá al fondo.
Merecía la pena ver cómo había quedado la reconstrucción de lo que quedaba después de tantos saqueos y destrucciones. El resultado final es una obra de arquitectura e ingeniería que magnifica aquellos restos que se pierden en el tiempo, una acumulación de trozos construidos a lo largo de varios siglos hasta que Caja Madrid financió la obra. Sí, tuvo que ser una entidad de ahorro madrileña la que se hiciera cargo de pagar todo. Y nosotros allí, mojándonos mientras leíamos en una placa que el príncipe inauguró el final de la reconstrucción el 21 de julio de 1999. A esas horas de ese sábado, tal realeza debía estar pensando en otros menesteres, al lado del ínclito Rouco Varela, el cual mojaba con agua del Jordán a su Leonor de todos los Santos.
La edificación nos mostró sus entrañas y se encarnó en una voz masculina que, en primera persona, nos narró su historia en un audiovisual al uso. La atención del público se vio alterada por la expectación que causó que una Biblia de aquí fuera usurpada y estuviera en manos de museos franceses. Ante tal rapiña estalló la ira y varias voces se encomendaron al efecto “que vuelvan los legajos de Salamanca”. Pronto quizá sopesen la posibilidad de elevar quejas diplomáticas para que esta afrenta sea saldada y abrir así otra polémica más.
Quién lo diría que acabamos un GR y una etapa en un monasterio de monjas y ahora reemprendemos la marcha y un nuevo GR con esta visita a un antiguo monasterio benedictino. Su situación, sus vistas al mas Mediterráneo y las vistas de El Port de la Selva era un placer para los sentidos. Las tonalidades del cielo plomizo cuando deja de llover se abrieron y, a medida que bajábamos por el GR 11, el paisaje nos regalaba a la vista la luz invernal que presenta los colores tal como son, con ese pueblo de casas blancas al fondo y con los recortes y las formas variadas que el mar y la costa se han encargado de labrar a lo largo de los siglos. Es la costa más brava en un paisaje libre de visitantes, con casas cerradas al lado de otras que eran abiertas por propietarios con coches de lujo.
La bajada significaba dejar atrás aquel gran edificio que en su día estuvo rodeado por bancales llenos de viñedos, con alguna tumba antigua a un lado mientras Selva de Mar parecía un pueblo de mar pero ya en el interior. En realidad antes fue el núcleo principal de los pescadores que iban a pescar a las playas a donde ahora estábamos.
La playa de El Port de la Selva sirvió para unir el GR11 y el 92 y para enfrentarnos con las dudas de la hora, con los planes de quienes deberían volver antes, con posibles propuestas andarinas y con quien hoy no fue nuestro aliado: el tiempo. Esta situación suscitó algunos tintineos de sables y una cierta imagen de indecisión. No soplaba la tramontana pero tampoco era echar leña al fuego por una situación que en diez años no se había dado nunca. La etapa se redujo a cinco kilómetros gracias a que las nubes nos lo permitieron, cosa que habría que agradecerles. No obstante, hubo también cabezas pensantes que echaban de menos el orden y las directrices de una voz de mando para saber qué hacer. En diez años tal rectitud no ha hecho falta, si bien pronto habrá propuestas que vayan más allá del movimiento asambleario, pero todo dentro del buen talante de quienes vamos a disfrutar sin ser demasiado dirigidos.
Para justificar cómo probar el auténtico GR92 y buscar un sitio para descargar las mochilas, las botas y las bolsas de comida y bebida, nos esperaba un tramo de este sendero que se dirigía al Cap de Creus. Buena idea si no fuera por las gotas (no del Jordán) que nos hicieron retroceder y buscar refugio. En esas estábamos cuando por primera vez en diez años nos sentimos reconfortados con la compañía de senderistas de Ripollet y alrededores que recorrían el GR 11. Eran muchos, venían protegidos de la lluvia con el atuendo adecuado y se dirigían a Sant Pere de Rodes y Llançà. Pero algunos nos confundieron con gente de su grupo y se refugiaron donde ya estábamos nosotros. ¿Dónde?
Nunca hasta hoy tanta gente debió permanecer a las puertas de las dependencias de la Policía Municipal de este pueblo. Parecíamos hacer cola para entrar en el cuartelillo. Y no era porque allí decía que atendían urgencias las 24 horas, estábamos enfrente del bar “Sol i Sombra” pero a la sombra de las entradas municipales, sin haber pasado a ver cómo se está a la sombra de las rejas. Nadie apareció por allí y menos los uniformados del pueblo. Sólo había personas, botas y condumios diversos. Pasamos del restaurante de fin de GR en Vallbona de les Monges a estar comiendo con nuestras posaderas ocupando baldosas municipales. Personas adaptadas al medio.
La vuelta fue somnolienta, quizá debido al sopor de tan buenos vinos y al calor del interior del autocar, que no debido a cansancios externos. Nunca hasta hoy la bajada en el punto de salida suscitó frases como las que se oyeron: “Me encuentro como si no hubiera hecho nada”, “Mi plan de entrenamiento navideño me ha funcionado: hoy no noto agujetas” o “Sólo tengo dolores en el cuello por las posturas en el autocar”.
Hacer hicimos lo que pudimos. Sirva como consuelo final esa frase diccha por un gran himalayista y que figura en el monumento que hace poco le pusieron a Edmund Hillary en el pueblo se Sant Joan Fumat (al lado de La Seu d’Urgell”):
“ Hi ha poca virtut en una victòria fàcil”
Evaristo
Terrassa, 15 de enero de 2006
Texto número 46 de http://afondonatural.blogspot.com
lunes, 19 de diciembre de 2005
GR-3, 17 de diciembre de 2005:etapa 15, de Tàrrega a Vallbona de les Monges (final)
Etapa 15 del GR3: de Tàrrega a Vallbona de les Monges
La ilusión de acabar otro GR celebrándolo con cuchillo y tenedor
GRmanos y GRmanas,
La marquesina de la parada del autobús del punto habitual de salida predicaba un mensaje de ilusión siempre que jugaras a la lotería de Navidad. Detrás del tradicional calvo que cada año hace más magia con las bolas que con los décimos de nuestra cartera, ya había un grupo de senderistas que se refugiaban allí porque el frescor matinal anunciaba un posterior ambiente invernal. Pronto el grupo se hizo más numeroso que nunca y por todas partes aparecían personas a llenar el autocar más grande que GRMANIA haya usado hasta ahora.
Las 44 personas allí congregadas eran vigiladas por la atenta mirada del jefe de personal, el cual tiró de su memoria escrita en papel para pasar la lista de rigor y comprobar si aquellos rostros le sonaban o no. Nuevas caras, rostros no vistos desde hace tiempo y los habituales, todos y todas dispuestos a cerrar una etapa y un GR, a visitar un monasterio, comer, beber, cantar y participar en un acto más que coincide con el décimo aniversario de GRMANIA.
El largo pasillo del autocar parecía un anticipo de la longitud de una etapa previamente planteada al gusto del consumidor. Muchos asientos que extendían al grupo hacia un lejano final. Desde el fondo se insinuaban en lontananza las cabezas pensantes y dirigentes que ocupaban las primeras filas y que pretendían situar geográficamente el inicio de la etapa. Tàrrega estaba localizada pero la incógnita era encontrar el punto de salida. En principio, hubo movimientos delanteros ya habituales por tantas veces como la costumbre nos ha curtido en saber dónde deberíamos estar. Mientras las dudas encrespaban al coordinador, el jefe de personal, con voz engolada y enérgica, lanzó un S.O.S desafiante y prudente a la vez, dedicado especialmente a posibles mentes dudosas del tipo: “quiero y no puedo, no puedo y quiero o bien, ni quiero ni puedo”. Quien se bajara aquí debía ser consciente de las consecuencias. Y de sobra sospechábamos que la principal podría ser provocar un retraso entre los comensales hambrientos a la hora indicada si no fichaban en el restaurante de autos.
Sin embargo, quienes lo tenían claro ya estiraban sus músculos pasillo arriba y abajo, con la lycra pegada a la piel, insinuando sus marcas puestos de perfil, aunque estuvieran reducidas a la mínima expresión. Esperaban el pistoletazo de salida. Mucha testosterona acumulada debajo de la fibra y no desgastada en otros cometidos. Los Mossos d’Esquadra fueron nuestro ángel de la guarda que confirmó una vez más que cuando nuestro coordinador asegura algo es por algo.
A partir de aquí se podía correr un tupido velo a la etapa hasta Vallbona de les Monges. Narrar lo no visto es difícil pero habrá que recurrir a lo oído para imaginar lo desconocido.
Los de la lycra partieron con una marcha in crescendo. Dejaban atrás a otro grupo que iban a paso ligero. Mientras ambos pelotones se dirigían a Verdú (no a comprar cerámica negra) el grueso del grupo inicial se trasladaba por medios mecánicos a Guimerà, pueblo que exigía una profundización cultural. Un pueblo declarado conjunto histórico artístico el 20 de junio de 1975, núcleo medieval, laberinto de calles que suben hasta la iglesia de Santa María. Un sitio que crea un juego de formas arquitectónicas y que inspiró a un poeta así:
“Guimerà, insòlita
població medieval
esglaonada, que el poble
ha batejat graciosament
amb el nom de “nou de copes”
Josep J. Piquer i Jover
El camino hacia Verdú no estaba adornado por el habitual hielo que teñía de blanco los árboles, pero sí por una temperatura que retaba al trote y que te bañaba en puntitos de hielo a medida que transpirabas. La llanura era falsa o bien casi todo era llanura subiendo y llanura bajando. Verdú arriba, bajada hacia Guimerà por en medio de campos de olivos y viñedos, los tradicionales e intensos olores porcinos y lugareños trasvasando garrafas de aceite mientras debían de pensar en el estado mental de esos sujetos que a esas horas pasaban por allí.
Unos subiendo el ritmo del paso y otros aumentando su nivel cultural en Guimerà. Paradojas de la vida. Fue tal la fe y el interés de la visita que la actividad física atrapó a la actividad cultural y la sobrepasó. Si en otros ámbitos vitales pasa esto a menudo, así nos luce el pelo. En el recorrido posterior, no muy bien marcado, hubo quien se perdió y, cuando dice que se encontró, se vio a sí mismo comiendo un bocadillo en la barra de un bar, acompañado por una cerveza y un café. Así se pierde cualquiera a esas horas y bajo esa temperatura.
Tanto los titulares de plaza fija en GRMANIA como visitantes, observadores, acompañantes y cónyuges aguantaron con estoicismo y deportividad al paseo matinal por caminos rurales en un ambiente invernal, con la luz mortecina de un día sin niebla ni escarcha. A medida que subía la temperatura los bajos también cambiaban. El barro alfombraba los suelos de las botas y ponía a prueba el centro de gravedad personal. Hubo quien sospechó que el coordinador lo había colocado allí para someter a prueba a sus huestes.
No fue el barro el percance más temeroso. Quienes parecen tener los caminos y los espacios más expeditos son los cazadores, ese sucedáneo militar en el campo que, bajo el pretexto de divertirse asesinando animales indefensos y alegando la práctica de un deporte, siembra el miedo a quien se atreva a pasear cerca de su punto de mira. Los tordos eran las víctimas propiciatorias en esta ocasión pero, si te descuidabas, podías situarte en medio del fuego cruzado de la refriega cinegética, con los perros increpadores al lado y tú allí sin tener ni siquiera una bandera blanca para izarla en son de paz.
El paisaje seguía discurriendo por campos cultivados, plantaciones nuevas de olivos y viñas (buen síntoma), ruinas de casas y de torres, rieras secas y pocas marcas blancas y rojas. Pronto Vallbona enseñó su monasterio, aunque los primeros vieron antes los colores del autocar en la carretera que el centro religioso. Unos antes y otros después, la ilusión común se cumplió y se produjo el reencuentro final en el punto de destino.
Ya se veía muy lejana aquella primera etapa, en septiembre de 2004, que partía del monasterio de Sant Joan de les Abadesses. Allá aquellas abadesas y, aquí, estas monjas, en Vallbona de las idem.
Como corresponde al lugar, hubo visita turística guiada al cenobio fundado en el siglo XII. La belleza exterior se completaba con el arte sacro interior, en un recinto donde quizá para algunos pasó desapercibido que estábamos pisando el terreno donde se consolidó la línea sucesoria de la monarquía borbónica española. Sí, aquí se fraguó que un espermatozoide real y un óvulo plebeyo diera origen a una Leonor sucesora.
Al parecer, la gente del lugar asegura que, cuando los príncipes visitaron el recinto monacal, acompañando al presidente de Hungría, hicieron la tradicional ofrenda a la Virgen, la misma a la que acuden las señoras que aspiran a tener descendencia natural (no de probeta). Y siguen asegurando los lugareños que nueve meses después de la principesca visita, asomó la Leo.
No es cierto el insistente rumor de que el príncipe ofreciera huevos a esta imagen, truco que tienen en exclusiva las monjas clarisas. Los huevos los debió usar después para otros menesteres reproductores.
Las diferentes estancias fueron contempladas con interés y frialdad (debido a la temperatura). Uno de los elementos más atractivos sin duda fue la forma trapezoidal del claustro. El conjunto arquitectónico impresionó por su volumen y por las dificultades para su conservación, aliviada posteriormente al quitar unas cuantas toneladas de piedras. “Le han practicado al monasterio una liposucción”, afirmó con contundente visión estética un miembro fundador de GRMANIA. El desfile de los diferentes estilos por las paredes, desde el siglo XII hasta el XV interesó pero, la verdad, no a todos. Hubo un colectivo de GRmanos y Grmanas que rodeaban la fuente central del jardín y practicaban el arte de desafiar la física y sopesar la resistencia del hielo. Acariciaban la superficie helada con sus extremidades inferiores, la sometían a distintos cálculos de presión, no tanto para saber más sino para limpiar el barro de las zapatillas y retrotraerse hasta la infancia. ¡Qué ilusión!
Pero sigamos adelante para hacer parada y fonda en el restaurante El Tallat. Era una licencia ocasional y extra para un grupo no acostumbrado a acabar una etapa o un GR así. Comer sentados con cuchara, cuchillo y tenedor. Incluso el dueño nos decoró la sala con un pase de modelos de zorros en diferentes posturas. Faltaba el modelo “zorro salvado de las aguas del canal d’Urgell”. No, de momento no parecía estar allí aquél. La comida estuvo amenizada por un lento servicio desbordado por las circunstancias.
Al final, acabado el ágape, la sorpresa estuvo a cargo de una comisión de fiestas digital (nombrada a dedo por el coordinador). Qué decir del excelente trabajo de quienes se responsabilizaron de los diferentes regalos y músicas y del grupo animador que, con mucha ilusión también, contagiaron su alegría al resto de comensales.
Un gran final para una etapa, para un GR y para un año. Y los buenos deseos para Charo, que se recupere de su operación. Y para recién nacidas y ausentes profesionales de GRMANIA.
Y, como casi siempre, acudamos a los que más saben para que sus palabras ratifiquen nuestros objetivos:
“No hay que pensar que una caminata, como algunos quieren hacer creer, es sólo una forma como otra cualquiera de ver el campo”
R.L. Stevenson
Feliz 2006
Evaristo
Terrassa, 19 de diciembre de 2005
Texto número 45 de http://afondonatural.blogspot.com
La ilusión de acabar otro GR celebrándolo con cuchillo y tenedor
GRmanos y GRmanas,
La marquesina de la parada del autobús del punto habitual de salida predicaba un mensaje de ilusión siempre que jugaras a la lotería de Navidad. Detrás del tradicional calvo que cada año hace más magia con las bolas que con los décimos de nuestra cartera, ya había un grupo de senderistas que se refugiaban allí porque el frescor matinal anunciaba un posterior ambiente invernal. Pronto el grupo se hizo más numeroso que nunca y por todas partes aparecían personas a llenar el autocar más grande que GRMANIA haya usado hasta ahora.
Las 44 personas allí congregadas eran vigiladas por la atenta mirada del jefe de personal, el cual tiró de su memoria escrita en papel para pasar la lista de rigor y comprobar si aquellos rostros le sonaban o no. Nuevas caras, rostros no vistos desde hace tiempo y los habituales, todos y todas dispuestos a cerrar una etapa y un GR, a visitar un monasterio, comer, beber, cantar y participar en un acto más que coincide con el décimo aniversario de GRMANIA.
El largo pasillo del autocar parecía un anticipo de la longitud de una etapa previamente planteada al gusto del consumidor. Muchos asientos que extendían al grupo hacia un lejano final. Desde el fondo se insinuaban en lontananza las cabezas pensantes y dirigentes que ocupaban las primeras filas y que pretendían situar geográficamente el inicio de la etapa. Tàrrega estaba localizada pero la incógnita era encontrar el punto de salida. En principio, hubo movimientos delanteros ya habituales por tantas veces como la costumbre nos ha curtido en saber dónde deberíamos estar. Mientras las dudas encrespaban al coordinador, el jefe de personal, con voz engolada y enérgica, lanzó un S.O.S desafiante y prudente a la vez, dedicado especialmente a posibles mentes dudosas del tipo: “quiero y no puedo, no puedo y quiero o bien, ni quiero ni puedo”. Quien se bajara aquí debía ser consciente de las consecuencias. Y de sobra sospechábamos que la principal podría ser provocar un retraso entre los comensales hambrientos a la hora indicada si no fichaban en el restaurante de autos.
Sin embargo, quienes lo tenían claro ya estiraban sus músculos pasillo arriba y abajo, con la lycra pegada a la piel, insinuando sus marcas puestos de perfil, aunque estuvieran reducidas a la mínima expresión. Esperaban el pistoletazo de salida. Mucha testosterona acumulada debajo de la fibra y no desgastada en otros cometidos. Los Mossos d’Esquadra fueron nuestro ángel de la guarda que confirmó una vez más que cuando nuestro coordinador asegura algo es por algo.
A partir de aquí se podía correr un tupido velo a la etapa hasta Vallbona de les Monges. Narrar lo no visto es difícil pero habrá que recurrir a lo oído para imaginar lo desconocido.
Los de la lycra partieron con una marcha in crescendo. Dejaban atrás a otro grupo que iban a paso ligero. Mientras ambos pelotones se dirigían a Verdú (no a comprar cerámica negra) el grueso del grupo inicial se trasladaba por medios mecánicos a Guimerà, pueblo que exigía una profundización cultural. Un pueblo declarado conjunto histórico artístico el 20 de junio de 1975, núcleo medieval, laberinto de calles que suben hasta la iglesia de Santa María. Un sitio que crea un juego de formas arquitectónicas y que inspiró a un poeta así:
“Guimerà, insòlita
població medieval
esglaonada, que el poble
ha batejat graciosament
amb el nom de “nou de copes”
Josep J. Piquer i Jover
El camino hacia Verdú no estaba adornado por el habitual hielo que teñía de blanco los árboles, pero sí por una temperatura que retaba al trote y que te bañaba en puntitos de hielo a medida que transpirabas. La llanura era falsa o bien casi todo era llanura subiendo y llanura bajando. Verdú arriba, bajada hacia Guimerà por en medio de campos de olivos y viñedos, los tradicionales e intensos olores porcinos y lugareños trasvasando garrafas de aceite mientras debían de pensar en el estado mental de esos sujetos que a esas horas pasaban por allí.
Unos subiendo el ritmo del paso y otros aumentando su nivel cultural en Guimerà. Paradojas de la vida. Fue tal la fe y el interés de la visita que la actividad física atrapó a la actividad cultural y la sobrepasó. Si en otros ámbitos vitales pasa esto a menudo, así nos luce el pelo. En el recorrido posterior, no muy bien marcado, hubo quien se perdió y, cuando dice que se encontró, se vio a sí mismo comiendo un bocadillo en la barra de un bar, acompañado por una cerveza y un café. Así se pierde cualquiera a esas horas y bajo esa temperatura.
Tanto los titulares de plaza fija en GRMANIA como visitantes, observadores, acompañantes y cónyuges aguantaron con estoicismo y deportividad al paseo matinal por caminos rurales en un ambiente invernal, con la luz mortecina de un día sin niebla ni escarcha. A medida que subía la temperatura los bajos también cambiaban. El barro alfombraba los suelos de las botas y ponía a prueba el centro de gravedad personal. Hubo quien sospechó que el coordinador lo había colocado allí para someter a prueba a sus huestes.
No fue el barro el percance más temeroso. Quienes parecen tener los caminos y los espacios más expeditos son los cazadores, ese sucedáneo militar en el campo que, bajo el pretexto de divertirse asesinando animales indefensos y alegando la práctica de un deporte, siembra el miedo a quien se atreva a pasear cerca de su punto de mira. Los tordos eran las víctimas propiciatorias en esta ocasión pero, si te descuidabas, podías situarte en medio del fuego cruzado de la refriega cinegética, con los perros increpadores al lado y tú allí sin tener ni siquiera una bandera blanca para izarla en son de paz.
El paisaje seguía discurriendo por campos cultivados, plantaciones nuevas de olivos y viñas (buen síntoma), ruinas de casas y de torres, rieras secas y pocas marcas blancas y rojas. Pronto Vallbona enseñó su monasterio, aunque los primeros vieron antes los colores del autocar en la carretera que el centro religioso. Unos antes y otros después, la ilusión común se cumplió y se produjo el reencuentro final en el punto de destino.
Ya se veía muy lejana aquella primera etapa, en septiembre de 2004, que partía del monasterio de Sant Joan de les Abadesses. Allá aquellas abadesas y, aquí, estas monjas, en Vallbona de las idem.
Como corresponde al lugar, hubo visita turística guiada al cenobio fundado en el siglo XII. La belleza exterior se completaba con el arte sacro interior, en un recinto donde quizá para algunos pasó desapercibido que estábamos pisando el terreno donde se consolidó la línea sucesoria de la monarquía borbónica española. Sí, aquí se fraguó que un espermatozoide real y un óvulo plebeyo diera origen a una Leonor sucesora.
Al parecer, la gente del lugar asegura que, cuando los príncipes visitaron el recinto monacal, acompañando al presidente de Hungría, hicieron la tradicional ofrenda a la Virgen, la misma a la que acuden las señoras que aspiran a tener descendencia natural (no de probeta). Y siguen asegurando los lugareños que nueve meses después de la principesca visita, asomó la Leo.
No es cierto el insistente rumor de que el príncipe ofreciera huevos a esta imagen, truco que tienen en exclusiva las monjas clarisas. Los huevos los debió usar después para otros menesteres reproductores.
Las diferentes estancias fueron contempladas con interés y frialdad (debido a la temperatura). Uno de los elementos más atractivos sin duda fue la forma trapezoidal del claustro. El conjunto arquitectónico impresionó por su volumen y por las dificultades para su conservación, aliviada posteriormente al quitar unas cuantas toneladas de piedras. “Le han practicado al monasterio una liposucción”, afirmó con contundente visión estética un miembro fundador de GRMANIA. El desfile de los diferentes estilos por las paredes, desde el siglo XII hasta el XV interesó pero, la verdad, no a todos. Hubo un colectivo de GRmanos y Grmanas que rodeaban la fuente central del jardín y practicaban el arte de desafiar la física y sopesar la resistencia del hielo. Acariciaban la superficie helada con sus extremidades inferiores, la sometían a distintos cálculos de presión, no tanto para saber más sino para limpiar el barro de las zapatillas y retrotraerse hasta la infancia. ¡Qué ilusión!
Pero sigamos adelante para hacer parada y fonda en el restaurante El Tallat. Era una licencia ocasional y extra para un grupo no acostumbrado a acabar una etapa o un GR así. Comer sentados con cuchara, cuchillo y tenedor. Incluso el dueño nos decoró la sala con un pase de modelos de zorros en diferentes posturas. Faltaba el modelo “zorro salvado de las aguas del canal d’Urgell”. No, de momento no parecía estar allí aquél. La comida estuvo amenizada por un lento servicio desbordado por las circunstancias.
Al final, acabado el ágape, la sorpresa estuvo a cargo de una comisión de fiestas digital (nombrada a dedo por el coordinador). Qué decir del excelente trabajo de quienes se responsabilizaron de los diferentes regalos y músicas y del grupo animador que, con mucha ilusión también, contagiaron su alegría al resto de comensales.
Un gran final para una etapa, para un GR y para un año. Y los buenos deseos para Charo, que se recupere de su operación. Y para recién nacidas y ausentes profesionales de GRMANIA.
Y, como casi siempre, acudamos a los que más saben para que sus palabras ratifiquen nuestros objetivos:
“No hay que pensar que una caminata, como algunos quieren hacer creer, es sólo una forma como otra cualquiera de ver el campo”
R.L. Stevenson
Feliz 2006
Evaristo
Terrassa, 19 de diciembre de 2005
Texto número 45 de http://afondonatural.blogspot.com
miércoles, 14 de diciembre de 2005
GR-3, 19 de noviembre de 2005: etapa 14, de Agramunt a Tàrrega
Etapa 14 del GR3: de Agramunt a Tàrrega
Intrigas en torno a la salvación de un zorro de las aguas en medio de la llanura
GRmanos y GRmanas,
Un día antes del treinta aniversario de la muerte de él, el protagonismo de la penúltima etapa del GR3 fue para una especie animal con ciertos matices lingüísticos que, en sentido figurado, bien que se le podrían aplicar al susodicho desaparecido sujeto, a Dios gracias.
Nadie podía sospechar que una etapa aparentemente llana, sin apenas repechos ni desniveles, nos guardara significativas sorpresas y pusiera a prueba la capacidad de conservación de las especies animales (y, se supone que también humanas) que tiene GRMANIA. En cualquier parte salta la liebre (o puede aparecer un zorro dentro de un canal).
El momento de concentración inicial fue rápido, con un intervalo en el que hubo quien acudió raudo y veloz a extraer fondos para posteriores pagos loteros, una GRmana tuvo que restregar las zapatillas en la hierba del parque cercano por haber pisado algo blando que no era barro y otra persona acudió a la cita con el tiempo justo. Un joven espontáneo, con ojos acuosos que denotaban haber trasnochado, oteaba el pasaje del microbús no se sabe en busca de qué. Con bajas de última hora, los asientos del fondo ayudaron a algunas personas a seguir en brazos de Morfeo, aunque fuera por las curvas de la carretera de Martorell.
La autovía a Madrid descubría la habitual niebla a medida que las tinieblas daban paso al día. Se sospechaba que sería nuestra constante compañera en una comarca propensa a no ver en este tiempo el sol, pero el sol pudo con ella y los campos de la Cataluña central mostraron las singularidades de un paisaje menos monótono de lo que a simple vista parece. Agramunt, con regusto a turrón de avellana y miel, fue el inicio real de un camino que antiguamente era el límite de las invasiones de otros pueblos.
La niebla descubrió los contrastes y matices de tantas tierras dedicadas a cultivos varios. Aún existen los antiguos bancales que protegen o salvan desniveles que dan paso a un paisaje formado por tierras sembradas, otras en barbecho y algunas que aún no han sido roturadas. El verdor de los cereales nacidos hace pocos días parecía un adelanto de la primavera, enseñaba las hileras rectas hacia el horizonte de siembras a máquina, pequeños tallos que transforman el paisaje seco del verano en un vergel como si de una inmensa pradera se tratara. El trigo y la cebada estaban adornados por una capa de hielo a modo de protección fría de la noche que se disiparía pronto en un alarde de enseñar la cara al sol (treinta años después).
No, el campo no es llano. Pequeños montículos o repechos cierran un espacio y abren un nuevo paisaje que, en el fondo, es más de lo mismo pero con algún elemento diferenciador. Por ejemplo, las perdices y conejos que se les ve tranquilos hasta que sienten las pisadas humanas. Si el zorro estuviera aquí no andarían tan tranquilos. Y si, hace muchos años atrás, estas piezas le hubieran sido puestas a tiro a él, también se hubieran convertido en esos trofeos de caza que tanto enseñaba el NO-DO. La mejor escopeta y la mejor caña nacional hace treinta años que muerde el polvo de ese valle donde está “caído”.
Sin nuestro GPS humano particular sí nos beneficiamos de su excelente trabajo en la máquina y las señales digitales, junto con las marcas blancas y rojas, nos condujeron a una carretera y a un camino que nos enseñó el pilar de Almenara. Una antigua torre de vigilancia de la línea hispánica ahora con usos turísticos, escalera de acceso incluida. Invitaba a subir y a fotografiarse, incluso a probar composiciones y encuadres artísticos con la luna detrás. La torre fue la atalaya que, por mucho que uno se alejara, siempre te vigilaba. Ella era más significativa que el punto geodésico de al lado, la marca de la altura oficial del terreno quedaba eclipsada por el interés de estar más alto, ver más y fotografiarse mejor. Picados y contrapicados, una invitación a verse igual pero diferentes.
El camino triscaba por entre campos, casetos, el verdor cerealista se veía salpicado por el gris de otras tierras y por el marrón de aquellas parcelas que les habían dado la vuelta esperando su turno. Charcos, barro y los primeros signos de agua. Unas señales que se irían acrecentando como si fueran avisos de que el Canal d’Urgell estaba cerca. Este río artificial interior para el regadío estaba delimitado por el cemento que marcaba una hendidura en el terreno, por donde discurría esa corriente continua de agua que, tiempo atrás, alimentaría los cultivos agostados por la pertinaz sequía estival.
El canal también es una barrera infranqueable para los animales. Nada más llegar a sus riberas, una compuerta había detenido una gran ave muerta. La primera incógnita, descubrir cómo pudo haber muerto un animal con tanta envergadura. La segunda, descubrir de qué animal se trataba. Pero la sorpresa posterior nos la trajo un zorro que había caído allí y miraba a los caminantes con ojos de súplica. Agotado, exhausto, parecía buscar la compasión y la complicidad de quien te puede ayudar. Lo consiguió, de sobra sabía a quiénes estaba mirando. Zorro era pero no tonto. Movilización general, quien más o quien menos se conmovió con el animal aunque las interpretaciones fueron varias según el público que lo miraba y su concepto en cuanto a interpretación de tal animal.
Quienes eran originarios del campo lo veían diferente a los urbanitas y, de forma específica según el oficio, a quienes eran especialistas en medicina humana o animal. El problema era cómo salvar a nuestro “moisés” animal. Estrategias, yo qué haría, mejor tirar un palo, que se meta la submarinista, crear una cuerda, que se acerque a las escaleras. En fin, como siempre la incógnita es saber quién le pone el cascabel al gato. Un labrador que pasaba por allí en coche no demostró cara de conmoción por tal animal. La mejor solución, acudir a la autoridad competente, a nuestro ángel de la guarda salvador. Móvil, Mossos d’Esquadra, agentes forestales. Mientras venían, comida cerca del lugar de autos. El espectáculo estaba servido. Había que ver la evolución de los hechos.
El zorro fue el tema principal. Primero, su sexo. Cómo saber si era zorro o zorra. “Debe ser zorro porque si fuera zorra no se hubiera caído”. “Debe ser una zorra, al menos ésta no se esconde”. “En el agua está hecho unos zorros”. “No debe ser muy zorro para caerse en el agua”. “Le faltó zorrería y por eso se cayó”. La intriga estaba servida. Y eso que no acudimos al diccionario y hablamos de expresiones como rabo de zorra, no hay zorra con dos rabos, hacerse uno el zorro, pillar uno una zorra, no ser la primera zorra que uno ha desollado. Claro que para zorro, zorrón, zorrocloco, zorrero y zorrastrón como el difunto de hace treinta años hubo pocos.
Mientras corrían las botas hubo quien no le quitó el ojo encima al animal. No se separaba de él, con llamadas constantes a su centro de trabajo especializado en animales y maquinando estrategias para ponerlo a salvo. Su profesionalidad sorprendió a los más observadores, se movía como pez en el agua (o, mejor que zorro en el agua). Al final, aquella rapidez dio como resultado que una parte del grupo no se quisiera perder el rescate efectuado por los forestales. El espectáculo estaba servido y no era mediático. Todo acabó bien, el dominio de un lazo lo rescató y a estas horas debe estar en zona de secano, lejos del agua, siempre que los disparos de los cazadores de la zona no le hayan detenido “en seco”.
La gran actuación en el medio animal demostró la alta preparación humanitaria de GRMANIA. Seguro que este bagaje de solidaridad se traslada cada día a la especie humana y, ante cualquier detección de necesidades entre las personas, la respuesta es tan inmediata y eficaz como ante la clase zorruna.
Al lado del canal discurría el camino, por entre granjas, con algunos campos de manzanos y almendros a cada lado. Un monumento, les Pedres Ficades, curiosa construcción artificial formada por unas piedras encima de otras, tractores que aran y la inmensidad de un territorio aún cultivado. El pueblo de Santa María de Montmagastrell fue punto de concentración general. La Font de les Codines brindaba agua y unos enigmáticos cables que colgaban de la parte superior. Alguien sospechó que eran para enchufar la máquina de afeitar o usos similares entre el oficio agrícola.
Una vez cruzado el pueblo, la ermita del Sagrat Cor dio paso a un cementerio que tenía pegada en la puerta un sorprendente aviso, digno de pasar a los anales del absurdo: “Els títols acreditatius d’aquests níxols estaran a disposició en l’associació de veïns”. Parece que los de dentro no se daban por aludidos, o estaban allí porque ya tenían los títulos, y los de fuera quizá no tuvieran interés en acreditarse, como mínimo de cuerpo presente. Los vecinos de Claravalls no lo debían tener muy claro.
El camino pasaba por Altet, con fuente incluida y, también, un cementerio al final. Bifurcación y falsa sospecha de pérdida. La amabilidad de una pareja no muy agraciada físicamente fue instantánea. En el momento que escucharon que podía haber alguien despistado encendieron el coche y se pusieron al servicio de GRMANIA. Una positiva actitud desconocida hasta hoy. Un público agradecimiento al significativo detalle.
El camino pasaba al lado de uno de esos monumentos de otras épocas en que los arrieros de la ruta de Cervera y Tàrrega usaban los hostales, en este caso el Hostal del Bosc. Edificios ya abandonados, testimonios de unos años que han dado paso a modernidades y diseños varios, aunque no le ha debido tocar esto al Ateneu de Tàrrega, lugar “intocable” por los encargados de la limpieza, en donde por poco quedamos pegados mientras comíamos en una entorno amarillento y no a causa de la pintura.
La ciudad comercial por excelencia, capital del Urgell, donde cada habitante es un comerciante nato, atesora los afamados lavabos de RENFE, los cuales no aguantan la prueba del algodón, comparables a los del Ateneu; lugareños tocados por la diversidad de procedencias, fira de teatre al carrer y el antro donde comimos, denominado eufemísticamente “Ateneu”. Un lugar para olvidar si no fuera por los buenos momentos entre condumios, jarras y la habitual timba anterior a la lotería navideña. Quienes por estas fechas traen la cartera llena de billetes la llevan repleta de ilusiones en forma de papeles con números. Y todos llevamos un buen número que invita a prácticas varias, acabado en “69”. Claro que a más cosas invitaría si fuera agraciado con un premio gordo.
Nos toque o no, lo que sí es segura es la comida oficial de Navidad del 17 de diciembre que, además, despide el GR3.
Un camino, una comida en un restaurante y más....
Y una frase de despedida dicha por Valery Babanor después de escalar en el MacKinley, en Alaska:
“Si miras profundamente en tu interior, puedes decir sin temor a equivocarte que el camino que sigues te lleva al infinito”.
Evaristo
Terrassa, 20 de noviembre de 2005
Intrigas en torno a la salvación de un zorro de las aguas en medio de la llanura
GRmanos y GRmanas,
Un día antes del treinta aniversario de la muerte de él, el protagonismo de la penúltima etapa del GR3 fue para una especie animal con ciertos matices lingüísticos que, en sentido figurado, bien que se le podrían aplicar al susodicho desaparecido sujeto, a Dios gracias.
Nadie podía sospechar que una etapa aparentemente llana, sin apenas repechos ni desniveles, nos guardara significativas sorpresas y pusiera a prueba la capacidad de conservación de las especies animales (y, se supone que también humanas) que tiene GRMANIA. En cualquier parte salta la liebre (o puede aparecer un zorro dentro de un canal).
El momento de concentración inicial fue rápido, con un intervalo en el que hubo quien acudió raudo y veloz a extraer fondos para posteriores pagos loteros, una GRmana tuvo que restregar las zapatillas en la hierba del parque cercano por haber pisado algo blando que no era barro y otra persona acudió a la cita con el tiempo justo. Un joven espontáneo, con ojos acuosos que denotaban haber trasnochado, oteaba el pasaje del microbús no se sabe en busca de qué. Con bajas de última hora, los asientos del fondo ayudaron a algunas personas a seguir en brazos de Morfeo, aunque fuera por las curvas de la carretera de Martorell.
La autovía a Madrid descubría la habitual niebla a medida que las tinieblas daban paso al día. Se sospechaba que sería nuestra constante compañera en una comarca propensa a no ver en este tiempo el sol, pero el sol pudo con ella y los campos de la Cataluña central mostraron las singularidades de un paisaje menos monótono de lo que a simple vista parece. Agramunt, con regusto a turrón de avellana y miel, fue el inicio real de un camino que antiguamente era el límite de las invasiones de otros pueblos.
La niebla descubrió los contrastes y matices de tantas tierras dedicadas a cultivos varios. Aún existen los antiguos bancales que protegen o salvan desniveles que dan paso a un paisaje formado por tierras sembradas, otras en barbecho y algunas que aún no han sido roturadas. El verdor de los cereales nacidos hace pocos días parecía un adelanto de la primavera, enseñaba las hileras rectas hacia el horizonte de siembras a máquina, pequeños tallos que transforman el paisaje seco del verano en un vergel como si de una inmensa pradera se tratara. El trigo y la cebada estaban adornados por una capa de hielo a modo de protección fría de la noche que se disiparía pronto en un alarde de enseñar la cara al sol (treinta años después).
No, el campo no es llano. Pequeños montículos o repechos cierran un espacio y abren un nuevo paisaje que, en el fondo, es más de lo mismo pero con algún elemento diferenciador. Por ejemplo, las perdices y conejos que se les ve tranquilos hasta que sienten las pisadas humanas. Si el zorro estuviera aquí no andarían tan tranquilos. Y si, hace muchos años atrás, estas piezas le hubieran sido puestas a tiro a él, también se hubieran convertido en esos trofeos de caza que tanto enseñaba el NO-DO. La mejor escopeta y la mejor caña nacional hace treinta años que muerde el polvo de ese valle donde está “caído”.
Sin nuestro GPS humano particular sí nos beneficiamos de su excelente trabajo en la máquina y las señales digitales, junto con las marcas blancas y rojas, nos condujeron a una carretera y a un camino que nos enseñó el pilar de Almenara. Una antigua torre de vigilancia de la línea hispánica ahora con usos turísticos, escalera de acceso incluida. Invitaba a subir y a fotografiarse, incluso a probar composiciones y encuadres artísticos con la luna detrás. La torre fue la atalaya que, por mucho que uno se alejara, siempre te vigilaba. Ella era más significativa que el punto geodésico de al lado, la marca de la altura oficial del terreno quedaba eclipsada por el interés de estar más alto, ver más y fotografiarse mejor. Picados y contrapicados, una invitación a verse igual pero diferentes.
El camino triscaba por entre campos, casetos, el verdor cerealista se veía salpicado por el gris de otras tierras y por el marrón de aquellas parcelas que les habían dado la vuelta esperando su turno. Charcos, barro y los primeros signos de agua. Unas señales que se irían acrecentando como si fueran avisos de que el Canal d’Urgell estaba cerca. Este río artificial interior para el regadío estaba delimitado por el cemento que marcaba una hendidura en el terreno, por donde discurría esa corriente continua de agua que, tiempo atrás, alimentaría los cultivos agostados por la pertinaz sequía estival.
El canal también es una barrera infranqueable para los animales. Nada más llegar a sus riberas, una compuerta había detenido una gran ave muerta. La primera incógnita, descubrir cómo pudo haber muerto un animal con tanta envergadura. La segunda, descubrir de qué animal se trataba. Pero la sorpresa posterior nos la trajo un zorro que había caído allí y miraba a los caminantes con ojos de súplica. Agotado, exhausto, parecía buscar la compasión y la complicidad de quien te puede ayudar. Lo consiguió, de sobra sabía a quiénes estaba mirando. Zorro era pero no tonto. Movilización general, quien más o quien menos se conmovió con el animal aunque las interpretaciones fueron varias según el público que lo miraba y su concepto en cuanto a interpretación de tal animal.
Quienes eran originarios del campo lo veían diferente a los urbanitas y, de forma específica según el oficio, a quienes eran especialistas en medicina humana o animal. El problema era cómo salvar a nuestro “moisés” animal. Estrategias, yo qué haría, mejor tirar un palo, que se meta la submarinista, crear una cuerda, que se acerque a las escaleras. En fin, como siempre la incógnita es saber quién le pone el cascabel al gato. Un labrador que pasaba por allí en coche no demostró cara de conmoción por tal animal. La mejor solución, acudir a la autoridad competente, a nuestro ángel de la guarda salvador. Móvil, Mossos d’Esquadra, agentes forestales. Mientras venían, comida cerca del lugar de autos. El espectáculo estaba servido. Había que ver la evolución de los hechos.
El zorro fue el tema principal. Primero, su sexo. Cómo saber si era zorro o zorra. “Debe ser zorro porque si fuera zorra no se hubiera caído”. “Debe ser una zorra, al menos ésta no se esconde”. “En el agua está hecho unos zorros”. “No debe ser muy zorro para caerse en el agua”. “Le faltó zorrería y por eso se cayó”. La intriga estaba servida. Y eso que no acudimos al diccionario y hablamos de expresiones como rabo de zorra, no hay zorra con dos rabos, hacerse uno el zorro, pillar uno una zorra, no ser la primera zorra que uno ha desollado. Claro que para zorro, zorrón, zorrocloco, zorrero y zorrastrón como el difunto de hace treinta años hubo pocos.
Mientras corrían las botas hubo quien no le quitó el ojo encima al animal. No se separaba de él, con llamadas constantes a su centro de trabajo especializado en animales y maquinando estrategias para ponerlo a salvo. Su profesionalidad sorprendió a los más observadores, se movía como pez en el agua (o, mejor que zorro en el agua). Al final, aquella rapidez dio como resultado que una parte del grupo no se quisiera perder el rescate efectuado por los forestales. El espectáculo estaba servido y no era mediático. Todo acabó bien, el dominio de un lazo lo rescató y a estas horas debe estar en zona de secano, lejos del agua, siempre que los disparos de los cazadores de la zona no le hayan detenido “en seco”.
La gran actuación en el medio animal demostró la alta preparación humanitaria de GRMANIA. Seguro que este bagaje de solidaridad se traslada cada día a la especie humana y, ante cualquier detección de necesidades entre las personas, la respuesta es tan inmediata y eficaz como ante la clase zorruna.
Al lado del canal discurría el camino, por entre granjas, con algunos campos de manzanos y almendros a cada lado. Un monumento, les Pedres Ficades, curiosa construcción artificial formada por unas piedras encima de otras, tractores que aran y la inmensidad de un territorio aún cultivado. El pueblo de Santa María de Montmagastrell fue punto de concentración general. La Font de les Codines brindaba agua y unos enigmáticos cables que colgaban de la parte superior. Alguien sospechó que eran para enchufar la máquina de afeitar o usos similares entre el oficio agrícola.
Una vez cruzado el pueblo, la ermita del Sagrat Cor dio paso a un cementerio que tenía pegada en la puerta un sorprendente aviso, digno de pasar a los anales del absurdo: “Els títols acreditatius d’aquests níxols estaran a disposició en l’associació de veïns”. Parece que los de dentro no se daban por aludidos, o estaban allí porque ya tenían los títulos, y los de fuera quizá no tuvieran interés en acreditarse, como mínimo de cuerpo presente. Los vecinos de Claravalls no lo debían tener muy claro.
El camino pasaba por Altet, con fuente incluida y, también, un cementerio al final. Bifurcación y falsa sospecha de pérdida. La amabilidad de una pareja no muy agraciada físicamente fue instantánea. En el momento que escucharon que podía haber alguien despistado encendieron el coche y se pusieron al servicio de GRMANIA. Una positiva actitud desconocida hasta hoy. Un público agradecimiento al significativo detalle.
El camino pasaba al lado de uno de esos monumentos de otras épocas en que los arrieros de la ruta de Cervera y Tàrrega usaban los hostales, en este caso el Hostal del Bosc. Edificios ya abandonados, testimonios de unos años que han dado paso a modernidades y diseños varios, aunque no le ha debido tocar esto al Ateneu de Tàrrega, lugar “intocable” por los encargados de la limpieza, en donde por poco quedamos pegados mientras comíamos en una entorno amarillento y no a causa de la pintura.
La ciudad comercial por excelencia, capital del Urgell, donde cada habitante es un comerciante nato, atesora los afamados lavabos de RENFE, los cuales no aguantan la prueba del algodón, comparables a los del Ateneu; lugareños tocados por la diversidad de procedencias, fira de teatre al carrer y el antro donde comimos, denominado eufemísticamente “Ateneu”. Un lugar para olvidar si no fuera por los buenos momentos entre condumios, jarras y la habitual timba anterior a la lotería navideña. Quienes por estas fechas traen la cartera llena de billetes la llevan repleta de ilusiones en forma de papeles con números. Y todos llevamos un buen número que invita a prácticas varias, acabado en “69”. Claro que a más cosas invitaría si fuera agraciado con un premio gordo.
Nos toque o no, lo que sí es segura es la comida oficial de Navidad del 17 de diciembre que, además, despide el GR3.
Un camino, una comida en un restaurante y más....
Y una frase de despedida dicha por Valery Babanor después de escalar en el MacKinley, en Alaska:
“Si miras profundamente en tu interior, puedes decir sin temor a equivocarte que el camino que sigues te lleva al infinito”.
Evaristo
Terrassa, 20 de noviembre de 2005
GR-3, 8 de octubre de 2005:etapa 12, de Madrona a Ponts
Etapa 12 del GR3: de Madrona a Ponts
Por la Segarra y la Noguera entre ermitas, cementerios y cruces pero sin el equipo médico habitual. ¿Lo pillas?
GRmanos y GRmanas,
Cinco minutos antes de la hora habitual teníamos la mensual cita con nuestros estimados senderos GR. A las 6,25, en primera convocatoria, en teoría el grupo debía presentarse en perfecta formación para salir hacia Madrona. A las 6,30, en segunda convocatoria, se debía poner en marcha el autobús pero la realidad también cuenta.
De entrada, causaron cierta inquietud los avisos previos de nuestro coordinador sobre la longitud y dificultad del recorrido. Pretendían conseguir “un efecto llamada” pero parece que “el efecto huida” por causas de enfermedad no estaban previstos. Hubo quien pretendió establecer relaciones de causa-efecto entre este avance informativo y las ausencias previamente comunicadas. Las especulaciones quedaron ahí y cada baja quedó justificada en la hoja personal de servicios. Salud y recuperación para los y las ausentes.
No obstante, de inmediato se detectó que nuestro equipo médico habitual no venía. Si era una etapa larga y con desniveles y si no había atención médica personalizada, o cada uno era autosuficiente y vigilaba dónde ponía los pies o habría que recurrir a la teleasistencia telefónica con las expertas no presentes. También se vieron zapatillas y botas a estrenar. Había expectación en cómo abandonaríamos el Solsonés
Pasadas las 6,30 horas corrió la noticia de que un equipo móvil tuvo que ir a rescatar a un GRmano de entre las sábanas. Al mismo tiempo se dispararon los rumores y hubo especulaciones nocturnas de dudosa moralidad que explicaran la puntual falta a la cita de nuestro hombre docto en tantos saberes. No, fue el despertador el causante y, en el momento de pasar revista, se le observó casi en paños menores, con la indumentaria a medio montar, con chanclas de playa y la mochila llena de calcetines, botas nuevas y uniformes varios. Tuvo su minuto de gloria entre senderistas y nuestro ya habitual club de jubilados. ¿Lo pillas?
Y, si de jubilados hablamos, nosotros también llevábamos uno y era el chófer. Nuestro Raiikkonen con dos sonotones era el supuesto responsable de llevarnos hasta el punto de salida. Si le aplicáramos el refrán castellano “Por las trazas conoceréis al galgo”, de inmediato demostró su valía. Manifestó desconocer cómo se abría el portaequipajes y también el significado de unos cuantos botones del salpicadero. Reconoció no haber conducido nunca nuestra diligencia. Claro que debe ser un secreto en qué año condujo la última y cómo era. Ante la demanda de una GRmana de activar el botón de recirculación del aire interior, puso cara de estupor ante esta terminología. Cuando se le pidió poner el aire acondicionado, un GRmano tuvo que apretar la tecla porque la desconocía. Y lo mejor vino cuando los sonotones le transmitieron el interrogante de si nos podría conducir hasta Solsona. En su currículo viajero jamás había llegado a este destino, por lo que la labor pedagógica de las primeras filas fue intensa. Incluso cada vez que debía frenar tuvo ambientación sonora onomatopéyica entre las filas de detrás. Eso sí, sus maniobras provocaban señales luminosas de los vehículos que le adelantaban. Él las interpretaba a su manera, como que podía llevar la puerta del portaequipajes abierta. Pero, eso sí, un ciclista salvó la piel y él iba despacio. ¿Lo pillas? Seguro que sí porque la velocidad no era como para activar los radares.
Con este panorama respiramos hondo cuando casi en una curva de una carretera comarcal nos dejó. Y menos mal que bajamos porque ya se sentían ruidos de sables dentro. Se oyó la palabra “escisión” porque no se había respetado el punto original de salida y se acortaba el camino alargando el placer de disfrutar de nuestro Raikkonen particular. No se llegó al transfuguismo pero habrá que evitar posibles maniobras secretas de inconformistas con esta forma de reducir las etapas y caminar menos.
Entre el grupo de hoy, aparte de las bajas, también hubo nuevas personas que quisieron conocer en propias carnes lo que los diarios publican de nosotros. El efecto mediático existe. Dos pruebas que lo demuestran. En primer lugar, destacó un atleta de un grupo de atletismo de Terrassa. De entrada venía a caminar y a correr pero le tocó prestar otros servicios a GRMANIA, como el de mensajería directa. A lo largo de toda la etapa se convirtió en un animador del camino con su ejemplo. Hacer la maratón en 2 horas 26 minutos es una gran marca, que también pudo demostrar su rapidez y efectividad cuando se recurrió a sus servicios para avisar a un grupo que se perdió en la retaguardia. Fue un servicio “de puerta a puerta” y todo se solucionó. Además, incitó a caminar y a resolver la etapa en un buen horario. Agradecerle a él y a su compañera la agradable compañía y mejor ejemplo.
El segundo efecto mediático es la queja de uno de los miembros fundadores de GRMANIA y directivo del centro educativo en donde se gestó el grupo. Alfredo alega que, aunque la sede de GRMANIA es virtual, en su centro educativo figuran los amplios archivos con las facturas de los gastos, el ordenador central del grupo, él incluso amaestra a nuestro coordinador e inspirador y, además, en las aceras de su templo del saber se ataron los primeros cordones de las botas de las primeras salidas de GRMANIA, hace ya diez años. Se acepta su queja y quizá más adelante haya que poner, debajo de la placa de la Generalitat de la entrada del colegio, otra con nuestros dos símbolos y algún motivo alegórico más que demuestre que en parte, somos fruto de la formación física y paisajística que él tanto cuida entre sus discípulos. Sólo falta que el experimentado directivo venga de vez en cuando a nuestras salidas.
El camino abandonaba el Solsonés entre bosque bajo y ondulaciones suaves del terreno. La habitual niebla poco a poco se diluyó y nos permitió ver cómo la Segarra es un paisaje más llano, con más campos de cultivo de cereal, hasta el punto de llamarla “el granero de Cataluña”. El rocío matinal imprimió a algunos arbustos formas definidas por telarañas con adornos acuosos, la pertinaz sequía es una traba para las setas y la siembra y el paisaje se iba abriendo a medida que el sol podía con las gotas de agua. Pequeños campos en medio de encinas y pinos, muchas casas caídas, símbolo de otros tiempos y nuevas adaptaciones a formas de vida más cómodas y fáciles, y ermitas. Muchas pequeñas construcciones religiosas con un pequeño cementerio al lado. Como, por ejemplo, la que nos sirvió de parada a la hora del desayuno, la ermita de Santes Creus de Bordell. Alineados junto a una de sus paredes, en perfecta formación, los cuerpos pedían alimento y los gaznates hacían correr las habituales botas. Alegría en el cuerpo a medida que los vinos hacían su efecto, amenas conversaciones y, como postre, ya es habitual el repertorio de chistes de nuestro experto. Tienen la particularidad de, según el Grmano chistoso, los califica no por su contenido de mayor o menor voltaje, sino que se centra más en su público objetivo y los divide según la inteligencia del escuchante. Al final, como parece que le preocupa mucho esta facultad entre su fieles acólitos, insiste con un “¿lo pillas?” para que así quede bien asimilado el profundo mensaje. Y, de profundidades, hablan muchas de sus unidades didácticas.
De nuevo en marcha, la tecnología hacía su cometido, especialmente en la parte delantera y trasera. Destacar una significativa apreciación de uno de nuestros expertos manipuladores del GPS, no apta para según qué oídos en esta época estatutaria. Según ha observado, las marcas referenciales de los mapas del GPS son mejores y más exactas las de los mapas americanos que las de los catalanes. (información secreta para que no trascienda a círculos políticos altamente sensibles). No obstante, los recursos técnicos y humanos se complementan aunque no evitan las pérdidas y los pequeños errores de interpretación. De todo hubo y también se formuló la propuesta de que la cabeza lleve cintas verdes, como en la romería a Montserrat, para poner en puntos conflictivos, que recogerían las personas que cierran el grupo.
Nunca como en esta etapa se produjo un estiramiento tan alargado. Las huestes de GRMANIA ocupaban muchos metros por entre tantas curvas que permitían verse en lontananza en algunos tramos. Por ejemplo en el paso por Vilanova de l’Aguda, con una plaza de la Diputación en la que debía figurar una fuente pero no estaba. Suponemos que no tenía nada que ver con una cruz observada, la Creu dels Lladres, en memoria de unos ladrones de masías allí ajusticiados hace años. Si hubiera que usar hoy este sistema no habría sitio donde colocar tantas cruces. Más ermitas como Sant Miquel o la de Castellar, de 1737, todas con su pequeño cementerio, puertas cerradas y no demasiado uso en una comarca con muchas casas abandonadas pero con campos de secano más grandes que los habituales en Cataluña.
También flotó en el ambiente el intenso olor de granjas porcinas, la industria de una zona con pueblos muy separados, con muchas cruces y monolitos por los caminos y, como siempre, ausencia de practicantes del senderismo. Se buscaban frutas olvidadas en el otoño y algunos membrillos, granadas y uvas se encontraron. El calor, por otra parte, propició el vaciado de cantimploras que, no obstante, se pudieron llenar con el regalo del agua en la fuente de Sant Pere de Ponts. Esta vez sí estaba la fuente en un entorno con una espectacular colegiata románica del siglo XI, reconstruida a finales del siglo XX. Al fondo Ponts, con 2.300 habitantes, de la comarca de La Noguera, feudo de los godos, de los árabes, defendida en 1628 por el canónigo Pau Claris y muy conocida por ser paso y parada habitual de muchos visitantes a Andorra, con los consiguientes y tradicionales nervios al ocultar el correspondiente radiocassette, tabaco, queso y güisqui.
Ponts nos sorprendió con una visión de negocio muy particular y desconocida en estas tierras. Dos bares pusieron reparos en limpiar y acondicionar las mesas de sus terrazas para acoger a 25 personas. Menos mal que hubo otro que nos recibió con jarras de gran tamaño y hasta con una zona reservada a tan ilustres visitantes que comieron, bebieron y un sector celebró la sobremesa con las sonoras carcajadas provocadas por nuestro animador oficial. Por allí se había instalado también el conductor, el cual menos mal que no atendió a la invitación que se le hizo para que disfrutara de una cerveza. De haberlo hecho, las consecuencias podían habernos alterado la sensación del placer de conducir de nuestro jubilado chófer.
Para acabar, recordaros un capítulo de la filosofía de GRMANIA con la firma del poeta y escritor catalán Miquel Desclot: “Anem a la muntanya a esbravar de qualsevol manera la nostra adrenalina urbana”. ¿Lo pillas?
Evaristo
9 de octubre de 2005
Por la Segarra y la Noguera entre ermitas, cementerios y cruces pero sin el equipo médico habitual. ¿Lo pillas?
GRmanos y GRmanas,
Cinco minutos antes de la hora habitual teníamos la mensual cita con nuestros estimados senderos GR. A las 6,25, en primera convocatoria, en teoría el grupo debía presentarse en perfecta formación para salir hacia Madrona. A las 6,30, en segunda convocatoria, se debía poner en marcha el autobús pero la realidad también cuenta.
De entrada, causaron cierta inquietud los avisos previos de nuestro coordinador sobre la longitud y dificultad del recorrido. Pretendían conseguir “un efecto llamada” pero parece que “el efecto huida” por causas de enfermedad no estaban previstos. Hubo quien pretendió establecer relaciones de causa-efecto entre este avance informativo y las ausencias previamente comunicadas. Las especulaciones quedaron ahí y cada baja quedó justificada en la hoja personal de servicios. Salud y recuperación para los y las ausentes.
No obstante, de inmediato se detectó que nuestro equipo médico habitual no venía. Si era una etapa larga y con desniveles y si no había atención médica personalizada, o cada uno era autosuficiente y vigilaba dónde ponía los pies o habría que recurrir a la teleasistencia telefónica con las expertas no presentes. También se vieron zapatillas y botas a estrenar. Había expectación en cómo abandonaríamos el Solsonés
Pasadas las 6,30 horas corrió la noticia de que un equipo móvil tuvo que ir a rescatar a un GRmano de entre las sábanas. Al mismo tiempo se dispararon los rumores y hubo especulaciones nocturnas de dudosa moralidad que explicaran la puntual falta a la cita de nuestro hombre docto en tantos saberes. No, fue el despertador el causante y, en el momento de pasar revista, se le observó casi en paños menores, con la indumentaria a medio montar, con chanclas de playa y la mochila llena de calcetines, botas nuevas y uniformes varios. Tuvo su minuto de gloria entre senderistas y nuestro ya habitual club de jubilados. ¿Lo pillas?
Y, si de jubilados hablamos, nosotros también llevábamos uno y era el chófer. Nuestro Raiikkonen con dos sonotones era el supuesto responsable de llevarnos hasta el punto de salida. Si le aplicáramos el refrán castellano “Por las trazas conoceréis al galgo”, de inmediato demostró su valía. Manifestó desconocer cómo se abría el portaequipajes y también el significado de unos cuantos botones del salpicadero. Reconoció no haber conducido nunca nuestra diligencia. Claro que debe ser un secreto en qué año condujo la última y cómo era. Ante la demanda de una GRmana de activar el botón de recirculación del aire interior, puso cara de estupor ante esta terminología. Cuando se le pidió poner el aire acondicionado, un GRmano tuvo que apretar la tecla porque la desconocía. Y lo mejor vino cuando los sonotones le transmitieron el interrogante de si nos podría conducir hasta Solsona. En su currículo viajero jamás había llegado a este destino, por lo que la labor pedagógica de las primeras filas fue intensa. Incluso cada vez que debía frenar tuvo ambientación sonora onomatopéyica entre las filas de detrás. Eso sí, sus maniobras provocaban señales luminosas de los vehículos que le adelantaban. Él las interpretaba a su manera, como que podía llevar la puerta del portaequipajes abierta. Pero, eso sí, un ciclista salvó la piel y él iba despacio. ¿Lo pillas? Seguro que sí porque la velocidad no era como para activar los radares.
Con este panorama respiramos hondo cuando casi en una curva de una carretera comarcal nos dejó. Y menos mal que bajamos porque ya se sentían ruidos de sables dentro. Se oyó la palabra “escisión” porque no se había respetado el punto original de salida y se acortaba el camino alargando el placer de disfrutar de nuestro Raikkonen particular. No se llegó al transfuguismo pero habrá que evitar posibles maniobras secretas de inconformistas con esta forma de reducir las etapas y caminar menos.
Entre el grupo de hoy, aparte de las bajas, también hubo nuevas personas que quisieron conocer en propias carnes lo que los diarios publican de nosotros. El efecto mediático existe. Dos pruebas que lo demuestran. En primer lugar, destacó un atleta de un grupo de atletismo de Terrassa. De entrada venía a caminar y a correr pero le tocó prestar otros servicios a GRMANIA, como el de mensajería directa. A lo largo de toda la etapa se convirtió en un animador del camino con su ejemplo. Hacer la maratón en 2 horas 26 minutos es una gran marca, que también pudo demostrar su rapidez y efectividad cuando se recurrió a sus servicios para avisar a un grupo que se perdió en la retaguardia. Fue un servicio “de puerta a puerta” y todo se solucionó. Además, incitó a caminar y a resolver la etapa en un buen horario. Agradecerle a él y a su compañera la agradable compañía y mejor ejemplo.
El segundo efecto mediático es la queja de uno de los miembros fundadores de GRMANIA y directivo del centro educativo en donde se gestó el grupo. Alfredo alega que, aunque la sede de GRMANIA es virtual, en su centro educativo figuran los amplios archivos con las facturas de los gastos, el ordenador central del grupo, él incluso amaestra a nuestro coordinador e inspirador y, además, en las aceras de su templo del saber se ataron los primeros cordones de las botas de las primeras salidas de GRMANIA, hace ya diez años. Se acepta su queja y quizá más adelante haya que poner, debajo de la placa de la Generalitat de la entrada del colegio, otra con nuestros dos símbolos y algún motivo alegórico más que demuestre que en parte, somos fruto de la formación física y paisajística que él tanto cuida entre sus discípulos. Sólo falta que el experimentado directivo venga de vez en cuando a nuestras salidas.
El camino abandonaba el Solsonés entre bosque bajo y ondulaciones suaves del terreno. La habitual niebla poco a poco se diluyó y nos permitió ver cómo la Segarra es un paisaje más llano, con más campos de cultivo de cereal, hasta el punto de llamarla “el granero de Cataluña”. El rocío matinal imprimió a algunos arbustos formas definidas por telarañas con adornos acuosos, la pertinaz sequía es una traba para las setas y la siembra y el paisaje se iba abriendo a medida que el sol podía con las gotas de agua. Pequeños campos en medio de encinas y pinos, muchas casas caídas, símbolo de otros tiempos y nuevas adaptaciones a formas de vida más cómodas y fáciles, y ermitas. Muchas pequeñas construcciones religiosas con un pequeño cementerio al lado. Como, por ejemplo, la que nos sirvió de parada a la hora del desayuno, la ermita de Santes Creus de Bordell. Alineados junto a una de sus paredes, en perfecta formación, los cuerpos pedían alimento y los gaznates hacían correr las habituales botas. Alegría en el cuerpo a medida que los vinos hacían su efecto, amenas conversaciones y, como postre, ya es habitual el repertorio de chistes de nuestro experto. Tienen la particularidad de, según el Grmano chistoso, los califica no por su contenido de mayor o menor voltaje, sino que se centra más en su público objetivo y los divide según la inteligencia del escuchante. Al final, como parece que le preocupa mucho esta facultad entre su fieles acólitos, insiste con un “¿lo pillas?” para que así quede bien asimilado el profundo mensaje. Y, de profundidades, hablan muchas de sus unidades didácticas.
De nuevo en marcha, la tecnología hacía su cometido, especialmente en la parte delantera y trasera. Destacar una significativa apreciación de uno de nuestros expertos manipuladores del GPS, no apta para según qué oídos en esta época estatutaria. Según ha observado, las marcas referenciales de los mapas del GPS son mejores y más exactas las de los mapas americanos que las de los catalanes. (información secreta para que no trascienda a círculos políticos altamente sensibles). No obstante, los recursos técnicos y humanos se complementan aunque no evitan las pérdidas y los pequeños errores de interpretación. De todo hubo y también se formuló la propuesta de que la cabeza lleve cintas verdes, como en la romería a Montserrat, para poner en puntos conflictivos, que recogerían las personas que cierran el grupo.
Nunca como en esta etapa se produjo un estiramiento tan alargado. Las huestes de GRMANIA ocupaban muchos metros por entre tantas curvas que permitían verse en lontananza en algunos tramos. Por ejemplo en el paso por Vilanova de l’Aguda, con una plaza de la Diputación en la que debía figurar una fuente pero no estaba. Suponemos que no tenía nada que ver con una cruz observada, la Creu dels Lladres, en memoria de unos ladrones de masías allí ajusticiados hace años. Si hubiera que usar hoy este sistema no habría sitio donde colocar tantas cruces. Más ermitas como Sant Miquel o la de Castellar, de 1737, todas con su pequeño cementerio, puertas cerradas y no demasiado uso en una comarca con muchas casas abandonadas pero con campos de secano más grandes que los habituales en Cataluña.
También flotó en el ambiente el intenso olor de granjas porcinas, la industria de una zona con pueblos muy separados, con muchas cruces y monolitos por los caminos y, como siempre, ausencia de practicantes del senderismo. Se buscaban frutas olvidadas en el otoño y algunos membrillos, granadas y uvas se encontraron. El calor, por otra parte, propició el vaciado de cantimploras que, no obstante, se pudieron llenar con el regalo del agua en la fuente de Sant Pere de Ponts. Esta vez sí estaba la fuente en un entorno con una espectacular colegiata románica del siglo XI, reconstruida a finales del siglo XX. Al fondo Ponts, con 2.300 habitantes, de la comarca de La Noguera, feudo de los godos, de los árabes, defendida en 1628 por el canónigo Pau Claris y muy conocida por ser paso y parada habitual de muchos visitantes a Andorra, con los consiguientes y tradicionales nervios al ocultar el correspondiente radiocassette, tabaco, queso y güisqui.
Ponts nos sorprendió con una visión de negocio muy particular y desconocida en estas tierras. Dos bares pusieron reparos en limpiar y acondicionar las mesas de sus terrazas para acoger a 25 personas. Menos mal que hubo otro que nos recibió con jarras de gran tamaño y hasta con una zona reservada a tan ilustres visitantes que comieron, bebieron y un sector celebró la sobremesa con las sonoras carcajadas provocadas por nuestro animador oficial. Por allí se había instalado también el conductor, el cual menos mal que no atendió a la invitación que se le hizo para que disfrutara de una cerveza. De haberlo hecho, las consecuencias podían habernos alterado la sensación del placer de conducir de nuestro jubilado chófer.
Para acabar, recordaros un capítulo de la filosofía de GRMANIA con la firma del poeta y escritor catalán Miquel Desclot: “Anem a la muntanya a esbravar de qualsevol manera la nostra adrenalina urbana”. ¿Lo pillas?
Evaristo
9 de octubre de 2005
GR-3, 10 de septiembre de 2005: etapa 11, de Castellvell a Madrona
Etapa 11 del GR3: de Castellvell(Solsona) a Madrona
Por el auténtico Solsonès con tres botas y orgullo mediático
GRmanos y GRmanas,
El inicio de una nueva temporada es la mejor señal de que seguimos activos. Después de dos meses de parada técnica, el encuentro en el punto habitual significa ver las mismas caras pero con más experiencias, con las visiones y vivencias más personales de esos paseos hasta donde permiten los aviones, la Visa, el tiempo, las posibilidades o las ideas.
Amanecimos ante el autobús haciendo realidad la sorpresa mediática del día: “Diez años compartiendo senderos y conversación”, titulaba así DIARIO DE TERRASSA la página 55, entera, que escribió el periodista Antonio Losada en la sección de Deportes. Le hemos de agradecer que el artículo sea fiel a una realidad iniciada diez años atrás y confirmada en cada una de las etapas de nuestro particular recorrido, por ejemplo en la de hoy. En esta ocasión, no se creó el titular antes que el contenido profundo de la noticia sino que han sido necesarios diez años de existencia para confirmar lo que dice el titular.
Masiva afluencia de GRmanos y GRmanas en esta primera etapa, con los uniformes veraniegos de andar por los GR, besos, saludos, abrazos y la habitual retahíla de sitios por donde GRMANIA ha dejado su huella estival. Nuestro webmaster espera fotos, retratos de la camiseta en sitios diversos y todas las aportaciones que consideréis enriquecedoras. Mucho público externo también en el punto de salida, un lugar que parece que hemos puesto de moda. La chimenea Almirall ya casi representa un alto monolito como si se tratara del kilómetro cero de cualquier actividad de GRMANIA. No sólo tercera edad, hasta la más tierna infancia miraba nuestro microbús mientras sus familiares pretendían adivinar cuál sería su autocar para el fin de semana en Andorra. El nuestro estaba a rebosar y no cabrían quesos, whisquis y tabacos de allende las fronteras.
El día clareaba a medida que dejábamos atrás Manresa y subíamos hasta el nivel del Solsonès por una carretera que han mejorado con menos curvas y mejor asfalto. Antes los restos de uno de los incendios del verano dejó al descubierto lo que queda de la intencionalidad, de los despistes, de los intereses o de las casualidades de esa agresión al medio que ya forman parte del espectáculo estival. Entre Súria y Cardona se alzaban pinos chamuscados y confirmaban de nuevo que se empeñan en despoblar al Bages de su riqueza forestal.
Solsona nos es familiar en GRMANIA por su proximidad a algunos GR y por tener un Casal muy visitado en la parte final del recorrido. Las banderas propias del 11 de septiembre ya ondeaban o colgaban de ventanas y rompían la uniformidad del color de la piedra en una ciudad antigua, con un obispo de los que antes del Tripartito, por estas fechas, asombraba con sus disertaciones más políticas que eclesiásticas.
De Solsona hacia Torà, carretera a Sant Climenç, Castellvell y subida hasta El Santuari del Remei, donde ondeaba una bandera más, se veían las primeras marcas de nuestro recorrido y nos brindaba una excelente panorámica del Solsonès. La ciudad, abajo, uniforme en unos tonos que la mimetizan con el entorno. Pero también los extrarradios muestran su importante fábrica de tablones laminados de madera y el resto de centros auxiliares de la agricultura, ganadería y explotación forestal de esta comarca.
Ahorrada la primera subida, el descenso por el GR descubrió el continuo incremento de bastones. Al parecer, el ahorro energético y su contribución a la prevención del desgaste óseo y muscular ya es muy valorado por quienes piensan en estar operativos durante los años venideros. Nadie piensa que así estaremos entrenados para cuando haya que pasarse del bastón de andar a andar con bastón. Pero eso ya vendrá.
La calidad de la pintura de las marcas fue una agradable sorpresa. También ayudó a evitar diatribas o interpretaciones sobre mapas o GPS. El Departament de Medi Ambient dejaba plasmado su trabajo en uno de tantos carteles como parece que pretenden justificar y publicitar algún trabajo oficial. Como mínimo alguien trabajó para jacer y poner el cartel. “La Direcció General de Boscos i Biodiversitat” debió andar por allí y GRMANIA también debe sentirse identificada con la última palabra. Treinta y tantas personas “biodiversas”.
A tener en cuenta que en esta etapa hubo ahorro de los kilómetros iniciales y careció de pérdidas. Claro que hubo quien la distancia le supo a poco y anduvo, desanduvo y volvió a andar parte del recorrido porque sus miras del próximo fin de semana están en la salida en Coll Formic y llegada a Montserrat. Un deseo general hubo de suerte y éxitos en quienes quieren y podrán llegar seguro y en quien las trece horas será su marca a batir. Nuestro atleta de élite luchará y obtendrá su recompensa. Un novato que pretende iniciarse en esta marcha se atrevió a suspirar ya con la marcha “dels sables”, viéndose sano y salvo en la montaña de la Moreneta. Seguro que triunfará también.
El Solsonès profundo queda lejos de las habituales carreteras y enseña que aún hay muchos árboles, grandes espacios de vegetación salpicados por tierras de secano roturadas por enormes tractores. Pinos, muchos pinos, encinas y robles que ojalá sigan a salvo de la plaga del verano. La población diseminada se concentra en robustas masías, algunas con contrafuertes como si de iglesias se tratara, con enormes ventanales para recoger el máximo calor y luz solar, arcos y columnas que trasladan el arte al campo. Sus tejados, además de la tradicional chimenea, sostienen un pararrayos y una antena de televisión, aquel, símbolo de la prevención de rayos y ésta, puerta de paso que mantiene actualizada a la población rural con lo que vemos los de ciudad. Así todos estamos uniformizados.
Muchas casas cerradas, algunas abandonadas, otras con señales de ocupación, aunque las que abundan más son las que auxilian al labrador o ganadero para guardar máquinas, cosechas o alimentos. Can Gaspar nos enseñó lo que es una masía compacta de las de antes. El olor a animal como señal de vida, el abono como alimento para vegetales y las pacas de paja para animales, he ahí algo de un paisaje que se pierde en el horizonte y que se repite después de cada curva del sendero. Los márgenes de los caminos aún no servían de aparcamiento para tantos y tantos aficionados a las setas que se congregan por una de las comarcas míticas entre amantes de estos frutos del bosque. Pero no sólo se vive de esto, comer y beber importa mucho en GRMANIA.
Sentados al borde del camino en dos filas, tres botas de diferentes vinos actuaron como lubricantes líquidos para favorecer el trasiego de bocadillos de composiciones variadas. Nunca hasta hoy tantas botas circularon de mano en mano en una etapa de GR. El vino cacereño de Pitarra traído por quien tanto nos cuida, el tinto del Penedès de once grados catado en Gisclareny y esa especialidad de catorce grados con un elevado toque de cariño: tres cosechas degustadas con moderación. Después empezaron a asomar los primeros chocolates de la temporada, frutas variadas y otras golosinas de asegurado éxito.
El camino continuó en su mayor parte por pistas. Un paisaje parecido, con fuerte olor a pino en unos sitios, penetrante indicación de tierras abonadas con purines, alambradas que delimitan campos y resecas zonas de pastos, nuestros conocidos gascones entretenidos a ras de suelo, maquinaria guardada en amplios soportales, muchas masías con señales de abandono de la vida humana, restos de cobertizos donde vivieron aves de corral y el tiempo que deja su huella en el cambio de los hábitos de la vida en el campo.
Poco a poco la distancia final se acortaba pero, a modo de anticipo del paisaje final de Madrona, había restos antiguos al lado del camino. “La fossa del Camí dels Casals” era una cista del neolítico, de 3000 años antes de Cristo, un monumento de otras épocas que se sumaba a la majestuosidad de las mencionadas masías, de las altivas torres de iglesias vecinales y del conjunto final que componía Madrona. Desconocemos la realidad del conjunto pero la impresión del fin del recorrido eran unas construcciones en que sobresalían dos edificios de culto de diferentes épocas, una iglesia románica y la más reciente, Sant Pere de Madrona de 1776; el cementerio, con nichos y calaveras y huesos a ras de suelo y una casa al lado de la iglesia en la que se oían voces de personas jóvenes, una escalera de mano, un perro, ningún coche visible y todo cerrado. ¿Qué pasaría allí dentro?
Lo mejor es que el microbús estaba allí. Hubo quien ya aporta un nuevo toque de refinada comodidad a los finales de etapa. Los pies agradecen un cambio de calcetines y de botas por algo más cómodo. Y, si de comodidad hablamos, qué mejor que seguir la pista que nos conducirá al Casal de Solsona donde ya nos echaban de menos. Pero andar es duro y no está exento de sorpresas corporales. A cualquiera le puede pasar aunque hace tiempo que no ocurría. La cartilla sanitaria de salud de GRMANIA tiene anotados algunos de los últimos mareos. En esta ocasión, la persona afectada tuvo un recaimiento de tensión que obligó a un forzoso estacionamiento del autocar y a la intervención inmediata de la unidad móvil medicalizada.
Uno de los fuertes de GRMANIA es cubrir muchos campos, y uno cada vez más fundamental es el de la salud. Contamos con expertas en cardiología y en enfermería que, sin bata, se pusieron manos a la obra. Su profesionalidad exigió de inmediato que se formara una unidad de ventilación mecánica para airear a la paciente. Rápidamente tres generadores de aire manual fabricaron el correspondiente aparato con hojas de periódico y, al momento, fue tal la ventisca generada que la cardióloga y la enfermera mandaron rebajar la velocidad de la maquinaria. Con estos cuidados de tantas manos expertas, pronto el susto se transformó en buena cara y la recuperación fue inmediata. Pero el hecho de socorrer un mareo pasajero provocó que una persona de GRMANIA recordara agravios comparativos con su persona.
Alegó el sujeto que cuando él se ha mareado, una vez diagnosticado el cuadro clínico, la medicación que se le ha recetado es que baje del autocar y que le dé el aire, entre más mejor. Nunca ha tenido el más mínimo conato de movilización sanitaria que no fuera más allá del aire natural. Incluso, para defender sus derechos médicos, adujo que en su momento tuvo que dramatizar un mareo “antinatura” para defendernos de una multa de una Mossa d’Esquadra, cuando estábamos mal aparcados en la Nacional I después de pasar el Bruc camino de Terrassa, por culpa de una desintegración momentánea de la cohesión caminante. Claro que, por otra parte, ya empieza a hacer méritos para ver si este año consigue llenar el espacio vacío de su Guernika con un diploma. Ya tiró de su historial de chistes de la nueva temporada y sorprendió con su tabla de embutidos.
El casal de Solsona ya casi es nuestra casa. Nada más entrar, la barra nos acoge con gozo, las jarras se ponen en línea y los tubos también. Todo con moderación pero nuestra segunda mascota exige su homenaje final. Un encargado de anotaciones líquidas y otro de cafés y similares se pusieron en marcha para que los espontáneos camareros y camareras adivinaran qué pidió cada boca. Las mesas vacías dieron paso al consumo y posterior producción de los restos del yantar que, con la educación que enseñamos, fueron recogidos dejando todo en perfecto estado de revista.
El regreso, con agradables temperaturas internas y también en el autocar, produjo cierto estado de sopor pasajero y la sensación muscular de que la primera etapa ha dejado secuelas.
A modo de cierre, como ayuda del primer esfuerzo, un texto copiado este verano de la fachada de la última iglesia de Astorga en el Camino de Santiago hacia El Bierzo (disculpas y respeto para quien no crea en Dios):
“Peregrino,
Que el cansancio del camino nunca te impida pensar.
¿Es lo importante la meta?
¿No será acaso el encuentro con el monte, con el río,
con el rumbo que has perdido...con el mismo Dios quizás...?”
Desear la pronta recuperación de Charo y José Antonio, que hoy no han podido venir, y que por cuestiones familiares Rosa Gil tampoco lo pudo hacer. Y ánimo a Pedro.
Evaristo
Terrassa, 11 de septiembre de 2005
Por el auténtico Solsonès con tres botas y orgullo mediático
GRmanos y GRmanas,
El inicio de una nueva temporada es la mejor señal de que seguimos activos. Después de dos meses de parada técnica, el encuentro en el punto habitual significa ver las mismas caras pero con más experiencias, con las visiones y vivencias más personales de esos paseos hasta donde permiten los aviones, la Visa, el tiempo, las posibilidades o las ideas.
Amanecimos ante el autobús haciendo realidad la sorpresa mediática del día: “Diez años compartiendo senderos y conversación”, titulaba así DIARIO DE TERRASSA la página 55, entera, que escribió el periodista Antonio Losada en la sección de Deportes. Le hemos de agradecer que el artículo sea fiel a una realidad iniciada diez años atrás y confirmada en cada una de las etapas de nuestro particular recorrido, por ejemplo en la de hoy. En esta ocasión, no se creó el titular antes que el contenido profundo de la noticia sino que han sido necesarios diez años de existencia para confirmar lo que dice el titular.
Masiva afluencia de GRmanos y GRmanas en esta primera etapa, con los uniformes veraniegos de andar por los GR, besos, saludos, abrazos y la habitual retahíla de sitios por donde GRMANIA ha dejado su huella estival. Nuestro webmaster espera fotos, retratos de la camiseta en sitios diversos y todas las aportaciones que consideréis enriquecedoras. Mucho público externo también en el punto de salida, un lugar que parece que hemos puesto de moda. La chimenea Almirall ya casi representa un alto monolito como si se tratara del kilómetro cero de cualquier actividad de GRMANIA. No sólo tercera edad, hasta la más tierna infancia miraba nuestro microbús mientras sus familiares pretendían adivinar cuál sería su autocar para el fin de semana en Andorra. El nuestro estaba a rebosar y no cabrían quesos, whisquis y tabacos de allende las fronteras.
El día clareaba a medida que dejábamos atrás Manresa y subíamos hasta el nivel del Solsonès por una carretera que han mejorado con menos curvas y mejor asfalto. Antes los restos de uno de los incendios del verano dejó al descubierto lo que queda de la intencionalidad, de los despistes, de los intereses o de las casualidades de esa agresión al medio que ya forman parte del espectáculo estival. Entre Súria y Cardona se alzaban pinos chamuscados y confirmaban de nuevo que se empeñan en despoblar al Bages de su riqueza forestal.
Solsona nos es familiar en GRMANIA por su proximidad a algunos GR y por tener un Casal muy visitado en la parte final del recorrido. Las banderas propias del 11 de septiembre ya ondeaban o colgaban de ventanas y rompían la uniformidad del color de la piedra en una ciudad antigua, con un obispo de los que antes del Tripartito, por estas fechas, asombraba con sus disertaciones más políticas que eclesiásticas.
De Solsona hacia Torà, carretera a Sant Climenç, Castellvell y subida hasta El Santuari del Remei, donde ondeaba una bandera más, se veían las primeras marcas de nuestro recorrido y nos brindaba una excelente panorámica del Solsonès. La ciudad, abajo, uniforme en unos tonos que la mimetizan con el entorno. Pero también los extrarradios muestran su importante fábrica de tablones laminados de madera y el resto de centros auxiliares de la agricultura, ganadería y explotación forestal de esta comarca.
Ahorrada la primera subida, el descenso por el GR descubrió el continuo incremento de bastones. Al parecer, el ahorro energético y su contribución a la prevención del desgaste óseo y muscular ya es muy valorado por quienes piensan en estar operativos durante los años venideros. Nadie piensa que así estaremos entrenados para cuando haya que pasarse del bastón de andar a andar con bastón. Pero eso ya vendrá.
La calidad de la pintura de las marcas fue una agradable sorpresa. También ayudó a evitar diatribas o interpretaciones sobre mapas o GPS. El Departament de Medi Ambient dejaba plasmado su trabajo en uno de tantos carteles como parece que pretenden justificar y publicitar algún trabajo oficial. Como mínimo alguien trabajó para jacer y poner el cartel. “La Direcció General de Boscos i Biodiversitat” debió andar por allí y GRMANIA también debe sentirse identificada con la última palabra. Treinta y tantas personas “biodiversas”.
A tener en cuenta que en esta etapa hubo ahorro de los kilómetros iniciales y careció de pérdidas. Claro que hubo quien la distancia le supo a poco y anduvo, desanduvo y volvió a andar parte del recorrido porque sus miras del próximo fin de semana están en la salida en Coll Formic y llegada a Montserrat. Un deseo general hubo de suerte y éxitos en quienes quieren y podrán llegar seguro y en quien las trece horas será su marca a batir. Nuestro atleta de élite luchará y obtendrá su recompensa. Un novato que pretende iniciarse en esta marcha se atrevió a suspirar ya con la marcha “dels sables”, viéndose sano y salvo en la montaña de la Moreneta. Seguro que triunfará también.
El Solsonès profundo queda lejos de las habituales carreteras y enseña que aún hay muchos árboles, grandes espacios de vegetación salpicados por tierras de secano roturadas por enormes tractores. Pinos, muchos pinos, encinas y robles que ojalá sigan a salvo de la plaga del verano. La población diseminada se concentra en robustas masías, algunas con contrafuertes como si de iglesias se tratara, con enormes ventanales para recoger el máximo calor y luz solar, arcos y columnas que trasladan el arte al campo. Sus tejados, además de la tradicional chimenea, sostienen un pararrayos y una antena de televisión, aquel, símbolo de la prevención de rayos y ésta, puerta de paso que mantiene actualizada a la población rural con lo que vemos los de ciudad. Así todos estamos uniformizados.
Muchas casas cerradas, algunas abandonadas, otras con señales de ocupación, aunque las que abundan más son las que auxilian al labrador o ganadero para guardar máquinas, cosechas o alimentos. Can Gaspar nos enseñó lo que es una masía compacta de las de antes. El olor a animal como señal de vida, el abono como alimento para vegetales y las pacas de paja para animales, he ahí algo de un paisaje que se pierde en el horizonte y que se repite después de cada curva del sendero. Los márgenes de los caminos aún no servían de aparcamiento para tantos y tantos aficionados a las setas que se congregan por una de las comarcas míticas entre amantes de estos frutos del bosque. Pero no sólo se vive de esto, comer y beber importa mucho en GRMANIA.
Sentados al borde del camino en dos filas, tres botas de diferentes vinos actuaron como lubricantes líquidos para favorecer el trasiego de bocadillos de composiciones variadas. Nunca hasta hoy tantas botas circularon de mano en mano en una etapa de GR. El vino cacereño de Pitarra traído por quien tanto nos cuida, el tinto del Penedès de once grados catado en Gisclareny y esa especialidad de catorce grados con un elevado toque de cariño: tres cosechas degustadas con moderación. Después empezaron a asomar los primeros chocolates de la temporada, frutas variadas y otras golosinas de asegurado éxito.
El camino continuó en su mayor parte por pistas. Un paisaje parecido, con fuerte olor a pino en unos sitios, penetrante indicación de tierras abonadas con purines, alambradas que delimitan campos y resecas zonas de pastos, nuestros conocidos gascones entretenidos a ras de suelo, maquinaria guardada en amplios soportales, muchas masías con señales de abandono de la vida humana, restos de cobertizos donde vivieron aves de corral y el tiempo que deja su huella en el cambio de los hábitos de la vida en el campo.
Poco a poco la distancia final se acortaba pero, a modo de anticipo del paisaje final de Madrona, había restos antiguos al lado del camino. “La fossa del Camí dels Casals” era una cista del neolítico, de 3000 años antes de Cristo, un monumento de otras épocas que se sumaba a la majestuosidad de las mencionadas masías, de las altivas torres de iglesias vecinales y del conjunto final que componía Madrona. Desconocemos la realidad del conjunto pero la impresión del fin del recorrido eran unas construcciones en que sobresalían dos edificios de culto de diferentes épocas, una iglesia románica y la más reciente, Sant Pere de Madrona de 1776; el cementerio, con nichos y calaveras y huesos a ras de suelo y una casa al lado de la iglesia en la que se oían voces de personas jóvenes, una escalera de mano, un perro, ningún coche visible y todo cerrado. ¿Qué pasaría allí dentro?
Lo mejor es que el microbús estaba allí. Hubo quien ya aporta un nuevo toque de refinada comodidad a los finales de etapa. Los pies agradecen un cambio de calcetines y de botas por algo más cómodo. Y, si de comodidad hablamos, qué mejor que seguir la pista que nos conducirá al Casal de Solsona donde ya nos echaban de menos. Pero andar es duro y no está exento de sorpresas corporales. A cualquiera le puede pasar aunque hace tiempo que no ocurría. La cartilla sanitaria de salud de GRMANIA tiene anotados algunos de los últimos mareos. En esta ocasión, la persona afectada tuvo un recaimiento de tensión que obligó a un forzoso estacionamiento del autocar y a la intervención inmediata de la unidad móvil medicalizada.
Uno de los fuertes de GRMANIA es cubrir muchos campos, y uno cada vez más fundamental es el de la salud. Contamos con expertas en cardiología y en enfermería que, sin bata, se pusieron manos a la obra. Su profesionalidad exigió de inmediato que se formara una unidad de ventilación mecánica para airear a la paciente. Rápidamente tres generadores de aire manual fabricaron el correspondiente aparato con hojas de periódico y, al momento, fue tal la ventisca generada que la cardióloga y la enfermera mandaron rebajar la velocidad de la maquinaria. Con estos cuidados de tantas manos expertas, pronto el susto se transformó en buena cara y la recuperación fue inmediata. Pero el hecho de socorrer un mareo pasajero provocó que una persona de GRMANIA recordara agravios comparativos con su persona.
Alegó el sujeto que cuando él se ha mareado, una vez diagnosticado el cuadro clínico, la medicación que se le ha recetado es que baje del autocar y que le dé el aire, entre más mejor. Nunca ha tenido el más mínimo conato de movilización sanitaria que no fuera más allá del aire natural. Incluso, para defender sus derechos médicos, adujo que en su momento tuvo que dramatizar un mareo “antinatura” para defendernos de una multa de una Mossa d’Esquadra, cuando estábamos mal aparcados en la Nacional I después de pasar el Bruc camino de Terrassa, por culpa de una desintegración momentánea de la cohesión caminante. Claro que, por otra parte, ya empieza a hacer méritos para ver si este año consigue llenar el espacio vacío de su Guernika con un diploma. Ya tiró de su historial de chistes de la nueva temporada y sorprendió con su tabla de embutidos.
El casal de Solsona ya casi es nuestra casa. Nada más entrar, la barra nos acoge con gozo, las jarras se ponen en línea y los tubos también. Todo con moderación pero nuestra segunda mascota exige su homenaje final. Un encargado de anotaciones líquidas y otro de cafés y similares se pusieron en marcha para que los espontáneos camareros y camareras adivinaran qué pidió cada boca. Las mesas vacías dieron paso al consumo y posterior producción de los restos del yantar que, con la educación que enseñamos, fueron recogidos dejando todo en perfecto estado de revista.
El regreso, con agradables temperaturas internas y también en el autocar, produjo cierto estado de sopor pasajero y la sensación muscular de que la primera etapa ha dejado secuelas.
A modo de cierre, como ayuda del primer esfuerzo, un texto copiado este verano de la fachada de la última iglesia de Astorga en el Camino de Santiago hacia El Bierzo (disculpas y respeto para quien no crea en Dios):
“Peregrino,
Que el cansancio del camino nunca te impida pensar.
¿Es lo importante la meta?
¿No será acaso el encuentro con el monte, con el río,
con el rumbo que has perdido...con el mismo Dios quizás...?”
Desear la pronta recuperación de Charo y José Antonio, que hoy no han podido venir, y que por cuestiones familiares Rosa Gil tampoco lo pudo hacer. Y ánimo a Pedro.
Evaristo
Terrassa, 11 de septiembre de 2005
Bruguera 2005: convivencia en el Ripollès
Encuentro en Bruguera 2005
Paisajes humanos en el otoño del Ripollès
El otoño es un punto de encuentro ya tradicional en la comarca del Ripollès, donde si lo más espectacular es el entorno natural de esta época tan colorista del año, el paisaje humano que se convoca allí desde hace cinco años resalta aún más. Un conjunto de matices que, si por separado son diversos, juntos y al calor de una guitarra, buen yantar y mejor convivir, lo convierten en una forma más de liberación de las tensiones y de las recargas de las baterías (o a lo mejor no).
Como de la duda a menudo salen los buenos proyectos, nosotros casi siempre practicamos esta técnica tan desconcertante y cada año surgen varios planes para llevar a cabo por los alrededores de Bruguera pero las circunstancias, las ganas y la libertad individual hacen que las declaraciones de intenciones se modifiquen en el punto de destino.
Ya hubo un precedente inicial. El menú se fue construyendo y deconstruyendo desde Internet hasta quedar fijado y expuesto a las circunstancias del momento del cocinado. Los fideos chinos y los huevos de una GRmana fueron las sorpresas del año. No le buscamos dobles lecturas ni premoniciones a estos dos términos aunque felicitamos y admiramos a quienes se atreven y tienen el valor de acometer, “con muchos huevos”, dos proyectos con China como telón de fondo. Y con dos vidas de por medio.
Con nuestros habituales abuelos rondando por los alrededores, la chimenea congregó a las primeras veinte personas. La salida, con media hora de retraso, estuvo condicionada por juergas variadas de personas que gozan de su estado civil y convierten las noches en larga prolongación del día. La C17 condujo a la caravana andarina hacia Queralbs. Antes, en Ribes de Freser, nuestros dos embajadores en León ya nos esperaban muy bien acompañados. Saludos varios, piropos juveniles y rápida partida hacia Queralbs, donde a su vez también había destacada una pareja que había madrugado más. La flota automovilística ocupó todo un tramo del parking y no tuvo más remedio que esperar a quienes, despistados, encararon la collada de Tosas hacia arriba, en un alarde de espontaneidad involuntaria que tuvieron que desandar para llegar a donde ya les esperaba el resto, acariciando los bocadillos y magreando la bota sin parar.
A la entrada del pueblo hubo que decidir qué hace una representación de GRMANIA en un sitio como éste, rodeados por una vegetación salpicada de nubes y nieblas variadas. Los planes iniciales de partir del santuario de Núria para ascender a una ruta inédita se trastocaron porque el cremallera se tomó un mes de descanso. Ni Coma de Vaca, ni Pic d’Àliga ni similares. El camino al Balandrau nos lo asfaltaban para que estuviera a punto para el próximo año y estaba cerrado. El ascenso a Núria por el camino viejo había que adivinarlo en medio de la niebla. Como contra los elementos no luchamos, mejor llenar los estómagos. Así los planes discurrieron mejor y nuestra pareja guía tiró de su banco de recursos de la zona.
Pronto apareció el plan. Nos dirigimos al salt del Grill por el Camí dels Enginyers, una ruta que une Coma de Vaca, el Pic d’Àliga y Queralbs. El camino asfaltado pronto se convirtió en una senda al uso que ascendía suavemente hasta conducirnos hasta la un salto de agua espectacular. El líquido elemento caía con fuerza desde una altura considerable, formando una corriente continua que daba lugar a una gran poza, en donde hubo quien se imaginó desnudo, aguantando la respiración y poniendo su mente en blanco mientras se aislaba mentalmente del frío y causaba envidias y admiraciones ajenas.
Quien se metió, disfrutó y nos ofreció una demostración del poder de las mandíbulas caninas fue el perro que nos acompañaba. Cualquier palo o rama la veía como una provocación o un gigante a batir. Cogía su presa y las cuestas las tomaba con energía, en medio del bucolismo de un paisaje lleno de avellanos a modo de cuadros impresionistas en los que el pintor juega con los colores reales del otoño.
El camino ascendía y estaba ahí para seguirlo aunque no hasta el final. En diversos tramos aparecieron plantas que estimularon la labor docente de expertas en helechos tipo bonsái, miniaturas vegetales que demostraron la sapiencia de quien instruye a discípulos de la ESO y también a GRMANIA. La planta a mostrar era tan pequeña que los ya cansados ojos fueron incapaces de reconocer la lección. La experta tuvo que acudir a sus sabidurías y tomar una hoja más grande para establecer comparaciones con tal menudencia.
El ascenso fue por una senda que discurría al borde de un barranco, por cuyo fondo un río conducía las aguas que desembocarían en el Ter. Pocos senderistas y una curiosa señal que podría figurar en los anales del ridículo o en cualquier antología de Groucho Marx. La simbología en cuestión pintaba un helicóptero simulando una carga de materiales o piedras con una inscripción abajo que decía: “Perill, càrrega sospesa”. La sabiduría grafitera popular había pintado encima la otra versión inconográfica: “Que ens preneu el pel o què? Aneu en compte vosaltres, ineptes”.
Después de ver cómo el camino no paraba de ascender y Coma de Vaca no era nuestro objetivo a perseguir, el retorno nos mostró de nuevo un valle que se abría y acababa en la parte inferior de la zona de Queralbs. De nuevo en la pista, al lado de un puente de madera, una central hidroeléctrica era el marco incomparable para otro aviso: “Consells de seguretat per als excursionistes i turistes que visiten la zona”. Teléfonos de emergencia, consejos, advertencias, o sea, normas y más normas a atener en cuenta, en la línea actual de dirigirnos la vida en casi todo.
De vuelta a la base automovilística, Queralbs atrajo la atención. El motivo fue cultural para ver una iglesia románica y una exposición. La realidad es que cualquier disculpa es buena para acabar en un bar a la hora de la cerveza. La iglesia del siglo X, interesante y digna de ver; el cementerio con buenas vistas de los nichos al valle, como si sus residentes justificaran su ausencia con aquel epitafio de G. Marx “Perdonen que no me levante”; la exposición, una recopilación de Queralbs desde su nacimiento en el año 978, con oficios, la industria del hierro, la agricultura y ganadería y la típica evolución de la población: en 1880, 606 habitantes; en 19210, 805 y en 2000, 210. Para nada se asociaba el “ferro” con Ferrusola, en donde sus padres tenían la casa a la que se retira Pujol y que fue objeto de una intervención de los okupas cuando hace años le tapiaron la entrada. El pueblo te recibe y despide con un taller de terapia para reír y con diversos carteles para animar el estómago con pies de cerdo, carnes a la brasa y setas variadas.
Después de la cultura y los aperitivos, la comida campestre se llevó a cabo en una buena atalaya. La ermita de Sant Antoni, encima de Ribes de Freser, acogió a las 25 personas allí congregadas. Entre el despliegue culinario, brilló la sofisticación de los últimos avances en tecnología punta aplicados al pic-nic. Hubo una familia que, con la habitual flema británica, se asentó en una mesa, extendió mantel, sacó almohada para las posaderas y desplegó refinados objetos para una agradable excursión en el campo: mochila con nevera incorporada, copas reglamentarias, juego de servilletas, vajilla de calidad y marca, salmón ahumado, bebidas y otros manjares que los situaron varios puntos por encima del resto de comensales. Tanta distinción no es común entre los mortales de GRMANIA. Quien no identifique a la familia en cuestión, que observe próximos refrigerios en las etapas del GR. El resto, tirados por los suelos alimentándose con la comida propia de la tropa.
La tarde devolvió a una parte del grupo a los bares de Ribes. Otros partieron a la búsqueda de setas por los alrededores de Bruguera. Este pueblo de postal no cambia su aspecto y cada otoño nos recibe como si el tiempo se parara mientras la vida a su alrededor continúa. Casas abiertas ocupadas por ganaderos y labradores y muchas casas vacías que se abren ocasionalmente por quien se retira para contemplar. Las tonalidades se repiten cada año con robles, hayas, arces y árboles frutales que ofrecen tantos matices de color antes de desprenderse de sus hojas. Pasa lo mismo con los rovellons, camasecs, fredolics y otros hongos que están ahí al alcance de caminantes y buscadores capaces de tirarse por tierra, pincharse y subir y bajar sin parar.
La hora previa a la cena cada año se convierte en el preámbulo del camino iniciático para descubrir nuevos rincones del alma colectiva. El tiempo de la espera se aderezó con vinos y cervezas que dieron paso a los primeros sonidos de la guitarra. Mientras castañas, sopas, ensaladas, revueltos de setas frescas y huevos se preparaban, dos GRmanos calentaban las melodías y rasgaban el instrumento con una incipiente maestría que se confirmaría a lo largo de la noche. Sonidos, músicas y toques sin parar, con los coros de acompañamiento y alguna danza ocasional. Era el anticipo de lo que vendría después.
Primero fue la sopa, servida con un instrumento denominado por una dama como “chuparón”. Hubo quienes establecieron sospechosas motivaciones para llamar así al popular cucharón. Después, los esperados huevos. También levantaron expectación, y más viniendo de un centro veterinario, cuando se investiga con la gripe aviar, la huevería y las pollas (perdón, gallinas). Pero luego se comprobó que la experta también los comía y no pasaba nada. Como siempre, la variedad de los postres destacó, y más cuando el inicio del consumo de tan esperado plato se inició en la cocina. “Aquí se cuece algo”, es verdad, cuántas cosas se cuecen en las cocinas y allí aparecieron dulces y bebidas variadas: aguardientes con cerezas, aguardientes solos, otros licores artesanos, membrillos, castañas y boniatos.
Con tanto y tan dentro, la revolución musical estalló a continuación. Hubo un repaso de temas de varias generaciones, comunidades autónomas, lenguas, soniquetes con el olor de la naftalina de tantas ediciones de Eurovisión. Importaba más la cantidad que la calidad, el tono que la letra, el grupo que el solo. Pantaleón, pantaleón, pantaleón, Llach, el alcalde de Arrigorriaga, nuestros queridos cantantes más horteras que en la historia ha habido, tunas y tunos y hasta un trozo de una sevillana bailado en vivo y en directo por una experta pareja. Mucha espontaneidad y mucho espíritu de grupo con gargantas capaces de atacar cualquier tema.
La noche dio mucho de sí. El entendido impartió la segunda parte de la lección de astronomía de Gisclareny. Un cielo excelente, muchas estrellas, luces, estrellas fugaces, más luces de aviones. La iluminación de la espadaña de la iglesia de Bruguera emitía un resplandor que encendía también las hojas de los chopos de su alrededor mientras, allá arriba, nuestro experto nos identificaba la Cruz de Santiago, las Pléyades, la estrella Polar y, en especial, la imponente visión del planeta Marte.
A la luz de tanto conocimiento y ganas de observación, de entre tantos temas como fluyeron, a estas horas de la madrugada también se trató de psicología social. El tema estrella fue profundizar a la luz de la noche en la mujer. Muy interesante que fueran ellas las que ofrecieran sus reflexiones del mundo femenino, sin estar mediatizadas por ningún hombre, sincerándose tan bien con posibles razones por las cuales a determinada edad hay quienes han escogido un sistema de vida y de convivencia, a menudo solas. O, como alega alguna socióloga citada por un sabio GRmano, se da una “corrección de trayectoria” vital. La sabiduría y la reflexión al servicio del funcionamiento tan diferente del hombre y de la mujer. Deben ser los efectos del comer, del beber y del cantar.
Al día siguiente, una vez que desbocados miembros volvieron después de haber quemado hormonas sobrantes no desgastadas de otra manera, se inició la eucaristía en forma de copioso desayuno. En el momento de repasar las incidencias más destacadas de la noche, se recordó el tono de roncadores de ambos sexos. Esta cuestión disparó la neurona de nuestro guitarrista y músico experto para soprendernos con su primer sabio consejo matinal en forma de deseo: “Menos roncar y más gemir”. Sabio consejo.
La mañana transcurrió por un camino otoñal en el que de nuevo los colores de las hojas se acompañaban de la alfombra de hojas recién caídas por los suelos. Otra vez la espectacularidad de los arces que dejaban pasar la luz que acrecentaba los tonos de sus hojas, hayas y robles también con setas y la visita de una expedición de bicicletas de montaña. Pertrechados con costosas máquinas, numerados y vestidos como la etiqueta de las BTT lo exige, los aventureros urbanos quisieron seguir una ruta mal marcada. Menos mal que fuimos su GPS y les resolvimos algunas marchas atrás. Por un paisaje tan cautivador llegamos a un promontorio desde el que se veían picos ya vistos pero no del todo reconocidos. Nuestra guía fue tan eficiente que acalló con sus explicaciones a nuestro sabio. El destino final, la ermita del Saltó. Parada, reposo, el paisaje, cazadores bien armados y vuelta para los fideos chinos, las ensaladas, el lomo y tanto condumio bien regado por el cava que nos trajo nuestro responsable encargado del tema.
Después de la comida, de una larga sobremesa y de algunas siestas hubo que recoger y volver al lugar de origen o punto de partida inicial. Allí quedó pendiente el Balandrau para otro año, el disfrutado otoño del Ripollès y el encanto de Bruguera. Pero volvió el estimado paisaje humano que es el alma de encuentros, caminos y proyectos en común.
Evaristo
Terrassa, 1 de noviembre de 2005
Paisajes humanos en el otoño del Ripollès
El otoño es un punto de encuentro ya tradicional en la comarca del Ripollès, donde si lo más espectacular es el entorno natural de esta época tan colorista del año, el paisaje humano que se convoca allí desde hace cinco años resalta aún más. Un conjunto de matices que, si por separado son diversos, juntos y al calor de una guitarra, buen yantar y mejor convivir, lo convierten en una forma más de liberación de las tensiones y de las recargas de las baterías (o a lo mejor no).
Como de la duda a menudo salen los buenos proyectos, nosotros casi siempre practicamos esta técnica tan desconcertante y cada año surgen varios planes para llevar a cabo por los alrededores de Bruguera pero las circunstancias, las ganas y la libertad individual hacen que las declaraciones de intenciones se modifiquen en el punto de destino.
Ya hubo un precedente inicial. El menú se fue construyendo y deconstruyendo desde Internet hasta quedar fijado y expuesto a las circunstancias del momento del cocinado. Los fideos chinos y los huevos de una GRmana fueron las sorpresas del año. No le buscamos dobles lecturas ni premoniciones a estos dos términos aunque felicitamos y admiramos a quienes se atreven y tienen el valor de acometer, “con muchos huevos”, dos proyectos con China como telón de fondo. Y con dos vidas de por medio.
Con nuestros habituales abuelos rondando por los alrededores, la chimenea congregó a las primeras veinte personas. La salida, con media hora de retraso, estuvo condicionada por juergas variadas de personas que gozan de su estado civil y convierten las noches en larga prolongación del día. La C17 condujo a la caravana andarina hacia Queralbs. Antes, en Ribes de Freser, nuestros dos embajadores en León ya nos esperaban muy bien acompañados. Saludos varios, piropos juveniles y rápida partida hacia Queralbs, donde a su vez también había destacada una pareja que había madrugado más. La flota automovilística ocupó todo un tramo del parking y no tuvo más remedio que esperar a quienes, despistados, encararon la collada de Tosas hacia arriba, en un alarde de espontaneidad involuntaria que tuvieron que desandar para llegar a donde ya les esperaba el resto, acariciando los bocadillos y magreando la bota sin parar.
A la entrada del pueblo hubo que decidir qué hace una representación de GRMANIA en un sitio como éste, rodeados por una vegetación salpicada de nubes y nieblas variadas. Los planes iniciales de partir del santuario de Núria para ascender a una ruta inédita se trastocaron porque el cremallera se tomó un mes de descanso. Ni Coma de Vaca, ni Pic d’Àliga ni similares. El camino al Balandrau nos lo asfaltaban para que estuviera a punto para el próximo año y estaba cerrado. El ascenso a Núria por el camino viejo había que adivinarlo en medio de la niebla. Como contra los elementos no luchamos, mejor llenar los estómagos. Así los planes discurrieron mejor y nuestra pareja guía tiró de su banco de recursos de la zona.
Pronto apareció el plan. Nos dirigimos al salt del Grill por el Camí dels Enginyers, una ruta que une Coma de Vaca, el Pic d’Àliga y Queralbs. El camino asfaltado pronto se convirtió en una senda al uso que ascendía suavemente hasta conducirnos hasta la un salto de agua espectacular. El líquido elemento caía con fuerza desde una altura considerable, formando una corriente continua que daba lugar a una gran poza, en donde hubo quien se imaginó desnudo, aguantando la respiración y poniendo su mente en blanco mientras se aislaba mentalmente del frío y causaba envidias y admiraciones ajenas.
Quien se metió, disfrutó y nos ofreció una demostración del poder de las mandíbulas caninas fue el perro que nos acompañaba. Cualquier palo o rama la veía como una provocación o un gigante a batir. Cogía su presa y las cuestas las tomaba con energía, en medio del bucolismo de un paisaje lleno de avellanos a modo de cuadros impresionistas en los que el pintor juega con los colores reales del otoño.
El camino ascendía y estaba ahí para seguirlo aunque no hasta el final. En diversos tramos aparecieron plantas que estimularon la labor docente de expertas en helechos tipo bonsái, miniaturas vegetales que demostraron la sapiencia de quien instruye a discípulos de la ESO y también a GRMANIA. La planta a mostrar era tan pequeña que los ya cansados ojos fueron incapaces de reconocer la lección. La experta tuvo que acudir a sus sabidurías y tomar una hoja más grande para establecer comparaciones con tal menudencia.
El ascenso fue por una senda que discurría al borde de un barranco, por cuyo fondo un río conducía las aguas que desembocarían en el Ter. Pocos senderistas y una curiosa señal que podría figurar en los anales del ridículo o en cualquier antología de Groucho Marx. La simbología en cuestión pintaba un helicóptero simulando una carga de materiales o piedras con una inscripción abajo que decía: “Perill, càrrega sospesa”. La sabiduría grafitera popular había pintado encima la otra versión inconográfica: “Que ens preneu el pel o què? Aneu en compte vosaltres, ineptes”.
Después de ver cómo el camino no paraba de ascender y Coma de Vaca no era nuestro objetivo a perseguir, el retorno nos mostró de nuevo un valle que se abría y acababa en la parte inferior de la zona de Queralbs. De nuevo en la pista, al lado de un puente de madera, una central hidroeléctrica era el marco incomparable para otro aviso: “Consells de seguretat per als excursionistes i turistes que visiten la zona”. Teléfonos de emergencia, consejos, advertencias, o sea, normas y más normas a atener en cuenta, en la línea actual de dirigirnos la vida en casi todo.
De vuelta a la base automovilística, Queralbs atrajo la atención. El motivo fue cultural para ver una iglesia románica y una exposición. La realidad es que cualquier disculpa es buena para acabar en un bar a la hora de la cerveza. La iglesia del siglo X, interesante y digna de ver; el cementerio con buenas vistas de los nichos al valle, como si sus residentes justificaran su ausencia con aquel epitafio de G. Marx “Perdonen que no me levante”; la exposición, una recopilación de Queralbs desde su nacimiento en el año 978, con oficios, la industria del hierro, la agricultura y ganadería y la típica evolución de la población: en 1880, 606 habitantes; en 19210, 805 y en 2000, 210. Para nada se asociaba el “ferro” con Ferrusola, en donde sus padres tenían la casa a la que se retira Pujol y que fue objeto de una intervención de los okupas cuando hace años le tapiaron la entrada. El pueblo te recibe y despide con un taller de terapia para reír y con diversos carteles para animar el estómago con pies de cerdo, carnes a la brasa y setas variadas.
Después de la cultura y los aperitivos, la comida campestre se llevó a cabo en una buena atalaya. La ermita de Sant Antoni, encima de Ribes de Freser, acogió a las 25 personas allí congregadas. Entre el despliegue culinario, brilló la sofisticación de los últimos avances en tecnología punta aplicados al pic-nic. Hubo una familia que, con la habitual flema británica, se asentó en una mesa, extendió mantel, sacó almohada para las posaderas y desplegó refinados objetos para una agradable excursión en el campo: mochila con nevera incorporada, copas reglamentarias, juego de servilletas, vajilla de calidad y marca, salmón ahumado, bebidas y otros manjares que los situaron varios puntos por encima del resto de comensales. Tanta distinción no es común entre los mortales de GRMANIA. Quien no identifique a la familia en cuestión, que observe próximos refrigerios en las etapas del GR. El resto, tirados por los suelos alimentándose con la comida propia de la tropa.
La tarde devolvió a una parte del grupo a los bares de Ribes. Otros partieron a la búsqueda de setas por los alrededores de Bruguera. Este pueblo de postal no cambia su aspecto y cada otoño nos recibe como si el tiempo se parara mientras la vida a su alrededor continúa. Casas abiertas ocupadas por ganaderos y labradores y muchas casas vacías que se abren ocasionalmente por quien se retira para contemplar. Las tonalidades se repiten cada año con robles, hayas, arces y árboles frutales que ofrecen tantos matices de color antes de desprenderse de sus hojas. Pasa lo mismo con los rovellons, camasecs, fredolics y otros hongos que están ahí al alcance de caminantes y buscadores capaces de tirarse por tierra, pincharse y subir y bajar sin parar.
La hora previa a la cena cada año se convierte en el preámbulo del camino iniciático para descubrir nuevos rincones del alma colectiva. El tiempo de la espera se aderezó con vinos y cervezas que dieron paso a los primeros sonidos de la guitarra. Mientras castañas, sopas, ensaladas, revueltos de setas frescas y huevos se preparaban, dos GRmanos calentaban las melodías y rasgaban el instrumento con una incipiente maestría que se confirmaría a lo largo de la noche. Sonidos, músicas y toques sin parar, con los coros de acompañamiento y alguna danza ocasional. Era el anticipo de lo que vendría después.
Primero fue la sopa, servida con un instrumento denominado por una dama como “chuparón”. Hubo quienes establecieron sospechosas motivaciones para llamar así al popular cucharón. Después, los esperados huevos. También levantaron expectación, y más viniendo de un centro veterinario, cuando se investiga con la gripe aviar, la huevería y las pollas (perdón, gallinas). Pero luego se comprobó que la experta también los comía y no pasaba nada. Como siempre, la variedad de los postres destacó, y más cuando el inicio del consumo de tan esperado plato se inició en la cocina. “Aquí se cuece algo”, es verdad, cuántas cosas se cuecen en las cocinas y allí aparecieron dulces y bebidas variadas: aguardientes con cerezas, aguardientes solos, otros licores artesanos, membrillos, castañas y boniatos.
Con tanto y tan dentro, la revolución musical estalló a continuación. Hubo un repaso de temas de varias generaciones, comunidades autónomas, lenguas, soniquetes con el olor de la naftalina de tantas ediciones de Eurovisión. Importaba más la cantidad que la calidad, el tono que la letra, el grupo que el solo. Pantaleón, pantaleón, pantaleón, Llach, el alcalde de Arrigorriaga, nuestros queridos cantantes más horteras que en la historia ha habido, tunas y tunos y hasta un trozo de una sevillana bailado en vivo y en directo por una experta pareja. Mucha espontaneidad y mucho espíritu de grupo con gargantas capaces de atacar cualquier tema.
La noche dio mucho de sí. El entendido impartió la segunda parte de la lección de astronomía de Gisclareny. Un cielo excelente, muchas estrellas, luces, estrellas fugaces, más luces de aviones. La iluminación de la espadaña de la iglesia de Bruguera emitía un resplandor que encendía también las hojas de los chopos de su alrededor mientras, allá arriba, nuestro experto nos identificaba la Cruz de Santiago, las Pléyades, la estrella Polar y, en especial, la imponente visión del planeta Marte.
A la luz de tanto conocimiento y ganas de observación, de entre tantos temas como fluyeron, a estas horas de la madrugada también se trató de psicología social. El tema estrella fue profundizar a la luz de la noche en la mujer. Muy interesante que fueran ellas las que ofrecieran sus reflexiones del mundo femenino, sin estar mediatizadas por ningún hombre, sincerándose tan bien con posibles razones por las cuales a determinada edad hay quienes han escogido un sistema de vida y de convivencia, a menudo solas. O, como alega alguna socióloga citada por un sabio GRmano, se da una “corrección de trayectoria” vital. La sabiduría y la reflexión al servicio del funcionamiento tan diferente del hombre y de la mujer. Deben ser los efectos del comer, del beber y del cantar.
Al día siguiente, una vez que desbocados miembros volvieron después de haber quemado hormonas sobrantes no desgastadas de otra manera, se inició la eucaristía en forma de copioso desayuno. En el momento de repasar las incidencias más destacadas de la noche, se recordó el tono de roncadores de ambos sexos. Esta cuestión disparó la neurona de nuestro guitarrista y músico experto para soprendernos con su primer sabio consejo matinal en forma de deseo: “Menos roncar y más gemir”. Sabio consejo.
La mañana transcurrió por un camino otoñal en el que de nuevo los colores de las hojas se acompañaban de la alfombra de hojas recién caídas por los suelos. Otra vez la espectacularidad de los arces que dejaban pasar la luz que acrecentaba los tonos de sus hojas, hayas y robles también con setas y la visita de una expedición de bicicletas de montaña. Pertrechados con costosas máquinas, numerados y vestidos como la etiqueta de las BTT lo exige, los aventureros urbanos quisieron seguir una ruta mal marcada. Menos mal que fuimos su GPS y les resolvimos algunas marchas atrás. Por un paisaje tan cautivador llegamos a un promontorio desde el que se veían picos ya vistos pero no del todo reconocidos. Nuestra guía fue tan eficiente que acalló con sus explicaciones a nuestro sabio. El destino final, la ermita del Saltó. Parada, reposo, el paisaje, cazadores bien armados y vuelta para los fideos chinos, las ensaladas, el lomo y tanto condumio bien regado por el cava que nos trajo nuestro responsable encargado del tema.
Después de la comida, de una larga sobremesa y de algunas siestas hubo que recoger y volver al lugar de origen o punto de partida inicial. Allí quedó pendiente el Balandrau para otro año, el disfrutado otoño del Ripollès y el encanto de Bruguera. Pero volvió el estimado paisaje humano que es el alma de encuentros, caminos y proyectos en común.
Evaristo
Terrassa, 1 de noviembre de 2005
Suscribirse a:
Entradas (Atom)